LA PARTE DE DIOS/LA PARTE NUESTRA

Un estudio bíblico

LA PARTE DE DIOS/LA PARTE NUESTRA

(2 Pedro 1: 3, 4) “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia,  por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia…”

Índice del Tema

Introducción

En este párrafo de la Escritura, veremos de qué manera el conocimiento de Dios aplicado a nosotros los creyentes, hace crecer y formarse la gracia y la paz que de Él hemos recibido.

No obstante hemos de entender que no podemos hacer nada si antes no hemos recibido de lo Alto.

En este sentido, dice el Dr. Martin Lloyd-Jones: “Eso acontece así: primero de todo, hay ciertas cosas que se hacen para nosotros; luego, nosotros mismos procedemos a hacer ciertas cosas. Lo que se hace para nosotros se describe en los versículos 3 y 4, y lo que hemos de hacer nosotros va en los versículos 5 y 6”

Ciertamente es así. Dios nos dio primero para que en base a ese don, pudiéramos (y podamos) con Su gracia crecer en la dirección de Su voluntad.

Primeramente veremos acerca de lo que Dios ha hecho para el creyente, antes de ir a la segunda parte: lo que nosotros nos toca hacer.

I.Las cosas que previamente nos han sido dadas

“3 Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia…”:

En su literalidad lo leemos así: “Como todo nos ha sido regalado por Su divino poder respecto a la vida y la piedad, mediante el pleno conocimiento del que nos llamó por Su propia gloria y virtud…”etc.

Al que es verdadero hijo de Dios, se le ha regalado (lit.), es decir – otorgado como un don que perdura, todo, o todas las cosas que son en relación a la vida y a la piedad.

Nos han sido otorgadas ya, para esta vida en este cuerpo, para una vida espiritual y para la piedad cristiana (*)

(*) Amor a Dios y a Su voluntad. Ser piadoso es vivir con reverencia, lealtad y obediencia a Dios, por amor a Dios.

El concepto de lo que es respecto a la vida y a la piedad, también podemos entenderlo como una hendíadis (*)

(*) “Expresión de un solo concepto mediante dos nombres coordinados, como ensiento faltarme alegría y vida por alegría de vivir.”

De ese modo deberíamos entenderlo como “para una vida piadosa”, y lo releeríamos así, pues:

“Como todo nos ha sido regalado por Su divino poder “para una vida piadosa”, mediante el pleno conocimiento del que nos llamó por Su propia gloria y virtud…”

Ambos sentidos son correctos, ya que la idea es que Dios por Jesucristo (y sólo por Él), nos ha dado gratuitamente todo lo requerido para vivir una vida conforme a Su voluntad; es decir, una “vida piadosa”.

Por medio del que nos llamó

“…mediante el pleno conocimiento del que nos llamó por Su propia gloria y virtud…”:

Todo lo que tiene que ver con una vida de piedad, nos ha sido dado gratuitamente mediante, y por causa,  del conocimiento de Cristo, por sus propios méritos y gloria.

En otras palabras, el cristiano genuino tiene la seguridad eterna de su salvación, y perseverará y crecerá porque ha recibido todo lo necesario para sustentar (no él, sino Dios en él) la vida eterna, a partir de esta vida, por el poder de Cristo.

Estamos completos en Cristo

Estamos completos en Él, porque tenemos la seguridad de la vida eterna. Un genuino creyente, no debería pedir “algo más” (como si le faltara algo extra necesario para sustentar su crecimiento, fortaleza y perseverancia), a fin de volverse piadoso o “más piadoso”, porque ya tiene todos los recursos espirituales que manifiestan y producen esa vida que agrada a Dios.

Esto mismo lo explica el apóstol Pablo:

(Efesios 1: 3, 4“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él”.

Desde antes de la fundación del mundo, Dios ya nos bendijo a todos sus elegidos con toda bendición espiritual, por, y en Cristo, para que pudiéramos desarrollar una vida agradable a Él en esta vida. No hay excusa.

