EL PERDONAR, EL PEDIR PERDON, Y LA RECONCILIACIÓN TOTAL

“7Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5: 7)

EL PERDONAR, EL PEDIR PERDON, Y LA RECONCILIACIÓN TOTAL

Índice

Introducción

La base de muchos de los problemas que los cristianos enfrentan entre sí, es la falta de perdonar y la falta de pedir perdón.

Esa es la gran ventaja que el diablo tiene con nosotros muchas veces. El dolor que sentimos por la ofensa recibida, es mayor que el perdón que por la Cruz de Cristo hacia el ofensor debiéramos extender.

Ruego que caiga suficiente temor de Dios en nuestras vidas para que podamos perdonar de corazón a nuestros deudores, no importa cuánto daño nos hayan causado, con o sin razón.

“El dolor experimentado no debe ser causa para no perdonar”

“El dolor experimentado no debe ser causa para no perdonar”

El Señor Jesús lo condensó en las siguientes palabras del evangelio:

“38Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. 39Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; 40y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; 41y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. 42Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.43Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 44Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. 46Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? 47Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? 48Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”  (Mateo 5: 38-48)

Si nos damos cuenta, el perdonar es un acto unilateral e incondicional, como el amor. Es decir, no depende de que la otra parte haga su parte, sino de que yo haga la mía. Esa parte es perdonar toda ofensa recibida.

No perdonamos porque se nos ha pedido perdón, y reconocido el error u ofensa. Perdonamos a nuestros deudores cuando todavía no han saldado la cuenta, y aunque nunca lo hagan. La Palabra dice: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores(Mateo 6: 12) Como vemos, debemos perdonar cuando aún nos adeudan; no porque han cancelado la deuda. Es por ello también, una actitud del corazón.

Veamos un poco acerca del perdonar:

1. ¿Qué es, e implica el perdonar?

Perdonar es un verbo que deriva del latín perdonare, es decir: per + donare, y que significa: “Remitir (alzar o suspender) la deuda, la falta, delito, ofensa, etc., que toque, al que remite”. Es decir, no tener en cuenta más la ofensa bajo ninguna circunstancia. Renunciar a conservar la ofensa en el corazón. Renunciar a toda venganza personal. Entregar a otro (a Dios) lo imputable a causa del daño recibido.

El perdonar es la mayor expresión del verdadero amor, ya que es lo más difícil de hacer en aras del otro, sobretodo por el coste emocional. Por eso, el perdonar es una renuncia al yo herido.

“Borrando el rencor con el perdonar”

“Borrando el rencor con el perdonar”

El perdonar es un morir a uno mismo. El ejemplo lo tenemos en el mismo Jesús que se entregó a sí mismo por amor de cada uno, sus ofensores. Además, él lo hizo literalmente: murió por nosotros.

Dos ejemplos de perdonar en el A.T.:

A. El perdonar de Esaú:
Hasta un fornicario y profano como Esaú (He. 12: 16) perdonó.

Sabemos la historia de Jacob, que engañó a Esaú, su hermano, para poder recibir la bendición de la primogenitura. Pasado el tiempo, tuvo que producirse el inevitable encuentro con Esaú, y Jacob tenía miedo. Su conciencia no le dejaba tranquilo.

El tener miedo de ver al ofensor alguna vez, o experimentar rechazo hacia él, e incluso no tener ningún deseo de verle, puede ser señal de que no se le ha perdonado, aunque también puede ser que la herida recibida todavía está abierta y hay demasiado dolor. Habrá que discernir qué es qué.

Esta es la historia del encuentro entre Jacob y Esaú, encuentro que Jacob nunca antes deseó tener: “Alzando Jacob sus ojos, miró, y he aquí venía Esaú, y los cuatrocientos hombres con él; entonces repartió él los niños entre Lea y Raquel y las dos siervas. Y puso las siervas y sus niños delante, luego a Lea y sus niños, y a Raquel y a José los últimos. Y él pasó delante de ellos y se inclinó a tierra siete veces, hasta que llegó a su hermano. Pero Esaú corrió a su encuentro y le abrazó, y se echó sobre su cuello, y le besó (Génesis 33: 1-4)

Jacob estaba asustado, pero Esaú, a pesar de que era un profano, ya hacía tiempo que le había perdonado. Se notaba eso porque se le veía libre; fue directo a su hermano Jacob, y le abrazó efusivamente, besándole. Sólo hace esto aquel que ha perdonado de veras.

