LA ESPERANZA DE LA RESURRECCIÓN - Parte IV-

(1 Corintios 15: 16) “Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó”

Índice del Tema

Introducción

Los Doce Apóstoles, como ya vimos, habían sido testigos directos de la Resurrección de Jesús, por lo tanto, llenos del Espíritu Santo, cumplieron con su ministerio.

No obstante, Pablo de Tarso, no se quedó atrás en cuanto a testificar con valentía de lo que no vio, pero sí creyó. Este es un buen ejemplo para todos nosotros.

1. Pablo, valiente a la hora de testificar de lo que no había visto: La resurrección de Cristo

Compareciendo ante el sanedrín y luego ante el gobernador Félix

En los capítulos del 21 al 23 del Libro de los Hechos de los Apóstoles, se nos narra las peripecias de Pablo en relación a su viaje y estadía en Jerusalén.

Pablo llega a la santa ciudad, y es apresado por los romanos que indirectamente le salvan de ser destrozado literalmente por sus conciudadanos los judíos.

Fue acusado ante el sanedrín, y su defensa fue acerca de la resurrección de los muertos (leer Hchs. 21: -40; 22 y 23)

Preso, pues,  por los romanos, y escapando de sus compatriotas que le querían matar, Pablo es vehementemente acusado por parte del sumo sacerdote Ananías y de los ancianos ante el gobernador Félix en la ciudad de Cesarea. He aquí parte de la defensa de Pablo. Lo vemos en Hechos 24: 10-15. Leamos ahora el vers. 15:

“ 15teniendo esperanza en Dios, la cual ellos también abrigan, de que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos”.

Un poco más adelante, sigue diciendo Pablo:

“... Acerca de la resurrección de los muertos soy juzgado hoy por vosotros” (V. 21)

¡Acusado, en peligro de muerte, estando ante la misma presencia del juez de la nación judía, el más alto mandatario de Judea en aquellos momentos, lo primero que Pablo habla es acerca de la RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS!

Pablo, después de estar encerrado dos años, permaneció preso cuando vino su sucesor, Porcio Festo, “... y queriendo Félix congraciarse con los judíos, dejó preso a Pablo” (Hechos 24: 27).  

Compareciendo ante Porcio Festo

Cuando el nuevo gobernador Porcio Festo se instala en Cesarea, al poco sube a Jerusalén, y los judíos, principales sacerdotes e influyentes ciudadanos comparecen ante él presentando, de nuevo, sus acusaciones (Hchs. 25: 1-3), y rogándole que trasladasen a Pablo a Jerusalén para ser juzgado, sólo para, en realidad, matarle por el camino.

Festo se negó, aludiendo que él (Pablo) estaba allí (en Cesarea) y que presto estaba para volver a su sede de gobernación. Les invita a ir con él y que le acusasen allí, como así fue (25: 4-6).

Los judíos, no pudiendo probar nada, Pablo alega en su defensa: “...Ni contra la ley de los judíos, ni contra el templo, ni contra César he pecado en nada” (25: 8). Ante la oferta de Festo de subir a Jerusalén para ser juzgado (queriendo congraciarse el gobernador con los judíos), Pablo se niega, y le dice que quiere ser juzgado por César, antes que serlo por los judíos que insistentemente buscaban su muerte (25: 10-12), para que se cumpliera lo que leemos en Hchs. 23: 11.

Compareciendo ante el rey Herodes Agripa II

Dios le dio la oportunidad a Pablo de testificar ante los más altos dignatarios de su tiempo y lugar. Se estaban cumpliendo las palabras de Jesús cuando dijo de él: “... instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre(Hechos 9: 15, 16).

Unos días más tarde de aquellos sucesos, el rey Herodes Agripa II y su esposa Berenice, llegaron a Cesarea para saludar al nuevo gobernador, Festo. Al estar allí muchos días, Festo le explicó al rey el asunto de Pablo, ya que tenía un problema, no sabía que cargos imputarle cuando fuere enviado al César, es decir, a Roma (25: 13-21: 26, 27).

Agripa se ofreció a ayudar, y gustosamente quiso escuchar la defensa de Pablo. El apóstol relata brevemente su historia y su defensa (26: 1-7). Pablo diserta acerca de la esperanza de la promesa que hizo Dios a los padres (V. 7), y remata el asunto diciendo:

“¡Qué! ¿Se juzga entre vosotros cosa increíble que Dios resucite a los muertos? (26: 8).

¡EN TODA LA PRESENTACIÓN DEL EVANGELIO, Y AUN EN SU MISMA DEFENSA, PABLO NO DEJA DE HABLAR DE LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS!