Por “Su divino poder” (v.3), y éste es Cristo en el creyente, puede y debe agradar a Dios.

El conocimiento de Cristo que implica intimidad

“…el pleno conocimiento del que nos llamó…”: El pleno conocimiento de Cristo. Esto implica un conocimiento muy íntimo. El conocimiento del Señor Jesús que se destaca aquí, no es un simple conocimiento superficial, o una simple comprensión superficial de los hechos acerca de Él, sino una participación genuina y personal de la vida con Jesucristo, que parte de un genuino arrepentimiento de aquella antigua vida y de todos los pecados, y de una fe personal en Él.

Llamamiento eficaz

“…mediante el pleno conocimiento del que nos llamó por Su propia gloria y virtud…”: Ese llamamiento es el que denominamos “llamamiento eficaz” a salvación. Por  Su gracia irresistible, vinimos a ser de Cristo (1 P.1:15; 2:21; 5:10). El decir que el llamamiento fue efectuado mediante “su propia gloria y virtud” implica que todo el propósito y obra son de Él, y sólo de Él.

“Su propia gloria y virtud” quedan reveladas en el acto de la cruz y en su resurrección.

Las preciosas y grandísimas promesas en Cristo

(V. 4) “4 por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia”:

Por medio de su gloria y virtud, y mediante Su Espíritu, nos han sido otorgadas de forma gratuita y para siempre, las preciosas o valiosas y grandísimas promesas. Estas grandísimas promesas son las que habían sido profetizadas en el A.T., y que su cumplimiento es en Cristo, y sólo en Él.

Participantes de la naturaleza divina

“…para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina…”: El fin o finalidad de esas valiosas y grandísimas promesas es la de haber sido participantes de la naturaleza divina.

Ese ser “participante” (koinonoí en gr.) implica comunión, en este caso tener comunión con Dios: “…y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1:3b)

Este tener participación a modo de comunión con Dios, hay que entenderlo como que los creyentes verdaderos comparten la vida de Dios por medio de Cristo y del Espíritu que viven en él (Ro 8: 9; Gl.2:20). Por tanto todo se circunscribe a tener una comunión de vida divina, una intimidad con el Creador por medio de Jesucristo, el Autor de nuestra salvación. Esto tuvo lugar en el mismo instante en el que nacimos de lo Alto (Jn.3:3).

Para aquellos que han entendido algo más que esto, cabe explicar que aquí no se enseña que compartamos la esencia, sino la naturaleza divina.

Si dijera que compartimos la esencia de Dios, esto implicaría poseer los atributos trascendentes que hacen de Dios el Ser Absoluto y Necesario; sería compartir la infinitud en todos sus aspectos de perfección absoluta, eternidad, inmensidad, omnipotencia, etc. etc. es decir, nos convertiría en “dioses”, todo lo cual es tan falso como absurdo y blasfemo.

En cambio, compartir la naturaleza, significa poseer la vida de Dios como fuente, no de sus atributos incomunicables, sino de Su conducta imitable, es decir, su modo de pensar, su modo de amar y su modo de obrar, cosas que sólo un nacido de Dios (Jn.3:3) puede realmente tener, o más bien, obtener.

Ineludiblemente, ser “participantes de la naturaleza divina” implica el ser hijos de Dios por adopción (Gl.4:5; Ro.8:15); implica ser nuevas criaturas (2 Co.5:17)

En el día de la glorificación, se verá con total claridad y sin sombra de duda la manifestación de ese participar en su naturaleza divina, al recibir nuestros respectivos cuerpos resucitados y glorificados (Fil.3:20, 21; 1 Jn. 3: 1-3)

El rescate divino

“habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia”:

“Habiendo huido” o habiendo escapado (apopheugó). El verdadero creyente ha escapado de la corrupción que existe en este mundo por causa de la concupiscencia, como Lot huyó de Sodoma, llevado por ángeles.

Literalmente, hemos escapado de la perdición que supone el amar el pecado y sus últimas consecuencias que significan condenación eterna.