¿Qué va a pasar si de repente te encuentras con la persona que te ha hecho daño? ¿Cómo vas a reaccionar? Como hemos dicho, si todavía hay dolor y temor, es que no la has perdonado de todo corazón.

“Esaú corrió a su encuentro (de Jacob) y le abrazó, y se echó sobre su cuello, y le besó; y lloraron” (Gn. 33: 4)

“Esaú corrió a su encuentro (de Jacob) y le abrazó, y se echó sobre su cuello, y le besó; y lloraron” (Gn. 33: 4)

B. Moisés, el hombre más manso sobre la tierra, porque sabía perdonar:
A Moisés le tocó perdonar a gente muy cercana a él, a sus propios hermanos. Muchas veces los que más nos hieren, son los más cercanos. Veamos la historia: Números 12: 1-13;

“María y Aarón hablaron contra Moisés a causa de la mujer cusita que había tomado; porque él había tomado mujer cusita. Y dijeron: ¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros? Y lo oyó Jehová. Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra. 4Luego dijo Jehová a Moisés, a Aarón y a María: Salid vosotros tres al tabernáculo de reunión. Y salieron ellos tres. 5Entonces Jehová descendió en la columna de la nube, y se puso a la puerta del tabernáculo, y llamó a Aarón y a María; y salieron ambos. 6Y él les dijo: Oíd ahora mis palabras. Cuando haya entre vosotros profeta de Jehová, le apareceré en visión, en sueños hablaré con él. 7No así a mi siervo Moisés, que es fiel en toda mi casa. 8Cara a cara hablaré con él, y claramente, y no por figuras; y verá la apariencia de Jehová. ¿Por qué, pues, no tuvisteis temor de hablar contra mi siervo Moisés?9Entonces la ira de Jehová se encendió contra ellos; y se fue. 10Y la nube se apartó del tabernáculo, y he aquí que María estaba leprosa como la nieve; y miró Aarón a María, y he aquí que estaba leprosa. 11Y dijo Aarón a Moisés: ¡Ah! señor mío, no pongas ahora sobre nosotros este pecado; porque locamente hemos actuado, y hemos pecado. 12No quede ella ahora como el que nace muerto, que al salir del vientre de su madre, tiene ya medio consumida su carne. 13Entonces Moisés clamó a Jehová, diciendo: Te ruego, oh Dios, que la sanes ahora”:

Vemos que:
Tanto Aarón como María, rechazaban a la mujer de Moisés porque era de otra raza; probablemente negra (Cus). La menospreciaron; ¿cómo podía sentirse Moisés ante esto?

Estaban llenos de soberbia (esa es la base del racismo), y lanzaron su ataque directamente contra el manso Moisés, diciendo que ellos también oían la voz de Dios, así defendían sus argumentos ante un Moisés que pacientemente los soportaba.

Al rogar a Dios por ellos, Moisés implícitamente estaba mostrando su perdón.

Realmente sabemos que hemos perdonado, cuando no deseamos a nuestro ofensor ningún mal, y por el contrario, le deseamos lo mejor.

2. Acerca del perdonar

Señal de madurez
El perdonar es sinónimo de madurez espiritual. Sólo el que verdaderamente ama es verdaderamente maduro. Sólo el que verdaderamente perdona es maduro.

¿Cuánto tiempo tardamos en perdonar a nuestro ofensor? Eso indicará cuán maduros en el amor de Dios somos realmente.

“Cuánto más tiempo necesitemos para perdonar a nuestro ofensor, esto será señal inequívoca de menor madurez cristiana por nuestra parte”

“Cuánto más tiempo necesitemos para perdonar a nuestro ofensor, esto será señal inequívoca de menor madurez cristiana por nuestra parte”

Cuanto mayor es la ofensa que Dios permite que venga a nuestras vidas, mayor madurez quiere el Señor traer a nuestro espíritu. Veámoslo así.

