COMENTANDO 2 JUAN

Primera parte

COMENTANDO 2 JUAN

(Leer la epístola)

El apóstol Juan, escribió tres epístolas, y esta es la segunda. Se describe a sí mismo como “El anciano”, lo cual expresaba la edad avanzada.

Aunque no podemos saber la fecha exacta, sabemos que por la cercanía del estilo de esta epístola con la anterior en cuanto a contenido, pudo haber sido realizada entre los años 90 al 95 de nuestra era, durante su ministerio en Éfeso, en la última parte de su vida.

Esta epístola lidia con el mismo problema que 1 Juan; es decir lo concerniente a los falsos maestros que actuaban con impunidad llevados por el pensamiento gnóstico, y que resultaban en una amenaza para la Iglesia.

La diferencia sustancial radica en el hecho de que mientras 1 Juan va dirigida de manera universal, sin hablar en concreto de nadie en particular, esta vez sí va dirigida a un grupo local o particular; un iglesia local.

El buenismo ya era plaga en aquellos entonces

Los falsos maestros estaban llevando a cabo su obra itinerante entre las congregaciones de Juan, buscando el captar a los creyentes a su causa. Para ello, abusando de la hospitalidad cristiana, se aprovechaban de la bondad natural de los creyentes, para sus fines.

El buenismo existente en aquellos jóvenes creyentes en la fe, es decir, la mezcla entre ingenuidad y cierta perversión de la bondad, hacia que esos malvados lobos rapaces tuvieran fácil acceso a las ovejas.

La persona a la que se dirige el apóstol en su salutación, por proceder seguramente de manera buenista, pudo haber estado mostrando a estos falsos profetas una hospitalidad indebida, que desembocaría en una expansión de la maldad, consecuencia de múltiples errores doctrinales, allí donde eso no debía producirse.

Hay momentos cuando es preciso decir: no, y eso debían aquellos hermanos, aprender. Habían sido enseñados en el amor y por el amor, y ahora debían aprender que en el amor a veces también hay un “no”.

Es evidente que 2 de Juan es una antítesis directa al clamor frecuente por el ecumenismo y la manida aunque errada unidad cristiana.

El apóstol Juan aclarará con firmeza la insalvable diferencia entre el verdadero amor y su pervertida versión buenista.

Empecemos.

Salutación

(Vv.1-3) “1 El anciano a la señora elegida y a sus hijos, a quienes yo amo en la verdad; y no sólo yo, sino también todos los que han conocido la verdad, 2 a causa de la verdad que permanece en nosotros, y estará para siempre con nosotros: 3 Sea con vosotros gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo, Hijo del Padre, en verdad y en amor”.

Juan se denomina a sí mismo como “el anciano”. Esto no sólo tenía que ver con su edad avanzada, sino también con el hecho de su autoridad espiritual, en concreto sobre las congregaciones del Asia Menor, además de ser apóstol de Jesucristo.

Se dirige a la “señora elegida y a sus hijos”. La interpretación más natural es justamente la que leemos. Cierta mujer y sus hijos, bien conocidos por Juan.

a quienes yo amo en la verdad; y no sólo yo, sino también todos los que han conocido la verdad:

Este párrafo expresa la síntesis y base del cristianismo. Los que han conocido la verdad, aman a los que han conocido la verdad, y ese amor es conforme a la verdad.

Conocer la verdad no es saber acerca de la verdad conforme a un conocimiento cognoscitivo solamente, sino haber tenido una experiencia de transformación interior en el hombre interior por el Espíritu Santo (haber nacido de lo Alto Jn.3:3)

Implícito en ese conocimiento de la verdad, está el derramamiento del amor de Dios que va de la mano con ella. Por ello, amor y verdad son inseparables.

La verdad, indispensable fundamento

Por ello, sigue diciendo Juan:

(V.2) “2 a causa de la verdad que permanece en nosotros, y estará para siempre con nosotros”:

La verdad es eterna; Cristo es la Verdad, y siempre permanecerá con los hijos de Dios. Esto de nuevo, nos habla de la seguridad de la salvación; consecuentemente, la seguridad de la justificación y consecuente perdón de los pecados.

(Col. 3: 16) “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría…”

Cuando el Espíritu de Cristo mora en el creyente, Su Palabra obra por la fe en su vida.

(V.3) “3 Sea con vosotros gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo, Hijo del Padre, en verdad y en amor”:

“…gracia, misericordia y paz…” :Interesante el paso que Juan hace de la gracia, a la misericordia y luego a la paz, ya que marca el orden desde la primera iniciativa de Dios hasta la satisfacción definitiva del hombre.

Y como dice MacArthur: “Los confines de esta tríada de bendiciones se encuentran dentro de la esfera de la verdad y del amor”.

(V.4) “4 Mucho me regocijé porque he hallado a algunos de tus hijos andando en la verdad, conforme al mandamiento que recibimos del Padre”:

Juan se regocija de que ha hallado que “algunos, no todos” de los hijos de esa mujer andaban conforme a la verdad.

Esto testifica una vez de que no todos los hijos de cristianos son de la fe, contrariamente a como muchos aseguran.

Ese “andar” se refiere a actitudes y acciones continuas en la verdad y conforme a la verdad. Es el resultado de hacer de la obediencia a la verdad, un hábito en la vida personal.

Para el verdadero cristiano, la verdad en amor es la máxima expresión de su vida de pensamiento y proceder.

(V. 5) “5 Y ahora te ruego, señora, no como escribiéndote un nuevo mandamiento, sino el que hemos tenido desde el principio, que nos amemos unos a otros”:

“Y ahora te ruego, señora…”: El verbo es “erotao”, y significa interrogar, preguntar, y también, solicitar. Juan solicita a esa hermana que cumpla con la ley de Cristo, el amarnos unos a otros.

Juan pasa del concepto de la verdad al del amor. Sin verdad no hay amor, y sin amor, no hay verdad.

Los dos son mandamientos de Cristo, la verdad y el amor:

(1 Juan 2:7-11) “7 Hermanos, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio; este mandamiento antiguo es la palabra que habéis oído desde el principio. 8 Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en él y en vosotros, porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra. 9 El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas. 10 El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo. 11 Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos”.

(1 Juan 4: 7-12) “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. 8 El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. 9 En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. 10 En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. 11 Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros. 12 Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros”

El cumplimiento de sus mandamientos es andar en amor

(V. 6) “6 Y este es el amor, que andemos según sus mandamientos. Este es el mandamiento: que andéis en amor, como vosotros habéis oído desde el principio”:

El amor es andar conforme a sus mandamientos, y a su vez, el mandamiento es andar en amor.

Por tanto, el amor, como tal, es su voluntad para con nosotros. Esta fue la predicación juanina desde el principio, conforme a la enseñanza del propio Jesús:

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Juan 13: 34)

Juan no define el amor como un sentimiento o una emoción, sino como la obediencia a los mandamientos de Dios. De nuevo hemos de apostillar, que la obediencia a la verdad, conforme a la Palabra de Dios, que supone el fundamento de la fe, es andar en amor.

(1 Juan 2: 3-11) “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. 4 El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; 5 pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. 6 El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo”.//

(Continúa)

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
Octubre 2016
www.centrorey.org