COMENTANDO TERCERA DE JUAN

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COMENTANDO TERCERA DE JUAN


Introducción

Tercera de Juan es la epístola número tres que escribiera el apóstol Juan, dirigida a cierto individuo.

Tanto 2 como 3 de Juan son las dos, las epístolas más cortas que encontramos en el NT. Cada una contiene menos de 300 palabras en el idioma griego.

Epístola eminentemente personal, dirigida a un solo destinatario, Gayo.

El autor es sin duda, el apóstol Juan. Se describe a sí mismo como el anciano, lo cual expresa su edad avanzada, su autoridad y estatus como testigo de Cristo y de su obra en la tierra, así como partícipe en la obra de la iglesia desde su inicio.

En cuanto a cuando escribió esta carta, seguramente sería más o menos al tiempo de la escritura de la anterior, y fue durante su ministerio en Éfeso, al final de su vida.

Empezamos.

Salutación

(Vv.1-6)

“El anciano a Gayo, el amado, a quien amo en la verdad. 2 Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma. 3 Pues mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de tu verdad, de cómo andas en la verdad. 4 No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad”.

Juan se identifica como hizo la vez anterior, como “el anciano”, y dirige su escrito a un tal Gayo. Ese nombre era muy común en el primer siglo. Gayo era uno de los dieciocho nombres comunes que los padres romanos ponían a sus hijos por costumbre.

Poco se sabe acerca de ese Gayo excepto por el contenido de la epístola a estudiar, pero es evidente que el aludido en particular era muy conocido por Juan.

Era miembro de una de las comunidades cristianas locales, y le tenían en alta estima por su entrega y conducta cristianas.

Juan le expresa su profundo aprecio al llamarlo cuatro veces “amado” en la carta.

“…a quien amo en la verdad…”: al expresarse de ese modo, Juan tiene la intención de referirse a la clase de amor que se relaciona con las verdades fundamentales de la fe.

No está diciendo aquí que le amaba “en verdad”, o que “en verdad” le amaba,  sino que le amaba “en la verdad”. Su amor al hermano Gayo estaba basado en la verdad de la fe, la cual compartían.

(V. 2) “2 Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma”:

Interesante esta salutación a modo de oración por Gayo respecto a lo físico y material.  El deseo de Juan era que así como prosperaba o iba avanzando su fe en cuanto a lo espiritual, también le fuera bien en todo lo demás.

Juan deseaba para Gayo además de su avanzar en cuanto a los asuntos del alma o del espíritu, el prosperar en su salud física y en todo lo demás.

Esto es un buen deseo, y un motivo de oración.

Lejos está lo mencionado, al abuso que hoy en día hacen muchos para justificar su espuria creencia llamada “teología de la prosperidad”, donde todo el énfasis radica en lo material, y sin embargo, usan este mismo versículo para defender esa falsedad.

(V. 3) “3 Pues mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de tu verdad, de cómo andas en la verdad”:

Muy posiblemente Gayo fue un hombre que se convirtió a Cristo mediante el ministerio de Juan, y Juan le enseñaría los rudimentos de la fe, llegando a convertirse en fiel discípulo y amigo. Después el apóstol se iría a otro lugar, y a la sazón recibió a los hermanos que estaban con el tal Gayo, relatándole que él iba bien, que avanzaba en la fe.

Seguramente los hermanos aludidos por Juan serían cristianos más maduros, y algunos de ellos, ancianos o responsables de las iglesias.

Por tanto, es obvio y lógico que Juan se regocijara cuando dichos hermanos llegaron a él hablando bien de Gayo, seguramente habiendo preguntado por él.

Los hermanos comunicaron al apóstol que Gayo andaba en la verdad, es decir, que no sólo conocía la verdad y la predicaba, sino que andaba conforme a ella.

(V.4) “4 No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad”:

Juan tenía a Gayo por hijo en la fe. Esa es prueba de que él conoció al Señor mediante el apóstol. No sólo se refería a Gayo al expresarse así, sino a todos los demás hijos de la fe que Dios le dio.

El gozo del apóstol era saber, no que sus hijos espirituales tenían “éxito” en sus ministerios, llenaban auditorios, conseguían miles de manos alzadas “aceptando” a Jesús, compraban grandes templos, etc. sino que “andaban en la verdad”.

Juan está hablando de integridad, esto es, cuando es una misma cosa el saber la verdad y el vivirla.

