JESÚS ES NUESTRO LÍDER

“Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo” (Mateo 23: 9, 10)

Valga sólo para la brevedad de un título las cuatro palabras que expresan la confesión más correctamente definida como: El Señor Jesucristo es nuestro único Caudillo.

El acostumbramiento visual y auditivo a los textos bíblicos no pocas veces ha mantenido sobre ellos un velo que no nos permite percibir el significado real de lo que nos parece que tan bien conocemos.

Si bien en muchos casos la diferencia apenas pasa de una variante curiosamente interesante - pero sin afectar mayormente nuestra fe y práctica cristiana -, en otras puede revestir una importancia cuya percepción nos resulta tan sorprendente como trascendente.

Es así que de la porción de Mateo 23: 8-10, a lo sumo se retiene la lección de que no debemos hacer lo de los católicos romanos que llaman de “Padre” al cura o sacerdote de su religión (v.9). Pero no pasa de ahí nuestro afán controversial.

“La figura católica del sacerdote, ha sido y es, el parangón para muchos de lo que es ser un devoto cristiano”

Poco imaginaríamos que una más atenta consideración del pasaje llevaría a una sana autocrítica a cuantos se precian de cristianos evangélicos, por más bíblicos o fundamentalistas que profesen ser.

El conocimiento bíblico de que los maestros hayan sido dados como dones de Cristo a su iglesia (Ef. 4:11) y que Pablo se presente como padre espiritual de Onésimo (Flm. 10,11), Timoteo (Flp. 2: 22; 1 Ti.1:2, 18; 2 Ti.1:2; 2:1), Tito (1:4) los gálatas (Gl.4: 19) y corintios (1 Co.4: 15), ha sido mal aplicado por los indoctos e inconstantes que tuercen (2 Pe.3: 16) las Escrituras al grado de prácticamente desautorizar lo expresamente dicho por el Señor, invalidando así una instrucción suya, que de acatarse, habría evitado grandes males.

La hermenéutica nos muestra como un texto apoya y complementa a otro, sin nunca contradecirlo ni anularlo. Así, lo primero que debería de notarse en este pasaje, es que lo que aquí el Señor corrige no es lo que realmente una persona sea - maestro, padre -, sino la obsesión por ser distinguidos por un tratamiento diferencial, que junto al exhibicionismo constituían características propias del espíritu farisaico, muy contrario al que Cristo formaba en sus discípulos.

Jesús no censura a los fariseos por no quedarse de pie en las cenas o en las sinagogas       - era natural que se sentasen -; ni porque usasen filacterias y mantos con flecos, o porque fuesen saludados al pasar, o que enseñasen como rabinos, muy propio todo ello a lo que esencialmente eran.

El problema estaba en el modo en que hacían todo eso, pues mostraba la oculta pero indisimulada ambición de lucimiento personal que los gobernaba.

En otro lugar Jesús instruyó a sus discípulos diciéndoles - en contraste con los que imponen su autoridad -: “Pero no será así entre vosotros” (Mr.10: 43). De semejante manera, aquí el Señor no obliga a sus discípulos a que dejen de ser lo que efectivamente eran, sino a no arrogarse los títulos ni tratamientos distintivos que aunque propios a sus personas y funciones, ya incubaban el germen de la doctrina nicolaíta que Él aborrece tanto como a sus obras (Ap.2: 6,15); así como la diabólica persuasión a ser Él mismo desplazado como Cabeza de su iglesia, por las de hombres corruptos ávidos de poder y prestigio personal.

Repárese, entonces, que el mal que aquejaba a los fariseos y que los discípulos debían de evitar, era precisamente el amar ese ridículo pavoneo a que nos tiene habituado tanto congreso o ceremonia que alguna que otra vez nos tocó presenciar (Mt.23: 5-7). De ahí que la recomendación del v.8 sea:

“Pero vosotros no pretendáis que os llamen “Rabí”. ¿Nos damos cuenta? No había problema alguno en ser maestro, pues con humildad, buena obra harían cuantos tuvieran ese don y aptitud para enseñar a otros (2 Ti.2: 2). Pero el problema - o problemón - estaba en la autosatisfacción de oírse llamar de:

-¡Mi maestro! o - ¡Maestro mío! como implica la expresión “Rabí”.

