LA JUSTICIA DE DIOS Y SU APLICACIÓN AL CREYENTE

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LA JUSTICIA DE DIOS Y SU APLICACIÓN AL CREYENTE

(Romanos 3: 21-23) “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”

Esta es una muy importante lección para comprender mejor la GRACIA de Dios en el creyente verdadero.

Una diferencia vital entre Dios y el hombre que la Escritura enfatiza es que Dios es justo (1 Jn.1:5), mientras que, según Romanos 3:10, el cargo fundamental hecho a los seres humanos es que “no hay justo, ni aun uno”. De la misma manera, una de las glorias de la gracia divina es el hecho de que una justicia perfecta, semejante a la blanca e inmaculada vestidura de una novia, ha sido provista en Cristo y es gratuitamente concedida a todos los que creen en Él (Ro. 3:22).

Vemos que las Escrituras distinguen cuatro aspectos de la justicia.

1. Dios es justo

Esta justicia de Dios es invariable e inmutable (Ro. 3:25, 26). Él es infinitamente justo en su propio Ser e infinitamente justo en todos sus caminos.

Dios es justo en su Ser. Es imposible que Él se desvíe de su propia justicia, ni siquiera como por una “sombra de variación” (Stg. 1:17). Él no puede mirar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia. Por consiguiente, puesto que todos los hombres son pecadores, tanto por naturaleza como por práctica, el juicio divino ha venido sobre todos ellos para condenación.

La aceptación de esta verdad es vital para llegar a un correcto entendimiento del evangelio de la gracia divina.

Dios es justo en Sus caminos, y por tanto, debe entenderse que Dios es incapaz de considerar con ligereza o con ánimo superficial el pecado, o de perdonarlo en un acto de laxitud o debilidad moral (aún en un contexto de compasión mal entendida).

El triunfo del Evangelio no radica en que Dios haya tratado con lenidad o blandura el pecado, sino más bien en el hecho de que todos los juicios que la infinita justicia tenía necesariamente que imponer sobre el culpable, el Cordero de Dios los sufrió en nuestro lugar, y que este plan que procede de la mente del mismo Dios es, de acuerdo a las normas de Su justicia, suficiente para la salvación de todo el que cree en Él.

Por medio de este plan, Dios puede satisfacer su amor salvando al pecador sin menoscabo de su justicia inmutable; y el pecador, que en sí mismo está sin ninguna esperanza, puede verse libre de toda condenación (Jn. 3:18; 5:24; Ro. 8:1; 1 Co. 11:32).

Salvo excepciones (que ya no lo son tanto, dados los tiempos), no es del todo raro que los hombres conceptúen a Dios como un Ser justo, pero donde fallan a menudo es en reconocer que cuando Él efectúa la salvación del hombre pecador, la justicia de Dios no puede ser burlada; ni siquiera atenuada.

2. La autojusticia del hombre

(Romanos 3:9-18) “¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado.
Como está escrito:
 No hay justo, ni aun uno;
 No hay quien entienda,
No hay quien busque a Dios.
Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.
Sepulcro abierto es su garganta;
Con su lengua engañan.
Veneno de áspides hay debajo de sus labios;
Su boca está llena de maldición y de amargura.
Sus pies se apresuran para derramar sangre;
Quebranto y desventura hay en sus caminos;
Y no conocieron camino de paz.
No hay temor de Dios delante de sus ojos”

En completa armonía con la revelación de que Dios es justo tenemos la correspondiente declaración de que ante la mirada de Dios la justicia del hombre (Ro. 10:3) es como “trapo de inmundicia” (Is. 64:6).

Aunque el estado pecaminoso del hombre se revela constantemente a través de las Escrituras, no hay descripción más completa y final que la que se encuentra en Romanos 3:9-18; y debe notarse que, como en el caso de otras evaluaciones bíblicas del pecado, tenemos aquí una descripción del pecado como Dios lo ve, y esa es la verdadera realidad.

Los hombres han establecido normas y preceptos (que siempre alteran) para la familia, la sociedad y el estado, pero tales normas no son parte de la base sobre la cual el hombre ha de ser juzgado delante de Dios. Tales preceptos no alcanzan dos centímetros de altura si los comparamos con los preceptos divinos.

Según Dios lo ve, los hombres no son sabios comparándose consigo mismos (2 Co. 10:12), porque al contrario de lo que muchos piensan, no están perdidos solamente aquellos que la sociedad condena, sino todos los que están condenados por la inalterable justicia de Dios (Ro. 3:23), es decir, todo hombre natural (1 Co.2:14)

Por lo tanto, no hay esperanza alguna fuera de la gracia divina, porque nadie puede entrar en la gloria del cielo si no es aceptado por Dios como lo es Cristo.

Sin embargo, para esta necesidad del hombre, Dios ha hecho una provisión abundante.

3. La justicia aplicada de Dios

La importante revelación de la aplicación o imputación de la justicia de Dios (Ro. 3:22) es esencial que la comprendamos tanto sobre los principios sobre los cuales Dios condena al pecador, como sobre los principios sobre los cuales Dios salva al cristiano.

Aunque la doctrina no es fácil de entender, es importante comprenderla como uno de los mayores aspectos de la revelación de Dios. Veamos.

1. El hecho de la aplicación de la justicia divina, es debido a la previa imputación del pecado de Adán a la raza humana, con el efecto de que todos los hombres son considerados pecadores por Dios (Ro. 5:12-21). Esto se clarifica más aún en el hecho de que el pecado del hombre fue imputado a Cristo cuando Él se ofreció como ofrenda voluntaria por el pecado del mundo (2 Co. 5:14, 21; He. 2:9; 1 Jn. 2:2).

