LA ESPERANZA DE LA RESURRECCIÓN - Parte II -

(1 Corintios 15: 16) “Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó”

(Sigue de la parte I)

Índice del Tema

Introducción

La resurrección en cuanto al salvo significa: Vuelta a la vida, dando la espalda para siempre a la muerte, originada por el pecado.

La resurrección es la finalidad de los tratos de Dios hacia el hombre, por cuanto el hombre natural está bajo sentencia de muerte, y en la muerte misma, debido al pecado. Leemos al respecto en:

Efesios 2: 1 “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados”.

Efesios 2: 4-6  “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”.

Para Dios, ya hemos resucitado, y ya estamos sentados en los lugares celestiales junto con su Hijo. Para nosotros, esto es por fe.

“La cruz precedió a la resurrección de Cristo. Sin la cruz no hubiera habido resurrección, y no habría salvación”

“La cruz precedió a la resurrección de Cristo. Sin la cruz no hubiera habido resurrección, y no habría salvación”

1. Antes de la Fundación del Mundo

La resurrección de los muertos ya estaba prevista por Dios desde antes que Él hiciera de facto todas las cosas. Esto es así, porque desde entonces, ya Cristo, como Cordero inmolado, estaba dispuesto desde antes de la fundación del mundo (Ver 1 Pedro 1: 19, 20).

Dios, que para Él no hay ni pasado ni futuro (el tiempo es obra Suya), sabía que el hombre (Adán), y con él, la humanidad entera iba a pecar. No obstante, ya había preparado de antemano la solución para aquellos que iban a ser salvos, para aquellos que iban a decidir amarle, y más aún, ya les había dispuesto el heredar el Reino preparado desde antes de la fundación del mundo (Mt. 25: 34).

2. Antes del Antiguo Pacto

El plan de salvación, con la resurrección como meta final de renovación absoluta, se puso en marcha desde el momento mismo de la caída, cuando Dios dijo a Satanás:

“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta (LA SIMENTE) te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3: 15)

La simiente de la mujer (la mujer: Eva, madre de los vivientes), es Cristo hombre, y éste, hirió de muerte la cabeza de Satanás al dar su vida en la Cruz del Calvario (la herida en el calcañar).

Declarado por Dios desde el principio, el final de la odisea de la humanidad, el camino de restauración o regeneración del hombre, había comenzado. La meta final: la resurrección para gloria de los regenerados.

Adán y Eva, creados en un principio para nunca morir, a causa de la caída vuelven “al polvo”, y progresivamente la humanidad de aquel entonces empieza a pervertirse. El mal es el común denominador de aquella humanidad antediluviana. Dios entonces decide extinguir a aquel hombre degenerado en cuerpo, alma, y espíritu:

“Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. Y dijo Jehová: Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho”(Génesis 6: 5-7).

¡Momentáneamente, va a producirse en aquel entonces un proceso diametralmente contrario a la vida y a la resurrección!... Pero… ¿iba a ser así? Por supuesto que no.

Dios destruyó a aquella humanidad degenerada en cuerpo, alma y espíritu a través del Diluvio Universal.
La primera civilización que pereció en el Diluvio, se originó con Caín y tenía el carácter y destino de Caín.

“La herida en el calcañar (la cruz), fue el precio que el Hijo del Hombre pagó por todos nosotros".

“La herida en el calcañar (la cruz), fue el precio que el Hijo del Hombre pagó por todos nosotros. La única manera para que se produzca la resurrección de los muertos en Cristo”

Set y el tiempo del testimonio antediluviano
Como si Dios hubiera querido dar otra oportunidad a la humanidad, de Adán y Eva nació Set:

“Y conoció de nuevo Adán a su mujer, la cual dio a luz un hijo, y llamó su nombre Set: Porque Dios (dijo ella) me ha sustituido otro hijo en lugar de Abel, a quien mató Caín. Y a Set también le nació un hijo, y llamó su nombre Enós. Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová” (Gn. 4: 25, 26)

Antes del Diluvio, y por un tiempo, una facción de la humanidad invocó el nombre de Dios.

No obstante llegó un momento en el que, a pesar de la separación entre el linaje piadoso de Set y el linaje impío de Caín, se produjo el fracaso del primero. Este linaje de Set fracasó en su testimonio de Dios el cual le había sido encomendado.

