EL NACIMIENTO DEL NUEVO SACERDOCIO

EL NACIMIENTO DEL NUEVO SACERDOCIO

Índice del Tema

(Hebreos 13: 9-15) “No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas; porque buena cosa es afirmar el corazón con la gracia, no con viandas, que nunca aprovecharon a los que se han ocupado de ellas. 10 Tenemos un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven al tabernáculo. 11 Porque los cuerpos de aquellos animales cuya sangre a causa del pecado es introducida en el santuario por el sumo sacerdote, son quemados fuera del campamento. 12 Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. 13 Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio; 14 porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir. 15 Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre”

El escritor a los Hebreos, a aquellos hebreos a los que se dirige que empezaban en la nueva fe, dejando atrás la ley ceremonial del A.T. y otras cuestiones relacionadas, les enseña cuáles son los nuevos principios y nueva doctrina a seguir.

La idea que el autor quiere transmitirles es que ahora son sacerdotes, a diferencia de antes, que dependían de otros sacerdotes, los del antiguo pacto.

Todos los verdaderos creyentes de esta dispensación, somos sacerdotes, con un sacerdocio muy superior a aquel de la ley mosaica.

“Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2: 5)

Por ser sacerdotes en un sacerdocio santo, por haber sido santificados conforme a la santidad de Cristo, hemos sido hechos aptos para ofrecer sacrificios espirituales a Dios, cosa que el antiguo sacerdocio no podía hacer, sino sólo sacrificios ceremoniales y ritualistas, que eran sombra de lo que iba a venir, y sólo por mano de pocos.

Damos gracias a Dios por Jesucristo.

En cuanto a aquellos hebreos

Pero en cuanto a aquellos judíos incipientes en la fe, en primer lugar, les insta a cuidar y valorar la doctrina de Cristo, y a no moverse de ella.

(V. 9) “No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas…”

Como nuevas criaturas en Cristo, se les insta, (y se nos insta también) a no ser llevados por doctrinas diversas (Lit. multicolores) y extrañas; es decir, a no ser embaucados con enseñanzas que son extrañas a la verdad revelada, pero que son llamativas, por lo que no hay que implicarse en ellas.

Una traducción más clara sería esta: “No os dejéis seducir por cualquier variedad de doctrinas extrañas (extrañas a la predicación apostólica sobre Jesucristo)”

La diferencia insalvable entre el esquema del Sacrificio, y el Sacrificio en sí

“…porque buena cosa es afirmar el corazón con la gracia, no con viandas, que nunca aprovecharon a los que se han ocupado de ellas”:

Es evidente que esta porción, sólo la podían entender a cabalidad aquellos hebreos.

Volviendo a la frase anterior, en la que amonestaba a sus oyentes a no dejarse llevar por doctrinas variopintas y extrañas, vemos la intención del autor sagrado de advertir a esos judíos que los alimentos ceremoniales (las viandas o carnes, “broma” en gr.), no iban a poder reemplazar en absoluto a la gracia santificante que sólo por Cristo se puede recibir.

Esta sería la insalvable diferencia entre el esquema del Sacrificio, es decir, los sacrificios de animales del A.T., y el Sacrificio del Cordero de Dios.

En cuanto a esas viandas ceremoniales, y la advertencia de su inutilidad para santificar, el autor tiene en mente el peligro judaizante que acechaba a ese grupo de creyentes hebreos. Los judaizantes abundaban en esos días.

Afirmando el corazón con la gracia, no con viandas

Los alimentos ceremoniales eran viandas que no aprovechan para la vida eterna; ¡No lograban siquiera detener la decadencia del organismo humano! En cambio, el afirmar el corazón con la gracia, ésta como baluarte de esta dispensación en la que vivimos, sí es precisa y necesaria para fortalecer o consolidar el corazón, para que siempre pisemos sobre terreno firme, espiritualmente hablando.

Teniendo en cuenta que cuando el autor escribe esta epístola (67 al 69 d.C.), todavía estaba en pie el templo de Jerusalén, vemos la importancia y el sentido de que dicho autor recalcara estas cosas, que para nosotros ahora nos parecen tan obvias.

Los alimentos ceremoniales estaban en conexión con los sacrificios ofrecidos en el altar del tabernáculo o el templo, en este caso. De ellos comían los que servían a dicho tabernáculo, todo ello en el contexto del régimen de la Ley.

Esas viandas, eran tipo del alimento espiritual que es Cristo; nada más, y sólo los sacerdotes de aquel viejo pacto tenían ese privilegio.

Eso tuvo su importancia entonces, pero ahora Dios estaba dando a conocer a través de la doctrina apostólica un pacto mucho mejor. Todos los nacidos de Dios somos sacerdotes de Cristo.

