REFLEXIONES SOBRE EL PECADO Y EL CREYENTE

REFLEXIONES SOBRE EL PECADO Y EL CREYENTE

Uno de los pecados que se está minimizando en el medio cristiano, es el de la inmoralidad sexual. En parte por causa de la terrible secularización que existe en la sociedad actual en la que vivimos, promiscua e inmoral en cuanto a lo sexual, se tiende a restar importancia a ese terrible pecado que está minando las filas cristianas profesantes.

Pero la Biblia es muy clara: “Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1 Co.6:18)

Aunque todo pecado es pecado, no todo pecado es igual. Hay faltas debidas al carácter, estas faltas todos las tenemos, sin excepción, incluidos los cristianos; y hay pecados que muestran evidencia de una falta de regeneración interior. Son los propios de las personas que no han nacido de nuevo.

Hay pecados que de una manera especial afectan a la persona y a su testimonio, por ello, no en vano la Palabra nos insta, y de nuevo decimos: “Huid de la fornicación” (1 Co.6:18), lo cual implicará la aplicación de una disciplina eclesial, máxime cuando ese tipo de pecado o similar lo comete un ministerio público.

De cara al cristiano, todo pecado será perdonado si hay verdadero arrepentimiento, pero las consecuencias de ese pecado en el sentido que se produzcan, eso es otra cuestión.

Por ello, todo cristiano, y sobre manera, todo hombre que ministra públicamente la Palabra, deberá guardarse, no sólo de no caer en pecado, sino de no alimentar ninguna concupiscencia, que le pueda llevar a la práctica de pecado oculto, a una doble vida.

“El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos” (Santiago 1:8)

Siendo de ese modo, deberá inmediatamente abandonar el ministerio, aunque se haya arrepentido de ese pecado puntual. Va a necesitar (en el caso de que sea una persona regenerada) santificar su vida, renunciando a toda mente sucia, y a todo lo que le arrastre a ese pecado. Eso suele ser un proceso largo. No es liviano el asunto. Deberá ser su prioridad.

El verdadero cristiano no quiere pecar, si lo hace, es contra su fuero interno (hombre interior), debido a la naturaleza pecaminosa que todos arrastramos. Todos los pecados son perdonados, por la gracia de Dios, por los méritos de Cristo. En cambio, los falsos profesantes, viven con pecado oculto, porque siguen como cuando eran impíos, solamente que cubiertos de un barniz de santidad, puramente externa; de hecho, siguen siendo impíos.

“Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:14)

Cuando un cristiano profesante vive una doble vida; exteriormente mostrándose santo, pero arrastrando y practicando desde el corazón alguna forma de pecado oculto, debería preguntarse si realmente alguna vez nació de nuevo, ya que el que ha nacido de nuevo, a pesar de las fallas propias de su naturaleza adámica (Ro.7:15ss), no vive bajo la esclavitud del pecado en forma alguna, ya que la gracia de Dios no le permite llevar el tipo de vida pecaminosa que llevaba antes de conocer a Cristo (1 Jn.3:9).

OTRA REFLEXIÓN:

“Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12)

Muchas veces se usa este versículo como una sutil arma arrojadiza, una velada amenaza. Esa velada amenaza va en la dirección de que “cualquier hombre de Dios puede caer, y casi con seguridad caerá”, y por tanto, con que será de ese modo, no debe atreverse a decirle a otro que sí haya caído, nada que suene a corrección, que se pueda interpretar como un juicio (aún y no siéndolo).

No obstante, no es esa la intención de la escritura, ya que si lo leemos en su contexto, se está refiriendo a aquellos que pretenden en sus fuerzas estar firmes, a pesar de las múltiples tentaciones que le rodean.

Nadie en sus solas fuerzas puede resistir los embates de la maldad y la tentación; solamente con la gracia de Dios se podrá resistir, y se resistirá (Ro.6:14).

La prueba de ello la vemos en el versículo siguiente:

“No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (V.13)

El versículo 12 se dirige -entre otros- a aquellos que se vanaglorian de ser “grandes siervos de Dios”, aquellos que, lamentablemente, como dice Matthew Henry, su “oculta soberbia les conduce a la lujuria manifiesta”.

Un cristiano verdadero, no comete pecados de forma deliberada (He.10:26), y por otro lado hay pecados que un cristiano ya no debería cometer, porque un hijo de Dios debe buscar el limpiarse de toda contaminación de carne y de espíritu (2 Co.7:1).

Si realmente hemos nacido de Dios, amaremos a Dios, y nos esforzaremos en nuestra santidad experimental.

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1 Juan 1:8-10)

El “tener pecado”, no significa “practicar pecado” o vivir “conforme al pecado”. Aquí la Escritura nos está declarando algo que todos sabemos, que todavía arrastramos los efectos de una naturaleza caída, y que cometemos pecados. Nadie está libre de esto, como ya apuntamos.

Esos pecados confesados son perdonados siempre, porque son ajenos a la completa obra redentora de Cristo en el que es hijo de Dios por adopción: “De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí… Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro.7:17; 8:1)

Pablo en este versículo (7:17), y en el párrafo de Romanos 7, nos enseña que los pecados que cometemos (él incluido), son ajenos a la obra de Cristo en nuestras vidas, y esto último es lo que cuenta para Dios Padre: (“Y ya no vivo yo, más Cristo vive en mí…” Gl.2:20). Los cristianos, a pesar de ser imperfectos, somos una nueva creación (2 Co.5:17). Por esa razón entramos en el cielo, de otra manera jamás podría eso ser de ese modo.

Pero por el contrario, aquel que no ha nacido de Dios, sí practica una tipo de vida pecaminoso, ajeno al Espíritu. Peca y le gusta pecar ya que es su modo normal y regular de vida (Jn 3:19).

Incluso hay quienes pretenden ser cristianos, y ante los demás lo parecen, pero llevan una vida de práctica de pecado oculto, engañándose a sí mismos; por ello la Escritura es clara: Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido… El que practica el pecado es del diablo…” (1 Juan 3:6,8)

SOLI DEO GLORIA

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey Jesucristo, Madrid, España.
Febrero 2015
www.centrorey.org


FIN