CUANDO LO QUE SE PIDE ES CORRECTO, PERO NO EL MOTIVO

(1 Samuel 8: 1-7) “Aconteció que habiendo Samuel envejecido, puso a sus hijos por jueces sobre Israel. Y el nombre de su hijo primogénito fue Joel, y el nombre del segundo, Abías; y eran jueces en Beerseba.  Pero no anduvieron los hijos por los caminos de su padre, antes se volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho. Entonces todos los ancianos de Israel se juntaron, y vinieron a Ramá para ver a Samuel, y le dijeron: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones. Pero no agradó a Samuel esta palabra que dijeron: Danos un rey que nos juzgue. Y Samuel oró a Jehová. Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos”.

CUANDO LO QUE SE PIDE ES CORRECTO, PERO NO EL MOTIVO

Samuel, tenía alrededor de sesenta años (fecha: 1043 a.C.). Toda su vida había juzgado a Israel (1S.7:15). Posiblemente estaba afectado físicamente por causa de su vida dura de servicio, y estaría más envejecido de lo normal por su edad.

(1 S. 8:1,2) “Aconteció que habiendo Samuel envejecido, puso a sus hijos por jueces sobre Israel. Y el nombre de su hijo primogénito fue Joel, y el nombre del segundo, Abías; y eran jueces en Beerseba”:

Viéndose en ese estado de debilidad, puso a sus dos hijos, Joel, el primogénito, y Abías, el segundo, como jueces sobre Israel, sirviendo desde Beerseba.

(Vv.3) “Pero no anduvieron los hijos por los caminos de su padre, antes se volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho”.

No obstante sus hijos, y curiosamente, del mismo modo que ocurrió con los hijos de Elí su primer mentor, Ofni y Finees, eran hombres corruptos. Se volvió a repetir el mismo patrón.

Joel y Abías eran hombres avaros, injustos y codiciosos, totalmente contrarios a como era su padre, Samuel:

“Aquí estoy; atestiguad contra mí delante de Jehová y delante de su ungido, si he tomado el buey de alguno, si he tomado el asno de alguno, si he calumniado a alguien, si he agraviado a alguno, o si de alguien he tomado cohecho para cegar mis ojos con él; y os lo restituiré” (1 S.12:3)

Era evidente, que a pesar de ser un hombre recto y justo, Samuel tenía un defecto: estaba ciego respecto a cómo eran sus hijos.

Difícilmente uno se pervierte cuando está en el poder, si antes de ostentarlo no es un perverso de corazón, sino que es recto ante Dios.

Posiblemente, Samuel por causa de su mucho trabajo sirviendo a Israel, no llegó a conocer íntimamente a sus dos hijos; de otro modo, jamás los hubiera puesto al frente de la nación.

Samuel era ignorante ante la realidad de sus dos hijos, aunque esa ignorancia era por necesidad, culpable.

La primera responsabilidad de los padres, es hacer todo lo posible para que sus hijos sean como Dios quiere, antes que “salvar el mundo”.

Las prioridades en este caso,  son un asunto muy importante y siempre conforme al verdadero sentido de lo que es la santidad.

Muchos piensan que servir al Señor es lanzarse a “convertir este mundo”, pero dejando de lado sus prioridades ante Dios, que son sus cónyuges, sus hijos, etc.

Las malas resoluciones acarrean pésimas consecuencias

(Vv. 4, 5)Entonces todos los ancianos de Israel se juntaron, y vinieron a Ramá para ver a Samuel, y le dijeron: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones”:

La consecuencia directa del perverso servicio de los hijos de Samuel, para vergüenza del propio Samuel que los había puesto en ese cargo, fue el que los ancianos de Israel, tomando ventaja de esa situación, pidieran un rey.

¿Por qué querrían un rey, cuando por muchos años había sido gobernado Israel por jueces?

Repasemos

Si nos remontamos a la historia, vemos que cuando Israel entró en la tierra prometida, encontraron ciudades-estado cananeas, gobernadas por reyes (Ver Jos.12:7-24).

Durante el período de los jueces, Israel fue numerosas veces esclavizado por naciones dirigidas por reyes (Jue. 3:8, 12: 4: 2; 8:5; 11:12), mientras que ellos no tenían un rey, pero por cuanto Israel vivía en la tierra rodeada de naciones que sí los tenían, paulatinamente fue surgiendo el deseo de tener un rey también.