Aquel viejo pacto, no solucionaba el problema del pecado, sólo lo posponía, hasta llegar a Cristo. En esas nuevas cosas aquellos hebreos debían ocuparse y aprender.

El verdadero altar

Por tanto, los creyentes, en el actual régimen de la gracia, tenemos otro altar, perteneciente a otro tabernáculo (8: 11), en el cual entró Jesús mediante el sacrificio de sí mismo (He. 9: 23-28; 10:1-14), y del cual nos alimentamos mediante la fe (Ef.2:8), para vida eterna.

Nuestro Alimento es Cristo

Por eso Cristo enseñó así:

(Juan 6: 51-59) “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo. 52 Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? 53 Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. 55 Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. 57 Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. 58 Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente. 59 Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Capernaum”.

Cristo es el pan vivo cuyo alimento produce vida eterna. El privilegio de la iglesia es enorme e incomparable, ya que sólo ella, por cada miembro de ella, puede saciarse del pan de vida que es Cristo.

Es todo por fe, ya que es un acto espiritual.

(V. 10) “Tenemos un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven al tabernáculo”:

El concepto veterotestamentario del altar, era que en él se hacía la ofrenda y el sacrificio de manera muy relacionada entre sí. Entonces, la asociación con un altar identifica al que hace la ofrenda con el sacrificio.

En el concepto neotestamentario, y en este sentido, el altar es equivalente al sacrificio de Cristo, sobre todo cuando es contemplado en comparación con el día de la Expiación.

Cristo fue la ofrenda, el oferente y el sacrificio a la vez. Hasta ese punto se ve la asociación mencionada.

La exclusividad   

10 Tenemos un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven al tabernáculo.

Nuestro altar, en el cual el alimento que lleva a vida eterna está, es sólo y exclusivo para los hijos de Dios, los miembros del Cuerpo de Cristo, la iglesia. Aquellos sacerdotes del AT que servían al antiguo altar, no pueden participar del nuestro. En el tiempo de la escritura de esta epístola, por poco todavía estaba en pie el templo de Jerusalén, y allí inútilmente servían aquellos sacerdotes, en aquel tabernáculo.

Los sacerdotes del sacerdocio levítico no podían comer de nuestro altar.

No tenían derecho, no tenían permiso, o facultad por pertenecer al régimen de la Ley, ya que ese antiguo régimen de la Ley es incompatible con la nueva vida en Cristo. La participación del altar supone comunión íntima con la Víctima (1 Co. 10: 16-21), y los no convertidos al evangelio, no pueden tener comunión con Cristo.

(Vv. 11, 12)

“11 Porque los cuerpos de aquellos animales cuya sangre a causa del pecado es introducida en el santuario por el sumo sacerdote, son quemados fuera del campamento 12 Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta”:

El escritor presenta una analogía para la identificación de los creyentes con Cristo, que fue rechazado por gran parte de los judíos.

La sangre de aquellos animales que el sumo sacerdote introducía en el santuario – en el Santo de los santos o Santísimo - por causa de los pecados, era tipo de la sangre de Cristo que él derramó por nuestros pecados.

Esto lo hacía una vez al año (Lv.16:34), en el día de la Expiación (Iom Kipur) “…En el mes séptimo, a los diez días del mes…” (Lv.16: 29) En Septiembre- Octubre, en nuestro calendario.

Los cuerpos de aquellos animales de los cuales se había derramado su sangre (becerro, macho cabrío) que eran ofrecidos en el día de la Expiación, no eran comidos, sino quemados, fuera del campamento. No se comían. Ellos llevaban los pecados del pueblo, ese era el sentido:

(Lv. 4: 21) “Y sacará el becerro fuera del campamento, y lo quemará como quemó el primer becerro; expiación es por la congregación”

(Lv. 16:27) “Y sacarán fuera del campamento el becerro y el macho cabrío inmolados por el pecado, cuya sangre fue llevada al santuario para hacer la expiación; y quemarán en el fuego su piel, su carne y su estiércol”

Jesús mismo fue la manifestación perfecta de aquellos sacrificios, una vez y para siempre.  Jesús fue el sacrificio expiatorio supremo, crucificado, sacrificado fuera de las puertas de Jerusalén (“fuera de la puerta”, “fuera del campamento”).

Cristo derramó su sangre por causa de nuestros pecados, siendo el sacrificio completo y para siempre, representado por aquellos animales sin mancha del viejo pacto.

Cristo fue a la vez, el oferente, la ofrenda, y el sacrificio de la ofrenda. En este sentido cumplió con la fiesta de la Pascua, y con la de la Expiación, a la vez.

