LA ANTIGUA CIRCUNCISIÓN Y LA NUEVA CIRCUNCISIÓN

Índice del Tema

“…vosotros estáis completos en Él, que es la cabeza de todo principado y potestad” (Colosenses 2:10)

LA ANTIGUA CIRCUNCISIÓN Y LA NUEVA CIRCUNCISIÓN

Tenemos la promesa de que en Cristo, todo lo que somos en cuanto a lo eterno, está completo aquí y ahora para Dios: “nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:5,6)

En Cristo somos nuevas criaturas: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17)

A pesar de que arrastramos las deficiencias de un cuerpo mortal, vendido al pecado (Ro.7:14), expuesto a la enfermedad y al sufrimiento, que nos ata a esta vida, efímera aunque cruel y despiadada (1 Juan 5:19b), somos de Cristo, y en estas circunstancias adversas, le damos la gloria.

Los que somos de Cristo, sabemos que lo somos, que a Él le pertenecemos, y que a Él vamos (Ro.8:16; 1 Ts.4:17), pero ahondemos teológicamente en cómo llegamos a serlo.

¿Cómo, en su día, llegamos a ser de Cristo?

No llegamos a ser de Cristo por haber nacido en este mundo en el seno de una supuesta familia cristiana.

No llegamos a ser de Cristo porque un día nos pareció bien tomar ese paso, sin más.

Llegamos a ser de Cristo porque el Padre lo quiso: “Y dijo (Jesús): Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre” (Juan 6:65).

Por eso, muchos empiezan, pero luego abandonan: “Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él” (Juan 6:66), porque en realidad jamás fueron de Él (Hebreos 6:4-6)

Vemos que la salvación es un asunto absolutamente de Dios en todos los sentidos, siendo el hombre escogido, el receptor pasivo de esa salvación conforme a Su voluntad (Ro.8:29,30)

I. EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

(Romanos 4: 1-5; 9-12) “¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne?  Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia. Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia… ¿Es, pues, esta bienaventuranza solamente para los de la circuncisión, o también para los de la incircuncisión? Porque decimos que a Abraham le fue contada la fe por justicia. ¿Cómo, pues, le fue contada? ¿Estando en la circuncisión, o en la incircuncisión? No en la circuncisión, sino en la incircuncisión. Y recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso; para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia; y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado”

El ejemplo de Abraham
Principiando por Abraham, vemos que él fue justificado por la fe, y que recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe, recibiendo esa justicia cuando todavía estaba incircunciso (V.11).

Ya desde el principio, se anunció que la justificación del hombre, jamás vendría por parte del hombre, sino por parte de Dios, quien justificaría al hombre por la fe: Creyó Abraham a Dios, y eso le fue contado como justicia, por la cual fue justificado (V. 3)

Esa justicia sería la de Cristo, y el cumplimiento de la misma, en la cruz.

La justicia que era la de Dios, debería venir por Cristo al hombre, por el conducto de la fe, como está escrito: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro.5:1)

Abraham y la ley
Como hemos visto, Abraham recibió la circuncisión de adulto. Habiendo vivido una vida como pagano (Ef.2:1), después de haber sido justificado por haberle creído a Dios (Ver Ro.4: 17-22), como señal de esa justicia por la fe, fue circuncidado.

Con ese acto, Abraham había cumplido con la Ley que después vendría por mano de Moisés, no por sí mismo, sino por medio de Cristo que mucho más tarde daría su vida en la cruz, cumpliendo de ese modo con la exigencia de santidad de dicha ley.

Dicho de otro modo, Cristo cumplió la ley para Abraham, y siendo de ese modo él, es el padre de todos los creyentes (Ro.4:11).

La circuncisión vino a ser la señal del pacto. En el AT, los israelitas llegaban a entrar en el pacto de Dios a través de la circuncisión. No hay que entender eso como una acción ritualista que causaba justicia per se, o que era justificativa, sino estrictamente como la entrada a ser llamados pueblo de Dios.

Por tanto, no hay que entender que por haber sido circuncidados y haber sido llamados a ser parte del pueblo de Dios, todos aquellos israelitas ya eran justos y salvos, ni mucho menos. Venían a ser llamados, pero no necesariamente escogidos.

“Porque muchos son llamados, y pocos escogidos” (Mateo 22:14)

1. La circuncisión testificaba a favor del cumplimiento de la ley

De hecho, los antiguos israelitas, mediante el rito de la circuncisión, se sometían a la Ley, con todo lo que ello suponía:

“Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley” (Gálatas 5:3)

La ley de Dios es la exigencia de un Dios tres veces Santo de cara al hombre. Ningún hombre puede estar ante Dios sin que en su vida la ley haya sido cumplida.

No fue la pretensión de Dios que un hombre caído pudiera cumplir con la Ley, no obstante la ley debía satisfacerse… ¿Cómo podía ser, entonces?

