LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO (II)

Capítulo Segundo

Índice del Tema

4) Dones de sanidades

‘...y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu”:

Aclaremos varias cosas antes. El sanar enfermos fue incomparable en los días de Cristo y sus apóstoles. Leemos acerca del Señor cuando estuvo aquí:

“Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; 17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8: 16, 17)

Es claro que ese don le perteneció a Cristo para que se cumpliera la palabra de Isaías, y por tanto, en ese sentido se trató de un don temporal y exclusivo en cuanto a su magnitud, de Cristo.

En ese orden de cosas, también fue un don de los doce de Cristo:

“Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia” (Mateo 10: 1)

Y también de los setenta designados por el Señor:

“Después de estas cosas, designó el Señor también a otros setenta, a quienes envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir…y sanad a los enfermos que en ella haya, y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios” (Lucas 10: 1, 9)

Un puñado de asociados de los 12, como Felipe (Hchs. 8: 5-7), también fueron usados de manera similar.

Insistimos en que toda esa profusión de sanidades fue un don de carácter temporal, no extrapolable a todas las épocas, como históricamente es sabido. Como acertadamente dice McArthur:

“Algunas personas sienten que la sanidad debería ser común, y que debería esperarse en todas las eras históricas, pero este no es el caso… Sólo durante la vida terrenal de Cristo y la de sus apóstoles hubo una explosión confirmada de sanidades”

Así es, y esto fue debido a la necesidad de acreditar al Mesías y autenticar el Evangelio. Nótese que el Reino se había acercado al venir el Rey, y eso implicaba un cambio sustancial en todos los órdenes, tanto en lo espiritual como en lo natural. Esto fue sólo temporal, porque así como el Reino se acercó, también se alejó por el rechazo del Mesías.

Por lo tanto, el tratar ese tipo de dones de sanidades como el explicado, que fue inherente a aquel tiempo conforme a aquellas circunstancias, e intentar trasladarlo a la era de la Iglesia, es un error.

Entendamos que aquel tipo de sanidades pertenecía a las señales milagrosas, que no se utilizaron simplemente para buscar el bienestar de las personas, sino para declarar que el estaba entre ellos era el anunciado por el profeta Isaías, y respaldar así el mensaje de que el Reino se había acercado.

Esto es así simplemente, porque más adelante en la Biblia vemos a un Pablo que había sido usado tremendamente causando diferentes milagros, incluidos los de sanidad, y sin embargo tantas veces él mismo estuvo enfermo, así como ocurrió con sus colaboradores tantas veces, como con Trófimo (2 Ti. 4: 20); Epafrodito (Fil. 2: 27); su amado hijo Timoteo (1 Ti. 5: 23), etc.

Nos damos cuenta que aquellas explosiones de sanidades de los Evangelios cesaron como tales.

¿Significa esto que Dios ya no sana? ¡No! Dios sigue sanando, aunque no es ya una señal como lo fue, sino producto de su misericordia y de su voluntad a lo largo de nuestra era común.

De ahí el don de sanidades que no todo el cuerpo de Cristo tiene, sino solamente los miembros escogidos. Veámoslo en la Escritura.

Bíblicamente, no todos tienen el don de sanar. En 1 Corintios 12: 27, 28; leemos:

“Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular. Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan…”

A pesar de que el tiempo y la sazón son otros, Dios sigue sanando cuando quiere y a través de quien quiere, por su misericordia.

Aunque los cristianos, a lo largo del tiempo de la Iglesia,  no han sido ni son usados como lo fueron aquellos apóstoles de Cristo al respecto, es indudable que Dios todavía escucha y contesta las oraciones fieles de sus hijos (Stgo. 5: 13-16)

‘...y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu”:

Este otro (V. 9) pudiera ser cualquier miembro de la congregación. Todos debemos estar pendientes de lo que el Espíritu quiera hacer en cada uno. Cada uno debe estar pendiente del Espíritu, en otras palabras.  

...dones de sanidades...: Nótese que está en plural. Hay muchas y diferentes enfermedades, muchas de ellas causadas por demonios directamente, otras no. Por lo tanto es preciso que existan diferentes ‘dones de sanidades’ (Mateo 10: 1).  

Así que, lo definiríamos como el poder sobrenatural para sanar enfermedades y dolencias varias.

No siempre llegará la sanidad a través del don mencionado. Otras veces Dios se valdrá de la medicina.

“La imposición de manos sobre los enfermos es absolutamente bíblico (Mr. 16: 18)"

“La imposición de manos sobre los enfermos es absolutamente bíblico (Mr. 16: 18)"

5) El hacer milagros

(V. 10)   “A otro, el hacer milagros…”        

A otro...: Aquí tenemos a otro y diferente creyente.

