ENTENDIENDO BIEN ACERCA DE LAS PARÁBOLAS

Estudio sobre la hermenéutica

“…para que viendo no vean, y oyendo no entiendan” (Lc.8:10)

ENTENDIENDO BIEN ACERCA DE LAS PARÁBOLAS

Índice del Tema

Las parábolas, un género literario muy usado por el Señor, tenían la intención muy concreta, por las cuales Él las empleó, y hoy estudiaremos.

Las parábolas constituyen un género literario bíblico, y por regla general son un género muy mal entendido.

Las parábolas, primordialmente ilustran un solo punto, no muchos puntos.

Muchos expositores, pretendiendo seguir el ejemplo de Cristo que usó muy a menudo este género literario, extraen la conclusión de que ellos también pueden usar una y otra vez diferentes ilustraciones inventadas, para enseñar. Un uso correcto es plausible, pero un abuso del mismo, es un error.

¿Por qué y para qué usaba el Señor las parábolas?

En primer lugar, hay que atender a la razón por la cual Jesús usaba las parábolas. El Señor usaba las parábolas hacia los judíos, “para que viendo no vean, y oyendo no entiendan” (Lc.8:10)

¿Cómo es eso así?...Veamos

Las parábolas usadas por Jesucristo, eran argumentos muy simples y concisos, dirigidos a los que no podían entender: “Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane” (Mt.13:15)

Por tanto, las parábolas no van dirigidas hacia los verdaderos creyentes, sino a los que no pueden (ni quieren) entender la verdad de Dios. A los verdaderos creyentes, los discípulos, les es dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás, sólo por parábolas.

El Señor lo dijo muy claro: “Y sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Qué significa esta parábola? Y él dijo: A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los otros por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan”. (Lucas 8:9,10)

Las parábolas anunciaban el juicio divino contra Israel

De hecho, el hablar en parábolas por parte de Cristo (que vino al mundo en el tiempo de la ley), fue un juicio en contra de la nación de Israel.

Los judíos se creían sabios y privilegiados de entre los hombres de ser lo que eran, pero no en Dios, sino en sí mismos. Ellos se justificaban a sí mismos señalando que eran hijos de Abraham:

“Respondieron y le dijeron: Nuestro padre es Abraham. Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais” (Juan 8: 39)

Tenían ojos, pero no veían, tenían oídos, pero no oían; y todo por su terrible iniquidad vivida por generaciones, y ya denunciada por el profeta Isaías 700 años antes, dando a conocer la sentencia:

“Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis.  Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad” (Isaías 6: 9, 10)

El profeta anunció ese juicio, y ese juicio vino sobre los no escogidos:

“Y les dijo: A vosotros os es dado saber el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas; 12 para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan; para que no se conviertan, y les sean perdonados los pecados” (Mr.4: 11, 12)

Una parábola: un solo punto de luz

Curiosamente, el juicio vino a la par que el Mesías, el cual predicaba salvación en Su nombre. Sólo los escogidos, Sus ovejas, iban a entender; y a los demás, sólo se les iba a brindar un punto de luz que una parábola podía brindar.

Veremos que cada vez, ese punto de luz les mostraba su condición de caídos, incapaces de por sí mismos, agradar a Dios y ser salvos.

El Señor, o bien planteaba, o bien le planteaban un asunto moral, y lo explicaba a todos a través de una parábola. Esa parábola no pretendía traer una luz completa, sino sólo un punto, por el cual, como venimos diciendo, los oyentes judíos eran reprendidos por su condición de justicia propia en la que vivían inmersos. Veamos un ejemplo: el buen samaritano, una parábola muy mal comprendida por muchos, hasta hoy.

La Parábola del Buen Samaritano

(Lucas 10: 25-37) “Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? 26 Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? 27 Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. 28 Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás. 29 Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? 30 Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. 31 Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. 32 Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. 33 Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; 34 y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. 35 Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. 36 ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? 37 Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo”.

La pregunta malintencionada de aquel intérprete de la ley, falso creyente, cuál era en definitiva: “¿Qué tengo que hacer para ganarme el cielo?”, tuvo una respuesta clara y diáfana de parte de Jesús, conforme al tiempo en el que ambos vivían, el tiempo de la Ley.

La respuesta del Señor, fue con otra pregunta: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?”. Ese hombre, como intérprete de la ley que era, conocía la respuesta, y respondió:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”.

El Señor le corrobora su respuesta, diciendo que era buena respuesta, conforme al dictado de la ley de Moisés.

En definitiva, el Señor le dice: ¿Tú quieres entrar en el cielo, y quieres tener vida eterna?, pues guarda toda la ley y lo lograrás…

Por un momento, ese hombre queda contento, pero luego, se pregunta a sí mismo, “¿pero y si no cumplo perfectamente la ley, y si no amo como debiera a mi prójimo?”; así que no queda convencido, y apostilla diciendo: “¿Y quién es mi prójimo?”

Entra en acción una parábola

Entonces el Señor, en ese momento, usa de una parábola para enseñar quien es el prójimo, a quien hay que amar como a nosotros mismos… ¿Quién es mi prójimo?, respuesta corta: el que está en mi camino.

