LA PARÁBOLA DE LAS MINAS

(Lucas 19: 11) “11 Oyendo ellos estas cosas, prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente”

LA PARÁBOLA DE LAS MINAS

Índice del Tema

Introducción

Jesús acababa de tener su conversación con Zaqueo, siendo todos testigos de su arrepentimiento y gran poder de salvación,  pensaban que el reino se iba a manifestar en esos momentos, yendo a Jerusalén.

Jesús, pasando por Jericó, iba de camino a Jerusalén. Era ya el final de su ministerio aquí en la tierra. No sólo sus discípulos pensaban que entraría triunfante en Jerusalén, manifestando el reino de Dios de manera visible, también los fariseos esperaban que el Mesías debía de venir pronto a establecer el reino mesiánico – 17:20 (evidentemente, no creían que era Jesús).

Al igual que muchos cristianos profesantes hoy en día creen que la iglesia va a establecer el reino en este mundo de un momento a otro, aquellos discípulos creían que Jesús (mejor doctrina tenían ellos) iba a introducir inmediatamente con pompa y poder ese reino, haciendo de Jerusalén la capital del mismo.

Entendiendo Jesús los pensamientos y expectativas de sus discípulos y de otros oyentes allí, les saca del error en el que estaban, relatándoles una parábola. La parábola de las diez minas.

Leer (Lucas 19: 12-27)

El ejemplo del que tenía que ir para recibir

“12 Dijo, pues: Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver”.

El que un hombre noble se fuera a un país lejano para recibir un reino y volver, es algo incomprensible para nosotros si no nos lo explican, pero para aquellos hombres, era de sobras comprensible.

Para ello, volvamos atrás en la historia.

Los reyes en provincias romanas como Galilea y Perea, debían ir hasta Roma para recibir sus reinos. Toda la dinastía herodiana dependía de Roma a fin de recibir poder para gobernar. El ejemplo de ello es el que nos brinda el propio Herodes el Grande, que tuvo que desplazarse hasta la capital del imperio para que le fuera entregado su reino. Esta es la historia, y todos entendían bien lo que el Señor les empezaba a relatar con esa parábola, pero para nosotros ha sido necesario dar esta explicación.

Ahora bien, con esto en mente, así como aquellos mandatarios debían ir a Roma para recibir su autoridad sobre un territorio, Cristo debía partir hacia la capital del universo para así recibir su reino.

El fue ascendido a los cielos y regresará para tomar su reino en este mundo.

En la parábola el hombre noble sería Cristo quien después de haber vuelto al cielo, volvería con su poder y autoridad a tomar las riendas de su reino aquí en la tierra.

Así que, Primera enseñanza: Cristo, que se fue, volverá, esta es la bienaventurada esperanza (Tito 2:3)

No son la misma parábola

Esta parábola que vamos a estudiar, es similar a la de los Talentos (Mt. 25: 14-30), pero posee diferencias significativas, por tanto su enseñanza no es exactamente la misma.

De hecho, la parábola de los Talentos fue relatada por Cristo durante su predicación en el monte de los Olivos, mientras que esta fue narrada en el camino desde Jericó a Jerusalén.

Los siervos

“13 Y llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo”:

En la parábola, el hombre noble, primeramente se dirige a diez siervos suyos. Cristo se dirige primeramente a los que estaban con Él, según el sentido de la parábola. Éstos, hacía poco que discutían entre sí sobre quién sería el más importante en el reino; nótese que Cristo se dirigía a Jerusalén, y creían que haría el milagro de manifestarse en su poder y dar comienzo al reino mesiánico desde esa ciudad.

Esperaban que siendo sus apóstoles y servidores más cercanos, serían promovidos a los puestos de más alto honor y rango, sin embargo, el Señor les declara que, en lugar de pensar en honores y prebendas, debían pensar en ponerse a trabajar, “negociando” con el tesoro que se les otorga.

