LA GRACIA DE DIOS ES EL TODO PARA NOSOTROS

Índice del Tema

(2 Timoteo 2: 1-9)

“Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. 2 Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros. 3 Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. 4 Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado. 5 Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente.  6 El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero.  7 Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo. 8 Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio,  9 en el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la palabra de Dios no está presa”

LA GRACIA DE DIOS ES EL TODO PARA NOSOTROS


Este estudio nos va a ayudar a entender mejor a qué hemos sido llamadas, en esta tierra, las personas que un día tuvimos el verdadero encuentro con el Señor, descrito en la Palabra como el haber nacido de nuevo (Jn. 3: 3).

Nacer de nuevo fue el mensaje central del Señor Jesús, ya que sin nacer de nuevo, no se puede ver el Reino de Dios:

“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3: 3)

Tal vez hubiera sido más sencillo que el mismo instante en que fuimos salvos, esa salvación se hubiera manifestado inmediatamente en gloria, contrariamente a como dice la Palabra: “la gloria que todavía ha de manifestarse en nosotros” (Ro. 8: 18). Hubiera sido más agradable, qué duda cabe, pero evidentemente, no es ese el plan de Dios.

Es evidente que el Señor tiene un propósito claro y específico para cada uno, por lo cual es necesario que permanezcamos en este mundo por un tiempo, aun no siendo nosotros de este mundo.

Por lo tanto, una vez hemos sido de Cristo, debemos ir aprendiendo acerca del propósito por el cual todavía estamos presentes en este mundo.

1. ¿Sufriendo penalidades?...

“Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo”:

El mensaje pretendidamente evangelístico que más se escucha últimamente en tantos medios presuntamente cristianos, es el de venir a Cristo para tener éxito, para que los sueños se cumplan, para ser enteramente feliz, para que sean reconocidos los derechos, para obtener una posición social y económica deseable y hasta envidiable (“¡que se vea que somos de Cristo!”), para tener una salud de hierro, prosperar a todos los niveles, triunfar, conquistar, vencer y dominar en este mundo, etc. etc. etc. - por cierto - todas las cosas que cualquier impío e hijo del diablo desearía también.

Sin embargo, y contrariamente a lo que esos falsos maestros enseñan hoy en día, la Palabra de Dios nos enseña a que, genéricamente hablando, estamos en este mundo en nuestra calidad de creyentes para sufrir penalidades, como las sufre un buen soldado, en este caso, un soldado de Cristo. Sufrir penalidades con paz y gozo en el corazón… pero sufrir penalidades.

Esto desagrada, y hace que muchos den la espalda al Evangelio. Y así ha de ser.

Los que entran por el camino ancho que lleva a la perdición, pero que se les asegura es el camino de Cristo, una vez se dan cuenta de la realidad, dan marcha atrás, y por supuesto que nada quieren saber del camino estrecho y angosto que lleva a la vida eterna.

El que realmente entra en el camino estrecho, el que lleva a la vida, se va dando cuenta de la realidad en la que se encuentra en esos instantes, pero no le importa, porque quiere seguir a Cristo, no a sus deseos.

Definitivamente todo esto es cierto, porque siendo de Cristo, automáticamente nos hemos  constituido enemigos del mundo, y del que está sobre él, el maligno (1 Jn. 5: 19), así pues, los que no son de Cristo, ni han de pretenderlo, ni se les tiene que invitar a serlo conforme a una oferta como la mencionada al principio de este primer punto, que es inexistente en la Biblia.

 “Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre” (Juan 6: 65)

Sólo los que el Padre le ha dado a Cristo, vendrán a Él. El tratar de convencer con argumentos variopintos,  y aún más, carnales, a las gentes para que se entreguen a Cristo, es solamente vanidad de vanidades.

El que verdaderamente es de Cristo, logra entender a qué es llamado por su paso en esta existencia en cuerpo de carne, y para todo ello, el mismo Señor nos da ejemplo en todo.

“En la imaginación neopentecostal y carismática, a menudo se presenta al cristiano como un guerrero aguerrido y colosal, que domina en este mundo. No es cierto eso."