Así también la justicia de Dios es imputada o aplicada a todos los que creen, para que ellos puedan permanecer delante de Dios en toda la perfección de Cristo. Por causa de esta provisión, se puede decir de todos los que son salvos en Cristo, que ellos son hechos justicia de Dios en Él (1 Co. 1:30; 2 Co. 5:21).

Siendo que esta justicia es de Dios y no del hombre y que, según lo afirma la Escritura, existe aparte de toda obra u observancia de preceptos legales (Ro. 3:21) por parte del individuo, es obvio que esta justicia imputada (o dada), no es algo que el hombre pueda efectuar. Siendo la justicia asunto de Dios, no puede ser aumentada por la piedad de aquel a quien le es aplicada, ni tampoco disminuir por causa de su imperfección inherente.

2. Los resultados de la imputación o aplicación se ven en que la justicia de Dios es imputada al creyente sobre la base de que el creyente está en Cristo por medio del bautismo del Espíritu, es decir, el nuevo nacimiento (Jn.3:3).

A través de esa unión vital con Cristo por el Espíritu, el creyente queda unido a Cristo como un miembro de su cuerpo (1 Co. 12:13), y como un pámpano a la Vid verdadera (Jn. 15:1, 5).

Por causa de la realidad de esta unión, Dios ve al creyente como una parte viviente de su propio Hijo. Por lo tanto, Él ama al creyente como ama a su propio Hijo (Ef. 1:6; 1 P. 2:5), y considera que él es lo que su propio Hijo es: la justicia de Dios (Ro. 3:22; 1 Co. 1:30; 2 Co. 5:21).

Cristo es la justicia de Dios; por consiguiente, aquellos que son salvos son hechos justicia de Dios por estar en Él (2 Co. 5:21).

Ellos están completos en Él (Co. 2:10) y perfeccionados en Él para siempre (He. 10:10, 14).

3. En las Escrituras se nos dan muchas ilustraciones de la imputación. Dios proveyó túnicas de pieles para Adán y Eva y para obtenerlas fue necesario el derramar sangre (Gn. 3:21). A Abraham le fue imputada justicia por haber creído a Dios (Gn. 15:6; Ro. 4:9-22; Stg. 2:23), y como los sacerdotes del tiempo antiguo se vestían de justicia (Sal. 132:9), así el creyente es cubierto con el manto de la justicia de Dios y será con esa vestidura que estará en la gloria (Ap. 19:8).

La actitud del apóstol Pablo hacia Filemón es una ilustración tanto del mérito como del demérito imputado. Refiriéndose al esclavo Onésimo, dice el apóstol: “Así que, si me tienes por compañero, recíbele como a mí mismo (imputación de mérito). Y si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta (la imputación de demérito) (Flm. 17, 18; cf. también Job 29:14; Is. 11:5; 59:17; 61:10).

4. La imputación afecta la posición y no el estado. Existe, por lo tanto, una justicia de Dios, que nada tiene que ver con las obras humanas, que está en y sobre aquel que cree (Ro. 3:22). Esta es la posición eterna de todos los que son salvos. En su vida diaria, o estado, ellos se hallan muy lejos de ser perfectos, y es en este aspecto de su relación con Dios que deben “crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 3:18).

5. La justicia imputada es la base de la justificación. De acuerdo a su uso en el Nuevo Testamento, las palabras “justicia” y “justificar” vienen de la misma raíz. Dios declara justificado para siempre a aquel que Él ve en Cristo. Este es un decreto equitativo, ya que la persona justificada está vestida de la justicia de Dios.

La justificación no es una ficción o un estado emotivo; sino una consideración inmutable en la mente de Dios. Al igual que la justicia imputada, la justificación es por fe (Ro. 5:1), por medio de la gracia (Tit. 3:4-7), y se hace posible a través de la muerte y resurrección de Cristo (Ro. 3:24; 4:25). Es permanente e inmutable, pues descansa solamente en los méritos del eterno Hijo de Dios.

La justificación es más que el perdón, porque el perdón es la cancelación de la deuda del pecado, mientras que la justificación es la imputación de justicia. El perdón es negativo (supresión de la condenación), en tanto que la justificación es positiva (otorgamiento del mérito y posición de Cristo).

Pablo, escribiendo de la justificación por la fe (Ro. 5:1), tenía en mente la posición del creyente delante de Dios. Abraham fue justificado por fe delante de Dios por la justicia que le fue imputada, mostrándolo en sus obras por esa fe (Stg. 2:23, 24).

4. La justicia impartida por el Espíritu

Lleno del Espíritu, el hijo de Dios producirá las obras de justicia (Ro. 8:4) del fruto del Espíritu (Ga. 5:22-23) y manifestará los dones para el servicio que le han sido dados pon el Espíritu (1 Co. 12:7).

Se establece claramente que estos resultados se deben a la obra que el Espíritu realiza en y a través del creyente. Se hace referencia, por tanto, a un modo de vida que en un sentido es producido por el creyente; o mejor dicho, es un modo de vida producido a través de él por el Espíritu.

Para aquellos que “no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”, la justicia de la ley, la cual en este caso significa nada menos que la realización de toda la voluntad de Dios para el creyente, se cumple en ellos. Esto nunca podría ser cumplido por ellos. Cuando es realizada por el Espíritu, no es otra cosa sino la vida que es la justicia impartida por Dios.

SOLI DEO GLORIA

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
Noviembre 2015
www.centrorey.org