LA DOBLE DIRECCIÓN DEL EVANGELIO

LA DOBLE DIRECCIÓN DEL EVANGELIO

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(Lucas 14: 25) “Grandes multitudes iban con él…”

Existe una especie de ensoñación religiosa acerca de Jesús, de su ministerio, que nada tiene que ver con la verdad. Se ha dado a entender que Jesús buscaba anhelante que todos los hombres le siguieran, cuanta más gente mejor, como si todo dependiera de su capacidad de convicción hacia las gentes, y de la consecuente aceptación de todos de su mensaje y persona.

Nada más lejos de la realidad y de la verdad.

Muchos todavía siguen creyendo que cuando el Señor dijo “ir por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mr. 16:15), la intención del Maestro era la de que sus discípulos se esforzaran en convencer a todos de que creyesen. No es cierto. La intención no era que creyesen, sino que escucharan, que fueran testificados de que, efectivamente, el Cordero de Dios había dado su vida por el pecado, y que resucitó para salvación.

¿Todos han creído? No; ¿Todos han escuchado? Sí:

“Pero digo: ¿No han oído? Antes bien, por toda la tierra ha salido la voz de ellos, y hasta los fines de la tierra sus palabras” (Romanos 10:18)

Así pues, entendemos que el mismo mensaje que redunda en salvación para unos pocos, lo hace para confirmación de condenación para la mayoría:

(1 Pedro 2:7,8)Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, la piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo; y:Piedra de tropiezo, y roca que hace caer, m porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados”.

¿Multitudes?

(Lucas 14: 25-27) “Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo:  Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”.

Dice que grandes multitudes iban con él, ¿por qué?, porque Jesús hacía milagros y señales que nunca habían visto antes.

Pareciera que el Señor hubiera venido a bendecir en lo natural a su pueblo, a resolver todos los problemas de la cotidianidad, a convencerles y que resultaran convencidos, pero no fue así.

Jesús no vino al mundo, y en concreto a Israel, a congraciarse con el mundo y con Israel. No vino a hacer adeptos.

Al principio de su ministerio, las multitudes se agolpaban por los motivos explicados, pero desde el momento uno, Jesús empezó a dejar las cosas bien claras. El no iba a permitir que las gentes le siguieran sin antes advertir de cuáles eran sus condiciones; condiciones imposibles de cumplir desde el corazón en lo meramente humano:

“Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”.

Obviamente, nadie podía ni puede realmente seguir a Cristo sólo basado en su propia decisión voluntariosa, y en sus propias fuerzas. Nadie puede seguir a Cristo sin el Espíritu de Cristo en su vida; “…si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él” (Romanos 8:9), por ello el Señor lo quería dejar suficientemente claro.

Para ello, jamás adaptó su mensaje a las preferencias de la mayoría, sino que siempre declaró sin rodeos el alto precio de ser un verdadero discípulo, precio que sólo Él pudo pagar en la cruz.

Un verdadero discípulo sólo lo será mediante la gracia irresistible del Espíritu Santo en su conversión, y la gracia constante de Dios a lo largo de su vida.

El que viniera a Él (esto es, conforme a la perspectiva humana) debía entender que el Señor debería ser lo más importante en sus vidas, hasta la propia de cada uno. Esto iba a desanimar a todos aquellos que no eran sus ovejas.

Jesús no quería que las multitudes le siguieran, porque gran parte del total de esas multitudes no eran escogidos del Padre, sino simples seguidores interesados.

Por eso decimos que seguir a Cristo no es una religión sino el resultado de una obra salvación personal de Dios, llevada a cabo.

De hecho, el Señor no vino a Israel a ponérselo fácil en modo alguno, sino todo lo contrario. El Señor vino a salvar a los que eran Suyos, pero también vino a declarar la condenación a una inmensa mayoría, los que no eran suyos.

(Mateo 10:34) “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada”

Nótese que no hablaba sólo de Israel, sino de la tierra en general.

El evangelio no sólo salva, también anuncia la condenación, la de todos aquellos que rehúsan creer en Cristo (Mt. 10:33) “Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos”. Este fue el caso sin duda de todos aquellos que decían conocer a Dios, pero que negaban con sus hechos tal cosa; los judíos de su época.

Por ello, mayormente el Señor les hablaba en parábolas:

“Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado” (Mt. 13: 10, 11)

Las parábolas de Jesús iban dirigidas a Israel, y como el profeta Isaías dijo, eran más que una admonición, un juicio anunciado de parte de Dios, porque la nación, ya desde tiempos antiguos se había apartado del Señor en su corazón y éste se había engrosado (pajuno en gr. que significa, engordado):

“Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, Y con los oídos oyen pesadamente, Y han cerrado sus ojos; Para que no vean con los ojos, Y oigan con los oídos, Y con el corazón entiendan, Y se conviertan, Y yo los sane” (Mt. 13:15)

Veamos un ejemplo:

Parábola de la gran cena

(Lucas 14: 15-24) “15 Oyendo esto uno de los que estaban sentados con él a la mesa, le dijo: Bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios. 16 Entonces Jesús le dijo: Un hombre hizo una gran cena, y convidó a muchos. 17 Y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: Venid, que ya todo está preparado. 18 Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero dijo: He comprado una hacienda, y necesito ir a verla; te ruego que me excuses. 19 Otro dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlos; te ruego que me excuses. 20 Y otro dijo: Acabo de casarme, y por tanto no puedo ir. 21 Vuelto el siervo, hizo saber estas cosas a su señor. Entonces enojado el padre de familia, dijo a su siervo: Vé pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos. 22 Y dijo el siervo: Señor, se ha hecho como mandaste, y aún hay lugar. 23 Dijo el señor al siervo: Vé por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa. 24 Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados, gustará mi cena”

Esta es una de esas parábolas que claramente expresan un juicio contra Israel, y muy en concreto hacia los religiosos judíos, que se creían justos en sí mismos:

“Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Romanos 10:3)

Como todo el mundo sabe, la cena es la comida última del día, antes de que ese día termine. Esto nos da a entender el carácter escatológico que el Señor quería trasmitirles. Jesús vino al mundo en los días previos a los “últimos días”, los días en los que la salvación iba a llegar a los gentiles, formándose la iglesia.

Los primeros invitados fueron los judíos, pero llegado el momento de la verdad (representado por esa cena), todos se fueron excusando, denegando su asistencia. Para ellos, sus asuntos, los que fueran, eran más importantes que esa cena que representaba una comunión con Dios.

Todas sus excusas dadas eran muy hipócritas y mentirosas:

“El primero dijo: He comprado una hacienda, y necesito ir a verla…”: Vamos a ver, nadie compra una propiedad sin verla previamente, y como la compra ya se había realizado, el asunto no era tan urgente. La propiedad no se iba a mover de su lugar, después del banquete.

“Otro dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlos…”: Del mismo modo, nadie compraba yuntas de bueyes, sin primero probarlas.

“20 Y otro dijo: Acabo de casarme, y por tanto no puedo ir…”: En Israel, el hombre que se acababa de casar, era excusado de obligaciones hacia la comunidad, como prestar el servicio militar o ir a la guerra, pero ¡caramba, aquí se trataba de ir a un banquete, no a la guerra!

Todas estas son el tipo de respuestas que el hombre natural da ante la presentación del evangelio. Ante la oferta de una comunión con Dios (la cena), el hombre natural se excusa torpemente. No tiene motivos justificados para rechazar el evangelio, sólo que no le interesa, y no hay más. Ni siquiera se esfuerza en dar motivos convincentes.

En este relato a modo de parábola, vemos el juicio declarado por Dios sobre los judíos: “Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados, gustará mi cena”

Al  despreciar la invitación divina, Israel quedó excluido del banquete. El juicio de Dios contra ellos selló la decisión que tomaron por voluntad propia. La mayoría de ellos murieron como resultado del juicio divino a manos de los romanos en el año 70 d.C.

Cabe apuntar que todos y cada uno de esos judíos que despreciaron al Mesías, no eran ovejas Suyas. No obstante, seguían teniendo responsabilidad ante Dios por sus pecados, los cuales, no sólo cometían, sino que negaban cometer, blandiendo su propia e ineficaz justicia, añadiendo de ese modo maldad sobre la maldad.

Pero Dios no iba a cesar en su obra de salvación:

“Ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos”:

Estas eran las personas que los fariseos consideraban especialmente indignas e impuras. Estos, considerados indignos por los falsos religiosos, ricos en su propia y estéril justicia, fueron los judíos que Dios soberanamente quiso salvar, y salvó. Lo que llamamos: Llamamiento eficaz.

Pero había más

22 Y dijo el siervo: Señor, se ha hecho como mandaste, y aún hay lugar. 23 Dijo el señor al siervo: Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa”:

Todavía había espacio para la comunión con Dios, expresada por aquella cena. Ahora ya llegaba el momento de atraer a la comunión con Dios a todos aquellos habitantes del mundo, los que andaban por los caminos, por los vallados, es decir, los gentiles, ¡nosotros!

Había que forzarles a entrar, lo cual implica una obra poderosa del Espíritu Santo; lo que denominamos gracia irresistible. De ese modo se iba a llenar su casa.

En resumen, lo que vemos en esta parábola de Jesús, no es tanto salvación para Israel, sino lo contrario: juicio y condenación. La nación que tenía a Dios, no conocía a Dios. Terrible paradoja.

Conclusión

El evangelio lo pone todo en su lugar. Deja al hombre en evidencia ante la justicia de Dios. No se puede esconder en su propia justicia, ni en ninguna ignorancia. Lo deja a merced de la misericordia divina.

El evangelio, que son buenas noticias de salvación, actúa en aquellos que, habiendo sido llamados eficazmente por Dios, no importa si son cojos, mancos, ciegos (es decir, terribles pecadores), consecuentemente se arrepienten, y buscan vivir en una perpetua cena con Dios; una comunión que hay que cuidar y trabajar.

SOLI DEO GLORIA

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
Abril 2016
www.centrorey.org

 

Fin