Se pervirtió, mayormente por el pecado de fornicación y sus derivados:

“Aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas,  que viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas… y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos. Estos fueron los poderosos que desde la antigüedad fueron varones de renombre” (Génesis 6: 1, 2, 4)

Allá por el tiempo de Jared (Gn. 5: 18), la descendencia de Caín se multiplicaba sobre la tierra, naciendo muchas mujeres y de apariencia hermosa. Los “hijos de Dios”, es decir, los varones de la descendencia de Set, fueron atraídos en masa hacia esas mujeres, y los actos de inmoralidad sexual se multiplicaron también. (*)

Eso devengó en apostasía sin remedio.

(*) Existe otra forma de entender esto que algunos defienden: que los ángeles (hijos de Dios) se materializaron en cuerpos de hombres, y tuvieron acto sexual con las mujeres.

El único remedio para la apostasía es el juicio:

(Is. 1: 2-7) “Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová: Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí.  El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento. ¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás. ¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente.  Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.  Vuestra tierra está destruida, vuestras ciudades puestas a fuego, vuestra tierra delante de vosotros comida por extranjeros, y asolada como asolamiento de extraños”

(Hebreos 6: 4-8) “Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio”.

“La caída del hombre fue imparable, pero será del todo abolida en todo su detalle cuando Cristo se manifieste"

“La caída del hombre fue imparable, pero será del todo abolida en todo su detalle cuando Cristo se manifieste y seamos semejantes a Él, cuando le veamos tal y como El es” (1 Juan 3: 2b)

Noé, del linaje de Set
Seguimos leyendo en Génesis 6: 8;

“Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová.”

De entre todas aquellas gentes, hubo un hombre que agradó a Dios ¡Gracias a Dios, Él encontró a un hombre, Noé, varón justo, que era perfecto en sus generaciones!(Gen 6: 9).

Noé fue descendiente directo de Adán y Eva, vía Set, como ahora nosotros. Así pues, la humanidad postdiluviana viene de Set y no de Caín.

El Pacto Noético

Una vez el Arca, después de vagar por las aguas se posó en tierra y salieron de ella, Dios pactó con Noé y con su descendencia (esto es, nosotros), diciendo:

“...Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra. El temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la tierra, y sobre toda ave de los cielos, en todo lo que se mueva sobre la tierra, y en todos los peces del mar; en vuestra mano son entregados. Todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento: así como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo. Pero carne con su vida, que es su sangre, no comeréis. Porque ciertamente demandaré la sangre de vuestras vidas; de mano de todo animal la demandaré, y de mano del hombre; de mano del varón su hermano demandaré la vida del hombre. El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre. Mas vosotros fructificad y multiplicaos; procread abundantemente en la tierra, y multiplicaos en ella”(Génesis 9: 1-7).

Dios recreó todas las cosas, y desde entonces todas son así hasta ahora. ¡Existe una gran diferencia entre el tiempo anterior al diluvio, y el posterior al diluvio!

“Existe un rotundo “antes” y un “después” del Diluvio”

“Existe un rotundo “antes” y un “después” del Diluvio”

El mal, sigue...

No obstante, el mal no había desaparecido de la Tierra, y Satanás, príncipe de este mundo (en vez del hombre), supo cómo seguir engañando al hombre; esta vez a través del orgullo y la falsa religión. La Torre de Babel es el claro exponente de todo esto. Babel significa confusión. Satanás, que también es llamado el príncipe de las tinieblas (el principal de la oscuridad), supo descargar en base a la ignorancia todo un cúmulo de oscuridad a esos descendientes de Noé.

Con todo, Dios proseguía con su plan de salvación.

Abram, la esperanza

Entra en escena Abraham (Génesis 12). Su nombre primeramente fue Abram (que significa “padre enaltecido”, aunque no tenía hijos), y Dios le hace una promesa a él y a toda su descendencia:

“Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12: 2, 3)

En Abraham, Dios iba a bendecir a todas las gentes de la tierra con la salvación.

Abraham, el padre de la nación judía, y de todos los que somos de la fe, fue el instrumento de Dios para salvar a la humanidad que iba a ser salva. En esa fe salvífica, la última y definitiva manifestación iba a ser la resurrección de los muertos, ¡incluida la del propio Abraham que aún ha de producirse!

3. En el Antiguo Pacto o Testamento

Dios pacta de nuevo, esta vez con Moisés, hijo de un descendiente de Leví, hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham.

Israel, la nación descendiente de Jacob, estaba preso en Egipto, y después de 400 años, Dios encomienda a Moisés la liberación de Su pueblo. Antes de partir de Egipto (símbolo del mundo), le encomienda la Pascua (Pésaj) (ver Éxodo 12), la fiesta del cordero pascual, cuya sangre es símbolo de la redención del pueblo creyente, figura del verdadero y definitivo Cordero de Dios: Jesucristo.

