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COMENTARIO SOBRE 1 TIMOTEO 2: 1-4

Índice del Tema

(1 Timoteo 2: 1-4) “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual desea que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad”

Es necesario tener un equilibrado entendimiento de la Escritura respecto a la cuestión de la intercesión por los perdidos, para no irnos a ningún extremo, y no obstante entender cuanto más mejor, cuál es la voluntad de Dios al respecto de esto. Es necesario también entender acerca de la voluntad y deseo de Dios. Veremos bastante de todo esto, basándonos en esta porción de la Escritura.

COMENTARIO SOBRE 1 TIMOTEO 2: 1-4

1. ¿Depende de nosotros la salvación de los perdidos?

Pablo exhorta a los cristianos a orar por todos los hombres, porque esa es la voluntad de Dios. En ese sentido, continúa diciendo que nuestro Dios desea (ezelo, gr.) que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.

¿Está diciendo el apóstol Pablo que si nos ponemos a orar por todos y cada uno de los hombres que pueblan este mundo, moveremos la mano de Dios para que sean salvos todos y cada uno de ellos?

Si así fuera tres cosas estaríamos diciendo:

  1. La salvación de los hombres depende de nosotros.
  2. Todos los hombres podrían ser salvos.
  3. Dios quiere que se salven todos los hombres y la oración es la manera para que esto ocurra.

Ante esas tres erróneas premisas, respondemos diciendo:

  1. La salvación de los hombres NO depende de nosotros.
  2. Todos los hombres NO van a ser salvos.
  3. Dios desea (no quiere – [ezelo gr.]) que se salven todos los hombres, y por tanto, la oración no garantiza la salvación de nadie.

Veamos. Si Dios efectivamente quisiera que todos los hombres fueran salvos, y hubiera escogido la intercesión nuestra para ese propósito, entonces todos serían salvos, pero sabemos que eso no es así; son más los que se pierden que los que se salvan.

Y si se perdieran por nuestra ineficacia o negligencia a la hora de orar, entonces la salvación de los demás dependería de nosotros, y su perdición sería por nuestra culpa, ¡Enorme peso y carga hubiera puesto Dios sobre nuestros hombros!

Por otro lado, si la salvación de los hombres dependiera de nuestro motor de oración; cuanto más oremos más se salvarán, entonces la salvación sería por obras, lo cual contradice la Escritura (Ef. 2: 9)

Partimos de la base de que en última instancia, la salvación nada tiene que ver con el hombre sino que es absoluta prerrogativa de Dios, que es el único que puede salvar y llamar a salvación. Eso en nada desmerece el hecho de que debemos orar por la salvación de los hombres, según la guía del Espíritu.

2. Entonces, ¿Para qué orar por los hombres?

Ante todo Dios quiere que sus hijos sean sensibles ante la necesidad de los demás, y qué mayor necesidad que de la salvación, ya que los que no tienen a Cristo están perdidos.

El tener compasión por los perdidos, es producto de la intercesión por ellos. Como escribe John McArthur:

“El deseo de Pablo era que los cristianos en Éfeso tuvieran compasión por los perdidos, entendieran la profundidad de su dolor y miseria, y acudieran a Dios en comunión íntima para rogar por su salvación”

Es la voluntad de Dios que nos compadezcamos de los demás y por tanto, de que no seamos fríos y distantes ante nuestros semejantes, independientemente de si unos u otros van a ser salvos o no.

La oración por las gentes mueve nuestro corazón en la dirección del amor de Dios.

Dios quiere que oremos por todos los hombres. No por los que entendemos son los elegidos para salvación, ya que eso no lo sabemos, sino por todos los perdidos, como lo estábamos antes nosotros, los ahora salvos. Tengamos bien presente que el decreto de elección de Dios es secreto (Ef. 1: 5), y los creyentes no podemos saber quién es elegido (o quien será salvo) hasta que esto ocurra.