El que está en mi camino es mi prójimo y debo amarle como a mí mismo para así heredar la vida eterna. Por tanto, ¿si queremos heredar la vida eterna tenemos que ser un buen samaritano?... ¿Estaba el Señor enseñando una salvación por obras?...

Recordemos la pregunta de aquel falso creyente: “¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?”. Cuando aquel falso creyente le pregunta a Cristo que debe hacer para entrar en el cielo, la respuesta del Señor debía ser obvia: “Cumple con toda la ley”. Sólo cumpliendo con toda la ley se puede entrar en el cielo. Pero, aparte de Jesús de Nazaret, ¿Quién ha cumplido alguna vez con toda ley? Nadie.

Llegamos a la conclusión de que la parábola del buen samaritano no es el evangelio que predicamos, sino que constituye LA EXIGENCIA DE UN DIOS SANTO A TODO HOMBRE (recordemos que Jesús nació de mujer, en el tiempo de la ley, y su mensaje fue en primera instancia hacia los que vivían bajo la ley)

Nadie se puede justificar ante Dios (como pretendía aquel falso creyente) por guardar o intentar guardar la ley. Como está escrito:

“sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado (Gálatas 2:16)

Tenemos que entender que por encima del desarrollo explicativo o narrativo de la parábola en cuestión que el Señor relata, sólo importa el valor o el punto final. En este caso, era la acusación que Cristo enviaba a sus oyentes: no podían amar a Dios y al prójimo, como la ley lo ordena.

La única manera de poder llegar al cielo, no es por intentar ser como Cristo, sino a través de Cristo. Este es el evangelio de la gracia.

Por tanto, la parábola del buen samaritano, no muestra el camino a Dios, sino solamente la exigencia de Dios al hombre, perdido y condenado.

Así pues, el punto principal de esta parábola del buen samaritano, no es que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, sino que no podemos hacerlo. Debemos, pero no podemos.

Debían, pero no podían; esa era la enseñanza de Jesús a lo largo de su ministerio; por eso Juan le presentó a todos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29) Sólo Cristo puede regenerar al hombre, jamás el hombre a sí mismo.

Otro ejemplo; el joven rico

En este caso, obviamente no se trata de una parábola, sino de una experiencia, pero sirve de igual modo en cuanto a lo que venimos diciendo. Leamos:

(Lucas  18: 18-22) “Un hombre principal le preguntó, diciendo: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? 19 Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo Dios. 20 Los mandamientos sabes: No adulterarás; no matarás; no hurtarás; no dirás falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre. 21 Él dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. 22 Jesús, oyendo esto, le dijo: Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme”.

¿Predicaríamos nosotros que para entrar en el cielo hay que guardar la ley, hay que vender todo lo que uno tiene, y seguir a Cristo? ¿Una salvación por obras entonces?

No, no lo haríamos; entonces, ¿Cómo es que Jesucristo le dice esto a ese joven rico?, pues sencillamente porque lo está probando, demostrándole que amaba más sus riquezas que a Dios. No estaba dispuesto a seguir a Cristo, a pesar de que pensaba de sí mismo que era lo suficientemente justo, cuando nadie lo es, ni lo puede ser.

La simple religión empuja a sus fieles en la dirección de ser buenos como Jesucristo, cuando eso es imposible, y justamente esto es lo que el Señor demostró a los judíos, y lo hizo a través de las parábolas.

El Señor, estaba hablando a las personas de su tiempo, que estaban bajo el pacto antiguo, y les estaba probando que nadie puede justificarse por pensar que puede cumplir con la exigencia de Dios: su ley.

Las parábolas que Cristo usó, iban dirigidas a los oyentes no renacidos, para mostrarles su incapacidad de entrar en la vida eterna basándose en su propia e insuficiente justicia.

Por tanto, constituían un juicio contra ellos, ya determinado y anunciado por Dios a través de los profetas del AT.

La parábola del grano de mostaza

Las parábolas, muestran un solo punto, una sola cosa, lo que el Señor quería dar, y no se puede, si se quiere hacer una sana hermenéutica, extralimitar el asunto.

Un ejemplo: la parábola del grano de mostaza:

(Lucas 13: 18,19) “Y dijo: ¿A qué es semejante el reino de Dios, y con qué lo compararé? Es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su huerto; y creció, y se hizo árbol grande, y las aves del cielo anidaron en sus ramas”

El Señor comparaba el reino de Dios con un grano de mostaza, ¿De cuántas maneras? Sólo de una; diciendo que el grano de mostaza es de las semillas más pequeñas, pero una vez se planta se desarrolla un arbusto que llega a ser un gran árbol. No se debe añadir nada a esa enseñanza. Hay que hacer un buen uso de la hermenéutica.

Conclusión

  • Las parábolas de Cristo van sobre todo dirigidas a los incrédulos.
  • Constituyen muchas veces un juicio de Dios contra ellos, ya que muestran la insuficiencia de sus justicias.
  • Ese juicio fue anunciado por los profetas.
  • Las parábolas dan luz sobre un solo punto principal, por tanto,
  • No podemos inventar cosas que no son explícitas en el texto.

SOLI DEO GLORIA

Miguel Rosell Carrillo
Febrero 2016