DIFERENCIAS ENTRE LA ENSEÑANZA ARMINIANA Y DERIVADA DE ELLA, Y LA ESTRÍCTAMENTE BÍBLICA

(Para ver la diferencia entre un posicionamiento y otro; la enorme diferencia que existe, y las implicaciones a nivel teológico y vivencial que conlleva el asunto)

No es lo mismo creer que Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad, a creer que Dios desea (Ezelo, gr.) que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad (1 Ti. 2: 4)

No es lo mismo creer que el ser salvo depende en cierta manera del individuo, que creer que depende exclusivamente del Dador de la salvación: Dios.

No es lo mismo creer que el hombre natural está condenado y en depravación total por causa de la caída adámica, que creer que todavía tiene la capacidad espiritual de escoger el bien espiritual, y por tanto, tiene capacidad de ejercitar fe en Dios, para poder recibir el evangelio, y de este modo obtener la salvación. Si creemos esto último, entonces en alguna medida le estamos concediendo al hombre cierta gloria y mérito, lo cual es antibíblico.

No es lo mismo creer que la salvación es incondicional de parte de Dios, a creer que está condicionada al hombre, a su libre elección.

No es lo mismo creer que la prerrogativa de la salvación la tiene el hombre, a creer que la tiene Dios.

No es lo mismo creer que Dios escogió a los creyentes antes de la fundación del mundo (Ef. 1: 4), que creer el hombre tiene el suficiente poder para clamar por esa salvación, y así obtenerla “por fe”, sin que se considere el asunto de la elección soberana de Dios. No es lo mismo:Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6: 44)

No es lo mismo creer que Dios es quien elige al hombre,  que creer que los hombres pueden escoger a Dios, sin más. Si los hombres, por sí mismos, pueden escoger a Dios, entonces no están en su naturaleza pecaminosa, la cual hace al hombre ser enemigo de Dios. Entonces la doctrina de la caída adámica es falsa… pero eso no lo enseña la Biblia, sino todo lo contrario: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5: 12)

No es lo mismo creer que la salvación (verdadera) se puede llegar a perder, que creer que jamás se perderá. Naturalmente, en la medida en que esa salvación dependa del hombre, la puede perder (a mí no me duraría ni un día).

No es lo mismo creer que hemos sido predestinados para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Ef. 1: 5), que creer que la elección ha sido nuestra, y Dios se ha adaptado a nuestra decisión.

No es lo mismo creer que hemos sido predestinados para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Ef. 1: 5), que creer que Dios vio algo “bueno” en nosotros de antemano.

No es lo mismo creer que hemos sido predestinados para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Ef. 1: 5), que creer que nosotros de alguna manera buscábamos esa reconciliación con Dios.

No es lo mismo creer que hemos sido predestinados para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Ef. 1: 5), que creer que Dios ha tenido que ver algo con nuestra voluntad. Pero no. Fue según Él quiso, no según nuestra voluntad. Nuestra voluntad antes era la de resistir cualquier cosa que tuviera que ver con Dios. Un enemigo aborrece a su adversario, y eso éramos nosotros: enemigos de Dios.

No es lo mismo creer que la elección de la salvación es arbitraria, dependiendo de Dios y del hombre, que creer que fue ordenada desde el principio por Dios: “Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hchs. 13: 48)

No es lo mismo creer que Cristo murió para no salvar a nadie en particular (salvación condicionada a la voluntad del hombre), que creer que Cristo murió efectivamente por los elegidos de Dios. “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son” (Juan 17: 9)

No es lo mismo creer que el hombre puede resistir al Espíritu Santo para no ser salvo, cuando Dios quiere salvar a ese hombre, que creer que el hombre que Dios quiere salvar, no va a poder resistir al santo Espíritu de Dios. No es lo mismo. (Gálatas 1: 15) “Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia”.

No es lo mismo creer que la voluntad del hombre pueda oponerse a la voluntad de Dios, que creer lo contrario.

No es lo mismo creer que la salvación se puede perder, que creer que el salvo no la puede perder porque en la economía de Dios no sólo está justificado, sino glorificado (Ro. 8: 30)

No es lo mismo creer que el salvo puede venir a condenación, que creer que ninguna condenación hay para el salvo (Ro. 8: 1)

No es lo mismo creer que el salvo puede volver a su forma pecaminosa anterior, que creer que esa forma o naturaleza ya no existe, ni puede volver a existir en su vida (2 Co. 5: 17; 1 Juan 3: 9)

El asunto aquí trasciende, no a etiquetas denominacionales per se, sino a cuestiones de calado. Es sobre la soberanía de Dios, o la voluntad del hombre, así de importante es la cuestión.

Mucho más podríamos seguir argumentado, y seguro que lo haremos, pero baste con esto de momento. Hermanos es bueno recapacitar, considerar, y creer la verdad.

Dios les bendiga

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España

Noviembre 2011

www.centrorey.org

(Pueden hacer copias y divulgar con libertad este y todos mis mensajes, sólo respetando la autoría. Dios les bendiga)

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