“En la imaginación neopentecostal y carismática, a menudo se presenta al cristiano como un guerrero aguerrido y colosal, que domina en este mundo. No es cierto eso. Hay una gran diferencia entre ser un soldado (un militante) a ser ese otro tipo de soberbio y exaltado paladín”

Veamos, pues, acerca del ejemplo del mismo Jesús
Jesús vino al mundo a cumplir con la misión de quien le envió; del Padre. Exclusivamente vino a eso. El es el primer y mayor ejemplo de lo que es un soldado, de alguien que está bajo órdenes:

“Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4: 34)

Jesús no vino para vivir una vida larga, plena, satisfactoria, feliz, sino todo lo contrario. El a los 33 años aproximadamente, partió de este mundo a su lugar.

El vino de su lugar, el cielo, para volver a su lugar, el cielo, después de cumplir a cabalidad su misión aquí en este planeta, como fiel enviado (apóstol) del Padre.

¿Hay diferencia en cuanto a nosotros?
No. Leemos así:

“Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío (Juan 20; 21)

Aquí vemos claramente que como él fue enviado, él nos envía. Eso supone una vida en esta vida, no necesariamente como la gente en lo natural lo entiende, sino más bien todo lo contrario.

Si vivimos como enviados, así como él fue enviado y vivió como vivió, hemos de presuponer que no viviremos necesariamente mejor que como él vivió (“mejor” como el mundo lo entiende)

La Palabra no puede ser más clara:

“El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Juan 2: 6)

Permanecer en él implica vivir como un enviado de él, de ese modo hay que andar, ya que él anduvo así en relación al Padre.

Somos de Arriba
“El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos” (Jn. 3: 31)

Cristo dijo que venía de Arriba, es decir, del Cielo. Los hombres sin Cristo son de la tierra, son terrenales; pero cuando alguien se convierte a Cristo (y ya no vive él, sino Cristo en él Gl. 2: 20), pasa de ser terrenal, a ser celestial, siendo esa su ciudadanía, la celestial (Col. 3: 1-3; Fil. 3: 20)

Así que, como Cristo es de arriba, nosotros al venir a ser de Él, también venimos a ser de Arriba.

Esto es importante, al tener en cuenta cual ha de ser nuestra perspectiva vivencial respecto aquí en la tierra.

“Los verdaderos cristianos somos de la Nueva Jerusalén, la Celestial, la que viene”

“Los verdaderos cristianos somos de la Nueva Jerusalén, la Celestial, la que viene”

El ejemplo de Abraham, nuestro padre de la fe
“Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas…” (Hebreos 11: 9)

“Y no le dio herencia en ella, ni aun para asentar un pie…” (Hchs. 7: 5)

Así como a Abraham, Dios no le permitió aposentar su pie en la tierra prometida, lo cual significa poseer la tierra, tampoco Dios a la descendencia espiritual suya, la Iglesia (Gl. 3: 7, se lo ha permitido.

La Iglesia no es de este mundo, sino que es del Cielo. Nuestra mira no ha de ser puesta hacia este mundo, sino que ha de ser puesta, aun estando en este mundo, en las cosas de Arriba.

Pero, mientras estemos en este mundo, Dios no nos ha dejado solos…

Con la gracia de Dios
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2: 8)

Él no nos ha enviado desprotegidos, sino todo lo contrario.

Así como por gracia somos salvos, esa gracia permanece en nosotros para que podamos permanecer en Cristo.

La gracia de Dios es nuestro todo para poder vivir una vida realmente rendida a Cristo, no para vivir una vida conforme a nuestra sola apetencia.

Si no prestamos atención a la gracia de Dios, automáticamente pondremos nuestros ojos en cualquier cosa que nos pueda aportar algo para poder seguir adelante.  

En este sentido, nos va a ayudar el ejemplo de Israel, justamente para hacer lo contrario a lo que Israel hizo por su paso por el desierto.

