EL DESCANSO DE DIOS

 “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. Sí Padre, porque así te agradó. Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. 29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; 30 porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11: 25-30)

1. Descansar, ¿de qué?

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”:

Muchos han interpretado este pasaje desde una perspectiva natural, creyendo que lo que quiere decir es que si se recibe a Cristo, uno obtendrá en esta tierra y en este tiempo un descanso, prácticamente en cuanto a lo físico o natural.

Como consecuencia de ello, podrán dejar de preocuparse de los problemas, y que todo será fácil y llevadero de ahí en adelante, a diferencia de los impíos, que seguirán preocupándose y seguirán sin descanso.

¡La realidad es que muchas veces los impíos lo pasan mejor en esta vida que los verdaderos creyentes!

No creo, por tanto, que el Señor estuviera hablando de un descanso en lo natural (aunque Dios siempre nos ayuda). Creo que el Señor hablaba de otra cosa.

La razón en cuanto a lo que digo, está en las mismas palabras de Jesús en otro momento, cuando dijo:

“En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16: 33)

Veo que la aflicción está servida en este mundo, aunque podemos tener confianza en el Vencedor de la cruz.

Buscando el sentido cabal

Buscando el sentido cabal de las palabras de Jesús, entiendo que se podría definir el asunto del modo siguiente:

(Recordemos que el Señor se dirigía en primera instancia a las ovejas perdidas de Israel)

¿Quiénes estaban trabajados y cargados en el tiempo de Jesús, espiritualmente hablando?

Obviamente, los que intentaban una y otra vez cumplir con las exigencias de la ley de Moisés, y no podían.

Todos aquellos que buscaban salvarse a sí mismos por cumplir con los mandamientos de esa ley, pero se hallaban en perpetua frustración, ya que no lo lograban.

El descanso espiritual que buscaban encontrar, no lo hallaban según la revelación veterotestamentaria. Eso era sumamente frustrante.

No obstante, justamente para eso vino Jesús a este mundo, porque  “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo” (Juan 1: 4, 9)

Jesús vino a este mundo a ser salvación para los que iban a creer, los judíos primeramente, después los griegos (Romanos 1: 16). Ese es el Evangelio y su poder.

Así que estas palabras del Señor las hemos de entender desde una perspectiva espiritual.

Venid a mí

Venid a mí todos los que…”:

En primer lugar, el llamamiento es el de ir a Él. Esto implica fe. Debe haber una voluntad de ir a Él.

Para que hablemos de fe verdadera, deberemos contar con un esfuerzo de la propia voluntad del individuo, lo cual la Biblia lo llama: obra.

“Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?” (Santiago 2: 14)

En otras palabras, la verdadera fe se manifiesta o se apercibe, o se conoce, por la obra. La primera obra es la de la voluntad: Si tu no vas a Jesús, nada ocurre.

Lo contrario justamente es lo que les pasa a los impíos. Muchos dicen creer en Jesús, pero no van a Jesús. Es una falsa fe.

Pero hay otro ingrediente necesario en esta fórmula: la obra de Dios.

2. y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar

“…nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. Sí Padre, porque así te agradó”:

Esta es la obra de Dios: el Hijo, el revelar al Padre. Quien revela al Padre es el Hijo.

Esto es así, porque previamente es el Padre quien se las da las ovejas al Hijo:

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, 28 y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. 29 Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10: 27-29)

Nadie puede venir a Cristo, sino le fuere dado del Padre:

Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6: 44)

“Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 65)

3. ¿Qué podemos aprender nosotros directamente de esto?

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar"

La mayoría de nosotros los cristianos, somos de origen gentil, y hemos sido injertados, aun y siendo ramas de olivo silvestre, en el olivo bueno:

“Pues si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas, y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo” (Romanos 11: 17)

Por la misericordia del Señor, nosotros los creyentes de origen gentil, manteniéndonos en la fe y en el temor de Dios, así como en Su bondad (Romanos 11: 20, 22), hemos sido salvos, y por tanto, estamos participando del descanso- no natural – sino espiritual, que Cristo nos da, por haber ido a Él.

Ese descanso es el de saber desde nuestro interior, que somos salvos ahorea, y que un día veremos y experimentaremos del todo esta salvación:

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. 2 Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3: 1, 2)

Aprendiendo más

No obstante, y siempre en el contexto de la salvación y consecuente santificación, ¿qué más podemos aprender de esas palabras de Jesús?

¿Qué es lo que busca la gente que no conoce a Jesús?

En su espíritu materialista, la gente busca saciar su alma con cosas, cosas y más cosas.

Están convencidos que al tener lo que desean, serán felices. Sabemos que eso es mentira. El corazón del hombre jamás se sacia:

“El Seol y el Abadón nunca se sacian; Así los ojos del hombre nunca están satisfechos (Proverbios 27: 20)

Nada creado puede dar descanso al alma y al espíritu del hombre, sólo Dios.

La sola búsqueda de la satisfacción en lo material es el primer movimiento de la codicia.

La codicia jamás da descanso al corazón del hombre.

De las palabras de Jesús, aprendemos a saciar nuestra alma en Él, el único que puede hacerlo.

F.V. Dabold escribió:

“Este espíritu materialista-nuestro deseo de cosas en preferencia a la voluntad de Dios-es la causa de todo nuestro descontentamiento y desasosiego…La actitud de mansedumbre y humildad es contentamiento, junto con un espíritu de alabanza a Dios”

Así que, de todo ello, aprendemos que si de veras queremos agradar al corazón de Dios, aprendamos a no poner nuestros ojos en las cosas para así obtener satisfacción, sino que disfrutando de lo que Dios nos concede, y por tanto, siendo agradecidos y contentados, prosigamos este Camino de la vida hasta el final.//

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
2009