El perdonar es un acto de nuestra voluntad. Así como decidimos amar a los demás, no importa cuán difícil sea con algunos, así decidimos perdonar, no importa cuán dolorosa haya sido la ofensa. La gracia de Dios fluye entonces sobre nosotros para llevar a cabo ésta, Su voluntad.

El perdonar y la fe
El perdonar es un paso muy valiente de fe, ya que es sólo por la fe que ponemos en las manos de Dios toda esperanza de vindicación, deshaciéndonos de toda esperanza de salirnos con la nuestra.
Por otra parte, perdonar implica olvidar la ofensa, como si nunca hubiera ocurrido. Así nos perdona Dios. Ese también es un acto de valentía, que implica un paso de fe.

Las ataduras del no perdonar
Hay demasiados cristianos atados por falta de perdonar. No hay crecimiento espiritual en sus vidas. Pero, el perdonar libera; rompe las ataduras espirituales; aleja al diablo.

El que no perdona queda esclavo de su propio dolor, en cambio, el perdonar trae liberación y consuelo a nuestras vidas.

El no perdonar significa que el agravio que han cometido contra ti es más importante que tú mismo, ya que te constituyes esclavo de la ofensa. Ella y su dolor, te controlan.

El perdonar es obrar en el espíritu contrario al del diablo (el diablo ni es perdonado, ni puede perdonar). El perdonar es vencer con el bien el mal (Ro. 12: 20). El perdón vence en el mundo espiritual. El diablo fue vencido por la cruz, porque ésta expresa el perdón de Dios hacia los hombres.

¿Qué es más importante para ti, la persona que te ofende o su ofensa?
Cuando le preguntaron a Jesús cuáles eran los mandamientos más importantes, Él respondió diciendo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mateo 22: 37-40)

Clarísimamente vemos que nuestra fe está basada en el amor a Dios, y consiguientemente, en el amor hacia los que nos rodean. Vemos que la misma Palabra de Dios escrita (la ley y los profetas) depende de esos dos mandamientos, como dijo Jesús.

Vimos que la mayor expresión de amor hacia los demás, es el perdonar sus ofensas; por lo tanto, así es como expresamos, perdonando cuando necesario, nuestro amor al prójimo. ¿Por qué pues, para muchos de nosotros, es más importante la ofensa que la persona que lleva a cabo esa ofensa?, porque así lo estamos demostrando de hecho, al no perdonar.

Entonces, esa ofensa sigue ocupando el lugar en nuestro corazón que no debiera.

El perdonar significa que así como Cristo perdonó a esa persona en la cruz, habiéndole costado el precio de Su propia vida, así mismo, el agravio que ha cometido contra ti tal persona, no es mayor que esa cruz.

El no perdonar, significa que para el que no perdona, la cruz es inferior al agravio que le han hecho.

Por lo tanto el listón por el cual nos tenemos que regir a la hora de perdonar es la cruz; y si la cruz lo ha perdonado todo, ¿quiénes somos nosotros para no perdonar, por mucha que haya sido la ofensa?

El que no perdona, menosprecia la cruz para su propia vida. Por eso el poder perdonador de la cruz no actúa en tal persona.

“La Cruz de Cristo es el verdadero baremo de nuestro perdonar”

“La Cruz de Cristo es el verdadero baremo de nuestro perdonar”

Perdonar es andar en luz
(1 Juan 1: 5-7) “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”

Andar en luz, es andar como Él anduvo, en este caso, perdonando a los ofensores. Sólo así podemos tener comunión verdadera (es decir, con y por motivos puros) con los demás, y consecuentemente, la sangre de Cristo nos limpia de de todo pecado.

Si no perdonamos, no podemos desarrollar el tipo de comunión que Dios quiere que tengamos unos con otros, ni con Dios. La falta de perdón genuino nos ata, y apaga nuestra fe.