De hecho, Cristo cumple con todas las fiestas de Israel, a saber:

Pascua (marzo/abril)……………….   Muerte de Cristo (1 Co. 5:7)

Panes sin Levadura (marzo/abril)…….Perfección de Cristo (1 Co. 5:8)

Primicias (marzo/abril)……………….Resurrección de Cristo (1 Co. 15:23)

Pentecostés (mayo/junio).Derramamiento del Espíritu Santo (por Cristo) Hchs. 1:5;2:4)

Trompetas (septiembre/octubre)……Israel volverá a ser reunido por Cristo (Mt.24:31)

Expiación (septiembre/octubre)……Sacrificio vicario de Cristo (Ro. 11:26)

Tabernáculos (septiembre/octubre)……Reposo y reunión con Cristo (Zac. 14: 16-19)

Unidos a la Víctima, fuera del mundo

(V. 13) “Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio; 14 porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir”

Los verdaderos creyentes, como sacerdotes del nuevo pacto, nos unimos de por vida a la víctima propiciatoria que es Cristo crucificado, y conque él fue sacrificado fuera del campamento, que simboliza el mundo, nosotros también salimos a su encuentro.

Estamos unidos a Él fuera del campamento del mundo, que significa el abandono de las prácticas impías y de todo su sistema de maldad.

El sentido práctico de esto, lo vemos en 2 Timoteo 2:3, 4

“Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado”

De cara a los hebreos aquellos, y por extensión, esto también ilustraría el abandono del sistema levítico. De entre aquellos hebreos, los no comprometidos necesitaban dar ese paso valiente y salir de una vez por todas del sistema viejo, para quedar fuera del campo del Israel del antiguo pacto.

Nosotros, como peregrinos en esta vida, esperamos llegar a nuestro destino, las moradas que Cristo ha preparado.//

(Continúa)

Aquellos hebreos que recibieron la nueva fe, y por extensión, nosotros, debían saber de parte del Señor que:

Debían desechar toda doctrina extraña y variopinta ajena a la verdad de Cristo.

Debían saber que aquellos alimentos consagrados en el altar del viejo pacto no aprovechaban en nada espiritualmente. Tampoco todas aquellas antiguas regulaciones concernientes a la alimentación (V.11). Para los cristianos, esas leyes habían quedado abrogadas (Hchs. 10: 9-16; 1 Co. 8: 8; Ro. 14: 17; 1 Ti. 4: 1-5)

Debían saber que tenían y tenemos  un altar, que es el sacrificio de Cristo.

Debían saber que de ese altar los que servían en el tabernáculo, es decir, los sacerdotes del viejo pacto, por no ser de Cristo, no tenían derecho a comer.

Explicamos mejor esto

Al pertenecer al régimen de la ley, no tenían derecho a participar del altar de Cristo, ya que la participación del altar supone comunión con la Víctima, cosa imposible para un no regenerado, e imposible cuando las víctimas eran animales.

Por otra parte, entendiendo que el sacrificio de Cristo fue al mismo tiempo expiación o perdón por el pecado y holocausto, ni siquiera el sumo sacerdote podía, en tal caso, reservar para sí parte alguna de la víctima sacrificada. (Holocausto significa que la víctima era quemada del todo. No se podía, ni debía comer).

En un mismo acto, y fuera del campamento, el sacrificio de Cristo, fue expiación por el pecado y holocausto a la vez. Obviamente fue holocausto espiritual, no material (10: 5-7)

La justificación y salvación es para salir fuera del campamento

(V. 12) “Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta”:

Jesús derramó su sangre fuera del campamento y de esa manera santificó a los que iban a creer en él, los cuales, espiritualmente, deben salir del campamento, que significa el mundo.

Jerusalén, la ciudad santa y centro de la nación judía, tenía con el santuario una relación proporcional a la que tenía el campamento, el conjunto de tiendas de campaña del pueblo, con el tabernáculo.

De modo que, así como los cuerpos de los animales sacrificados eran quemados fuera del campamento, así también Jesucristo, desechado, fue sacrificado afuera.

En todo ello vemos con claridad el llamamiento eficaz de Dios para salvación de todos Sus escogidos a tal efecto.

(Vv. 13, 14) “Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio; porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir”:

Los falsos creyentes permanecen en el “campamento”, mientras que los verdaderos, salimos fuera del campamento para encontrarnos con Él, llevando su vituperio, que significa, que nos identificamos con su sacrificio (V. 13)

La palabra Iglesia (ekklesia) tiene el sentido de una asamblea o reunión de individuos congregados en razón de una convocatoria, fuera de la ciudad, que es el mundo. Esa convocatoria es el llamamiento eficaz de Dios por Cristo, y en Su nombre nos reunimos para vivir con Él y para Él.