La liviandad con que ahora se tratan estas cosas contrasta con la importancia que se le daba en la antigüedad. Al menos para Eliú le era un asunto de vida o muerte:

“Y no haré ahora distinción de personas ni usaré con nadie de títulos lisonjeros. Porque no sé decir lisonjas, y si lo hiciera, pronto mi Hacedor me consumiría” (Job 32:21,22).

¿Será sobrecargar demasiado la tinta si agregamos la cita de Romanos 1: 32? Veamos:

“Esos, aunque conocen el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no solo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican”.

Muy fuerte, ¿verdad?

Los fariseos a los que se dirigía el Señor, eran extremadamente conscientes de sí mismos, y esperaban de los demás que les trataran como superiores; como ¡“líderes”!

Por supuesto que en su ámbito natural (cuartel, hospital, oficina) hemos de emplear con nuestros propios hermanos los rangos militares, títulos universitarios y grados jerárquicos. Pero ni estos ni los títulos eclesiásticos funcionan en la iglesia de Jesucristo.

Allí tenemos un solo Señor, Esposo, Cabeza, Maestro y Líder - como seguidamente veremos -, y todos los demás somos hermanos. No existe el laicado. Toda la hermandad en Cristo compone el clero (1 Pe.1: 3 gr.). Si se quisieran usar los términos “clérigos” o
“eclesiásticos”, con propiedad deberían de aplicarse a todos los hermanos y jamás reservarlos para sus cuidadores, como mal tradicionalmente se hace.

La traducción común en nuestra Biblia de Mt. 23:10 no nos permite advertir el significado del texto, antes bien parece una repetición resumida del v. 8. Observando el texto griego captamos la diferencia: en el v.8 se traduce bien “didáskalos” por maestro, pero en el 10 el término “kazegetes” (kaqhghth), única porción en que aparece en el Nuevo Testamento, aunque incluya (entre otras) la idea de “preceptor”, más propiamente describe al que guía con su ejemplo tomando la delantera.

El vocablo que en inglés más fielmente representa la idea es “Leader” y en español “Caudillo”, y así aparece en las ediciones interlineales del texto griego en ambos idiomas. En la versión King James la palabra “leader” no se usa en el N.T. y unas pocas veces en el Antiguo se aplica a jefes o capitanes del ejército, como los valientes de David; pero nunca a dirigentes religiosos.

El anglicismo “líder” y luego los derivados “liderar’, “liderazgo” son de reciente incorporación al Diccionario de la Real Academia Española, y por siglos nos hemos arreglado muy bien sin tales extranjerismos. De sobra tiene el castellano vocablos apropiados para tomar préstamos de otras lenguas; que si en ellas pueden ser de legítimo uso, en la nuestra llegan a confundir, y no a dar precisión a la expresión de las ideas.

“El “líder” siempre es superior al liderado, de ahí que el Señor no quiera para Su Iglesia esa errónea y a todas luces falsa interpretación de lo que ha de ser un ministro Suyo, el cual ha de ser un servidor de los demás”

Ahora bien, aquí tenemos dos puntos a considerar:

1 - Los vocablos “líder, liderar, liderazgo” si bien pueden usarse legítimamente en un contexto secular (político, deportivo, empresarial) son totalmente inapropiados en el ámbito de la congregación cristiana.

El afán de competencia constituye la motivación principal conducente al éxito personal o de cualquier institución en el mundo. El marketing empleado para lograr éxitos de librería o la convocatoria a congresos y talleres de liderazgo ha sabido explotar la vanidad personal en su intento de aprender y utilizar las técnicas y estrategias que confieran el predominio sobre el prójimo, en el área religiosa, inclusive.

El afán por el destaque se vuelve luego la obsesión de la carne exacerbada, por más que luego se vista de “llamados” a “ministerios” especiales bajo “unciones” siempre sospechosas y jamás convincentes de la verdadera acción del Espíritu Santo.

