EL BUEN SAMARITANO (I)

Lecciones de amor y humildad a aprender

(Leer Lucas 10: 25-37)

Entre los 70 que volvieron con gozo al Señor después de experimentar tremendas liberaciones y milagros, se encontraba como poco uno que era ajeno a ese grupo – un intérprete de la Ley, que seguramente, pasaba por ahí.

Escribe Matthew Henry:

“La conexión que Lucas establece al comienzo de esta porción: (“Y he aquí que...”), nos da a entender que este escriba, desconcertado por lo que acababa de oír de labios de Jesús (véase vrs. 21, 22), y teniéndose por experto en la Ley de Moisés, preguntó a Jesús con intención de ponerle a prueba: “Maestro, ¿qué he de hacer para heredar (lit. “qué haciendo, heredaré”) la vida eterna?”.

Si Jesús le prescribía algo que no estaba en la Ley – entiéndase, en la Palabra de Dios o revelación testamentaria – ese hombre podría recriminarle el asunto, conforme está ordenado:

Deuteronomio 4: 2 “No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno.”

Nadie puede añadir a la Palabra, ni tampoco quitar de ella.

Por otra parte, ese intérprete de la Ley, al oír todos esos reportajes de poder contra Satanás y sus demonios por parte de los setenta, quería saber en que quedaba todo este asunto. Además le escuchó diciendo a sus discípulos que sus nombres estaban escritos en los cielos:

“Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. 18 Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.19 He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones,  y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará. Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.”

Por eso también, le hizo al Señor una pregunta directa – aunque su intención no era buena – la pregunta sí lo fue:

(V. 25) “Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?

Con paciencia y mansedumbre, la respuesta de Cristo, fue con otra pregunta:

“Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?”.

Esa respuesta de Jesús, a modo de pregunta, fue dirigida a un hombre que se supone debería saber la respuesta a su misma pregunta.

Cuando ese hombre pretendía atrapar a Jesús en alguna palabra, Jesús aprovechó esa trampa para llevarle, no sólo a él, sino a todos, a la verdad que quiso enfatizar en ese momento, la cual, paradójicamente ese hombre, el mismo intérprete de la Ley, fue el que la declaró:

(V. 27)  “Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.”

La finalidad de la Palabra es el cumplimiento del amor

Respondiendo a un fariseo, en otro momento, Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22: 37-40)

Así que lo que ese intérprete de la Ley respondió, fue la suma contextual de la Palabra de Dios: primero amar a Dios con todas las fuerzas, y segundo amar al prójimo como consecuencia de amar a Dios.

Por lo tanto Jesús le replicó:(V. 28) “Bien has respondido; haz esto, y vivirás”, basándose en la propia Escritura que enseña:

Lev. 18: 5 “Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos. Yo Jehová.”

Pero el fariseo, no estaba satisfecho de cómo se iban desarrollando los acontecimientos. Se iba dando cuenta de que Jesús le estaba llevando a su terreno, y eso no le gustaba. Como se dice en castellano: “fue a por lana, y salió trasquilado”.

Entonces ocurre lo siguiente:

(V. 29) “Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?”

1. ¿Quién es mi prójimo?

(V. 29) “Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?”:

El intérprete de la ley lanza un brindis al sol... pretende escaparse haciendo una pregunta, a la cual pensó que el Maestro no iba a responder, al menos de la manera como lo hizo a continuación.

Ese hombre, por su conocimiento, se creía justificado per se. Ese es el problema de los religiosos, que llegan a caer en la trampa de sentirse justificados sencillamente porque conocen la verdad, o conocen acerca de la verdad, pero no la viven.

Ese hombre sabía muy bien quien era su prójimo, pero no estaba dispuesto a admitirlo, porque eso le llevaba a la ineludible responsabilidad ante Dios de cumplir con el segundo mandamiento.

Como dice McArthur, la opinión prevaleciente entre los escribas y fariseos era que el prójimo (o próximo), era alguien justo, y según ellos, malvados y pecadores como los publicanos y las prostitutas, los gentiles, y en especial los samaritanos, debían ser odiados porque eran enemigos de Dios. Ellos se basaban literalmente en el Salmo 139: 21, 22;

“¿No odio, oh Jehová, a los que te aborrecen, y me enardezco contra tus enemigos? Los aborrezco por completo; los tengo por enemigos.”

