EL MAYORDOMO INFIEL

Estudio bíblico sobre
Lucas 16: 1-15

PRIMERA PARTE

Leamos Lucas 16: 1-15

EL MAYORDOMO INFIEL

Índice

Introducción

Las enseñanzas de Cristo son muy prácticas. No obedecen simplemente a darnos una serie de revelaciones para entretenernos disfrutando de la maravilla de las cosas invisibles y milagrosas. No son sólo prodigios y manifestación de poder; son mucho más.

La enseñanza de Cristo es práctica, para hacernos hombres y mujeres que viven el día a día en el reino de Dios en nosotros mismos, mostrándolo a nuestro alrededor, y, para obtener en la eternidad, el fruto y la recompensa de nuestra obediencia práctica en este día a día.

Escuela de aprendizaje
Cada uno de nosotros somos mayordomos, es decir, administradores de las cosas que hemos recibido en esta vida, que no son nuestras porque no nos las podremos llevar (se quedarán aquí), pero que constituyen una escuela de aprendizaje para todo aquel que esté dispuesto.

El apóstol Pedro, dice todos los cristianos “somos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4: 10)

Dice Matthew Henry, comentarista bíblico del siglo XVIII: “Será pues, de nuestra parte una prueba de sabiduría hacer que lo que tenemos en el mundo produzca subido interés en el Banco de los Cielos. Si obramos sabiamente, seremos tan diligentes y laboriosos en las cosas que pertenecen a la piedad y a la caridad, a fin de promover nuestro eterno bienestar, como lo son los mundanos en los negocios temporales, para que les rindan el mayor provecho material posible”.

Vamos a aprender de la enseñanza de Jesús a través de una historia que Él nos narra, lo que deberemos aplicar a nuestras vidas. Aquí se nos presenta un ejemplo de picaresca que podemos encontrar en la vida real del día a día, y del cual podemos obtener sanas y espirituales lecciones (no en cuanto a la picaresca en sí, claro).

¿Qué es un mayordomo?
Empezaremos definiendo la palabra mayordomo, etimológicamente significa: “el mayor sobre la casa”, (del latín: Maior: Mayor;  y Domus: Casa), es decir: “El criado principal a cuyo cargo está el gobierno económico de una casa o hacienda”. Un mayordomo en aquellos entonces, era un siervo de total confianza.

Por lo general una persona que hubiera nacido dentro del “domus” u “oikos”, es decir, dentro de la casa, y que posteriormente, por ver sus buenas atribuciones, llegara a ser hecho gerente administrativo de tareas y suministros propios del hogar.

Estaba encargado de dar la provisión alimenticia y necesaria a todos los demás siervos, así pues, manejaba los recursos de su señor para el bienestar de los demás (de esta manera podemos comprender mejor la parábola de los talentos de Mt. 25: 14-30)

Por lo tanto, ese mayordomo, era el agente que representaba a su señor, también hacia afuera, ya que tenía autoridad plena para realiza las consiguientes transacciones y firmar negocios, en nombre de su señor.

Podríamos los creyentes compararnos a aquellos mayordomos de aquel tiempo, en el sentido de que somos servidores de Dios, para servirnos los unos a los otros.

Nuestro cargo es importante, y un día deberemos dar cuentas de él ante el Señor.

1. El entorno y explicación de la historia

(V. 1) “Dijo también a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes”:

“Dijo también a sus discípulos…”: Debemos entender que esta parábola, viene a continuación de la anterior, la del hijo pródigo. El despilfarro y disipación de los bienes de ese mayordomo infiel, contrasta con la actuación del hijo pródigo, el cual malgastó también los recursos que tenía en sus manos.

Nótese que de igual manera, Jesús se dirige a sus discípulos con el fin de enseñarles. No era esa una enseñanza dirigida a los falsos creyentes.

Jesús quiere enseñar una lección de vida a sus discípulos, y les cuenta una historia. Es la historia de un hombre rico que tenía un mayordomo, su mano derecha, que debía administrar sus bienes.

El mayordomo era un pícaro, y fue acusado, con pruebas ante su amo, por terceras personas de malgastador de sus pertenencias.

(V. 2) “Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo”:

Seguramente, y como era costumbre en aquellos tiempos ese hombre rico, un terrateniente, vivía en otro lugar, y no tenía contacto directo con su mayordomo, por ello le había encargado a éste la administración de sus fincas.