...el hacer milagros...: Este hacer milagros lo traducimos literalmente del griego como: ‘acciones de poder; obras de poder’: ‘energuémata dinámeon’.

El poder de Dios es lo sobrenatural de Dios. Pablo dijo: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder (dunamis) de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1: 16).

El milagro es la intervención ordenada y sobrenatural en el curso de las operaciones o actividades normales de la naturaleza. Es la suspensión sobrenatural de una ley natural realizada en el nombre de Jesús. (El diablo tiene cierto acceso a lo sobrenatural, pero no llamaremos milagros a eso).

La realización de un milagro siempre obedece al hecho de resaltar la intervención directa de Dios, para Su gloria.

En el tiempo de Jesús, los milagros que Él hizo servían para autenticarle. Leemos en Hechos 2: 22;

“Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de Él, como vosotros mismos sabéis”

De esta manera las gentes podían saber por esas señales que Jesús venía de Dios. Sus milagros fueron hechos según nos ha llegado hasta nosotros, solamente en el periodo de su ministerio, no toda su vida.

En el evangelio de Juan, vemos en 2: 11 que Jesús hizo su primer milagro en Caná, para “manifestar su gloria”, no para que la fiesta continuara. Los milagros de Jesús son demostraciones de poder que nos llevan en la dirección de creer en Él.

¿Sigue haciendo milagros Dios hoy en día? Sí. Además, cada conversión es un milagro.
¿Existe todavía el don de hacer milagros? También.

Como vimos antes, la palabra milagro en griego energuémata dinámeon’, significa acciones de poder; y se conecta casi siempre con la expulsión de demonios. Es el mismo poder que el Señor dio a sus discípulos (McArthur) (Véase Lc. 4: 36; 6: 18; 9: 42; 10: 17-19)

Hoy en día la Iglesia deberá proseguir con esa obra.

Existe una distinción entre sanidades y milagros. Los milagros pueden ser tanto negativos y destructivos como positivos. La sanidad es invariablemente positiva.

Además, no siempre, ni mucho menos, los milagros se realizan por la fe del que se le adjudica el don, si no que Dios soberanamente actúa sobrenaturalmente, cumpliendo así con Su Naturaleza.  

“El echar fuera demonios es señal de que el reino de Dios está en nosotros Lc. 11: 20”

“El echar fuera demonios es señal de que el reino de Dios está en nosotros Lc. 11: 20”

6) Profecía

‘...a otro, profecía...’:

El significado básico es “proclamar” o “hablar en público”. Desde que las Escrituras se completaron, la profecía no ha sido un medio para transmitir nueva revelación, sino que se limita a la proclamación de lo que ha sido revelado en la Palabra escrita.

Por lo tanto la profecía es la continuidad de lo que ha sido ya revelado, por reiteración.

Esta profecía, a diferencia de la ejercida por los profetas del Antiguo Testamento, es para todos los creyentes en Cristo. Leemos así en 1 Corintios 14: 1-5;

“ Seguid el amor y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis…el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación…el que profetiza, edifica a la iglesia. 5Yo desearía que todos vosotros hablarais en lenguas, pero más aún que profetizarais…”

Profecía es el mensaje sobrenatural dado en una lengua conocida, para fortalecer, exhortar, animar, edificar, estimular, consolar o dar dirección a la gente de Dios.

El profetizar es un asunto inspiracional. Uno es inspirado por el Espíritu Santo para hablar proféticamente.

La profecía es el “don de expresión” más importante y vital en la iglesia. Obviamente el profetizar es para todos los cristianos como podemos ver. 

La profecía edifica a todos los creyentes. Es el mismo Dios hablando a su pueblo o a algún hijo suyo.

Dice el mismo Pablo en 1 Tesalonicenses 5: 20, ‘No menospreciéis las profecías’.

La profecía es declaradamente dirigida a los demás (sean convertidos o no)

1 Corintios 14: 24-25 “Pero si todos profetizan, y entra algún incrédulo o indocto, por todos es convencido, por todos es juzgado; 25lo oculto de su corazón se hace manifiesto; y así, postrándose sobre el rostro, adorará a Dios, declarando que verdaderamente Dios está entre vosotros”.

‘Pero si todos profetizan...’: El deseo de Pablo es que todos lo hagan; ¡eso es señal de que todos podemos hacerlo!