(Vv.5-7) “Amado, fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos, 6 los cuales han dado ante la iglesia testimonio de tu amor; y harás bien en encaminarlos como es digno de su servicio a Dios, para que continúen su viaje. 7 Porque ellos salieron por amor del nombre de El, sin aceptar nada de los gentiles. 8 Nosotros, pues, debemos acoger a tales personas, para que cooperemos con la verdad”.

Gayo era conocido por la ayuda que dirigía a todos aquellos misioneros auténticos que llevaban el evangelio a todas partes, como ocurría entonces. Es evidente que no podía conocer a todos, pero les ayudaba igualmente.

Se veía que todos aquellos a los que ayudaba eran verdaderos evangelistas, porque habían dado ante la congregación testimonio de su amor.

La actuación de Gayo, era la debida, y era ejemplo para aquellos primeros cristianos, que vivían en una época muy difícil, en la cual siempre era imprescindible la ayuda de los hermanos, más aún cuando esos misioneros no esperaban nada de los incrédulos.

La diferencia entre los misioneros genuinos de los falsos maestros

¿Cuál sería la diferencia entre aquellos falsos maestros a los cuales no había que recibir, y a estos que eran verdaderos de Cristo? Básicamente que los primeros buscaban quedarse donde ingenuamente les acogieran, para contaminar con sus herejías, mientras que los segundos, no. Los misioneros avanzaban hacia los lugares donde no había sido predicado el evangelio, no se quedaban donde ya había sido predicado y existía testimonio.

El ejemplo y testimonio nos lo da el mismo apóstol Pablo:

(Romanos 15: 20) “Y de esta manera me esforcé a predicar el evangelio, no donde Cristo ya hubiese sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno”

La misión de los evangelistas y también de los misioneros, era la de llevar el evangelio allí donde no había, darlo, y continuar en su periplo.

(Vv.7, 8) “…7 Porque ellos salieron por amor del nombre de El, sin aceptar nada de los gentiles. 8 Nosotros, pues, debemos acoger a tales personas, para que cooperemos con la verdad”.

Juan explica cuál era la motivación de aquellos misioneros a la hora de salir por todas partes llevando el evangelio; era por amor a Su Nombre.

No aceptaban nada de los gentiles, lo que significa que no querían depender de aquellos que no eran de Dios, para hacer la obra de Dios. Por tanto era justo y necesario que los cristianos, como Gayo, ayudaran a esas personas. De esa manera, cooperaban con la verdad y con la extensión del evangelio.

En la primera parte de esta carta, al final de la misma, nos quedamos con la enseñanza de Juan, que se correspondía con el buen testimonio de aquel Gayo, desconocido para nosotros, pero conocido por Dios.

Esa enseñanza, la de ayudar a todos aquellos que se dedican a llevar el evangelio a los demás, cooperando de ese modo con la verdad, que es el Evangelio.

(Vv. 7, 8) “7 Porque ellos salieron por amor del nombre de El, sin aceptar nada de los gentiles. 8 Nosotros, pues, debemos acoger a tales personas, para que cooperemos con la verdad”.

A partir de este momento, Juan lleva el asunto a otra parte muy diferente, que obviamente produce un efecto de contraste enorme según vamos a ver.

En estos siguientes versículos, Juan presenta un cuadro muy distinto del anterior.

Habla de un orgulloso y ambicioso personaje, que se colocó como líder por encima de todos, en la misma congregación donde estaba Gayo.

Su nombre es Diótrefes, que, curiosamente, significa “alimentado por Júpiter”.

Empecemos.

(Vv.9, 10) “Yo he escrito a la iglesia; pero Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe. 10 Por esta causa, si yo fuere, recordaré las obras que hace parloteando con palabras malignas contra nosotros; y no contento con estas cosas, no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se lo prohíbe, y los expulsa de la iglesia”

Según vemos, el apóstol Juan había escrito previamente otra carta, carta que no ha llegado hasta nosotros, y según el contexto que analizamos, muy posiblemente el tema del que trataba dicha misiva perdida, era sobre la hospitalidad.

Seguidamente, Juan habla de ese nuevo personaje, Diótrefes, que “le gusta tener el primer lugar entre ellos”, es decir, que se las había ingeniado para ostentar el lugar de preeminencia entre los creyentes de esa iglesia a la cual Juan había enviado su carta.

Según el contexto, Diótrefes no hizo ningún caso del contenido de esa carta, ya que no aceptaba la autoridad de Juan: “…no nos recibe”.

Ni a Pablo, ni a Juan

Podríamos en nuestra humanidad pensar que aquellos corintios que no recibían la autoridad y enseñanza del apóstol Pablo, no lo hacían porque Pablo no fue testigo directo de la vida del Señor, pero, ¿y en cuanto a Juan?...