Ellos soñaban con sentarse a la derecha y a la izquierda del Rey (Mt. 20:21; Mr. 10:37), pero el Mesías les hace despertar a la dura realidad de los próximos trabajos que iban a venir, en lugar de animarles en sueños de gloria la cual todavía estaba lejana en el tiempo.

El mensaje de Señor por medio de esa parábola a sus discípulos era: Tenéis un gran trabajo que realizar a partir de que me vaya. No es tiempo de pensar en glorias terrenales, sino en servicio. Si nos damos cuenta, esto choca de frente con la mentira de los falsos apóstoles de la prosperidad que prometen esas glorias terrenales ahora.

Las minas

“…Negociad entre tanto que vengo…”:

El Señor les iba a dar un trabajo específico que hacer a sus discípulos. El verbo que se traduce por “negociar” es el griego “pragmateúomai”, de donde se extrae el vocablo español “pragmatismo”, y tiene los significados de: “trabajar, ocuparse en algo, ejecutar algo, emprender, negociar, etc.” Hacer algo práctico.

Sus discípulos deberían ocuparse en hacer que aquello que habían recibido, hacerlo crecer y multiplicarse.

Tenemos el caso de Pedro en Hechos 3 que hizo levantarse al cojo que le hacían sentarse al lado de la puerta del templo llamada la Hermosa, cuando le dijo textualmente: “…No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hchs.3:6)

Pedro, al igual que los demás apóstoles de Cristo, recibió gracias especiales para hacer milagros según la voluntad de Dios. Es evidente que ese es un ejemplo de lo que el Señor quería decir en esta parábola.

En fe, Pedro habló la Palabra, y se produjo la sanidad de aquel cojo. Si Pedro se hubiera quedado mudo, no se hubiera producido el milagro, al menos, por su mano.

Ese tesoro divino, cuya corona es el mismo Evangelio de la gracia, queda representado en esta parábola por las minas, y a eso somos todos llamados a “negociar”.

Según Matthew Henry, cada mina, era una medida monetaria griega equivalente a 560 dólares de oro.

¿Por qué diez?

En la parábola, el hombre noble llama a diez de sus siervos, curiosamente. Se esperaría que el Señor hablara en su parábola de doce siervos (por ser doce sus apóstoles), pero no lo hace a doce, que sería lo esperado, sino a diez; ¿por qué? Pues porque es evidente, que no sólo tenía en mente a sus doce, sino a todos sus discípulos, de todos los tiempos. Vemos por qué.

Diez representaba el número básico para formar un grupo, de ahí que en las sinagogas judías, no se comience el servicio propiamente dicho hasta que asistan, por los menos, diez miembros varones (ver Gn. 18:32, Rut 4:2)

Al hablar de diez siervos en su parábola, el Señor estaba hablando de todos los verdaderos siervos suyos, enmarcados en ese número concreto.

“13 Y llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo”:

El don era el mismo, una mina, para cada uno.  Esto representa el tesoro de los medios de gracia (en especial, la difusión del Evangelio, la Palabra de Dios). En ello deben estar ocupados todos los siervos de Dios, todos los creyentes.

El rechazo a Cristo

“14 Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros”:

Otra vez, tenemos que ir a la historia.

La parábola describe lo que había ocurrido en la persona de Arquelao, hijo de Herodes el Grande, al acudir a Roma para convertirse en tetrarca de Judea. Una delegación o “embajada” de judíos viajó a Roma con una protesta en firme ante César Augusto para que no le concediera ese honor, pero el César no la aceptó, he hizo rey a Arquelao.

Arquelao procedió a construir su palacio en Jericó, no muy lejos del lugar donde Jesús contaba su parábola.

El mandato de Arquelao fue tan inepto y despótico, que Roma lo reemplazó en poco tiempo con una sucesión de procuradores, de los cuales Poncio Pilato fue el quinto.