2. El desierto de la vida

“Y hablando Aarón a toda la congregación de los hijos de Israel, miraron hacia el desierto, y he aquí la gloria de Jehová apareció en la nube” (Éxodo 16: 10)

No es poco cierto que la vida cristiana auténtica se puede comparar con el paso de Israel por el desierto.

El desierto, espiritualmente hablando, ejemplifica bastante bien dos cosas:

  • La escasez de lo que es de Dios en esta vida.
  • La necesidad de depender de Dios.

¿Por qué utilizó Dios un desierto para hacer pasar por él a Israel hasta llegar a la tierra prometida? ¿Por qué no hizo que en vez de un desierto, hubiera sido un vergel? ¿Es que Dios quería castigar a Israel haciéndole pasar por ese desierto?... ¿O más bien no sería que Dios quería que confiaran en Su provisión antes de confiar en lo que sus ojos pudieran ver o sus manos tocar?

Nos quedamos con lo último.

Vemos que en medio del desierto (el cual implica falta de vida), la gloria de Dios apareció a los ojos de todo Israel.

Dios estaba con ellos en el desierto, cruzando el desierto juntamente con ellos; al lado de ellos. Ese era un sinónimo o símil de Su gracia. Lamentablemente, Israel sólo veía el desierto.

Del mismo modo, a lo largo del desierto que supone esta vida aquí en esta tierra, con cada uno de nosotros el Señor camina, aportándonos lo que requerimos; insistimos, no para tener una vida placentera conforme el mundo entiende, sino para tener una vida victoriosa; victoriosa frente al pecado, el mundo, la carne, y el diablo (Ro. 8: 37), y de ese modo cumplir con su voluntad.

“Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8: 37)

“El desierto de Sin. Ejemplifica el paso de la Iglesia por este mundo”

“El desierto de Sin. Ejemplifica el paso de la Iglesia por este mundo”

3. No confiaron en Dios

Leer Éxodo 15: 22-27

Israel avanzaba por el desierto, y no aprendía la lección de depender de Dios, porque murmuraron al llegar a Mara.

“E hizo Moisés que partiese Israel del Mar Rojo, y salieron al desierto de Shur; y anduvieron tres días por el desierto sin hallar agua. 23 Y llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas; por eso le pusieron el nombre de Mara.24 Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber?” (Éxodo 15: 22-24)

Justo después de partir de la odisea del Mar Rojo, habiendo sido vencido el ejército del Faraón, estuvieron tres días por el desierto y no hallaban agua.

Fueron tres días en los cuales tuvieron la oportunidad de confiar en Dios; el mismo Dios que les había sacado del mundo (Egipto).

Tres días estuvo Jonás en el vientre del gran pez. Tres días antes del Señor resucitar. Los tres días implican prueba.

Tres días sin hallar agua, significa que en ese tiempo la provisión que ofrece esta vida no existía, y como creyentes sólo debían confiar en Dios.

La prueba tuvo su culmen cuando llegaron a un lugar en el cual sí había agua, pero no era potable.

Ese fue el momento en el cual debían haber exclamado: “Señor, tú lo sabes todo, Tú sabías que íbamos a llegar aquí después de tres días, a un lugar donde no hay agua potable. No vamos a claudicar ante estas circunstancias, sino que confiaremos en ti. Tu nos sacaste, tu proveerás”.

¿Lo hicieron así? No. Dice la Palabra que murmuraron contra Moisés; es decir, culparon al hombre, porque tenían su mirada puesta en el hombre, y no en Dios.

Esto mismo nos puede ocurrir, cuando tenemos puesta nuestra confianza en el hombre, o en las circunstancias, o en cualquier cosa de esta vida.

Dios les dio la opción de hacer lo correcto, pero no lo hicieron, porque no confiaban en Él realmente. Justamente esta es la cuestión; nos podemos llamar cristianos, es decir, seguidores de Cristo, pero el desierto y sus circunstancias más pronto o más tarde harán que delatemos nuestra realidad en cuanto a nuestra fe, la que declaramos con la boca.