‘...y entra algún incrédulo o indocto (idiotes), por todos es convencido (redargüido), por todos es juzgado; lo oculto de su corazón se hace manifiesto; y así, postrándose sobre el rostro, adorará a Dios...’:

La palabra profética le mostrará su condición. La Palabra de Dios, el Rhema de Dios que es más penetrante y cortante que una espada de doble filo, entrará hasta las entrañas espirituales, y le convencerá de que Dios está ahí en medio.

‘...declarando que verdaderamente Dios está entre vosotros’:

Si Dios está entre nosotros, Su Presencia se hará palpable al indocto (idiotes), y aun al incrédulo. La profecía es esencial cuando la Iglesia se reúne; y más aún debe ser levantada.

Cada cristiano es templo del Espíritu Santo. La presencia de Dios mora en él. Cuando todos los cristianos se reúnen en un mismo lugar, la presencia de Dios es un hecho. Cualquiera que entre, sabrá que eso es así, aunque no esté dispuesto a reconocerlo públicamente, siendo ese el caso.

La última parte de este versículo recuerda a Isaías 45: 14b, que dice: ...te harán reverencia y te suplicarán diciendo: Ciertamente en ti está Dios, y no hay otro fuera de Dios’.

La razón para profetizar: La edificación del Cuerpo de Cristo

El sentido del por qué de la profecía está claramente explicado en el versículo 3 de 1 Corintios 14; el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación”.

Edificación: Significa construir. Construir fundamentos sólidos, levantar confianza en Dios, en los demás. Confirmar lo que Dios ya ha empezado a hacer en el individuo. Dios quiere edificarnos en fe, en amor, en confianza hacia El y a los demás. Darnos aliento, ánimo. Dar dirección.

Exhortación: A veces necesitamos ser amonestados; corregidos, animados, dirigidos.

Consolación: Es la única vez que aparece esta palabra en el Nuevo Testamento. Cuando es necesario confirmar la obra del Consolador en uno. Dios nos quiere sanar de toda herida interior; aliviar el dolor; quitar el temor; levantarnos el ánimo y la fe, etc.

La profecía no es para condenar

La Biblia dice que el que está en Cristo no está bajo condenación (Ro. 8: 1), por lo tanto, ninguna profecía que venga del Espíritu Santo traerá consigo condenación. Podrá ser especialmente dura, de reprensión (si ha de ser el caso), eso es parte de la exhortación, lo cual edifica cuando es menester, pero nunca de juicio condenatorio. No olvidemos que el que acusa y condena es el diablo (Zac. 3: 1; Ap. 12: 10). Satanás nunca dudará en levantar a alguno de sus ministros para enviar a través de ellos su “profecía” condenatoria, la cual estará comúnmente envuelta de mucha religiosidad. Todo ello deberá ser desechado inmediatamente.

La profecía como instrumento de guía direccional

Como hemos visto, bíblicamente la profecía tiene el cometido básico de edificar el Cuerpo de Cristo.

Posiblemente, dentro de este contexto, podríamos encontrarnos con profecía de tipo direccional; es decir, profecía que da un individuo a otro, o a un grupo o iglesia dando unas pautas más o menos concretas en cuanto a dirección, tiempos, lugares, acciones, etc. Veamos un ejemplo ficticio: La profecía de un hermano a otro: “En un período de dos años a partir de hoy mismo, partirás para Afganistán a servir al Señor allí predicando el Evangelio entre los talibanes…”.

A veces las profecías o supuestas profecías colocan mucha carga y peso sobre los hombros de los creyentes, y por eso es necesario saber cómo lidiar con este asunto, más aún cuando el que profetiza asegura diciendo: “Así dice el Señor”.

Otras veces, ese tipo de profecías son aduladoras, y por tanto, en ese caso, sabemos que no son de Dios, ya que sólo buscan el estimular el ego del oyente. Algo así como: “Hoy te he puesto como conquistador de las naciones, como exaltado ungido libertador de mi pueblo. Ministrarás aquí y allí en el poder de mi Espíritu como mi particular ungido, y llevarás a millones ante mi trono; sobre ti he derramado mi gloria, etc. etc.”

Este tipo de falsas profecías es y ha sido de lo más corriente, y sin embargo, Dios no hace acepción de personas, y jamás pondrá a unos por encima de otros.

Como podemos ver, la profecía direccional requiere de un tratamiento correcto. No todo lo que se profetiza es verdad, pero también es verdad que no toda profecía direccional es mentira.

Volviendo al primer caso, el de ir a Afganistán; ¿Debería creer con fe ciega esa profecía a pie juntillas sin tener una seguridad o convicción personal de parte del Señor? La respuesta es no. Debería, retener el mensaje supuestamente profético, y esperar que lo profetizado se fuera a cumplir. Si eso no viene a ocurrir, entonces es que no era de Dios.