Con esta parábola Jesús advertía que los judíos estaban a punto de hacer lo mismo, en sentido espiritual, esta vez, a su propio Mesías verdadero. Por tanto, este pasaje describe proféticamente el rechazo a Cristo por parte de los judíos.

El regreso de Cristo

“Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno”:

Así como Arquelao volvió de Roma habiendo recibido el reino de parte del César. Ese hombre noble también, y mandó llamar a sus siervos para hacer cuentas.

Esto describe el futuro regreso de Cristo en gloria para reinar desde Jerusalén sobre toda la tierra en su reino milenial. Del mismo modo, todos sus siervos (porque todos los hijos de Dios serán considerados como siervos a la hora de ser juzgados según las obras ante su tribunal), compareceremos ante Su Majestad (*)

(*) Es evidente que esta parábola no busca argumentar el detalle de cómo se producirán los eventos escatológicos, ni mucho menos.

El dar cuentas

“16 Vino el primero, diciendo: Señor, tu mina ha ganado diez minas. 17 Él le dijo: Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades. 18 Vino otro, diciendo: Señor, tu mina ha producido cinco minas. 19 Y también a éste dijo: Tú también sé sobre cinco ciudades”

Es evidente que todo el asunto en todo esto nada tiene que ver con la cuestión soteriológica, sino estrictamente con el asunto de las recompensas en el reino eterno.

Estos dos siervos ejemplifican a la mayoría de los siervos de Dios. Reciben lo mismo porque reciben de gracia, pero producen, unos más, otros menos, y se les recompensa conforme a lo que han obrado.

La mina que a la postre dio diez minas, representa una entrega en el servicio excelente por parte del buen siervo. La mina que dio cinco, representa una entrega en el servicio buena, aunque mejorable.

Todos reciben conforme a lo que han producido con lo que previamente recibieron de gracia, por tanto, se trata de un juicio sobre las obras, y lo vemos claro en la doctrina apostólica.

El tribunal de Cristo

Pablo, amaba lo honorable, lo cual significa el esforzarse en la búsqueda de lo que es agradable al Señor (Ro. 15:20; 1 Ti. 3:1), tanto en esta vida como en la otra (ausentes o presentes). Esta es la meta suprema de Pablo, y la de todo creyente (Ro.12:2; Ef.5:10; Col.1:9; 1 Ts.4:1). Entusiasmados en agradar al Señor (Tit. 2:9).

Esta debe ser nuestra filosofía de vida de cara a presentarnos ante Él en aquel día que viene.

El apóstol Pablo dirigiéndose a los Corintios, y usando una práctica que conocían bien, a modo de metáfora, cual era la de los juegos ítsmicos, escribe así:

“Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradable. Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Corintios 5:10)

Todo cristiano deberá rendirle cuentas a Cristo al final de su vida. La palabra que se traduce por tribunal, viene de la griega “bema”, que era la plataforma elevada en la que se colocaban los atletas victoriosos, de ahí que aquellos corintios podían muy bien entender la metáfora.

Cada cristiano rendirá cuentas de lo que haya hecho durante su vida. No tiene que ver con el pecado, ya que el juicio sobre los pecados se ejecutó en la cruz de Cristo (Ef. 1:7).  Pablo se refería a todas las actividades que los creyentes realizan durante su vida, que se relacionan con su recompensa y elogios eternos de parte de Dios.

Todo lo que hacemos los cristianos en vida, tendrá repercusiones para la eternidad; sea bueno o sea malo. Ahora bien, estos términos griegos no tienen un sentido moral, relacionado con el pecado, ya que este ha muerto para el cristiano.

Se sopesará lo que se ha hecho en cuanto a si ha tenido un valor eterno o solamente trivial. En otras palabras, se sopesará que es lo que el cristiano ha hecho con su tiempo y el don de gracia que Dios le dio, como lo ha empleado, tal y como enseña la parábola de las minas.//

(Continúa)

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
Mayo 2016