La palabra que se traduce por “corrupción”, es “phthorá” y significa: “corrupción, ruina, destrucción, perdición”.

Dios por Cristo, nos agarró de la mano, y nos sacó del pozo de perdición en el que estábamos. La salvación es de Dios.

Por la concupiscencia (epithumia) que hay en el mundo, existe la corrupción. Esa concupiscencia (epithumia), es todo deseo de lo pecaminoso.

El poder que ejercía sin fisuras nuestra naturaleza caída y pecaminosa, nos arrastraba a la perdición, pero al transformarnos Dios en nuevas criaturas, por haber nacido de lo Alto, fuimos rescatados de ese poder del maligno, aunque todavía conservemos esa naturaleza caída en nuestros cuerpos mortales, por ello Pablo se lamentaba, cuando exclamaba: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24), aunque a renglón seguido decía:

“Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado. Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 7: 25; 8:1)

Libres del mal, avanzamos…

Nuestra responsabilidad

En estos versículos que van del 5 al 7, vemos con claridad meridiana lo que nosotros, los creyentes, hemos de hacer y poner en práctica a fin de que vayamos edificando nuestra casa espiritual sobre la fe (don de Dios) con la que nos hemos apropiado las “preciosas y grandísimas promesas” (V.4).

Aunque todo viene de Dios, no es menos cierto que Él, habiéndonos constituido hijos suyos por adopción,  nos ha dado una capacidad suficiente para colaborar en Su obra, de modo que:

  1. 1) Somos no sólo capaces de practicar la disciplina cristiana, sino llamados a tal práctica.
  2. 2) Por tanto, responsables de llevarlo cada día a la acción, con toda diligencia.

Escribe MacArthur: “Poniendo toda diligencia, implica hacer el esfuerzo máximo. La vida cristiana no se vive para honra de Dios sin esforzarse como es debido. Aunque Dios ha derramado Su poder divino en el creyente, el cristiano mismo tiene la responsabilidad de practicar la disciplina en todos los aspectos de su vida para rendir al máximo en todo lo que Dios ha hecho por él”

Leemos en Filipenses 2:12,13; “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor,  porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”.

Ciertamente Dios produce en nosotros Sus hijos el querer o desear hacer Su voluntad, porque Él es bueno, pero no es menos cierto que siendo de ese modo, es preciso que cada uno seamos diligentes en ocuparnos en los asuntos de nuestra salvación, teniéndolo en una altísima consideración ante Dios.

El verbo que se traduce por “ocuparnos”, es el verbo griego “katergazomai” y tiene el sentido de “trabajar en”, o “uno estar ocupado en”; es decir, que es la voluntad de Dios que trabajemos en Su obra en nosotros, lo cual es sin lugar a dudas todo lo que implica nuestra santificación experimental.

Es lo mismo que enseña el apóstol Pedro, y que estamos estudiando.

Porque hemos de huir de la corrupción…

…habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; por esto mismo, poniendo todo empeño (lit)…”

Otra traducción más actualizada sería: “Precisamente por esto, poned todo empeño…”

Es decir, precisamente porque estamos en un mundo corrupto, adverso, degenerado, esclavo de la concupiscencia (deseo de lo malo), del cual hemos huido por la gracia de Dios por habernos constituido hijos Suyos por adopción, es menester poner todo empeño en la práctica de la virtud, lo cual veremos a continuación con detalle.

No podríamos realizar lo que Dios nos demanda, si Él no hubiera hecho de antemano Su obra en cada uno de nosotros, los ahora creyentes renacidos. Por tanto partimos de una base firme, sólida…partimos de la Roca que es Cristo como base y fundamento de nuestra diaria edificación.