El deber de perdonar
El perdonar es un deber y un ejercicio cristiano, sin lugar a dudas:

“Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mateo 18: 21, 22)

No podemos demandar de los demás que sean perfectos hacia nosotros. ¿Acaso lo somos nosotros hacia Dios, o incluso, hacia los demás? No podemos demandar de los demás, lo que nosotros tampoco hacemos. Ni siquiera Dios lo hace, aun y teniendo ese derecho, por ser Él el perfecto.

El que no perdona se está erigiendo como superior a los demás; exige unos derechos que ni siquiera Cristo exigió jamás a ningún hombre. El sabía estar por encima de las ofensas de los demás cuando anduvo entre nosotros. Incluso los mismos apóstoles vivieron así:

“Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos…” (1 Corintios 4: 12, 13)

El perdonar es reconocer el amor de Dios hacia el ofensor, por eso es necesario el soportarnos, así como nos dieron buen ejemplo los apóstoles.

El que perdona, ese es hijo de Dios, porque sólo los hijos de Dios pueden perdonar las ofensas de los demás verdaderamente, porque para ello se precisa la imprescindible gracia de Dios, y porque el que perdona, valora el hecho de haber sido perdonado gracias a la cruz.

Perdonar de verdad es dar una nueva oportunidad al ofensor. Si no perdonamos, podemos estar atando a esa persona, así como nosotros permanecemos atados.

Dios quiere que tengamos un corazón perdonador.

“La historia del padre que cada día esperaba el regreso de su hijo pródigo, es el gran ejemplo de un corazón perdonador (Lc. 15: 11-32)”

“La historia del padre que cada día esperaba el regreso de su hijo pródigo, es el gran ejemplo de un corazón perdonador (Lc. 15: 11-32)”

La falta de perdonar, consecuencia del egocentrismo
Hay demasiadas personas que dicen que no pueden perdonar de corazón, porque no les sale de adentro. Uno de los motivos para que no “salga de adentro”, es toda actitud egocéntrica que tenga la persona que ha de perdonar.

El egocentrismo no ayuda a perdonar, porque hace entender que la persona que se mueve en esa actitud de vida es más importante, o al menos es más “especial” que los demás.

Egocéntrico significa: Centrado en sí mismo. Es como que el mundo empieza y acaba en la persona que se mira demasiado a sí misma; por lo tanto todos los demás son enemigos potenciales, de los cuáles se ha de defender.

El egocéntrico está siempre a la defensiva.

Otro aspecto es el siguiente:
La actitud egocéntrica no ayuda a perdonar, porque es contraria a la benignidad, la cual te impulsa a ponerte siempre en la “piel del otro”.

Al no saber ponerse en el lugar de los demás, todo lo juzga según su criterio egocéntrico.

“El perdonar es una renuncia al egocentrismo orgulloso”

“El perdonar es una renuncia al egocentrismo orgulloso”

La benignidad es buen antídoto contra el egocentrismo, y consecuentemente, para la falta de perdón.

La benignidad es fruto del Espíritu Santo.

Gracias a una actitud benigna, intenta comprender al ofensor; intenta ponerte en su lugar. Esto no significa que le tienes que justificar necesariamente, pero sí te ayudará a comprender la situación, viéndolo desde una perspectiva más amplia, y consecuentemente, te ayudará a perdonarle. Este es un acto de sabiduría y de madurez.

El temor a la réplica
El temor a que se repita una misma situación de dolor o de decepción que se tuvo con otra u otras personas, es causa para no perdonar de todo corazón. Eso no es sino un engaño, ya que el temor nunca será el motivo razonable de ninguna actuación cristiana. El temor no viene de Dios. Dice la Palabra:

“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor” (1 Juan 4: 18)

Es mejor obrar por el amor que por el temor. Perdona siempre, y no temas que se vaya a reproducir la misma situación. De todos modos, el temor nunca te protegerá de nada malo, sino que más bien te bloqueará y te engañará. El perdonar, no obstante, es un acto genuino del amor; y el amor puede sobre el temor, echándolo fuera.