La ridiculez de los “líderes” de las “iglesias” se advierte fácilmente al no lograr seguidores a sus emprendimientos, sino que siempre tienen que estar empujando a sus “liderados” desde abajo y de detrás. - ¡Síganme los buenos! – gritan al estilo del Chapulín Colorado; pero nadie les sigue.

La competencia y rivalidad suscitada entre los candidatos a “líder de jóvenes”, “líder de célula” o “líder de alabanza” ha provocado más corrupción y malestar en las “iglesias” de lo que pudiera imaginarse.

En un país como el nuestro donde todos quieren ser caciques pero no tenemos indios, véase qué porvenir puede tener cualquier intento de establecer “liderazgos”.

2 - Si el Señor Jesús ordenó que no seamos llamados de líderes porque uno es nuestro Líder, el Cristo, entonces, ¿qué tontería estamos haciendo - y pecado cometiendo - recibiendo y dando un trato que nos es prohibido por ser exclusivo de nuestro Señor?

Si en nuestra jerga cristiana evangélica quisiéramos mantener a ultranza el uso de estos anglicismos, entonces, con toda propiedad, hablemos de Jesús como nuestro único Líder, Su liderar como el de la Cabeza sobre todos los miembros del Cuerpo, y Su liderazgo como el que Él ejerce sobre todos los suyos por el Espíritu Santo.

Este nuevo emprendimiento que despierta sensación por todas partes, convocando a futuros líderes a quienes formar para un liderazgo exitoso con que puedan liderar a otros de entre sus hermanos, hasta pareciera impregnado de la aborrecida (por el Señor) doctrina de los nicolaítas.

Como nosotros no podemos juzgar las intenciones del corazón – que sólo Dios conoce -, tampoco podríamos asegurar que no es el servir mejor a los demás sino el dominar mejor a los demás lo que promueva y concite el afán de tantos obreros cristianos. Admitiendo la buena fe y recta intención que algunos candidatos a futuros líderes puedan tener, no puedo evitar expresar mi preocupación de que este nuevo sistema ha malogrado a no pocos jóvenes, y que en definitiva haya traído más mal que bien a la iglesia del Señor.

¡Piénsese no más en qué quedaría el movimiento de los G12 (César Castellanos, de Colombia) con sus mega-iglesias proliferando por todo el mundo, si lográramos convencerles que el motor de su movimiento (producir “líderes” fácil y rápidamente) está expresamente prohibido por nuestro Señor!

Comprendo que es posible minimizar esta inquietud hasta pulverizarla; pero también comprendo que para cuantos se toman en serio las cosas de Dios y tiemblan a su Palabra, esto apenas podría ser una muestra de lo mucho que nos queda todavía por aprender, para rectificar hábitos y costumbres que hasta ahora se repiten sin indagar si el apoyo bíblico que siempre se invoca es realmente genuino.

“El entendimiento del G12 acerca de lo que es un “líder”, no es en manera alguna aplicable a la Iglesia de Jesucristo”

No mantengamos más este sistema nicolaíta que solamente sirve a los promotores del mismo pero malogra vidas y arruina congregaciones enteras.

Que todos así lo sigan haciendo, no nos obliga a proseguir con la complicidad generalizada en su abierta desobediencia y desacato al Señor y su Palabra.

Si el amable lector concluye ahora con un: “¡No estoy de acuerdo!” – no apenará tanto oír o leer esta contrariedad, sino el quedar sin saber el por qué o la razón de la misma.

Siendo que como humanos fácilmente nos equivocamos, será un privilegio ser corregidos en el tenor de Santiago 5: 19,20.

Dios les bendiga

© Ricardo Estévez Carmona
ricardoestevez2003@yahoo.com.ar

Marzo 2007
www.centrorey.org

Nota sobre el autor:
 Ricardo Estévez Carmona es un estudioso de las Escrituras por más de cuatro décadas, además de un investigador de la historia, prácticas y doctrinas eclesiásticas. Plantea una revisión constante de la teología sobre la base de que la verdad es inmutable, pero nuestra comprensión de ella es progresiva. Actualmente, integra las Comisiones Directivas Nacionales de SIM en Uruguay, como presidente, y OM, en Uruguay, como secretario. Está casado con Neida y tiene cuatro hijos y tres nietos.

FIN