La Palabra no nos dice que debemos hacer un esfuerzo pequeño, menos aún, simulado, sino todo lo contrario, ya que nos manda que hagamos el máximo y continuados de nuestros esfuerzos:

“…poned todo empeño…”: La palabra que se traduce por “diligencia”, es “spoude” en griego, y vemos algunas traducciones de la misma: “apresuramiento (todo lo deprisa que se pueda), celo, diligencia, esfuerzo, empeño, trabajo)

Por tanto, del griego lo podemos traducir del modo siguiente: “aportando todo celo, esfuerzo, empeño, trabajo, etc.) De todo ello entendemos que se trata de hacer el máximo de nuestras fuerzas. En otras palabras, hemos de hacer máximo para huir y seguir huyendo de todo aquello que tiene que ver con el pecado, con la concupiscencia; con todo aquello que nos incite a pecar.

Para todo ello, el apóstol nos enseña cómo, de manera práctica, vivir en medio de esta sociedad perversa y condenada.

El visible proceso de la victoria

(2 P. 1: 5-8) “vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento;  al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad;  a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor”

Veamos en detalle cómo el apóstol Pedro nos enseña cómo debemos proceder en ese “ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor” (Fil.3:12) anunciado a su vez por el apóstol Pablo.

Las excelencias morales petrinas

Añadid a vuestra fe virtud

“Añadid a vuestra fe, virtud…”:

Añadir: Epijoreguéo en gr. que tiene el sentido de “suministrar con profusión”; sustentar, añadir, contribuir.

El sentido es el de añadir con abundancia a la fe, la virtud.

No se nos pide algo que no podamos hacer, tal como generar por nosotros mismos esa virtud. Ese “suministrar o aportar”, lo tenemos al alcance de la mano mediante la gracia que nos une con Jesucristo, fuente de toda gracia (Jn.1:16; 15:5).

Virtud (areté en gr.), significa: “Excelencia, perfección; inteligencia; fuerza; vigor; valor; honor, poder moral, etc.” Como vemos significa muchas cosas; entendamos pues el sentido.

La explicación será la siguiente: En el griego clásico, “areté” (virtud), se refería a la habilidad dada por Dios para realizar actos heroicos. También llegó a significar aquella calidad de vida que hace sobresalir a una persona como alguien excelente por encima de los demás.

Ese tipo de excelencia deriva de la fe dada por Dios, para poder desempeñar una vida de testimonio cristiano verdadero, real, genuino y auténtico, nada que ver con una supuesta “virtud” ascética de escaparate y de rigorismo pseudo cristiano.

Ese tipo de areté (virtud) sí tiene que ver con una actitud y carácter que se demuestra en la vida práctica y cotidiana, no en una “fe” de introspección religiosa sólo teórica.

Todo ello lo podríamos definir como lo siguiente: Dios nos ha dado todo para que podamos desarrollar, partiendo de la fe que nos ha donado, un estilo de vida santo, genuinamente santo y piadoso, real, y auténtico.

Esa virtud (areté), es el poder moral o la energía moral, es decir, el poder para vivir conforme a Dios; de manera excelente.

La vida cristiana verdadera, es sin duda la consecución de actos heroicos (*) a lo largo de la vida de un verdadero creyente; actos conforme a la piedad de Cristo.

(*) Lo verdaderamente heroico es vivir de espaldas al mundo y de cara a Dios.

Por tanto esa virtud o poder moral nos será imprescindible para seguir creciendo en todo lo demás que realmente agrada a Dios, y le glorifica.

A la virtud, conocimiento

“añadid… a la virtud, conocimiento…”:

Ese conocimiento, es el de Dios y por tanto, el de Su Palabra. Nuestra constante oración deberá ser que Dios nos inspire Su verdad, y que la podamos captar en Su palabra escrita.

En el momento en que nacimos de lo Alto, tuvimos un conocimiento de Dios, al ser amados por Él, y consecuentemente amarle, y ese es el punto de partida. Pero a partir de ese momento en adelante, requerimos penetrar en las verdades de la fe, de la sana doctrina.

A la energía moral (virtud o areté), ha de añadirse el conocimiento (gnosis) teórico y práctico, lo cual nos permite hacer lo correcto ante Dios, y rechazar lo malo. Ambas cuestiones son complementarias.