El amo, con pruebas en la mano, le ordena que de cuentas de su gestión, con la intención de despedirle.

Ese amo fue poco sabio al anunciar sus intenciones de despedir al mayordomo, ya que le dio la oportunidad a ese hombre de hacer sus posteriores manejos. Muy posiblemente, él pensaba que era un incompetente, pero que no era fraudulento.

(V. 3) “Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza”:

Había vivido una vida fácil, a expensas de su amo, no estaba acostumbrado a la dureza de la vida.

No podía cavar (ejemplo de trabajo físico), porque entendía que estaba mal visto (según la costumbre griega muy afincada en la época de Jesús), y porque no estaba acostumbrado. El mayordomo se puso a cavilar y a planear:

(V. 4-7) “Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reciban en sus casas. Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta. Después dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. Él le dijo: Toma tu cuenta, y escribe ochenta”:

¡Dicho y hecho! Antes de que su amo le echara del trabajo, empezó a buscar la manera de que le recibieran en otra casa.

Esos deudores de su amo, seguramente eran arrendatarios de sus tierras, y pagaban en especie la parte proporcional que hubieran acordado de las cosechas.

El mayordomo les hizo, sin saberlo ellos, falsificar las cuentas, reduciendo el importe de la deuda a cada uno. El motivo fue: Congraciarse con ellos para que, cuando fuera echado de su trabajo, le acogieran en alguna de sus casas.

Esos deudores, todavía no sabían que el mayordomo iba a ser echado de casa de su amo. O bien obraron con ingenuidad, o bien no eran menos pícaros que el mayordomo. Ante tan extraño y suculento negocio, ¡no hicieron preguntas! No quisieron indagar el por qué de la rebaja de sus deudas presentada por el mayordomo, y la prisa con la que se daba.

Mediante la reducción de sus deudas, el mayordomo se ganó una deuda de gratitud para con él, ya que los agraciados se sentirían obligados a recibirlo en la casa de todos, o cada uno de ellos en cualquier momento.

“… ¿Cuánto debes a mi amo? Él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta…”: había que hacerlo rápido y en secreto, antes que el señor se diera cuenta del ardid.

(V. 8) “Y alabó el amo al mayordomo malo por haber hecho sagazmente; porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz”:

Por el comentario del mismo Jesús, vemos que el mismo amo era un pícaro también, porque se vio reflejado en la conducta de su mayordomo: ¡Le alabó!, por haber obrado con sagacidad, es decir, con astucia.

La palabra griega que se traduce por sagazmente, es “zrónimos”, y es la misma que encontramos en Mt. 24: 45, acerca del siervo fiel y prudente, en cuanto a este último calificativo.

Como dice Barclay al respecto:

“En vez de escandalizarse cuando descubrió todo el tinglado, reconoció que el mayordomo había obrado con vista, y hasta lo alabó”.

MacArthur aporta otro vislumbre similar:

“Derrotado con jugadas sucias, el señor aplaudió la trastada del mayordomo. Su admiración del genio delincuente del mayordomo malo, muestra que él también era un hombre perverso. Los corazones caídos tienen la tendencia natural a admirar la astucia de los villanos. Note que todos los personajes en esta parábola son injustos, corruptos y sin escrúpulos”

El señor de la casa se dio cuenta de que su mayordomo era tan truhán como él.

Al menos, eso sí, era en cierto sentido, admirable el celo y el esfuerzo que el mayordomo infiel puso de su parte para abrirse camino ante el futuro incierto que tenía ante sí, haciéndolo como no sabía hacerlo de otra manera, engañando y robando.

William Barclay

William Barclay

2. Aprendiendo lecciones espirituales de ejemplos mundanos

De esta historia, podemos sacar, al menos cuatro puntos principales. Los estaremos abordando paso a paso, con el fin de obtener el mejor provecho de toda esta enseñanza espiritual:

Lección Primera

I. La sagacidad del mundano y la negligencia del espiritual

(V. 8) “... porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz”:

Además del hecho de que los mundanos son más astutos en el trato con los demás para obtener beneficio, que lo son los creyentes, que por lo general tienen menos “vista” por ser por naturaleza más confiados, este versículo tiene otra lectura:

Nos enseña Jesús algo que es notorio:
En el trato con los semejantes, los mundanos son más astutos, más listos, más esforzados en buscar su provecho que los cristianos en buscar lo que es provechoso de verdad; es decir, lo que es de Dios.

