LA FE: ¿QUÉ CREER? ¿QUÉ ESPERAR?

Estudio extraído del estudio “LA FE, EL PISTIS DE DIOS”

Índice del Tema

Análisis muy interesante sobre cómo y qué debemos creer, que ayudará a muchos a proceder correctamente en este tiempo cuando se está haciendo un abuso tan grande del asunto de la “fe”.

LA FE: ¿QUÉ CREER? ¿QUÉ ESPERAR?

1. El contexto judío

“Respondiendo Jesús, les dijo: De cierto os digo, que si tuviereis fe, y no dudareis, no sólo haréis esto de la higuera, sino que si a este monte dijereis: Quítate y échate en el mar, será hecho.22 Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis” (Mateo 21: 21, 22)

El Señor Jesús vino al mundo en el contexto, y hacia el contexto judío en primera instancia. El no vino en primer lugar a levantar su Iglesia, sino que vino a rescatar las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 15: 24). La Iglesia el Señor la levantó más tarde, una vez ya ascendido a los cielos, principiando en aquel bendito día de Pentecostés (Hchs. 2).

Quiero decir con esto, que el Señor en el contexto judío, y por tanto, bajo la Ley mosaica, vino a enseñar primeramente los rudimentos del Reino de Dios a sus primeros discípulos, judíos, teniendo en cuenta que tanto ellos, como los demás correligionarios, poco sabían de lo que en realidad es la fe. De hecho la palabra fe no se menciona sino sólo dos veces en todo el AT.

Los judíos estaban muy acostumbrados a las leyes, las normas, los preceptos, y prácticamente nada en cuanto a lo relacional con Dios, incluyendo en ello la cuestión de la fe, como tal.

Por eso, el Señor les hablaba a sus discípulos de forma muy somera, muy básica en cuanto a lo que es la fe. Sus discípulos justo entonces empezaban a creer y experimentar, no lo relacionado con mandamientos y leyes, sino con la fe en sí. Esa fe era (y es) básica para el relacionamiento con Dios, cosa inverosímil hasta entonces, bajo el sistema sacerdotal mosaico.

En primera instancia, según vemos en ese texto arriba, Jesús les enseñó acerca del poder de Dios, y de que mediante la fe, ese poder de Dios iba a manifestarse.

Fe es siempre conforme a la voluntad de Dios
Ahora bien, y entendámoslo bien nosotros, ese si “tuviereis fe, y no dudareis”, presupone que lo solicitado es, efectivamente, conforme a la voluntad de Dios y sólo de ese modo.

Ese “pedir en oración creyendo”, implica la obra del Espíritu Santo en el creyente, que le guía e inspira a orar de ese modo. Esa fe será entonces auténtica.

Por tanto, ese “pedir en oración, y ese creer”, siempre será en función a la voluntad de Dios, no sólo a la nuestra. Esto es importante entenderlo así.

Muchos han abusado de esa porción de la Escritura y similares, y lo han interpretado mal, viniendo a enseñar, que tal cosa u otra que se pida, se hará con el simple hecho de decidir creer, conforme a la propia voluntad individual. Algo así como: “Voy a creer lo que quiero creer”. Esto no es lo que enseñó Jesús, y por eso todas esas veces no ocurre lo que hemos “creído”.

Por ello, la verdadera fe según la definición de Cristo, siempre implica sumisión a la voluntad de Dios.

Cuando algo es de Dios, el Espíritu Santo insufla confianza en el corazón del creyente, dándole paz al respecto. Esto no significa que las cosas se harán como y cuando el creyente espera que se hagan al detalle humano, sino que a la postre Dios las hará a su modo y tiempo.

Cuando se cree de veras que Dios está presente en el asunto que se coloca ante Él en oración, además de paz, se genera confianza, conforme a la siguiente porción de la Escritura:

“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. 7 Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4: 6-8)

Esa confianza se expresa o manifiesta por la seguridad que tenemos en Dios, por haber creído Su dicho, Su Palabra.

“Hay creyentes que lo son, basados en su propio sentido de la creencia, conforme a su voluntad, y pretenden implicar a Dios en todo ello, pero no es real”

“Hay creyentes que lo son, basados en su propio sentido de la creencia, conforme a su voluntad, y pretenden implicar a Dios en todo ello, pero no es real”

2. La pregunta que tantas veces nos hacemos

Ante la ansiada pregunta: “¿Hará Dios ese milagro, o no?”... No deberíamos decir a la ligera “pues por fe, lo hará”, puesto que por fe, significa con seguridad en Dios, y por Dios, y muchas veces esa seguridad no la tenemos si somos honestos. Es mejor decir: “Si Dios quiere”, o “Dios quiera”

Existe un ángulo ciego, una laguna, cuando no sabemos exactamente qué es lo que el Señor quiere ante una situación concreta, quizás de tipo personal.