A través de Moisés, Dios le entrega a Su Pueblo Su Ley, y le prepara para ser un pueblo organizado en lo práctico y en lo espiritual, aunque todo ello sólo era figura de lo que había de venir: Jesucristo.

A través de la Ley de Moisés, Dios hace saber al hombre:

1º Que es un ser caído.
2º Las exigencias de santidad de Dios.
3º Que el hombre no las puede cumplir en sus fuerzas.

La frustración siguió y avanzó por siglos hasta que Dios mismo nos dio la solución al problema del hombre: cuando Dios se hizo hombre en Jesús.

Dice el apóstol Pablo concerniente a la Ley de Moisés:

“... fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la Simiente a quien fue hecha la promesa (Gálatas 3: 19)

Esa Simiente es Jesucristo, el que hirió de muerte a la serpiente, declarado ya por Dios en el Génesis. Ese Jesucristo, “nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero” (Gálatas 3: 13).

En Jesucristo, la ley se cumple en cada uno que es de Jesucristo.

El resultado del cumplimiento de la ley (que sólo puede darse en Jesucristo), es la resurrección como etapa final (para entrar en la Eternidad).

¡Pero todavía pasarían muchos años antes de que todo esto llegara a cumplirse!

“Cuando Cristo regrese a por nosotros, será el verdadero inicio de nuestra eternidad"

“Cuando Cristo regrese a por nosotros, será el verdadero inicio de nuestra eternidad. Cuando Cristo regrese a esta tierra, será el fin del mal y el inicio de Su gobierno directo en este mundo, y por mil años”

Los atisbos de Dios

No obstante, a través de los profetas en el Antiguo Testamento, Dios nos fue dando atisbos de sus planes para la regeneración total del hombre salvado, esto es, la resurrección. Ya desde el tiempo del Antiguo Testamento, la Palabra de Dios vino hablando sobre la resurrección de los muertos. Leemos en Isaías 26: 19;

Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra dará sus muertos”. Isaías vivió hacia el 700 antes de Cristo.

Mil años antes de Cristo, el Salmista se preguntaba:

¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti?” (Salmo 85, 6); y Dios le contesta por boca del profeta Oseas:

“Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará. Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él” (Oseas 6: 1, 2). El profeta Oseas vivió unos 800 años antes de Cristo.

En estos versículos de Oseas se predice, no sólo la resurrección de Israel (a la vida: Romanos 11: 26), sino la misma Resurrección de Jesucristo.

Mucho antes que Oseas, Job ya predijo por el Espíritu Santo la resurrección de Cristo:

“Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo” (Job 19: 25).

El mismo rey David estaba seguro de su resurrección. El escribió lo siguiente:   (Salmo 17: 15)

“En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia. Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza”.

Estas palabras concuerdan con las del apóstol Juan: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3: 2).

De manera bien clara el profeta Isaías nos habla de la Resurrección de Jesucristo, el Siervo de Jehová:

“Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca. Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores” (Isaías 53: 7-12).

Más explícitamente leemos en Daniel 12: 1, 2

“En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo; y será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces; pero en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallen escritos en el libro. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua”

El profeta de Dios, unos cuantos siglos antes de Cristo, nos hablaba acerca del final de los tiempos, justo antes de la Venida en gloria de Jesucristo con bastante detalle.

4. Resumiendo

En el contexto de la “INMINENTE VENIDA DEL SEÑOR JESÚS A POR LOS SUYOS”:

  • La RESURRECCIÓN significa: Vuelta a la vida, dando la espalda para siempre a la muerte, originada por el pecado.
  • La RESURRECCIÓN es el principio fundamental de los tratos de Dios en gracia hacia el hombre, por cuanto el hombre natural está bajo sentencia de muerte, y en la muerte misma, debido al pecado.
  • Para Dios, que vive en la eternidad, ya hemos resucitado, y ya estamos sentados en los lugares celestiales junto con Su Hijo. para nosotros, esto es aún por fe.
  • La RESURRECCIÓN de los muertos ya estaba prevista por Dios desde antes que Él hiciera todas las cosas.
  • El plan de salvación, con la RESURRECCIÓN, como meta final de renovación absoluta, se puso en marcha desde el momento mismo de la caída.
  • Dios ha ido manifestando al hombre Su plan de salvación paso a paso a lo largo de la historia, siendo la cúspide o etapa final la RESURRECIÓN.//