“El agua, o la falta de ella, ejemplifica nuestra necesidad y dependencia, no de ella en primera instancia, sino del Creador de ella”

“El agua, o la falta de ella, ejemplifica nuestra necesidad y dependencia, no de ella en primera instancia, sino del Creador de ella”

4. La misericordia de Dios

“Y Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron. Allí les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó; 26 y dijo: Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador”:

Moisés aquí es el tipo de creyente que tiene su vida rendida a Cristo, y por tanto no teme a lo que le rodea, ni a las circunstancias contrarias en esta vida.

El caminaba en fe, y por eso Dios le oyó.

Dios le mostró un árbol, y echándolo en las aguas, estas se hicieron potables.

¿Tenía algo en especial ese árbol? Lo más probable es que no; sencillamente Dios hizo su milagro usando ese medio.

Del mismo modo ocurre cuando la gracia de Dios se manifiesta. Dios utiliza cosas de esta vida para darnos su provisión, muchas veces de la manera menos esperada. Así nos muestra que Él está en control de todo, y eso nos ayuda a confiar.

La misericordia de Dios se mostró aquí en el sentido de que Dios sí esperaba en ellos, y eso se reveló al ver que les dio estatutos y ordenanzas. Si se los dio, es porque esperaba que los cumplieran, sino no lo hubiera hecho.

Dios siempre hace Su parte.

La obra de Dios, hasta cierto punto, dependía de la obediencia y sujeción de ellos a Su voluntad. Esto también opera para nosotros.

“Dios usó un simple árbol para sanar las aguas”

“Dios usó un simple árbol para sanar las aguas”

5. El oasis del desierto

“Y llegaron a Elim, donde había doce fuentes de aguas, y setenta palmeras; y acamparon allí junto a las aguas” (Éxodo 15: 27)

Elim significa básicamente una cosa, y hasta dos:

  1. La provisión temporal de Dios.
  2. La provisión temporal de Dios por causa de la falta de fe del pueblo.

Llegaron a ese lugar, un oasis en el desierto, pero no podían detenerse allí, ya que debían entrar de nuevo en el desierto, esta vez otro distinto, probablemente más duro: el desierto de Sin (las pruebas se endurecen, para ganar en mayor madurez)

¿Realmente necesitaba Israel ese oasis? ¿Le era imprescindible ese descanso momentáneo? O dicho de otro modo, ¿Necesitamos nosotros un oasis también?

Pienso que necesitar, no.

Los oasis son sólo momentos cuando nuestra dependencia está en lo que nosotros podemos poseer y controlar; pero entonces, en ese momento a Dios ya no le “necesitamos”.

Un oasis prolongado, es una merma en el crecimiento espiritual del creyente, ya que al permanecer allí, le impide el continuar hacia adelante para llegar al objetivo final.

Israel tenía una gran carencia de confianza en Dios, de ahí que el Señor les permitiera ese oasis, en Su misericordia, pero eso no iba a ser una solución a su falta de dependencia de Dios, sino más bien todo lo contrario, sobre todo si se iba a prolongar en el tiempo.  

Hay creyentes que parecen vivir en un oasis permanente, quizás porque huyen de los desiertos. Siempre serán niños en la fe.

“Foto tomada sobre Elim”

“Foto tomada sobre Elim”

Concluyendo

“Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2 Ti. 2: 4)

El cristiano es aquel que entiende que su vida no le pertenece, y que el propósito de la misma radica en el cumplimiento de una misión. La misión de Dios.

Buscando siempre el agradar a Dios, que le rescató, vive poniendo su mira en las cosas de arriba, sea que en lo material o natural tenga mucho o tenga poco (Col. 3: 3; 1 Ti. 6: 6- 8)

Lo importante para él es la misión, por encima de otra cuestión personalista, y para ello sabe que tiene la gracia de Dios, su sostén milagroso, a lo largo de todo el periplo de esta vida.

Maranatha!

Dios les bendiga.

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey Jesucristo, Madrid, España.
Enero 2011
www.centrorey.org

FIN