Sigue Pablo narrando su testimonio: De ser un perseguidor, a ser un defensor y ministro de Jesús (26: 9-22), hasta que, en el contexto de la enseñanza de los profetas y del mismo Moisés, declara:

“Que el Cristo había de padecer, y ser el primero de la resurrección de los muertos, para anunciar luz al pueblo y a los gentiles (26: 23).

En relación a esto último, leemos en Isaías 42: 6, 7;

“Yo, Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones,  para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas”.

También en Isaías 49: 5, 6 respecto a Israel y a las naciones gentiles:

“Ahora pues, dice Jehová, el que me formó desde el vientre para ser su siervo, para hacer volver a él a Jacob y para congregarle a Israel (porque estimado seré en los ojos de Jehová, y el Dios mío será mi fuerza); dice: Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra”.

Pablo enseña que Cristo Jesús había de ser el que, resucitando primero, debía anunciar la salvación a Israel y a las demás naciones de sobre la tierra, tal y como ya se profetizó en su momento, y hemos leído en Isaías.

Esa verdad de verdades fue rechazada por el representante del César, Porcio Festo, cuando exclamó sin ambages y a gran voz: “...Estás loco, Pablo; las muchas letras te vuelven loco” (26: 24).

Sólo pueden creer aquellos que son ordenados para vida eterna, porque sólo Dios conoce los corazones de todos y cada uno de los hombres.

¡El Evangelio de la muerte y resurrección de Jesucristo fue predicado, pero no había allí corazones dispuestos para creerlo, porque otros dioses llenaban esos corazones y estaban muy a gusto con ellos!

2. Más sobre la doctrina apostólica de la Resurrección

Profundicemos un poco más en el tesoro que los apóstoles defendieron con su propia vida. Pablo inicia su carta a los cristianos residentes en Roma, escrita hacia el 55 d.C. en Corinto, bastante antes de que fuera apresado y llevado ante el César a Roma, diciendo:

“Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, y por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre” (Romanos 1: 1-5).

Aquí Pablo nos enseña que la Resurrección de Cristo de entre los muertos testifica de Jesucristo como el Hijo de Dios (o Dios mismo). Por Su Resurrección, no sólo creemos, sino que vemos que Jesús es el Mesías esperado, el Hijo de Dios, el Deseado de las naciones.

Timoteo

Pablo vivía entregado al Evangelio de la muerte y resurrección de Cristo. En su segunda carta a Timoteo, le insta:

“Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio, en el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la palabra de Dios no está presa” (2 Timoteo 2: 8, 9)

SU MENSAJE, DEBE SER EL NUESTRO: EL ANUNCIO DE LA RESURRECCIÓN DE NUESTRO SEÑOR COMO ÚNICA ALTERNATIVA A LA VERDADERA VIDA, LA PRESENTE Y LA FUTURA.

A. En Antioquía de Pisidia

En su primer viaje misionero, en Antioquía de Pisidia, en Asia Menor, a Pablo y Bernabé se les permitió hablar en la sinagoga.

Ellos haciendo memoria de todo el proceso de Dios en la antigüedad hacia Su Pueblo (Hechos 13: 13-22), empezaron a predicarles a Jesús, como descendiente de David (V. 22, 23).

Anunciaron la muerte y la resurrección de Jesús (V. 26-30), diciendo además:

“Y él (Jesús) se apareció durante muchos días a los que habían subido juntamente con él de Galilea a Jerusalén, los cuales ahora son sus testigos ante el pueblo (Hechos 13: 31).

Aquí Pablo y Bernabé se estaban refiriendo a los discípulos de Jesús que fueron testigos directos de su vida, muerte y resurrección.

Yo te he engendrado hoy

Siguió diciendo Pablo:

“Y nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres, la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy.

Pablo menciona el Salmo 2. Veamos que dice:

“Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú;Yo te engendré hoy(Salmo 2: 7).

Este “engendrar” es justamente el Resucitar del Hijo. Cuando dice el Padre que engendra al Hijo “hoy”, quiere decir que hay un momento (en el tiempo y en el espacio) en el que Dios Padre RESUCITA al Hijo. Esto fue ya profetizado, como vemos, unos 1000 años antes de que ocurriera.

También en otro lugar, el siervo de Dios enseña acerca de esa porción del Salmo segundo, probando con ello la divinidad del Hijo:

“Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú; Yo te he engendrado hoy? (Hebreos 1: 5)

También probando que fue el Padre el que resucitó al Hijo, el siervo de Dios escribe:

“Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy(Hebreos 5: 5).

David, y la Resurrección de Cristo

Siguió Pablo enseñando en Antioquía de Pisidia, Hechos 13: 34-37;

“Y en cuanto a que le levantó de los muertos (a Cristo) para nunca más volver a corrupción, lo dijo así: Os daré las misericordias fieles de David. Por eso dice también en otro salmo: No permitirás que tu Santo vea corrupción. Porque a la verdad David, habiendo servido a su propia generación según la voluntad de Dios, durmió, y fue reunido con sus padres, y vio corrupción. Mas aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción”

Esas “misericordias fieles o firmes” prometidas al pueblo de Dios, se encuentran en Isaías 55: 3;

“Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David”.