No dudamos que Dios es poderoso para hacerlo, pero no podemos asegurar si lo va a hacer.

En ese caso, deberemos buscar a Dios en oración para obtener la confirmación del Espíritu Santo en nuestro corazón. No obstante, no siempre llegaremos a tener una certeza absoluta en este sentido. En estos casos, el saber si eso fue o no de Dios, se verá conforme al resultado final.

Esto también opera del mismo modo respecto a las profecías direccionales; se sabe si eran de Dios o no, si se llegan a cumplir.

En términos de eternidad, siempre
El creerle a Dios no siempre se concretiza en casos puntuales, sino en la generalidad de la vida.

Siempre podemos confiar en Dios. En el día a día, por esa confianza, la fe es seguridad en Dios. Esa seguridad no está basada en la concepción humana de cómo deben ser las cosas en este tiempo, sino en términos de eternidad.

El plan de Dios para el creyente va más allá de su vida aquí en la tierra.

Como creyentes, tenemos la seguridad de que Dios siempre actuará a nuestro favor en términos de eternidad:

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8: 28)

Hay creyentes que se vienen abajo en su fe, porque las cosas no salen como ellos esperaban en cuanto a esto o aquello. Eso es porque su fe no es fe, sino presunción. Esto es también porque su radio de acción en cuanto a su vida, sólo se limita a esta existencia.

Esto quiere decir que no debemos esperar que en esta vida y en nuestro andar diario todas las cosas en el orden natural nos salgan exactamente conforme a lo que humanamente nos gustaría o esperaríamos, blandiendo el argumento de la fe.

De hecho, ese es el gran error que se predica desde muchos púlpitos, algo así como: “cree en Jesucristo, y todo te irá bien (según lo esperado)”. Todos sabemos que es más bien al contrario, cumpliéndose las mismas palabras de Jesús:

“Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16: 33)

La palabra de Romanos 8: 28, resume lo que aquí se está enseñando; y entendiéndolo bien, prosigamos.

“Nuestro caminar en fe en esta vida, debe estar en la perspectiva correcta: conforme a la eternidad”

“Nuestro caminar en fe en esta vida, debe estar en la perspectiva correcta: conforme a la eternidad”

3. Cuando lo imposible es de acuerdo a lo imposible

“Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras…Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. 40 Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación. 41 Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas” (Hechos 2: 14; 39-41)

Partimos de una base inamovible: lo imposible no es problema para Dios a la hora de Él intervenir según nuestra fe (que es la Suya), conforme a nuestra petición. Como cristianos sabemos eso.

Días antes de que Pedro hubiera predicado en Jerusalén (Hchs. 2: 14 ss), parecía que nada ocurría, pero cuando él se levantó junto con los once, ungidos por el Espíritu Santo, como tres mil personas, judíos todos, se convirtieron a Cristo.

Así que convenimos aquí en que, en primera instancia, la dificultad o adversidad, no son problema para Dios. Pero la cosa no queda ahí, hay más a tener en cuenta.

Existe otra verdad a considerar. Observamos que el asunto funciona a la inversa también. Esto es, cuando lo imposible no es el problema; cuando lo imposible no es el efecto sino la causa o consecuencia.

Dicho de otro modo, el obstáculo insalvable entonces no es el impedimento, sino el resultado final.

Lo que observamos entonces, no es lo imposible como posible para Dios, sino lo imposible a causa de la negación de Dios, a que sea posible.

No estamos hablando de obstáculos a superar, sino de resultados finales.

En esos casos, nada tiene que ver el asunto de la fe como lo hemos planteado arriba, sino todo lo contrario.

Siguiendo con el ejemplo de las gentes, algunos dicen que las multitudes que pueblan nuestra ciudad se convertirán, de la misma manera que aquellos del Jerusalén del libro de Hechos, pero, ¿es así? 

El argumento es el siguiente: como para Dios no hay dificultad alguna en hacer esto o aquello, Dios salvará a las multitudes de mi ciudad como hizo con los de Jerusalén. Pero este argumento es muy simplista.

Comparar el plan concreto de Dios para Jerusalén, sabiendo por la Escritura que Dios ha revelado su determinación de restaurarla en un tiempo y acción (ver Daniel 9: 24), con cualquier otra ciudad o nación política de la tierra, es una insensatez.

No siempre vale cualquier evento de la Biblia, como ejemplo aplicable a cualquier situación particular, aún y suponiéndola similar. Ese es un error en el que muchos caen.

Entendiéndolo bien, y despacio
“Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.16 Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. 17 Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra.18 De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece” (Romanos 9: 15-18)

En Hechos 2, aquellos tres mil de Jerusalén estaban llamados a creer, y creyeron. Dios tuvo misericordia, pero como venimos diciendo, ¿podemos asegurar lo mismo acerca de los de cualquier otra ciudad? Aquí vemos que por pasiva, no.