La profecía direccional no es para saber el futuro, ni para saber que hay que hacer, sino para saber que era Dios el que la inspiró si es que se llega a cumplir.

Hace bastantes años alguien le dijo a alguien, que tenía la seguridad de que iba a volver a ministrar al Señor con la música. El hermano le contestó que eso era imposible, ya que no estaba el asunto ni en sus planes ni en su corazón. Sin embargo los años pasaron, y ese hermano está involucrado en servir al Señor con la música.

Evidentemente, aun y sin darse cuenta, aquel hermano le profetizó algo que llegó a cumplirse.

Por el contrario, hace unos años, mi esposa y yo fuimos a una conferencia donde la conocida “profetisa” norteamericana Cindy Jacobs profetizó aquí en Madrid muchas cosas (que jamás se cumplieron), entre otras, les profetizó a los creyentes gitanos que estaban allí, que irían a Irak (Oriente Medio) a predicar el Evangelio en medio de la guerra… ¿Qué deberían haber hecho aquellos hermanos ante esa “profecía”, si Dios no les había hablando antes al respecto? Lo mismo que acabo de explicar: No creer porque lo ha dicho la famosa profetisa, sino esperar confirmación de parte del Señor, y si nada ocurre, olvidarlo.

Nunca la profecía direccional de este tipo se da para ser creída por sí sola, sino que de ser verdadera de parte de Dios, estará como confirmación de lo que Dios ya nos ha hablado previamente, o de lo que nos hablará, o de lo que ocurrirá.

En esta actual dispensación en la que estamos, ya no somos dirigidos por profetas (He. 1: 1, 2), sino que cada uno de nosotros somos sacerdotes del Dios Altísimo (1 Pr. 2: 9), por lo tanto, deberemos siempre recibir directamente del Señor su dirección. Insisto, por tanto, al decir que, la profecía direccional está, o bien para confirmar lo que previamente el Señor ya nos ha hablado, o para que ésta sea confirmada posteriormente. De no ser ninguno de esos dos casos, hay que desecharla, el Señor no habló a través del que profetizó.

“Los falsos profetas siempre han estado en medio del pueblo de Dios”

“Los falsos profetas siempre han estado en medio del pueblo de Dios”

Profetizando en el nombre del Señor

Existe la costumbre de decir de antemano antes de emitir la profecía: “Así dice el Señor”. Si es el Señor que lo dice, está bien; pero si no lo dice, entonces tenemos problemas: Estamos tomando Su nombre en vano.

Cuando no tengamos la certeza absoluta de que lo que vamos a decir (estamos hablando aquí sobretodo de profecía direccional) es lo que el Señor quiere decir, lo mejor es expresarnos así: “Siento que…”; “Pienso que…”.

Evidentemente, cualquier profecía de ánimo, consolación, declaración de Su amor, etc. vendrá del Señor, y podremos decir “Así dice el Señor” sin temor a equivocarnos.

El orden a la hora de profetizar en la reunión

Leemos en 1 Corintios 14:29

“Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen”.

Pablo muestra que este orden en la congregación afecta al uso de, en este caso, la profecía. La profecía, que Pablo recomienda tan encarecidamente, debe efectuarse con un orden en público:

‘Asimismo, los profetas hablen dos o tres...’:

Estos profetas, tanto pueden ser ministerios, como sencillamente los que profetizan, que debemos ser todos. Lo segundo es lo más usual.

‘...y los demás juzguen’:

Ese “juzguen” es en realidad “disciernan”. Se entiende que no se debe aceptar sin más la declaración presuntamente profética. Debe ser examinada:

  1. 1) A la luz de la Palabra (1 Co.12: 3; 1 Jn 4: 1-3);
  • 2) Discerniendo el “espíritu” o (y) la intencionalidad. Una profecía que venga de Dios, podrá traer exhortación, pero nunca condenación. Podrá traer ánimo y consolación, pero nunca ligereza ni lisonja.
  1. 3) Convenciendo el espíritu de los oyentes, confirmando en el interior que Dios está hablando.
  • 4) Por otro lado, cuando la profecía es reconocida como proveniente de Dios, deberá ser no sólo asentida, sino creída y obedecida: Dice Pablo en 1 Tesalonicenses 4: 20,

‘No menospreciéis las profecías’

Una forma de menospreciar la profecía es, después de asentir, olvidarla. ¡Esto no es un rito religioso!

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
www.centrorey.org
Revisado y ampliado, diciembre 2010

(Continua en un siguiente capítulo)