¿PUEDE EL CRISTIANO PERDER SU SALVACION?

"Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis;   por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano" (1 Corintios 15:1-3)

Pablo escribe esta epístola a la iglesia gentil de Corinto, una populosa iglesia establecida en la capital de la provincia de Acaya.  Como en todas las iglesias o congregaciones, hay gente nacida de nuevo, por tanto salva, y hay personas que, aunque han hipotéticamente creído, en realidad no han nacido de nuevo (Jn. 3: 3).

Pablo se dirige a los “hermanos”, pero ¿Son todos ellos verdaderos hermanos? No necesariamente, porque esa era una manera muy corriente de Pablo de dirigirse a los demás. Esto lo vemos por ejemplo en Hechos 28: 17, donde se dirige a los judíos de Roma, que no eran cristianos.

Es evidente que Pablo, de una forma genérica, se está dirigiendo a todos, sin discernir unos de otros por el simple y constatado hecho de cada uno que es salvo lo sabe, pero no tiene la seguridad o certeza de si su compañero realmente lo es. Este es el caso claro donde la Escritura nos habla de la fe individual: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11. 1)

Así que Pablo, implícitamente les habla a aquellos que se denominaban cristianos, pero seguían en sus pecados de siempre, o volvían a ellos – esto es – a su antigua manera de vivir, y por eso les dice: “…si no creísteis en vano”.Evidentemente los que creyeron en vano son los que realmente jamás nacieron de lo Alto (Jn. 3: 3)

Con esta declaración aclaratoria, Pablo reconoció y les mostró que algunos de ellos podrían tener una fe superficial, incompatible con la salvación producto del nuevo nacimiento (Mt. 7: 13, 14, 22-27: 13: 24-30, 34-43, 47-50; 25: 1-30)

La diferencia entre los verdaderos creyentes y los creyentes que en realidad no lo son, es que los primeros saben que son de Dios (Ro. 8: 14), mientras que los segundos creen así como los demonios creen (Stgo. 2: 19); están convencidos en su mente de que el Evangelio es cierto, pero no tienen amor a Dios, y más tarde o temprano sucumben en el camino. Esto es así porque jamás fueron regenerados.

Los creyentes verdaderos retienen el Evangelio con firmeza, sencillamente porque todo lo pueden en Cristo que les fortalece (Fil. 4: 13), no por sus solas fuerzas (Jn. 8: 31; 2 Co. 13: 5; 1 Jn. 2: 24; 2 Jn 9)

Insisto en este punto, Pablo les predicó el Evangelio a todos los que formaban visiblemente la iglesia de Corinto (como podía haberlo hecho a cualquier iglesia o congregación de Cristo en cualquier lugar y tiempo), esperando una respuesta hacia Cristo, así como cualquier pastor se dirige a su grey, e insta de forma genérica a perseverar en Cristo, según el Evangelio que todos recibieron (y que para unos fue de provecho, y para otros no)

Por tanto, no se puede usar este texto, u otros similares para buscar el defender ese blasfemo posicionamiento de que la salvación se puede perder, si realmente esa salvación es real. Y no se puede perder, no por legalismo, rigorismo o potencial humano alguno, sino porque CLARÍSIMAMENTE la Palabra de Dios dice que todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios (1 Juan 3: 9). Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros… (Romanos 6: 14)

La obra de preservación es de Dios, el poder es de Dios. El sello es de Dios (Ef. 1: 13, 14); la no condenación es de Dios (Ro. 8: 1)

(Efesios 1: 13, 14) “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria”

La gran noticia aquí es que podemos los que tenemos el testimonio del Espíritu Santo (Ro. 8: 14) en nuestras vidas dar gracias a Dios porque nuestra salvación es firme y segura, conforme al ancla, el ancla de nuestra salvación que es Cristo en nosotros. Por lo tanto, y en este sentido podemos afirmar sin ninguna duda: Los que somos salvos siempre somos salvos; hemos pasado de muerte a vida (1 Juan 3: 14); estamos justificados, y ya, en términos de eternidad, estamos glorificados, sentados juntamente con Cristo en los cielos, resucitados juntamente con El (Ro. 8: 29, 30; Ef. 2: 6)

Estas son las Buenas Nuevas de salvación… si no, ¿Qué buenas nuevas serían si viviéramos siempre con la espada de Damocles sobre nuestra salvación, con miedo a perderla en uno de esos pecados que ya no queremos cometer, pero que podemos llegar a cometer? (1 Juan 1: 8)

O dicho de otro modo… ¿Cuándo estaríamos seguros de nuestra salvación; un día sí, al otro, no sé, y al próximo Dios dirá? Bien, Dios ya lo ha dicho:

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5: 17)

Dios les bendiga

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España

Noviembre 2011

www.centrorey.org

 (Pueden hacer copias y divulgar con libertad este y todos mis mensajes, sólo respetando la autoría. Dios les bendiga)

FIN