Es inverosímil para nosotros que aquél que fuera el amado discípulo de Cristo, no fuera ni creído ni respetado por un presunto creyente, porque ¿Qué más testimonio humano y directo hubiera podido recibir? Y sin embargo así fue.

De todo ello, vemos que nada de todo esto se circunscribe al baremo humano, sino que el creer y consecuentemente, confiar, sólo es de Dios. Tanto eran malos e incrédulos, los que no recibieron a Juan (porque no recibieron a Jesús por medio de él), que los que no recibieron a Pablo, por el mismo motivo.

Aquella carta que Juan enviara, presumiblemente Diótrefes la destruyó.

La ambición sin medida; el fracaso seguro

“…Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos…”:

Juan dice claramente que el tal Diótrefes era un ambicioso. Dice textualmente que “le gusta ser el primero de ellos”. No se insinúa que hubiese usurpado el oficio, sino que abusaba de esa posición de manera interesada.

Tanto era así, que buscaba el impedir que alguien con más autoridad, como era Juan, pudiera ya no enviar cartas (las cuales destruía), sino presentarse personalmente en la iglesia.

Diótrefes no quería acoger o recibir a Juan, y no lo hacía porque temía perder el resultado de sus ambiciones personales.

Diótrefes era un hombre egoísta y egocéntrico, que buscaba la preeminencia, no para servir a los demás, sino para servirse a sí mismo, por ganancia personal.

Toda esta porción de la epístola, nos habla de un demagogo que se promovía a sí mismo, para buscar su propio beneficio, y no el de los hermanos. Esa era la gran diferencia y contraste entre él y Gayo; polos opuestos.

Las acciones de Diótrefes son contrarias a la enseñanza apostólica:

(1 Pedro 5: 1-3) “Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: 2 Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; 3 no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey”.

Los cuatro puntos

(Vv.10) “10 Por esta causa, si yo fuere, recordaré las obras que hace parloteando con palabras malignas contra nosotros; y no contento con estas cosas, no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se lo prohíbe, y los expulsa de la iglesia”:

Juan en este punto se plantea seriamente viajar hasta la iglesia, a pesar de la oposición manifiesta de Diótrefes. No dice cuando lo hará, sino que dice que está dispuesto a hacerlo si Diótrefes no cambia. Porque de hacerlo, lo hará con una terrible reprensión, recordándole las obras malas que hace.

En este versículo vemos con claridad al menos cuatro cosas de las cuales Diótrefes era culpable.

…recordaré las obras que hace parloteando con palabras malignas contra nosotros…”

1) Parlotea contra nosotros

El verbo griego es “fluareo”, y significa “decir tonterías, hablar a tontas y a locas, contar muchas tonterías, tildar, motejar, denigrar”.

Este Diótrefes usaba de una locuacidad inútil y vacía; hablaba como un insensato diciendo sólo sandeces. Sus acusaciones contra el apóstol Juan y los que estaban con él en el ministerio eran injustificadas e infundadas por completo. ¿A qué obedecía ese comportamiento a la defensiva?

Encontramos en el Comentario Matthew Henry: “El orgulloso Diótrefes estaba calumniando malignamente a Juan, como si éste abusase de su autoridad apostólica. Ésta es la conjetura más probable, ya que, como dice el refrán, “piensa el ladrón que todos son de su misma condición”.

También hay otras explicaciones, que son interesantes desde una perspectiva netamente eclesista, y que tienen mucho peso, que no contradicen lo anterior. Veamos.

El nombre Diótrefes era poco común, e indicaría una pertenencia a la aristocracia de Pérgamo. El libro de Apocalipsis (2:12-17), habla sobre la iglesia de Pérgamo, y sus tremendas dificultades. El orgullo espiritual emanado se adueñó del tal Diótrefes en su momento.

Es evidente que el pecado de Diótrefes fue el de buscar contra viento y marea el ser exaltado y estar en preeminencia sin importar demasiado cómo; ¿De dónde procedía esa conducta?

En este orden de cosas sabemos por la historia eclesiástica, que hacia finales del siglo primero, se empezaban a producir cambios estructurales eclesiales importantes y degenerativos.

Hacia el año 115, el obispo Ignacio de Antioquía escribió sus cartas a las iglesias de Asia, y ese fue el tiempo en que se empezó a establecer entre ellas un “episcopado monárquico”; es decir, la aceptación de un solo obispo con autoridad sobre muchos presbíteros o pastores. Este fue el caldo de cultivo de lo que llegaría a ser el papado romano siglos más tarde.

