EL NAUFRAGIO DE MUERTE ETERNA

Índice del Tema

“…a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hchs. 2: 36, 37)

EL NAUFRAGIO DE MUERTE ETERNA

Para mostrar la necesidad de ser salvados, se ha utilizado la escena de un naufragio, donde los pasajeros de un buque que se está hundiendo flotan a la deriva en el mar sostenidos algunos por salvavidas, en tablas, y otros simplemente nadando. Entonces aparece el Capitán del buque de la salvación rogándoles que tomen del cabo o cuerda para ser izados a cubierta y ser entonces salvados, porque si no lo hacen perecerán ahogados. Algunos se fían de él, otros no.

Esta narración, con sus pocas variantes es la que muchos han usado para definir el proceso de la salvación. Los que flotan en el mar son los que necesitan ser salvados, y el Capitán que es Cristo, les urge por boca de sus marineros, los cristianos, a que se agarren de la cuerda del Evangelio para ser salvos.

Parece que es una buena parábola en cuanto al proceso salvífico, pero ¿lo es? No, no lo es. Pero veámoslo detenidamente. Según este símil:

  1. a) Los hombres y mujeres todavía están vivos, aunque en peligro de morir.
  2. b) Cristo les ruega que se agarren del Evangelio.
  3. c) Conforme a la libertad de cada hombre y mujer, unos aceptan el regalo de la salvación, otros lo rechazan.

Visto de este modo, debemos insistir en que este NO es el planteamiento de la salvación, ni la realidad del hombre. De paso comentar que esta exposición es la típica derivada del arminianismo.
Veamos cual sería el planteamiento correcto, tal y como Dios lo contempla.

  1. a) Los hombres y mujeres están muertos, todos ellos, en el mar de la condenación.
  2. b) Cristo no les ruega que se agarren del Evangelio.
  3. c) Ninguno de esos hombres y mujeres tienen libertad para aceptar o rechazar el regalo de la salvación.

Expliquémoslo bien todo esto.

1. La realidad del hombre natural

“…estando nosotros muertos en pecados…” (Ef. 2: 5)

“El hombre es un enfermo espiritual que debe ser salvado, y sólo Dios lo puede salvar, y por tanto, como Él tiene el poder para hacerlo, es de justicia que lo haga”: ¡este es el concepto EQUIVOCADO de muchos cristianos!

La realidad es otra muy diferente. Dios no tiene que salvar a un hombre que no es víctima, sino reo de muerte a causa de sus pecados y de su naturaleza pecaminosa.

Todos los hombres están muertos espiritualmente hablando, a causa de sus violaciones y pecados (Ef. 2: 1), y a causa de su naturaleza pecaminosa. Decir que están todavía vivos aunque flotando en el mar de la perdición, es falso, y lleva a malos entendimientos.

Si el hombre, aunque enfermo o en necesidad, todavía vive, significaría que no sería tan malo como la Biblia lo define, y eso nos llevaría a un posicionamiento pelagiano o semi-pelagiano (*) lo cual es herético. Es más, por su naturaleza depravada o corrupta, el hombre está completamente inclinado hacia el mal, y eso de forma continuada, por lo tanto la respuesta de ese hombre a la exposición del plan de salvación será de continuo el rechazarlo, como lo expresa la Escritura:

“Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3: 19)

Sin la intervención de Dios, el hombre está irremisiblemente condenado, y además gozándose de su pecado, conforme a su naturaleza de depravación.

Ahora, ¿cómo interviene Dios?, ¿quizás rogando al hombre que acepte a Cristo? Este es el mensaje que continuamente se enseña y se predica, de ahí el llamamiento a “aceptar a Cristo”, pero es erróneo.

En primer lugar, Dios no ruega, Dios ordena. En segundo lugar, Dios no espera que un muerto se levante por sí mismo para que pueda aceptar la vida. Por ello, y en tercer lugar, Dios da vida al muerto para que se levante: “Y Él os dio vida cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2: 1).