Los únicos que recibirían en sí el cumplimiento de la ley, serían los verdaderos descendientes de Abraham, los hijos según la promesa (Ro.9:8)

La Ley fue dada a Israel, y los que pretendían cumplirla con sus obras, dependiendo de ellas, estaban bajo maldición:

“Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gálatas 3:10)

La raza humana, desde Adán, y por causa del pecado de Adán, ha estado bajo maldición y condenación, incluyendo a los israelitas, a todos aquellos que buscaban ser justificados ante Dios por medio de tratar de cumplir con la Ley, cosa imposible, porque: “…por la ley ninguno se justifica para con Dios… y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas” (Gl. 3:11, 12)

Por ello, no los descendientes de Abraham per se eran justificados, sino todos aquellos que vivían por la fe, eran justificados: “…porque: El justo por la fe vivirá” (V.11), única manera de cumplirse con la exigencia de la ley.

Por la fe se cumple con la exigencia de la ley, y eso es sólo de Dios, porque: “Por gracia sois salvos, por medio de la, y eso no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras para que nadie se gloríe” (Ef.2:8,9)

Por ello, la circuncisión solamente era válida para los que verdaderamente eran judíos, ya que no todos son judíos, sino los llamados en Isaac, el hijo de la promesa, tipo de Cristo. En otras palabras, los escogidos del Padre.

(Romanos 9: 6-8) “No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes”

II. EN EL NUEVO TESTAMENTO, Y LA IGLESIA

“En Él (Cristo) fuisteis también circuncidados al desechar vuestra naturaleza pecaminosa, no con una circuncisión hecha por manos de hombres, sino con la circuncisión de Cristo” (Col. 2:11)

Vemos que la circuncisión, ha pasado de ser un acto ritual externo, a un acto espiritual interno y poderoso.

A partir de la cruz, cada escogido de Dios en su día, ha sido, o será, “circuncidado en Cristo”: “En Él (Cristo) fuisteis también circuncidados…”

Esto es muy importante entenderlo, ya que define a cabalidad lo que significa realmente nacer de Dios (Juan 3:3,5), es decir, ser justificado y por tanto, salvo (Ro. 5:1; Ef.2:8,9; Ti.3:5,6, 2 Co.5:17, etc.)

Por tanto, recalcamos que, ahora, el verdadero creyente no se circuncida con circuncisión hecha en la carne, porque al recibir a Cristo por la fe, ha sido circuncidado espiritualmente en el corazón:

“En Él (Cristo) fuisteis también circuncidados al desechar vuestra naturaleza pecaminosa, no con una circuncisión hecha por manos de hombres, sino con la circuncisión de Cristo” (Col. 2:11)

El individuo, después de recibir su circuncisión espiritual, esto es, su conversión a Cristo, ya no se somete a la Ley para intentar cumplirla en sus fuerzas, lo cual jamás podría ser, sino que se somete a Cristo, y en esa nueva Ley, la del Espíritu de vida en Cristo Jesús, es librado de la ley del pecado y de la muerte (Ro.8:2). Ha pasado de muerte eterna, a vida eterna, y el pecado ya no se enseñorea más de él, pues ya no vive bajo la ley, sino bajo la gracia (Ro.6:14)

1. La nueva circuncisión, no es el bautismo en agua

La nueva circuncisión en Cristo, no es el bautismo en agua, sino que el bautismo en agua, es causa o debe serlo, del efecto de esa circuncisión espiritual en el ahora creyente.

Ese verdadero cristiano ha sido sepultado con Cristo, es decir, ha sido bautizado en Cristo Jesús, en su muerte. Esta es la circuncisión de Cristo.

Tal circuncisión no la recibió el apóstol Pablo cuando era un niño de ocho días, ni ningún infante en el bautizo; la recibió Pablo, como la reciben todos los verdaderos cristianos en el momento en que Dios les hace nacer de lo Alto (Jn.3:3). Es la circuncisión efectuada en la Cruz, donde el cuerpo del pecado fue destituido de su señorío. El individuo, ahora creyente, ha pasado a recibir la vida eterna, por haber sido justificado del pecado:

“sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado” (Romanos 6:6,7)

La nueva circuncisión y el bautismo en Jesús
La nueva circuncisión y el bautismo en Jesús, son sinónimos; son la misma cosa:

(Romanos 6:3) “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?”

(Colosenses 2: 11, 12) “En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; sepultados con Él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con Él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos”.

La nueva circuncisión no es el bautismo en agua, sino el bautismo en Jesús, en su muerte y resurrección, todo lo cual implica acto de fe para vida eterna.

Los verdaderos creyentes, lo fuimos en el momento en que fuimos sumergidos, o bautizados, en la muerte de Cristo; crucificados con Él: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí…” (Gl.2:20)

Nadie se convierte al ir a las aguas; se va a las aguas porque ha habido una conversión. Sin esa conversión, vana cosa es pasar más tarde por las aguas.

Conclusión

¿Cuál es la “circuncisión” que actúa a favor del que va a creer? Respuesta: la circuncisión de Cristo. En Cristo el verdadero creyente ha sido circuncidado – una circuncisión no hecha a mano – al haber sido crucificado juntamente con Cristo, se entiende, su viejo hombre (Ro.6:6).

Esa circuncisión, no es el agua del bautismo, sino la identificación con la cruz del Crucificado, acto que sólo Dios puede hacer con el individuo:

“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” (Romanos 6:3)

SOLI DEO GLORIA

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
Febrero 2015
www.centrorey.org



FIN