Esa promesa de misericordia, se reflejó en otra promesa que ahora veremos con mayor detalle, y que Pablo menciona. Se encuentra en el Salmo 16: 10

“Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción”.

Evidentemente, David no habló de sí mismo, sino, proféticamente, habló de Cristo. El mismo apóstol Pedro enseñó esto:

“Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy. Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hechos 2: 29-32).

B. La vinculación de la Resurrección de Cristo con nuestra resurrección

Pablo, refiriéndose a Abraham y a todos los que son de la fe suya, escribe a los romanos diciéndoles:

“Y no solamente con respecto a él (Abraham) se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación (Romanos 4: 23-25);

Nuestra JUSTIFICACIÓN (el ser hechos justos ante Dios), se sostiene por la RESURRECCIÓN del Salvador.

Si Cristo no hubiese resucitado, si sólo hubiese muerto, vana sería entonces nuestra fe. Esto lo leemos en 1 Corintios 15: 17;

“si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados”.

¿Y si no creemos en la resurrección de los muertos?

Pero, también hay que interpretarlo esto de otra manera, a saber: Si no creemos en la resurrección de los muertos, nuestra hipotética fe en la Resurrección de Cristo es estéril. Veamos lo que enseña Pablo al respecto:

“Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó (1 Corintios 15: 12, 13)

Algunos “creyentes” de la iglesia de Corinto afirmaban que a pesar de que Cristo resucitó, los creyentes en Cristo no lo harían, (¡no podían creer en lo sobrenatural de Dios!).

Hoy en día, muchos de los llamados “creyentes” tampoco creen en la resurrección de los muertos (aunque no lo digan abiertamente). No obstante, no creer en ello tiene unas implicaciones terribles. Pablo afirma que: “Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó” (V. 13). En otras palabras, el que no cree que los muertos resucitan, tampoco puede creer de verdad que Cristo resucitó. Si no puede creer que Cristo resucitó, todavía está en sus pecados; en otras palabras: NO HA NACIDO DE NUEVO, y sólo es un creyente de corte nominal; no es un verdadero hermano en la fe.

C. De la incorrupción, saldrá la incorrupción

Sansón inventó una adivinanza que nadie pudo resolver, y que decía así:

“Del devorador salió comida, y del fuerte salió dulzura” (Jueces 14: 14).

Hoy ya sabemos que se estaba refiriendo al león que mató con sus manos, y que de su cuerpo muerto días más tarde las abejas construyeron en él un panal de rica miel.

¡Del cuerpo muerto salió dulzura! Esta puede ser una semejanza de lo que ocurrirá a los cuerpos de los muertos en Cristo. Sus cuerpos serán renacidos a una vida de triunfo y de exaltación.

Leemos en 1 Corintios 15: 42-44;

Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción.Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual”.

Por este versículo, entendemos que este cuerpo animal que tenemos (animal porque está constituido de polvo y agua), será convertido en un cuerpo espiritual. No por ser espiritual será menos real, sino todo lo contrario, será más real, poderoso y glorioso, como indica el mismo versículo.

Sigue diciendo Pablo:

“... Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual. Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción”.

En otras palabras, aunque somos descendientes del primer Adán, el que tenía un cuerpo terrenal o animal (como el de ahora nosotros), somos llamados a heredar el mismo cuerpo del Señor resucitado. Cuando Él se manifieste:

“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3: 2).

La confirmación de todo ello es la misma declaración de Pablo cuando dice: “50Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. Es imposible llegar al Cielo en este, nuestro actual cuerpo animal.

D. ¿Cuántas resurrecciones habrá?

La Biblia nos enseña que habrá en resumidas cuentas, dos tipos de resurrecciones: Una para gloria eterna, y otra para condenación eterna.

A través de los tiempos, en los atisbos de Dios, los profetas han ido hablando indiferentemente de la resurrección de los muertos, tanto de los justos como la de los injustos, no estableciendo un tiempo en concreto. Por ejemplo, lo vemos en Daniel 12: 2;

“Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua”.

Incluso así también lo expuso el mismo Jesús, sin esa consideración por los tiempos:

“No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Juan 5: 28, 29).

Acerca de la resurrección de los justos

Encontramos en la epístola a los Tesalonicenses (4: 13-17);

“Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor”

Claramente se nos enseña que los muertos en Cristo resucitarán cuando el Señor aparezca en las nubes para llevarse a la Iglesia a los cielos. Estos muertos en Cristo bajarán en forma incorpórea (sin cuerpo) con el Señor, para recibir un cuerpo en la tierra, y así cumplir la profecía: “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna...” (Daniel 12: 2); o, Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra dará sus muertos (Isaías 26: 19).