Al conocimiento, dominio propio

“añadid…al conocimiento, dominio propio…”:

Dominio propio (Egkrateia gr.), poder para contenerse. Ese poder para contenerse, es necesario en la vida cristiana, para poder obrar con sensatez espiritual, sin dejarse llevar por ningún tipo de exceso.

Pedro seguramente tenía en mente el autocontrol practicado por los atletas, que debían contenerse y disciplinarse a sí mismos si querían lograr victorias, y lo traslada a la fe cristiana. El verdadero hijo de Dios, debe controlar por iniciativa propia la carne, las pasiones y los deseos del cuerpo, y no dejarse controlar por ellos.

Al dominio propio, paciencia

“añadid… al dominio propio, paciencia…”:

El dominio propio o capacidad para contenerse, tendrá su expresión completa con la paciencia (hupomoné), que es la capacidad para perseverar o resistir en situaciones de sufrimiento o en situaciones adversas. La paciencia implica firmeza en la decisión tomada.

A la paciencia, piedad

“añadid… a la paciencia, piedad…”:

La piedad (eusebéia), como vimos, es el amor a Dios y a Su voluntad, necesarios para santificar esa paciencia, para que ésta, actúe conforme al designio del Espíritu y su guía. Por tanto, esa paciencia jamás obrará en términos de resignación derrotista, sino, contrariamente, en términos de esperanza viva y victoria, como lo expresó Pablo:

(Romanos 8:35-37) “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?  Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó”.

A la piedad, afecto fraternal

“añadid… a la piedad, afecto fraternal…”:

Es fácil dejarse engañar siguiendo una piedad centrada en uno mismo hacia uno mismo, con la excusa de estar en, y con Dios, todo lo cual no deja de ser simple y vacía falsa piedad religiosa. Para que la piedad sea auténtica, deberá contemplar la participación con los hermanos en la fe.

Hay muchos que no buscan la confraternidad, que no se reúnen o congregan, y prefieren tener su sola, egoísta y engañosa koinonía con Cristo en sus casas, en sus habitaciones, en su imaginación, sin la participación del cuerpo de Cristo. Tienen a un Cristo sin su cuerpo. Esa no es verdadera vida de piedad; es una ilusión.

El afecto fraternal deberá ponerse en práctica y vivirse, y no hay manera de hacerlo en solitario. Que nadie se llegue a engaños.

Y al afecto fraternal, amor

“añadid… y al afecto fraternal, amor”

Esta es la cúpula que corona todo el edificio, junto con el afecto fraternal. El amor (ágape) es la cima y corona, lazo y forma vital de todas las demás cualidades del carácter cristiano, las cuales deberán estar siempre motivadas por ese amor que es de Dios.

Sin el amor, las cualidades del carácter quedan vacías, desencajadas, muertas en sí mismas. Hay muchas personas que tienen un apreciable calidad moral; tienen conocimiento de Dios; tienen dominio propio; paciencia, etc. pero no tienen amor, porque no tienen a Dios que es amor. Son como metal que resuena, o címbalo que retiñe (1 Co.13:1).

Pero el que tiene amor, porque tiene a Cristo, podrá ser imperfecto en muchas cualidades del carácter, aunque aprendiendo, y sin embargo estará completo en Él.

(1 Juan 5: 11, 12) “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida”

La importancia de tomarse en serio estas cosas

(2 P. 1: 8, 9) “Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados”.

“Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo…”

Las cosas a las que hace mención Pedro, son las que hemos estudiado en los Vv. 5 al 7.

Muchos cristianos se aburren en su cristianismo porque no han entendido suficientemente acerca de la importancia del crecimiento espiritual enseñado en estos versículos por Pedro. Muchos de ellos sólo buscan un contentamiento en el activismo evangelical, en “hacer mucho para el Señor”, porque de ese modo entienden sus vidas tienen sentido.

La vida cristiana no se basa en el hacer, sino en el ser.

No es por ser activista, ni tampoco por ser rutinario a secas (que sería lo opuesto), que agradamos a Dios, sino por ser buenos hijos Suyos.