La necesidad de perdonar
El perdonar hace que tú recibas también el perdón de Dios; cosa que no ocurre a la inversa. “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas”(Marcos 11: 25, 26)

Hay que perdonar, pero hay que hacerlo de verdad. Jesús enseñó así: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mateo 18: 35)

El perdonar significa que la persona que te ha hecho daño es más valiosa que el agravio que ha cometido contra ti, y con eso estás mostrando tu verdadero amor sacrificial hacia los demás, “porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos” (Ro. 5: 6)

“A veces los conflictos suceden; la cuestión es, ¿qué hacemos después?”

“A veces los conflictos suceden; la cuestión es, ¿qué hacemos después?”

La bendición de perdonar
El perdonar atrae la verdadera bendición de Dios. Abre las puertas del Cielo para que la gracia Suya se derrame sobre ti.

El perdonar como ejercicio de piedad agrada a Dios, tanto, que se cumple el proverbio que dice: “Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él” (Prov.16: 7)

Dios trae verdadera paz a todos aquellos que perdonan constantemente las ofensas de los demás, y a los que las cometen.

El que perdona, vive en victoria. La condenación y culpa se apartan de él.

Todo intento del diablo de traer culpabilidad y condenación a tu vida desaparece por sistema, cuando en tu vida se pone en marcha el motor del perdonar. El diablo simplemente no tiene credibilidad ninguna a la hora de intentar hacerte sentir culpable, ya que no tiene asidero donde depositar sus tinieblas.

El que perdona de corazón, atrae la paz de Dios a sí mismo. No es posible tener paz, sin perdonar.

Una vida saturada de perdonar te hace crecer espiritualmente. De hecho es una de las principales claves para el crecimiento espiritual, ya que el perdonar es el Espíritu de Cristo puesto en acción.

El que hace del perdonar un hábito continuo, se está consagrando cada vez más a Dios, porque cada vez es más como Su Hijo.

3. El pedir perdón

Es necesario pedir perdón cuando nos damos cuenta de que hemos obrado inadecuadamente. De hecho es una obligación como cristianos. Si no lo hacemos, estamos estorbando el mover del Espíritu Santo, y como consecuencia, la posibilidad de reconciliación/restauración de la relación.

“La lengua se constituye muchas veces como el instrumento heridor mayor que pueda existir”

“La lengua se constituye muchas veces como el instrumento heridor mayor que pueda existir”

El pedir perdón es señal de humildad y también de fortaleza espiritual. El que por sistema no pide perdón es débil y carnal. El no pedir perdón es señal de orgullo. Los responsables cristianos somos los primeros que debemos pedir perdón, y estar dispuestos a hacerlo siempre. Esto es señal de madurez espiritual.

El pedir perdón es otro de los aspectos que también cuesta poner en práctica, porque es un atentado contra nuestro orgullo. Nos es fácil camuflarnos o protegernos en ese orgullo. Cuando pedimos perdón, nos despojamos de tal orgullo, y queda al descubierto lo que somos. Esto, aunque duro,  es muy saludable.

El pedir perdón:

  • Nos humilla (por lo tanto, nos mantiene humildes)
  • Nos coloca en una posición de vulnerabilidad, en la cual Dios se glorifica..
  • Nos quebranta.
  • Nos hace reconocer que no somos perfectos.
  • Ayuda al entendimiento con los demás.
  • Ayuda a la otra parte a hacer su parte.

Debemos pedir perdón, no solamente cuando hemos hecho algo incorrecto, sino cuando la otra parte expresa su queja porque se siente dañada. Por ejemplo:

María inconscientemente ha hecho algo que ha molestado a Juan. Juan se queja a María, pero María se escuda diciendo que no lo hizo a propósito, y no dice nada más.

María debería, no sólo explicar acerca de su inocencia, sino también pedir perdón, porque aunque no lo haya deseado, ha herido a Juan, o al menos, así él lo ha expresado. Pedir perdón por eso, denotaría humildad por parte de María.