Estos son todos los muertos en Cristo, pertenecientes al Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento en adelante, que estarán en espíritu en el Cielo hasta que vuelvan juntamente con Cristo para recibir un nuevo cuerpo de gloria. Pero, ¿qué ocurrirá con los que morirán en Cristo después de que la Iglesia sea alzada al Cielo, una vez se produzca la resurrección y transformación de todos ellos? Leemos lo siguiente en Apocalipsis 20: 4-6;

“Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años... Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años”.

Evidentemente resucitarán también, y lo harán después del Arrebatamiento, siendo también ellos parte de la Primera Resurrección, la de los justos.

Acerca de la resurrección de los injustos

En el libro del Apocalipsis, último libro que cierra el canon bíblico, la revelación es mucho más clara y muy concisa acerca de la resurrección de los injustos. Encontramos esto en Ap. 20: 5;

“Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años...”.

En otras palabras, esos “otros muertos” son todos aquellos de todas las edades, que no murieron en Cristo. Son los perdidos. Estos resucitarán después del Milenio, justo para comparecer ante el Juicio del Gran Trono Blanco, o Juicio Final. Leemos más de esto en Apocalipsis 20: 11-15;

“Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego”.

3. Resumiendo

  • Otros apóstoles que posteriormente surgieron, entre ellos Pablo de Tarso, no fueron testigos directos de la Resurrección del Señor, y sin embargo, no se quedaron atrás en cuanto a testificar con valentía de lo que no vieron, pero sí creyeron. Este es un buen ejemplo para todos nosotros.
  • Acusado, en peligro de muerte, estando ante la misma presencia del juez de la nación judía, el más alto mandatario de Judea en aquellos momentos, lo primero que Pablo habla es acerca de la RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS.
  • ¡En toda la presentación del Evangelio, y aun en su misma defensa, Pablo no deja de hablar de la resurrección de los muertos!
  • Pablo enseña que Cristo Jesús había de ser el que, resucitando primero, debía anunciar la salvación a Israel y a las demás naciones de sobre la tierra, tal y como ya se profetizó en su momento.
  • El mensaje de Pablo debe ser el nuestro: El anuncio de la resurrección de nuestro Señor como única alternativa a la verdadera vida, la presente y la futura.
  • Este “engendrar” del Salmo 2: 7, es justamente el Resucitar del Hijo. Cuando dice el Padre que engendra al Hijo “hoy”, quiere decir que hay un momento (en el tiempo y en el espacio) en el que Dios Padre RESUCITA al Hijo. Esto fue ya profetizado unos 1000 años antes de que ocurriera.
  • Acerca de esa porción del Salmo segundo, se prueba la divinidad del Hijo: “5Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú; Yo te he engendrado hoy? (Hebreos 1: 5).
  • También se prueba que fue el Padre el que resucitó al Hijo, viendo Hebreos 5: 5; “Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy”.
  • Nuestra JUSTIFICACIÓN (el ser hechos justos ante Dios), se sostiene por la RESURRECCIÓN del Salvador. Si Cristo no hubiese resucitado, si sólo hubiese muerto, vana sería entonces nuestra fe.
  • También hay que interpretarlo esto de otra manera, a saber: Si no creemos en la resurrección de los muertos, nuestra hipotética fe en la Resurrección de Cristo es estéril.
  • Entendemos que este cuerpo animal que tenemos (animal porque está constituido de polvo y agua), será convertido en un cuerpo espiritual. No por ser espiritual será menos real, sino todo lo contrario, será más real, poderoso y glorioso.
  • La Biblia nos enseña que habrá dos tipos de resurrecciones: Una para gloria eterna, y otra para condenación eterna.
  • Claramente se nos enseña que los muertos en Cristo resucitarán cuando el Señor aparezca en las nubes para llevarse a la Iglesia a los cielos.
  • Estos muertos en Cristo bajarán en forma incorpórea (sin cuerpo) con el Señor, para recibir un cuerpo en la tierra.
  • Estos son todos los muertos en Cristo, pertenecientes al Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento en adelante, que estarán en espíritu en el Cielo hasta que vuelvan juntamente con Cristo para recibir un nuevo cuerpo de gloria.
  • Los muertos en Cristo durante la Gran Tribulación, evidentemente resucitarán también, y lo harán después del Arrebatamiento, siendo también ellos parte de la Primera Resurrección, la de los justos.
  • Los otros muertos, los SIN Cristo de todas las edades, resucitarán después del Milenio, justo para comparecer ante el Juicio del Gran Trono Blanco, o Juicio Final.

Dios les bendiga.

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
Agosto 2011
www.centrorey.org

Fin