Veamos en el siguiente pasaje de la Escritura: “…a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hchs. 2: 36, 37)

Esta escritura, es muy aclaratoria. Cuando Pedro les predica acerca de Cristo, como Señor a todos los que estaban allí, por la acción del Espíritu Santo los que estaban destinados a salvación, “al oír”, reaccionaron, ahora, ¿Por qué oyeron?,  oyeron porque Dios les dio oídos para oír en ese instante, y no reaccionaron como un acto premeditado o consciente de su voluntad, sino conforme al impulso del Espíritu Santo en ellos.

En ese momento esas personas siendo alumbradas por el Espíritu de Dios comprendieron su necesidad de Dios, y exclamaron: “¿Qué haremos?”. Por esa pregunta, “Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (V. 38). Por la acción salvífica de la gracia irresistible del Espíritu Santo esas personas, como tres mil, fueron salvas en ese mismo instante.

2. El posicionamiento arminiano y su refutación

Pero el posicionamiento arminiano y sobre todo, el derivado de él, en su semipelagianismo, enseña otra cosa.

El posicionamiento arminiano es el siguiente: es el creer que los muertos al no estar realmente muertos pueden “decidir aceptar a Cristo” en un acto de la voluntad del individuo.

Pero los muertos están realmente muertos, y por tanto no pueden decidir nada. Un muerto no se mueve. Entiéndase bien que esa muerte es derivada directamente del pecado, y por esa muerte la justicia en el hombre es inexistente. Así como Cristo es el Justo, el hombre es el injusto.

La quimera del “libre albedrío” en el hombre natural
Si el hombre natural tuviera en sí mismo la libertad auténtica y verdadera de elegir a Dios, entonces ese hombre no sería hombre natural (1 Co. 2: 14), y por tanto caído como es, sino que sería un hombre sin depravación alguna, y por tanto en perfecta comunión con Dios.

Sólo se puede elegir a Dios si se es justo; como lo fue Jesús, que por ser el Justo, tenía en su haber la libertad de ir al Padre siempre. En otras palabras, si le adjudicamos “libre albedrío” al hombre, deberemos entonces desposeerle de toda naturaleza de pecado, de toda depravación y pecado personal consiguiente. Por ello el hombre sin Cristo no tiene “libre albedrío”.

Aquellos 3.000, no es que usaron de su “libre albedrío” para creer en Cristo, sino que el Espíritu Santo les hizo creer, al darles por la gracia de Dios, la fe para creer (Ef. 2: 8). La salvación fue cien por cien de Dios, sin la participación del hombre.

En cuanto a los verdaderos creyentes opera en el mismo sentido el asunto. Así como aquellos 3.000 pudieron por el Espíritu Santo recibir a Cristo e ir al Padre, los creyentes tenemos libertad de ir al Padre también, no por nuestra justicia, sino por la de Cristo en nosotros. No por "nuestra" libertad, sino por la de Cristo; por ello siempre dependemos del Espíritu Santo en todo.

El posicionamiento arminiano es el siguiente: que Dios ha ofrecido a Su Hijo a todos los hombres, y que todos y cada uno de los hombres tienen la oportunidad y libertad de aceptar o rechazar la salvación. Pero un hombre inclinado al mal, que ama las tinieblas más que la luz, y está muerto espiritualmente jamás irá a la cruz. Si Dios lo hubiera hecho de este modo, NINGÚN hombre se salvaría. Si la salvación estuviera en algún momento en manos del hombre, sea para recibirla como para mantenerla, resultaría en un terrible fracaso.

El posicionamiento arminiano confía en el poder decisorio del hombre, en el que éste podría por sí mismo ser lo suficientemente libre como para elegir, y hacerlo bien. Esto en sí es herético, por todo lo que ya venimos argumentando.