Hemos leído en ese texto de arriba que Dios tiene misericordia de quien quiere, y no la tiene de quien no quiere. Eso nos da a entender que por causa de Su justicia, hay ciudades, naciones políticas, individuos, familias, de los cuales Dios no va a tener misericordia.

Dios tendrá misericordia de quien quiera, no de quien nosotros quisiéramos.

¿No pudiera ser que a causa de su incredulidad, Dios hubiera endurecido los corazones, como con Faraón? Si fuera así,  en este caso el planteamiento sería muy diferente al típico expuesto en cuanto a la “fe”, es decir, el de enfrentar lo imposible con el poder de Dios, sino que lo imposible sería el resultado final, no el inicial. Insistimos: no estaríamos hablando de obstáculos a superar, sino de resultados finales.

Si Moisés hubiera intercedido por Faraón (Faraón: tipo de gente incrédula), ¿Dios le habría escuchado? La respuesta es, no. Dios había descartado a Faraón. Del mismo modo, Dios desde antes de la fundación del mundo ya descartó a muchos seres humanos (no sabemos quienes). Esa es la razón por la cual tantos millones mueren sin Cristo.

Lo que Dios ha determinado que sea imposible, ¿quién lo va a poder cambiar?

Exponiéndolo en la perspectiva humana: las gentes que no se salvan, no se salvan, porque han rechazado la salvación. El rechazo de la salvación es el resultado final, no la dificultad para la misma (supuestamente a vencer por la fe).

No estamos diciendo aquí con todo esto, que de esta manera podemos llegar a saber acerca de cada caso en concreto, eso no es así. Sencillamente, el saber estas cosas nos ayuda a entender en lo general qué es lo que está pasando, eso es todo.

“Muchas veces el obstáculo no es el efecto, sino la causa”

“Muchas veces el obstáculo no es el efecto, sino la causa”

El dictamen de Dios y la libertad del hombre
Vemos aquí entonces, que el asunto de la fe nada tiene que ver con la dificultad, sino con la decisión final de Dios en definitiva. En este contexto, en cuanto a lo divino, podemos también encontrar la libre decisión del hombre, y sus consecuencias.

Ciertamente, el hombre escoge su destino en la libertad que Dios le ha concedido, y eso no contradice el previo dictamen de Dios.

Explicándolo mejor: en su vida aquí en la tierra, el hombre tiene suficiente capacidad de maniobra, lo que implica poder decisorio y sus consecuencias, y todo ello queda enmarcado en el destino que Dios le ha prefijado desde antes de la fundación del mundo. Ambas actuaciones van de la mano, sin existir contradicción alguna.

Por lo tanto, así como la salvación es en primera instancia decisión de Dios, lo es en segunda instancia decisión del individuo.

Pero volviendo al punto
Esta es la realidad: a veces las cosas no ocurren, no porque Dios no pueda hacerlo, sino porque hay una determinación en que sea todo lo contrario, y por parte de Él.

Poniendo otro ejemplo, diríamos que es lo mismo que ocurrió con Pedro respecto a Jesús, cuando le dijo que no fuera a la cruz. Humanamente esa hubiera sido la petición correcta, pero conforme a la voluntad de Dios, eso fue satánico. Era imposible que Jesús no fuera a la cruz (aunque Él fue libre en decidirlo). El Padre jamás hubiera escuchado a Pedro en eso.

“La Cruz según la sabiduría humana es el gran fracaso, pero según la sabiduría de Dios es el gran triunfo"

“La Cruz según la sabiduría humana es el gran fracaso, pero según la sabiduría de Dios es el gran triunfo… ¿Quién tiene razón? La respuesta es obvia”

Muchas veces pedimos cosas que entendemos son buenas, pero que Dios no aprueba, porque en realidad no son buenas. Ponemos entonces nuestra “fe” en marcha, declarando que ese “gigante” no es obstáculo para Dios… y realmente ningún gigante es obstáculo para Dios, pero hay gigantes que están ahí con el beneplácito de Dios. El Altísimo sabe por qué. Ese gigante entonces, no es el problema, sino el resultado.

Otras veces ese gigante es consecuencia de un pecado nuestro, quizás por ignorancia. En fin, será preciso discernir siempre en cuanto a cada caso.

Para terminar, y volviendo al ejemplo de la gente y el Evangelio, muchas veces el problema no es que la gente rechaza el Evangelio, sino que el rechazo del Evangelio es la consecuencia y manifestación finales. Es la gente viviendo como Faraón.

Sólo Dios sabe quien es quien al respecto, no nosotros (no olvidemos eso), no obstante, como dije, esto nos ayuda a comprender por qué en algunos casos no son contestadas nuestras oraciones en la manera que desearíamos.

Dios les bendiga.

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey Jesucristo, Madrid, España.
www.centrorey.org
Diciembre 2010

 

FIN