Así pues, vemos que Diótrefes ya representaba la altivez en la iglesia, un “proto pontífice o papa”; una autoridad supuesta, que chocaba de frente con la verdadera autoridad, la apostólica de Cristo, personalizada en ese momento por Juan.

2) Con palabras malignas

Las acusaciones de Diótrefes, no sólo eran falsas, sino que eran malignas, sus motivos eran perversos. Detrás de todo ello yacía el interés en preservar su posición a como diera lugar.

Pretendía defender su liderazgo atacando a los demás, por una insana inseguridad y temor a ser contradicho, o a ser contestado en algún momento.

Ese enseñoreamiento de la grey es insano y no debe permitirse. Ni el líder (por utilizar aquí este término) tiene que tener miedo de la grey, ni la grey del líder. Todo lo que se deba decir en toda dirección, ha de hacerse, sin temores ni cediendo a la inseguridad.

Pero Diótrefes es aquí el ejemplo de lo que no debe ser un anciano. Así hay muchos llamados pastores en muchas congregaciones, que imponen su propia ley y su propia doctrina.

La ambición de honor y poder sólo lleva a la humillación y el desastre.

Lamentablemente, esa manera inmoral de proceder, fue extendiéndose en las iglesias de Asia Menor, perturbando la vida cristiana. Al negar la autoridad apostólica de Cristo, surgió la arrogancia intelectual y el encumbramiento personal que llevó a esa área geográfica en cuestión a una terrible apostasía, y posteriormente, a la llegada del Islam.

La historia nos lo dice.

3) No recibe a los hermanos

“…y a los que quieren recibirlos se lo prohíbe, y los expulsa de la iglesia”:

Diótrefes todavía fue más lejos. No sólo calumniaba a Juan, sino que también afrentaba deliberadamente a otros creyentes. Se oponía a los mismos miembros de la iglesia que querían recibir a los misioneros, y hasta los expulsaba.

No recibía a aquellos que traían el mensaje de Cristo, claro, sencillo, diáfano, bíblico, porque era una afrenta a sus enseñanzas dictatoriales. Evitaba recibir a aquellos que pudieran ponerle en entredicho. Típico de los tiranos.

Por esa misma razón, no quería recibir a Juan.

En la actualidad ocurre lo mismo. Estas iglesias basadas en una autoridad carnal, tipo G12 o similares, no reciben a nadie que traiga la sana doctrina, por la misma razón.

4) Los expulsa de la iglesia

Si veía a hermanos que no se callaban ante sus despropósitos, le expulsaba de la congregación sin dilación. No los echaba por cuestiones de pecado, rebelión, o por causas bíblicas, sino simplemente porque resultaban ser una amenaza para sus propósitos.

Diótrefes es y representa la antítesis de lo que debe ser un verdadero anciano o presbítero.

Gayo y los demás hermanos no fueron hasta ese punto, echados fuera, por lo que vemos. Tampoco sabemos si eso llegó a ocurrir.

Instrucciones a Gayo

(V. 11) 11 Amado, no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; pero el que hace lo malo, no ha visto a Dios”:

Acordémonos que el tal Gayo no debería llevar mucho tiempo en los caminos del Señor, por eso Juan le amonesta diciendo que no siga el mal testimonio de Diótrefes, sino el de Demetrio, el cual veremos a continuación.

Al decir que el que hace lo malo, no ha visto a Dios, y teniendo en mente a Diótrefes al decir eso, podríamos apuntar a que el aludido ni siquiera era cristiano de veras.

Por sus obras les conoceréis.

(V. 12) “12 Todos dan testimonio de Demetrio, y aun la verdad misma; y también nosotros damos testimonio, y vosotros sabéis que nuestro testimonio es verdadero”:

Al igual que Gayo, la reputación de Demetrio era conocida entre los creyentes. La genuinidad cristiana de Demetrio no necesitaba la evidencia de nadie; era evidente por sí misma.

Por sus obras les conoceréis.

Salutaciones finales

(Vv. 13, 14) “Yo tenía muchas cosas que escribirte, pero no quiero escribírtelas con tinta y pluma,  porque espero verte en breve, y hablaremos cara a cara. La paz sea contigo. Los amigos te saludan. Saluda tú a los amigos, a cada uno en particular”:

Juan no le dice más cosas por escrito, porque tiene la intención de desplazarse para verle y entonces explicarle lo que quiere.

Los hermanos que se conocen, son amigos; no puede ser de otro modo.//

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
Octubre 2016
www.centrorey.org