Por norma, cada vez que alguien se queje a nosotros de algo, deberemos pedir perdón; no necesariamente por los motivos nuestros, que seguramente serán puros, sino por el hecho en sí de que, de alguna manera, hemos indirectamente, en este caso, ofendido en alguna medida.

Cada vez que pedimos perdón debemos hacer el esfuerzo de no volver a caer en lo mismo. Dicho de otro modo, el pedir perdón nunca deberá ser una excusa para seguir haciendo lo mismo. En este caso nos será preciso crecer en el temor de Dios.

Pedir perdón no es excusa para seguir ofendiendo.

Así como el perdonar es vital por los motivos ya enseñados, el pedir perdón también, porque nos libera espiritualmente, y así, recibimos, no sólo el perdón del ofendido, sino también el perdón de Dios.

Así como debemos perdonar con la máxima celeridad, debemos hacer lo propio con el pedir perdón.

4. La reconciliación total

Como cristianos, ¿cómo podemos conseguir que una relación rota entre hermanos pueda recomponerse hasta el punto de que la confianza mutua vuelva a surgir? ¿Podrá ser esto siempre posible?

“Debemos buscar en lo posible la restauración de relaciones”

“Debemos buscar en lo posible la restauración de relaciones”

Primeramente tenemos que tener los conceptos correctos: El perdonar al otro, es obligación como mandamiento de Cristo, tal y como hemos visto a lo largo de toda esta enseñanza; no obstante, eso no necesariamente produce una reconciliación entre ambas partes.

Aunque el perdonar es condición indispensable para la reconciliación/restauración, ésta bien entendida, no se produce del todo si no hay, además, un reconocimiento total por ambas partes de lo que cada uno hizo de mal al otro, un pedir perdón, y la consiguiente restitución si cabe.

Si la cosa se queda a medias, no habrá reconciliación/restauración como tal. Sí habrá un perdonar al deudor, y al menos, una de las partes habrá hecho lo que Dios pide.

Pongamos un ejemplo:

“José dijo de Luis a otros, muchas cosas que no eran verdad. De hecho José llegó a calumniar a Luis.

Luis llegó a enterarse y consecuentemente se quedó muy triste y dolido, ya que consideraba a José su mejor amigo.

Con que Luis es un buen cristiano, llegó a perdonar de todo corazón a José. Buscando la reconciliación, le llamó por teléfono e incluso llegaron a comer juntos.

Luis esperaba con todo, que José reconociera su error y le pidiera perdón por todo lo malo que habló de él. Pero José no lo hizo; no dijo nada, aun sabiendo que Luis sabía lo que había hablado a otros de él.

Bien, José estaba perdonado por parte de Luis, pero aun deseándolo Luis, esa reconciliación total no podía acontecer, porque José no hizo su parte”

Si queremos que la relación se restaure absolutamente, es indispensable, no sólo el perdonar, sino el pedir perdón de forma específica por cada cosa que se hizo mal; y si se hicieron comentarios o declaraciones de queja, acusaciones, etc. a terceros, ir a esas personas y desmentir las acusaciones, quejas etc.

La restitución deberá ser total en todos sus aspectos; verbales, materiales, espirituales. Sólo así podrá haber una reconciliación verdadera, y una restauración de la relación, con la vuelta de la confianza, etc.

Todo esto, aunque deseable, no siempre es posible, como vimos en el ejemplo anterior. Es menester que las dos partes estén dispuestas a doblegarse y reconocer su responsabilidad, pidiendo perdón. Si una de ellas no quiere hacerlo, entonces aunque la otra parte lo quiera y lo desee, no podrá haber una verdadera reconciliación. La relación subsiguiente quedará mermada.

“A veces no es posible una reconciliación/restauración total, aunque siempre hay que intentarlo”

“A veces no es posible una reconciliación/restauración total, aunque siempre hay que intentarlo”

Así pues, no es suficiente con perdonar, cuando es menester, hay que pedir perdón, y ser muy específicos; sólo de esta manera podemos enfilar hacia una verdadera reconciliación.

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
Febrero 2007
Revisado en Octubre 2013
www.centrorey.org