PODEROSO ES EL SEÑOR PARA HACER ESTAR FIRMES A SUS HIJOS

PODEROSO ES EL SEÑOR PARA HACER ESTAR FIRMES A SUS HIJOS

¿Qué hace que una persona pueda entrar en el Cielo?... ¿Quizás su esfuerzo en una santidad personal, y la perseverancia hasta el fin en esa supuesta santidad? Si así fuera, la salvación sería por obras, ¿no es cierto?

Sabemos que no es así, ya que nadie es santo por sí mismo, y sin embargo este asunto no está tan claro para muchos.

Y es el que el problema es que muchos, por no entender bien el asunto bíblicamente, hacen de la santidad un fin en sí mismo, porque creen que si la pierden, perderán la salvación. Por ese motivo se esfuerzan en sus propias fuerzas en alcanzar una santidad ¡que de hecho ya tienen!, porque Dios ya les dio, en el momento de nacer de lo Alto (Jn.3:3; Gl.2:20).

El pensar o creer de esa manera, es lo derivado de la doctrina arminiana, por ende, humanista.

Las cuestiones son las siguientes:

  1. 1) ¿De quién es la santidad del creyente, de él, o de Dios en él por Cristo? (Gl. 2:20)
  1. 2) Si esa santidad es Cristo obrando en el creyente, ¿quién la sustenta, el creyente, o Cristo mismo? (He.10:14)
  1. 3) Entonces ¿Cómo se puede perder una salvación sustentada por el Espíritu de Cristo en el creyente? (Ro.8: 34-39)

Ver: 1 Juan 3:6,9; Ro. 8:1, 15, 16; Fil: 2:13; Jn.10:27-29; Gl.2:20; He.10:14; Ro.8:34-39

La angustia de muchos

El asunto aquí es que hay innumerables hijos de Dios que viven casi angustiados porque creen que en cualquier momento pueden perder la salvación por no tener la suficiente santidad. Eso les genera incertidumbre, porque no saben si hoy son salvos, o lo serán mañana, o pasado mañana. Esto a todas luces viene derivado de la herejía de Roma, aunque no lo vean de ese modo.

Se enseña que el mantenimiento de la salvación es total responsabilidad del creyente - como si eso fuera posible - por ello hacen de la santidad un fin en sí mismo.

¿Quién es el autor de la santidad en definitiva?

Pero veámoslo bien: la santidad no es algo que el hombre pueda generar o conseguir por sí mismo (doctrina católica romana); la santidad es la otorgada por Dios a Sus hijos, por eso la Biblia nos dice que somos santos (Fil.1:1). A esta santidad, la de Cristo en el creyente la denominamos “santidad posicional” (*)

(*) La santidad posicional es la santificación que se efectúa por Dios a través del cuerpo y la sangre derramada de nuestro Señor Jesucristo en el ahora creyente. Los creyentes hemos sido redimidos y purificados en su preciosa sangre; se nos han perdonado todos nuestros pecados (Col.2:13) y hemos llegado a ser justos por medio de nuestra identificación con Él; justificados y purificados, por ello somos hijos de Dios (Ro.8:15-17)

Por eso con la justificación otorgada por los únicos y suficientes méritos de Cristo, se cumple la orden divina: “sed santos porque yo soy santo” (Lv. 20:7; 1 Pr. 1: 16); de otra manera, no podría ser.

Esta manera de entender el asunto, nos ayudará a proseguir en la tarea que nos per toca en cuanto a nuestra santificación: “como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir” (1 Pr. 1:15) Esto último se denomina “santidad experimental” (*).

(*) La santidad experimental (1 Ts.4:3), es causa de la santidad posicional (He.12:14), que es causa de la justificación y consiguiente salvación (Gl.2:20; Ro.5:1), que es causa de la gracia, que viene por la fe (Ef.2:8), que es causa de la voluntad de Dios (Jn.1:12, 13; Ef.1:5). Es la santidad que nos toca edificar por la gracia de Dios.

No hay que confundir la santidad posicional (Cristo en el individuo, Gl. 2;20), con la santidad experimental, cual es la que el Espíritu Santo va realizando por medio, o a favor de nuestra obediencia.

Uno es salvo porque la santidad de Cristo mora en él (posicional), y va santificándose, mediante la obediencia a la Palabra de Dios (experimental).

Vamos de la mano con Dios. No sólo le agarramos la mano a Él (nuestra responsabilidad en cuanto a la santificación), sino que Él nos agarra de la mano a nosotros (Su Santidad en nosotros – es decir- “santidad posicional”).

Si nos soltáremos alguna vez de Él, por seguro, que Él no nos soltará de Su mano, porque poderoso es el Señor para hacernos estar firmes (Ro. 14:4).

Por tanto, todo es de Dios en definitiva.

La santidad que ha de seguir el verdadero creyente, jamás la perderá

Hebreos 12: 12-14 “Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado. Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”

“Seguir la santidad” es algo que sólo el creyente verdadero puede hacer, porque esa santidad no es producto suyo, sino de Dios. El seguirla, significa el obrar y vivir conforme a ella. Sin ella, nadie podrá ver al Señor; es decir, todos aquellos que no son de Cristo, aunque digan que profesan, no son santos, y por lo tanto jamás entrarán en el cielo.

Dicha santidad, imputada por Dios, jamás la perderá el verdadero creyente, ya que va implícita en su salvación por los únicos y suficientes méritos de Cristo. No perderá esa salvación porque Dios obró en ese creyente el milagro de una nueva creación o nuevo nacimiento (2 Co.5:17; Ro.6:7), arrancando de raíz de él la muerte eterna, librándole para siempre de la ley del pecado (Ro.8:1), por lo cual, ya no puede practicar pecado como modo de vida nunca más (1 Juan 3:6,9; 5:18)

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, Y YA NO VIVO YO, MAS VIVE CRISTO EN MÍ; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 2:20, 21)

Recapitulando

El que es nacido de Dios, y por tanto, hijo de Dios (cristiano), es santo. No lo es por sí, sino por Cristo, es decir, es Cristo en él (Gl.2:20). Esa santidad es la que hace que ese creyente sea salvo, y por tanto vaya al cielo. En base a esa santidad posicional, y sólo en ella, el cristiano deberá buscar el crecer en santidad experimental; pero ¡ojo!, sin la primera, es imposible la segunda.

(Salmo 127:1) “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican”

SOLI DEO GLORIA

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
Octubre 2015
www.centrorey.org