Realmente, si estas cosas expresadas por Pedro, llevadas a la práctica cotidiana, están en nosotros como prioridad, estaremos cumpliendo con nuestro llamamiento de ser buenos hijos, porque lo seremos, y entonces obraremos en consecuencia.

La palabra que se traduce por “ociosos”, es “argós” en gr. y significa: “inactivos, sin trabajo, perezosos, inútiles”. No está hablando por tanto, de un sano ocio que ayuda aportando descanso y sana distracción en lo natural, sino de un ocio infructuoso, carente de miras y que es pérdida de tiempo y de ganancia en lo eterno.

El estar ocupados en estas cosas santas que estamos estudiando, hará que jamás estemos aburridos o inactivos en modo alguno. Al contrario, darán fruto a nuestra vida por conocer cada vez más al Señor Jesús. Todo ello implica la nueva naturaleza en Cristo, es decir, el ser participantes de la naturaleza divina en acción.

“Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados”:

El que no vive conforme a la regla petrina, realmente es que ha olvidado que su vida de pecado anterior fue perdonada; es decir, no valora suficientemente el perdón de Dios que recibió en su día.

Es miope para ver la obra de perdón que Dios hizo en él, y es miope para ver la obra que ha de hacer él en Cristo con su gracia.

Insistimos en decir que, un cristiano que no le da la importancia a todo ese proceso de virtud estudiado, y que por tanto, no se aprecia en él todo ello suficientemente, es incapaz de discernir su condición espiritual verdadera, y por ende, no puede tener seguridad de su salvación probablemente.

Es un hecho que, si uno no se preocupa de crecer en el carácter cristiano, y se abandona, como resultado de todo ello, tiene amnesia espiritual. Tal creyente, no tendrá la debida confianza en cuanto a su profesión de fe, y vivirá a menudo con duda y temor.

Cómo entrar en el reino eterno de manera amplia y generosa

(2 Pedro 1: 10, 11) “Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”.

La vocación (klesis en gr.), que significa: “llamamiento”, obviamente es el de Dios al individuo.

Asimismo la “elección” (eklogé en gr.), que significa: “selección”, obviamente también es el de Dios al individuo.

El “hacer firme” lo que Dios previamente ha hecho, es decir, llamarnos y escogernos a y para salvación, es el resultado de una vida que ama a Dios y busca el agradarle, a través de lo estudiado en los Vv. 5-7, no en cuanto a Dios, Quien hizo y hace firme Su obra salvífica en nosotros, sino en cuanto a nosotros mismos.

Leemos en el comentario Matthew-Henry:

“Consolidar el llamamiento y la elección, no significa de ningún modo que nuestras obras hagan más segura, objetivamente, nuestra salvación; la hacen, subjetivamente, más cierta”.

Dicho de otro modo, todo creyente genuino tiene asegurada la salvación, pero el que no cultiva las virtudes enumeradas por el apóstol en los versículos 5-7, queda sin frutos que den evidencia de la vitalidad de su fe, privándose a sí mismo del testimonio seguro de su propia conciencia de que su elección es segura.

Dios desea que Sus hijos tengan la seguridad de la salvación y el gozo de esa salvación… porque, ¿cómo se puede tener el gozo de la salvación, sin la seguridad de la misma?

El creyente que procura las cualidades espirituales mencionadas, gracias al fruto espiritual que produce, se garantiza a sí mismo que fue llamado y escogido por Dios para salvación.

“…porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás…”:

Quien vive conforme a la regla petrina (Vv.5-7), jamás apagarán el Espíritu en sus vidas ni lo contristarán. No caerán en los errores doctrinales de los falsos maestros, ni se dejarán llevar por los vientos mundanos de esta sociedad impía, etc. Se mantendrán firmes, como viendo al Invisible (He.11:27); disfrutará a plenitud la seguridad de que es hijo de Dios, y por tanto, salvado.

“Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”.

Viviendo de tal manera, una vez haya partido, se le dará una amplia y generosa entrada en el reino de Dios y de Su Hijo.

Vivamos pues, de ese modo.

SOLI DEO GLORIA

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
Enero 2016


FIN