LA LUCHA DEL CREYENTE CONSIGO MISMO EN ESTA TIERRA

ROMANOS 7: 14- 8: 1, 2

 “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.  Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.  Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios;  pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado. Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”

LA LUCHA DEL CREYENTE CONSIGO MISMO EN ESTA TIERRA

Algunos culpan a la ley, en vez de verse a sí mismos. La ley moral de Dios, tal y como el apóstol Pablo lo enseña, es buena en sí misma, pero es mala para mí, ya que yo soy malo, y uno malo no puede hacer lo bueno en sí mismo.

Así que el problema no es la exigencia de Dios (la ley), sino mi imposibilidad como humano de hacer lo que Dios manda.

Algunos interpretan esta crónica del conflicto interior de Pablo, como una descripción de su vida antes de conocer a Cristo, pero se equivocan, Pablo está hablando de él en esos momentos como creyente.

Pablo, con humildad y como ejemplo y tipo de todos los creyentes, se presenta ante todos como un hombre que, como tal, es malo en sí mismo: “el mal está en mí”. Así es.

Hermanos, cuando caemos en el error y engaño de pensar de nosotros mismos como buenos, o mejores que los demás mortales, en ese mismo momento no somos diferentes de aquellos religiosos fariseos que se creían justificados ante Dios por sí mismos.

“No hay justo, ni aún uno” (Romanos 3: 10) y eso reza para todos los hombres, incluidos los verdaderos creyentes. En cuanto a los últimos, éstos son justificados sola y exclusivamente por la justicia de Cristo, por Su sangre derramada, la cual les cubre y les hace aceptos a Dios. Por eso la salvación es para los elegidos por Dios (Ro. 8: 29-31), ya que Él redime y salva, y jamás el hombre en modo alguno (Mt. 19: 26).

En todo ese relato, Pablo está diciendo que en él, por él, y así en cuanto a todos nosotros, no hay nada digno de Dios; nada que pueda estar de pie ante Dios cara a cara. Nada que esté justificado en sí mismo ante el Santo.

El dilema interior de Pablo, y el de todo verdadero creyente, es que aunque desea y decide hacer lo que Dios quiere desde su nuevo hombre, se encuentra con un hombre viejo, que es el resultado de la antigua naturaleza, que aún no acaba de morir aunque está sentenciado a muerte:

“sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6: 6)

Ese “cuerpo de pecado” del que habla el mismo Pablo un capítulo atrás, es sinónimo de “nuestro viejo hombre”. Aunque este último está impotente (gr. katargeo), clavado en la cruz, todavía mantiene una influencia sobre nuestro ser contra la cual hay que combatir y seguir combatiendo mientras estemos en este cuerpo mortal.

Para el verdadero creyente, el hecho de estar en este mundo, es señal de que a pesar de que es salvo (Ef. 2: 6), todavía no se ha manifestado esa salvación; no se ha manifestado lo que ha de ser (1 Juan 3: 2), porque todavía sufre los efluvios de la caída, ya que como descendiente de Adán, todavía no ha dejado de ser humano.

“De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí”:

El adverbio griego que se traduce por “ya no”, significa un cambio completo y permanente. El creyente ya no quiere pecar (cosa diferente cuando no era de Cristo). El pecado es pecado del todo en la vida del hombre, cuando éste lo desea, lo admite y lo quiere. Un ejemplo de lo contrario es cuando una persona es abusada y obligada a hacer algo que no quiere hacer. Por eso, cuando el creyente peca, busca el arrepentirse y no pecar más, y hay perdón para él de parte de Dios (ver 1 Juan 1: 5-10)

(7: 24-8: 2) “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?  Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado. Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”:

Por todo ello, el mismo Pablo asegura que a pesar de estar en su cuerpo mortal, el cual no iría como tal al cielo sino que debería ser, o bien resucitado o bien trasformado; a pesar de que la intención de servir a los propósitos de Dios estaba ahí, surgiendo desde su hombre interior y no obstante en la práctica haciendo muchas veces lo contrario; a pesar de todo ello, NINGUNA CONDENACIÓN había para él, ni para todos sus hermanos en la fe de todos los tiempos. ¿La razón?, la expuesta en la Palabra; porque el que es verdaderamente de Cristo no anda según los parámetros de la carne, obedeciéndola en todos sus deseos, sino oponiéndose a ello desde el hombre interior, porque el Espíritu de Cristo mora en ese creyente, y no le permite practicar ese modo de vida pecaminoso, ya que ha sido regenerado por el Espíritu (ver 1 Juan 3: 9, Tito 3: 5)

Las Buenas Nuevas: La salvación no se pierde, “porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6: 14)

SOLI DEO GLORIA!

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
www.centrorey.org
Junio 2012


Fin