Parejo con la intercesión por todos los hombres, es el esfuerzo evangelizador. Así como debemos orar por todos los hombres, debemos predicarles el Evangelio a todos los hombres. Como también dice McArthur: “El alcance de los esfuerzos evangelizadores de parte de Dios, es más amplio que el número de los elegidos”. En ese sentido vemos esto:

“Porque muchos son llamados, y pocos escogidos (Mt. 22: 14)

“para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste… Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado(Juan 17: 21, 23)

El mundo debe saber que Dios ha amado a Sus elegidos, como amó a Jesús.

No nos toca a nosotros saber quién va a ser salvo y quién no. A nosotros nos toca orar por todos y evangelizar a todos. La salvación es del Señor, y Él llama para salvación (como ha llamado y llamará conforme a llamamiento eficaz) a todos los que ha querido (no deseado solamente) desde antes de la fundación del mundo según el puro afecto de Su voluntad (Ef. 1: 4, 5)

3. La diferencia entre lo que Dios quiere, y lo que desea

“4 el cual –Dios- [quiere] que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad

Si Dios quiere algo, ¿no lo va a hacer?, entonces, ¿por qué se pierden y se han perdido tantos y tantos hombres al presente y a lo largo de la historia de la humanidad?  

Ya hemos aclarado que no es por orar y orar que la gente se salva, el mismo Jesús nos exhortó a no hacer oraciones por hacerlas, como que así seremos más escuchados (Mt. 6: 7)

La clave del asunto reside en la traducción del verbo griego “Ezelo”. Ese verbo se puede traducir tanto por “querer”, como por “desear”. Por lo tanto, si Dios quisiera que todos los hombres se salvaran, lo haría, pero si Dios desea que los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad, esto ya va en consonancia con el resto de la Escritura, porque eso sí se ajusta a la verdad de la misma.

Una cosa es la voluntad determinada de Dios, otra cosa es la voluntad permisiva de Dios, y otra cosa es la voluntad como deseo íntimo de Dios.

Hay que entender que el verbo “ezelo”, traducido al español por “querer”, no es la expresión habitual para aludir a la voluntad de Dios en cuanto a su decreto o propósito eterno, sino que se usa aquí para aludir la voluntad en cuanto a deseo íntimo de Dios. Dicho de otra manera, lo vemos en el siguiente versículo:

“Diles: Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva” (Ezequiel 33: 11)

Dios, por su naturaleza amorosa, no desea la perdición de los hombres, sino que desea su salvación.

Hay que entender lo siguiente: existe una gran diferencia entre el deseo de Dios (ezelo), y su propósito eterno de salvación que trasciende sus deseos conforme a su naturaleza amorosa.

También se puede poner esto por activa: Dios no quiere que los hombres pequen, y sin embargo, los hombres pecan.

Dios no quiere que las personas sean malvadas, y tengan que pasar la eternidad en el infierno, no obstante ese destino de los hombres sin Cristo, es el que merecen, aunque Dios no lo desee. Todos los que se han de perder continuarán perdiéndose hasta el fin.

Solamente unos escogidos por Él son sacados de este mundo para recibir la salvación, esta vez, por su voluntad determinada:

“¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros…” (Romanos 9: 22-24)

En su propósito eterno, Dios sólo escogió a Sus elegidos, y pasó por encima del resto para abandonarlos a las consecuencias de su propio pecado, incredulidad y consecuente rechazo de Cristo (Ro. 1: 18-32).

En última instancia, las elecciones de Dios son determinadas por su propósito soberano y eterno, no por Sus deseos dados de su naturaleza de bondad.

La bondad no sustituye a la justicia, porque la justicia es conforme a la verdad, y las dos son de Dios; y también la bondad.

SOLI DEO GLORIA

Dios les bendiga.


© Miguel Rosell Carrillo, Pastor de Centro Rey, Madrid, España.
Marzo 2012
www.centrorey.org

(Pueden hacer copias y divulgar con libertad este y todos mis mensajes, sólo respetando la autoría. Dios les bendiga)


FIN

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