No es que el mayordomo en cuestión hubiera obrado bien al engañar a su amo rebajando por su cuenta la deuda de los deudores, pero, la lección aquí, es que él se esforzó en buscar la manera de salir adelante planeando cada detalle.

Por regla general, el hombre natural, se esfuerza en buscar su propio provecho de forma más fehaciente que el cristiano busca lo que es conforme al reino de Dios, aunque esto último constituye su responsabilidad, y también su propio provecho en aras de la eternidad.

Dice Barclay con toda razón:

“Los cristianos lo serían más auténticamente si estuvieran tan interesados en vivir su fe hasta las últimas consecuencias como los mundanos lo están en conseguir dinero y lo que se obtiene con él”.

I. En busca del “arca perdida” de la verdadera excelencia

El hombre natural se esfuerza hasta lo imposible para hallar un hipotético bien. Por motivos muy discutibles, ha sido capaz de cruzar océanos en débiles embarcaciones, de conquistar nuevos mundos, de explorar selvas intransitables, de llegar hasta las cumbres más altas del globo y descender hasta lo profundo del mar, de cruzar la Antártida, sólo por un anhelo de triunfo y reconocimiento personales.

Ha sido capaz de llegar hasta la luna, según parece. Capaz de lograr las más increíbles proezas, buscando la reputación, el prestigio y el honor entre los demás hombres; buscando el agradar a los demás y que los demás se agraden de ellos, y de tener un hueco en la historia. Vanidad de vanidades, si se piensa bien.

“El hombre ha sido capaz de llegar y cruzar el continente antártico, con elementales medios, buscando su auto superación…”

“El hombre ha sido capaz de llegar y cruzar el continente antártico, con elementales medios, buscando su auto superación…”

Esto en cuanto a lo concerniente al hombre natural, pero... ¿Qué hay en cuanto al hombre espiritual?

Por lo general, el hombre natural busca la excelencia en sus cosas por motivos personales e incluso carnales. ¿Y el hombre y la mujer de Dios?...

Sin embargo, es también la excelencia en el servicio al Señor lo que Él valora. No porque deban ser siempre grandes las proezas, sino porque deben ser hechas con excelencia, es decir, agradándole (porque el Señor ve el corazón).

Tantas veces se oye aquello de: “Bueno, ¡con que es para el Señor!; Él ya sabe”, realmente como excusa para hacer algo mediocre, porque sabemos que el Señor es misericordioso; también tomando como excusa aquello de: “Bueno, lo importante es la actitud con que se hagan las cosas, no las cosas en sí”, olvidando de que, si el resultado es regular, es porque el motivo lo es también.

  • Si de forma egoísta, el mundano busca la excelencia en todo, con mayor motivo nosotros deberemos ser diligentes en todo lo que hagamos, porque hemos de hacerlo para el Señor, a quien servimos, y quien merece nuestra total rendición y grandeza en el servicio.

Leemos en Colosenses 3: 23, 24

“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís”.

El incrédulo lo hace todo según su corazón egoísta; nosotros lo hemos de hacer según un corazón rendido a Dios. Así lo haremos de forma excelente. La motivación del impío es el amor a sí mismo. La motivación del creyente ha de ser el amor a Dios.

El mayordomo infiel se las ingenió para buscarse la vida. Nosotros debemos tener ese mismo celo que él tuvo para sí mismo, pero para con las cosas de Dios.

Jesús dijo:

“No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6: 31-33)

“El egocéntrico sólo se sirve a sí mismo. Ese es el prototipo mundano por excelencia”

“El egocéntrico sólo se sirve a sí mismo. Ese es el prototipo mundano por excelencia”

El reino de Dios no es tangible en esta dispensación actual, por lo tanto, no puede valorarse empíricamente; de ahí que sea un asunto de fe, y no de vista. No obstante, el resultado de hacer las cosas conforme a Dios se verá, si no en esta vida, de seguro en la eterna.

Mirándose a uno mismo

La prisa que se dio el “Mayordomo Infiel” en buscarse la vida, era debida a su egoísmo y a su temor.

  • El egoísmo produce temor e inseguridad porque uno está más pendiente de sí mismo, y por tanto, de su incapacidad, que de Dios y por tanto, de Su poder.

 Fin de la  primera parte

(Continuará)

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España
Septiembre 2013
www.centrorey.org

FIN