¿PUEDE EL HOMBRE NATURAL FRUSTRAR LA OBRA DE SALVACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO?

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¿PUEDE EL HOMBRE NATURAL FRUSTRAR LA OBRA DE SALVACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO?

1.¿Puede el individuo frustrar la obra de salvación del Espíritu Santo en su vida

Salmo 115: 3 “Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho”

¿Podrá el hombre resistir la voluntad explícita de Dios hasta el punto de doblegar a Dios? Sabemos que en modo alguno, pero ¿y si hablamos del destino eterno de un individuo, en este caso para salvación?…

Si Dios ha elegido salvar a un hombre en concreto, ¿Podría ese hombre “no querer ser salvado” hasta conseguirlo? También sabemos que no, como la Palabra nos lo enseña y veremos en un momento, y sin embargo, hay quien dice que el bendito Espíritu de Dios, cuando comienza Su obra de traer a una persona a Cristo, ¡puede ser resistido y pueden ser frustrados Sus propósitos de salvación!

Estos enseñan que el Espíritu Santo sólo puede cumplir Su cometido en tanto en cuanto el pecador no se resista, y voluntariamente se sujete a Él… así, de ese modo, la voluntad de Dios quedaría sujeta a la voluntad del hombre, lo cual es inverosímil.

Estos aseguran que en realidad Dios no fuerza a nadie a ser salvado, ya que el amar a Dios debería partir de una acción libre por parte del hombre y por tanto, no impuesta. ¡No han comprendido bien este asunto!

Lo que olvidan es que nada tiene que ver esto con cuestiones de libertad individual, sino todo lo contrario. El hombre natural en modo alguno, ni quiere, ni puede amar a Dios dada su naturaleza depravada (1 Co. 1: 23; 2: 14; Ef. 2: 3), y siempre, absolutamente siempre, por sí mismo resistirá a Dios, como ocurre de continuo cuando se predica el Evangelio públicamente o individualmente y la mayoría no quiere saber nada. La salvedad a esa regla: los que son escogidos por Dios para salvación, y Él los salva.

Premisa: El hombre natural ni ama, ni puede amar a Dios por sí mismo.

Ahondando en ello, sólo con la simple exposición del Evangelio, ¡y aún, con la somera acción iluminadora del Espíritu Santo!, el hombre natural jamás vendrá a Cristo. Veámoslo en la Escritura:

“Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. ..Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas” (Juan 1: 9-11; 3: 19, 20)

Al contrario, todo el que hace lo malo (y todos los hombres hacen lo malo – Gn. 8: 21; Mr. 7: 20-23; etc. etc.) aborrece la luz y huye de la luz. Por sí mismo, todo hombre no renovado huye de la luz; no la soporta, no la quiere, la detesta. Jamás un hombre vendría por sí solo a buscar a Dios de veras, menos todavía a amarle por propia voluntad. El hombre está muerto en sus delitos, y pecados, y su naturaleza caída y totalmente depravada le impide amar a Dios. El hombre interior del hombre natural está muerto.

Insistimos, ni siquiera la mera iluminación por la sola exposición del Evangelio lograría interesar a un pecador impenitente volverse genuinamente a Dios. Esto lo sabemos. Son millones los que escuchan el Evangelio y no les interesa lo más mínimo. Esa es la realidad del hombre natural: está muerto en sus delitos y pecados (Ef. 2: 1), y por tanto la cruz es estupidez para él (1 Co. 1: 23b).

¿Falla la Palabra de Dios; falla el evangelista; falla la verdad del Evangelio? No, falla el hombre.

Si Dios no salvara a quien quiere salvar, ¡NADIE sería salvo! Absolutamente nadie.

[Nota: No estoy diciendo que no haya que predicar el Evangelio; no se me mal entienda. Hay que predicarlo a todos por cuanto es la manera que Dios ha dispuesto para traer la salvación al hombre; a ese que Dios quiere y va a salvar, y nosotros no sabemos quién va a ser].

2. La vuelta a la vida para amar a Dios

“…nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios (1 Corintios 1: 23, 24)

Vemos que para el hombre natural la palabra de la cruz es estupidez (trad. lit. gr.), pero para el hombre llamado por Dios para salvación es todo lo contrario, es poder de Dios en su vida para salvación y santificación.
Por ello, hermanos, primeramente el hombre debe ser resucitado o vuelto a la vida para poder amar a Dios.

El apóstol Pablo lo explicó con mucha claridad a los cristianos de Efeso:

Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Efesios 2: 1-5)

Está muy claro. Como verdaderos cristianos, estábamos muertos, cumpliéndose así la maldición adámica decretada por Dios contra Adán y su descendencia (Gn. 2: 17; 1 Co. 15: 22a), y no podíamos amar a Dios porque estábamos separados de Él y muertos espiritualmente, ya que nuestro hombre interior estaba muerto. Pero Él, según nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, nos predestinó para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de Su voluntad (Ef. 1: 4, 5), y por ello “nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Ef. 2: 5).

Una vez vueltos a la vida, y disfrutando de esa inmerecida gracia irresistible del Espíritu Santo, amamos a Dios, porque ese es el sentido de nuestra vida: amarle y conocerle, porque para eso fuimos creados, ya que Cristo vino a buscar lo que se había perdido (Mt. 18: 11). Ese amor a Dios es absolutamente genuino, y es característica de un verdadero renacido de Dios.

El Espíritu Santo es el encargado de convencer (Juan 16: 8). Cuando el Espíritu Santo actúa convenciendo al pecador, Su poder es irresistible, porque es el mismo amor del Padre derramado en el recién nacido en Cristo (Jn. 3: 3).

“porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado (Ro. 5: 5)

Su llamamiento no puede ser frustrado por nada ni por nadie, y así como cuando uno mete la mano en el fuego y se quema sin remedio, así mismo actúa el Espíritu de Dios convenciendo al pecador y llevándolo al Salvador. Cuando el Padre lo quiere, el Espíritu Santo actúa con gracia irresistible.

De ese modo aquella persona que Dios quiere salvar, la salvará:

(Juan 6: 37) “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera”

(Juan 6: 44) “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero”

(Juan 6: 45) “Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí”

(Gálatas 1: 15) “Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia”.

Pablo resistió al testimonio de los creyentes, hasta el punto de enviarles a la muerte, hasta que… hasta que Cristo le tocó de tal manera que su respuesta inmediata fue: “¿Qué quieres que yo haga?” (Hchs. 9: 6).  Si Pablo, contumaz, fue tumbado de tal manera, ¿qué no podrá hacer Dios con aquél que quiera salvar? Eso se llama gracia irresistible, porque nadie la puede resistir.

Dios no deja a la libertad del hombre Su salvación. El hombre no puede oponerse a la voluntad de Dios cuando esa voluntad de Dios es explícita, tal y como hemos explicado.

3. De Dios es la salvación

Juan 6: 44, 45 “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí”

Solamente pueden venir a Cristo aquellos que el Padre les lleva a Cristo. Esto excluye a los que excluye. Estos elegidos incondicionalmente (ya que son elegidos por Dios según el puro afecto de Su voluntad – Ef. 1: 5), son los enseñados por Dios, como está escrito en Jeremías 31: 31-34, y también en Hebreos 8: 8-12. Eso significa que tienen el Espíritu Santo o (y) la unción del Santo, y por eso “conocen todas las cosas” (1 Juan 2: 20). Esto último, a diferencia de aquellos que salieron de nosotros, pero no eran de nosotros, y son anticristos (1 Juan 2: 18, 19)

SOLI DEO GLORIA!

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España
Marzo 2012
www.centrorey.org

FIN