Pedirle al hombre natural que acepte a Cristo esperando que por sí mismo acepte de corazón ese ofrecimiento, es como pedir a un pez que salga del agua y viva en tierra, o a un dromedario que intente volar y haga su “nido” en la copa de un árbol. Son cosas contrarias a su naturaleza, y del mismo modo es con el hombre, porque es malo por naturaleza también:

“…el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud…” (Gn. 8: 21)

“¿Qué cosa es el hombre para que sea limpio, y para que se justifique el nacido de mujer?” (Job 15: 14)

“He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (S. 51: 5)

“Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Romanos 3: 10-12)

No hay nada aprovechable en el hombre
No, en el hombre no hay algo que valga la pena, algo en lo que Dios se puede fijar y aprovechar para su bien eterno. Todo lo contrario. La Escritura no puede ser más clara:

“Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes (Gl. 3: 22)

Nada hay en el hombre salvable, excepto el mismo hombre, pero el que le salva es Dios.

El hombre ni se puede salvar, ni puede pedir que le salven, y ni siquiera tiene algún deseo o ánimo de ser salvado, ya que en su naturaleza depravada, detesta la pureza y santidad de Dios.

Sólo Dios le devuelve a la vida, porque esa salvación es el volverle a la vida, de ahí la santa expresión: NACER DE NUEVO (Jn. 3: 3), y esta vez para vida eterna.

La elección es la de Dios, no la del hombre
El posicionamiento arminiano enseña que es el hombre el que elige a Dios, y que en todo caso Dios de antemano eligió a aquél que previó que le iba a elegir. De ese modo, y de hecho, la elección es la humana, no la divina. Eso es herético también. Estando todos muertos, flotando en el mar de la condenación, y por tanto no habiendo ninguno que pueda exhibir alguna virtud decisoria hacia la vida, de ese modo ¡Dios no hubiera elegido a nadie a salvación!

Además, la Palabra no puede ser más clara respecto de quién parte la iniciativa:

“No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros…” (Juan 15: 16)

“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6: 44)

Si todos los hombres, por justicia, tuvieran el derecho a ser salvados, y Dios sólo salvara a unos cuantos de todos ellos, ese sería un acto de injusticia (impropio de Dios). Pero si ningún hombre tiene derecho a ser salvado, sino todo lo contrario, y Dios salva a unos cuantos, entonces este es un acto de misericordia (propio de Dios).

3. Sólo por Su misericordia, Su elección

Aquí es donde entra la misericordia del Dios Creador en acción. No pudiendo (ni queriendo) el hombre elegir a Dios, ni por activa ni por pasiva, Dios eligió al hombre: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3: 16)

En aquel texto del libro de los Hechos, vemos: “Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare(V. 39). La promesa de salvación es para todos aquellos a los que Dios llama, no a los que no llama. De ahí el asunto de la elección divina.

Si hablamos de misericordia, no hablamos de justicia. Por justicia todos estarían justamente condenados, conforme a verdad y conforme a la santidad de Dios, Juez justo. Pero aquí hablamos de misericordia, porque la misericordia triunfa sobre el juicio (Stgo. 2: 13)

Si hablamos de misericordia, necesariamente debemos hablar de elección, y esa elección es dominio del Señor de todas las cosas. Así como Dios no nos pidió permiso para hacernos nacer en lo natural, tampoco lo hace para hacernos nacer en lo espiritual, y aquí es donde les dejo con el siguiente pensamiento:

“Si Dios quisiera que todos los hombres fueran salvos TODOS LO SERÍAN, pero entonces ni los hombres serían hombres, ni Dios sería Dios”.

¡SOLI DEO GLORIA!

Miguel Rosell Carrillo

(*) El pelagianismo es una de las doctrinas heréticas con más evidencia hacia el siglo V. La doctrina recibe su nombre de Pelagio. Negaba la existencia del pecado original, falta que habría afectado sólo a Adán, por tanto la humanidad nacía libre de culpa. Además, defendía que la gracia no era tan importante en la salvación, sólo era importante obrar bien siguiendo el ejemplo de http://es.wikipedia.org/wiki/Jes%C3%BAsJesús.

Fin