No obstante el contexto de ese salmo nos indica que el odio no va tanto dirigido al que aborrece a Dios, sino más bien al mal en sí. Sólo en el Antiguo Testamento, muchas otras Escrituras apoyan esto, y dirigen al creyente a amar al enemigo, separando el pecado del pecador:

Levítico 19: 34 “Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. Yo Jehová vuestro Dios”.

Dt. 10: 17-19 “Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho; que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido. Amaréis, pues, al extranjero; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto”.

Éxodo 23: 4, 5 “Si encontrares el buey de tu enemigo o su asno extraviado, vuelve a llevárselo. Si vieres el asno del que te aborrece caído debajo de su carga, ¿le dejarás sin ayuda? Antes bien le ayudarás a levantarlo.”

Proverbios 10: 12 “El odio despierta rencillas; pero el amor cubrirá todas las faltas”

Lo cierto es que, para muchos, es fácil odiar a los que hacen el mal más que al mal en sí, lo cual esto último, reclama una responsabilidad de cumplimiento del bien por parte del que se dice creyente.

Es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio ojo.

Los fariseos habían elevado la hostilidad inclemente (sin clemencia) hacia los malos a la altura de una virtud, a tal punto que anulaban el segundo y más grande mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

2. El mal ejemplo: Los fariseos sólo se amaban a sí mismos

De hecho, ellos sólo se amaban a sí mismos, porque se veían como los pocos justos en medio de todos los demás, pecadores. Veamos tres ejemplos:

El fariseo y el publicano
Lucas 18: 10-13 A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. 11 El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; 12 ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.13 Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro...”

El primer hombre se creía justo ante Dios, y hasta le daba las gracias por ello; es decir, ¡que llegaba a creerse que lo era!

Estaba convencido de que era justo en sí mismo por cumplir con su religión y con su sentido estricto de moralidad. En otras palabras, limitaba la justicia de Dios a su propio entendimiento de la misma.

El segundo hombre, nada podía decir en su propia defensa ante Dios, sólo esperar en su misericordia.

El primer hombre se cerró el mismo la puerta a la misericordia de Dios por causa de su enaltecimiento y soberbia.

Dios sólo puede justificar a aquel que verdaderamente se humilla ante Él.

Los fariseos interrogan al ciego sanado
(ver Juan 9) Cuando los fariseos interrogaban al ciego que Jesús había sanado y que ya podía ver, al encontrar que no podían entender que Jesús, un hombre desconocido, que no era de ellos, pudiera haber sido usado por Dios en tal manera, su respuesta al sanado fue:

“Tú naciste del todo en pecado, ¿y nos enseñas a nosotros? Y le expulsaron” (Juan 9: 34)

Los fariseos se creían superiores al resto de los judíos. En ellos se cumplieron a cabalidad las palabras de Pablo:

(Romanos 10: 2, 3) “Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios”

Ellos tenían su propio sentido de la justicia (o de la verdad). Esta es una lección muy importante a aprender para nosotros, los creyentes de esta dispensación.

División entre la gente
En el día final de la fiesta de los Tabernáculos, cuando los fariseos reciben noticia de que Jesús andaba por ahí y que la gente creía en él, ellos respondieron a los alguaciles que debían haberle apresado, pero que no pudieron por quedar ellos mismos impresionados de la persona de Cristo:

(Juan 7: 48, 49) ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos? Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es.”

Nos damos cuenta que los fariseos – los representantes religiosos de la época – se comparaban con los gobernantes, que por lo general eran gente extremadamente impía. Es decir, tenían un status  y amaban ese status que les hacía sentir diferentes, privilegiados, y superiores a los demás (sólo en su imaginación, claro); ¿cómo se puede desarrollar un genuino amor hacia los demás de ese modo? Es imposible.

Cuando un cristiano profesante se va considerando a sí mismo como superior a los demás, en la misma medida, su amor por los demás irá descendiendo a cotas de oscuridad inimaginables, y aun y así, debido al conocimiento de la Biblia que tenga, y por ese conocimiento, se justificará a sí mismo ante Dios.

Esa es la ceguera farisea.

Por sólo esos tres ejemplos, nos damos cuenta de que los religiosos de aquella época, se creían por encima de los demás en cuanto a conocimiento y piedad, y así se justificaban ante todos, teniendo al prójimo – es decir – al resto de los hombres, como algo a qué evitar, y aun como enemigos.

Vemos que el remedio para no caer en esa trampa mortal es la humildad bañada por el amor de Dios:

(Filipenses 2: 3-8) “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; 4 no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. 5 Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España
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