Salimos del campamento, no sólo para quedarnos afuera, sino para proseguir como peregrinos

La idea reiterativa del autor de Hebreos, es la del peregrinaje. Somos peregrinos en este mundo. No somos del mundo sino que somos de la Jerusalén Celestial (Ef. 2:6)

(Filipenses 3: 20, 21) “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas”.

Como peregrinos seguidores de Cristo, hemos de salir con él, de donde él salió y a donde él salió, y a la postre, nuestra meta es estar siempre con el Señor (1 Ts. 4: 17)

Salir del campamento que es el mundo, significa salir de maldad, del pecado y de su atadura; no significa salir literalmente del mundo. No olvidemos que es una cuestión espiritual, no material.

No obstante algunos van más lejos, y pretenden transformar el mundo, convirtiéndolo a Cristo. Eso jamás ocurrirá. La maldad y el pecado del mundo no desaparecerán, sino hasta que regrese Cristo, y juzgue a las gentes (ethnos).

Nuestro culto como sacerdotes de Cristo

(Vv. 14, 15)

“Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.  Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios.”

Como sacerdotes consagrados con Su sacerdocio, hemos de ofrecer por medio de él los sacrificios espirituales que caracterizaron Su vida en esta tierra.

La otra idea clara en toda la epístola es la del sacrificio. En el AT los sacrificios eran de suprema importancia; bajo el nuevo pacto, Dios desea la alabanza y la gratitud de sus hijos.

En nuestro peregrinaje por esta vida, y como nuevo sacerdocio, se nos insta a vivir una vida de alabanza y gratitud hacia Dios.

Esa fue la idea de Dios desde siempre; un pueblo que le alabara.

(Isaías 43:21) “Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará”

(1 Crónicas 16:25) “Porque grande es Jehová, y digno de suprema alabanza”

(Hebreos 13: 15) “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre”

La única alabanza que Dios recibe, es la ofrecida por medio de Su Hijo. Sólo los verdaderos cristianos podemos alabar a Dios. Este es nuestro privilegio.

La alabanza a Dios es algo que ofrecemos en reconocimiento de la excelencia de Dios. Existe una diferencia entre alabar a Dios y darle gracias.

El agradecimiento describe nuestra actitud hacia lo que Dios ha hecho o va a hacer,  mientras que la alabanza es ofrecida por el hecho de quien es Dios.

Alabamos a Dios por quien Él es, aunque no hiciera nada. El es digno de toda alabanza.

El Salmo 18:3 dice:Invocaré a Jehová, quién es digno de ser alabado...”

Por eso, sólo los que conocen a Dios realmente le puede alabar.

La verdadera alabanza a Dios, surge de un corazón lleno del Espíritu Santo. En ese sentido es un acto, no sólo de fe, sino natural en el creyente. No natural en su carne (la cual se opone siempre), si no natural en el Espíritu.

Dios nos creó en Cristo, haciéndonos nuevas criaturas, haciéndonos partícipes de la naturaleza divina (2 Pedro 1: 4), por tanto, no sólo debemos, sino que podemos alabar a Dios desde el fondo de nuestro corazón, hasta la manifestación audible de nuestras bocas.

Entendemos que esto último es importante, ya que resulta en la manifestación audible de un acto interior, fruto de un corazón regenerado, inspirado por el Espíritu.

El servicio cristiano

“Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios”:

Dentro de este apartado, parejo con la alabanza, y como sacrificios que son, acciones no agradables o hechas por placer o gusto, están el “hacer el bien” y “la ayuda mutua”.

El hacer el bien no siempre es agradable,  porque consiste en un esfuerzo que no pretende el agradar a uno mismo, sino en favorecer a otro, considerándole, por tanto, como más importante.

La ayuda mutua, tal y como está expresado, requiere de un hacer el bien que implica dos sentidos o dos direcciones; del uno al otro. El que recibe un bien por parte de un tercero, debería pensar en hacer lo mismo en la medida de sus posibilidades. En primera instancia esta obra va dirigida hacia la familia de la fe, como leemos (ayuda mutua).

Concluyendo

Nada de todo esto podríamos hacer conforme a validez alguna, si Dios no nos hubiera constituido como sacerdotes de un nuevo pacto.

Es por Cristo, y sólo por él, es decir, por su justicia, que podemos agradar a Dios en nuestras manifestaciones sacrificiales; de otra manera no sería posible.//

© Miguel Rosell Carrillo
Marzo 2017
www.centrorey.org

 

Fin