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EL “LIBRE ALBEDRÍO” Y LA PREDESTINACIÓN DE DIOS

(1 Corintios 1: 23) “nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura”

EL LIBRE ALBEDRÍO Y LA PREDESTINACIÓN DE DIOS

Introducción

Llegados al punto en el que estamos en la historia, con tantas cosas que se dicen y se han dicho en el medio evangélico acerca del término “libre albedrío”, usándolo a modo de espada de batalla en cuestiones relacionadas con la fe, el evangelio y afines, pienso que es menester indagar en ello, aunque esta vez sea de forma somera,  con la intención de traer más claridad sobre el asunto en cuestión.

Como cristianos, es preciso entender bien ciertos conceptos, de manera que no nos lleven a errores teológicos y doctrinales, porque, hermanos, este es el caso.

1. En ningún lugar de la Escritura

En primer lugar, hay que decir que en ningún lugar de la Palabra escrita de Dios vemos que se haga mención explícita del término “libre albedrío”. El libre albedrío, es básicamente un concepto filosófico, que como sustantivo, no viene en las Escrituras.

El libre albedrío o libre elección es la creencia de aquellas doctrinas filosóficas que sostienen que los humanos tienen el poder de elegir y tomar sus propias decisiones. Ahora bien, no nos interesa aquí definir lo que sería el libre albedrío en cuanto a alguna otra cosa que no sea en relación al hombre con Dios, el Creador. Por lo tanto, y en este caso y sentido, diremos que el “libre albedrío” sería la absoluta capacidad humana de desear, querer y buscar el bien conforme a Dios, o rechazarlo, habiéndolo conocido y entendido a la perfección. Obviamente, esa capacidad no la tiene el ser humano natural, que es un ser caído, como está escrito: “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura…” (1 Co. 2: 14)

Intrínseco en el ser humano está el no querer, ni poder querer lo santo de Dios. Está absolutamente fuera de su alcance, ya que es un ser condenado. Ningún hombre, por ser hijo de Adán, y conforme a su naturaleza caída, puede, ni quiere (Jn. 3: 19, 20), por sí mismo amar a Dios; decir lo contrario es pisotear la verdad.

2. El creer mal, lleva a obrar mal

(Mateo 6: 27) “¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?:

El creer de ese modo, lleva a muchos a buscar con indebida insistencia el convencer con piadosas palabras a sus oyentes, para que crean en Jesucristo. La intención es buena, pero la acción no lo es. Incluso se llegan a utilizar complejos métodos evangelísticos conforme a las técnicas empleadas en las ventas, para lograr objetivos de salvación, con la ondeante bandera de la “pasión por Cristo”, y el “ganar almas para Cristo”, como si todo ello dependiera del hombre, y de su habilidad en convencer a otro hombre. Simple y pura necedad.

Ningún hombre puede convencer a ningún hombre acerca del Evangelio, porque ningún hombre per se, puede llegar a creer en tan sublime manifestación del amor de Dios, si no es por la acción debida, concisa y poderosa del Espíritu Santo, y todo por  la  previa determinación de Dios Padre (Ef. 1: 3-5), por los únicos méritos del Hijo en la cruz. SOLI DEO GLORIA!

3. ¿Cómo sería el hombre natural si tuviera realmente libre albedrío?

Si el hombre natural tuviera ese comentado libre albedrío, entonces sería hijo de Dios, porque jamás habría caído. No sería un ser condenado, sino amigo de Dios, miembro de la familia de Dios. Amaría de veras a Dios, conociéndole y buscándole en una santidad previamente imputada por Dios, pero deseada por él.

Ese fue el caso de Adán y Eva en un principio, antes de la caída; pero en ningún modo es el caso de esta humanidad caída, lamentablemente, es así.

4. La incapacidad del hombre para el bien de Dios; y la obra determinada de Dios

(Juan 5: 21) “Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida”

El hombre natural está muerto en sus delitos y pecados (Ef. 2: 1), y por sí solo, no tiene ninguna posibilidad ni capacidad de volverse de veras a Dios y de “aceptar” a Cristo. Para ello, requiere ineludiblemente del concurso del Espíritu Santo, por los méritos de la Cruz, y por la previa voluntad electiva del Padre (Ro. 8: 29-31; Ef. 1: 3-5)

Al no existir tan manido libre albedrío, pues, el hombre no tiene posibilidad alguna de creer verdaderamente en Jesucristo; ¡ningún hombre! Esa es la realidad existencial. Por lo tanto, esta cuestión hace del hombre, en todo caso, un ser dependiente de Dios, y por tanto, de Su elección predeterminada.

Ya que nadie se salva por voluntad propia, sólo Dios salva a quien quiere salvar, “en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de Su voluntad” (Efesios 1: 5)

Esa no sólo es declaración bíblica, sino que se corresponde con la realidad existencial. No todos creen ya que “no es de todos la fe” (2 Ts. 3: 2), porque “la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3: 19). Esto último define perfectamente lo argumentado, y la condenación en la que los hombres están (el hombre no es víctima, sino reo condenado).

Así como Dios en Su Soberanía ha elegido a quien hacer nacer, cuándo, cómo, y dónde, y nadie ha podido añadir ni un gramo a esto, Dios en Su Soberanía ha decidido tener misericordia de quien ha querido tenerla, y viceversa  (Ro. 9: 15, 18, 20), algo menos que eso es hacer a Dios un Dios mucho menor, lo cual es blasfemo.

5. Confundiendo el libre albedrío con la mera voluntad humana

El ser humano tiene una voluntad que Dios le ha dado, pero no la podemos denominar, libre albedrío, tal y como hemos expuesto. Esa voluntad es la que distingue al hombre de los animales, como el mono, (aunque muchos se obstinen en decir que el hombre viene del primate). Por esa voluntad el hombre toma decisiones que tienen que ver con el orden natural de las cosas, pero no con el exaltado orden divino. Esa es la tremenda diferencia.

6. ¿Por qué llegó a confundirse cierto cristianismo visible con el asunto del “libre albedrío”?

Se sigue diciendo en muchas congregaciones evangélicas que el hombre natural tiene libre albedrío, porque el arminianismo entró feroz hace unos 250 años en el seno visible eclesial.

Respecto a lo comúnmente llamado evangélico, la historia nos dice que un tal Jacobus Arminius (S. XVII) – de ahí, el “arminianismo” - se opuso a las doctrinas de la gracia, defendiendo postulados semipelagianos (que el hombre natural tiene la capacidad natural de poder amar a Dios por sí mismo), y que posteriormente, el metodismo (del cual vendría luego el pentecostalismo), con John Wesley a la cabeza, defendió a ultranza ese posicionamiento arminiano y humanista cual es el argumentado “libre albedrío”, el cual da la posibilidad al hombre natural de elegir a Dios, contradiciendo de ese modo la Escritura (1 Cor. 1: 23; 2: 14).

Ese mismo posicionamiento ideológico y teológico, ha pasado a ser básico en el entendimiento neopentecostal/restauracionista y dominionista de muchos hoy en día, que creen que los creyentes ya reinan y que son llamados a dominar en este mundo ahora (Reino Ahora), lo cual es evidente que viene del entendimiento arminiano, conforme al posibilismo humano derivado de él y de la consecuente creencia en el “libre albedrío”.

Conclusión

Para hacer conforme a la verdad, hay que creer la verdad.

SOLI DEO GLORIA

© Miguel Rosell Carrillo, Pastor de Centro Rey, Madrid, España.
Enero 2013
www.centrorey.org

FIN

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