¿Era ilegítimo ese deseo de tener un rey? No en principio. Vemos que el Señor les habló acerca de esta cuestión:

(Deuteronomio 17:14,15) “Cuando hayas entrado en la tierra que Jehová tu Dios te da, y tomes posesión de ella y la habites, y digas: Pondré un rey sobre mí, como todas las naciones que están en mis alrededores; ciertamente pondrás por rey sobre ti al que Jehová tu Dios escogiere; de entre tus hermanos pondrás rey sobre ti; no podrás poner sobre ti a hombre extranjero, que no sea tu hermano”

No era contrario a la voluntad de Dios que Israel deseara y buscara tener un rey, pero sí el motivo por el cual deseaba tenerlo. Ese era el problema. Lo vemos a continuación:

(1 Samuel 8:20) “nosotros seremos también como todas las naciones, y nuestro rey nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras”

Un rey humano que satisficiera sus deseos

Israel buscaba un rey humano que les hiciera triunfar sobre las naciones, como hacían las naciones.

Israel buscaba un rey que “hiciera sus guerras”, no las guerras de Jehová, que eran santas.

De hecho Israel, con sus ancianos al frente, había desechado al Señor Jehová de los ejércitos que fuera el Rey que les librara, prefiriendo a un rey humano, como el que tenían todas las naciones circunvecinas.

(V.7) “Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos”

El proceder de Israel fue sumamente estúpido y necio. Hasta ese punto, el Señor mismo había librado las batallas a favor de Israel, y les había dado continuamente la victoria (Jos. 10:14; 1 S.7:10), pero ellos rápidamente olvidaron eso.

¿Por qué lo olvidarían?, porque las victorias que eran del Señor, siempre y sin excepción estaban basadas en la santidad y en el cumplimiento de Su voluntad, y jamás de otro modo. Era cuando Israel se arrepentía que el Señor obraba a su favor, no antes.

Pero ahora, eso ya no les importaba. Ellos querían las victorias cada vez que las buscaran, sin importar la voluntad de Dios y sus condiciones de santidad y obediencia.

No querían vivir bajo la opresión de sus circunvecinos, sin entender que cuando así habían vivido, es porque Dios les había castigado de ese modo por su desobediencia. No habían entendido que no habían sido librados por la fuerza de ellos y de sus líderes, sino por la palabra de Jehová, por causa de Su misericordia y compasión hacia ellos.

Ahora, Israel quería vivir de espaldas a todo esto. No quería vivir sujeto a Dios, sino libre de Dios.

Israel no quería ni aceptaba más el castigo y corrección de Dios; quería ser como cualquier otra nación impía sobre la tierra.

De hecho Israel se había vuelto mundano. Como un día hizo Esaú que vendió su primogenitura por un plato de lentejas, Israel, al pedir un rey en esas condiciones, había echado por el suelo el llamamiento de Dios de ser una nación santa, apartada del espíritu de este mundo, para ser una nación como todas las demás.

Así como Israel cayó en esa tentación, lo mismo ocurre con todos aquellos que llamándose creyentes, buscan lo que es conforme a este mundo, conformándose a este mundo, y alejándose del llamamiento divino y santo; desechando el castigo y corrección del Señor y buscando su autocomplacencia.

Dios demanda sujeción a Su voluntad

Contrariamente, la Palabra nos enseña:

(1 Pedro 1: 14-19) “como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia;  sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”

Así como Israel fue llamado por Dios para ser una nación santa, ajena a las motivaciones y metas del resto de las naciones sobre la tierra, los creyentes hemos sido llamados a vivir en santidad, ajenos a las metas, motivos y actitudes conforme a este mundo depravado.

No hemos sido llamados a “conquistar el mundo”, sino a guardarnos del mundo (Stgo.1:27b) y ver la salvación de los justos, que es de Jehová, porque Él es su fortaleza en el tiempo de la angustia (S.37:39)

Las batallas que habremos de realizar, no son las nuestras, ni las comandadas por líderes humanos (a modo de nuevos reyes); son las batallas del Señor. Por tanto eso implica merma en cuanto a nosotros, y exaltación de nuestro Dios, en el más puro estilo juanino:

“Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30)

Es necesario que nosotros mengüemos, y que Él crezca en nosotros (Gl.2:20), ya que la gloria sólo es para Él, no para nosotros.

Conclusión

A veces pedimos cosas que son esencialmente correctas, como lo fue el pedir un rey para Israel, pero que adolecen de un motivo santo. Muchas veces en este caso, y a diferencia con Israel, y para nuestro bien, Dios no nos concede esas peticiones.

Examinemos bien nuestros motivos a la hora de buscar algo ante el Señor.

SOLI DEO GLORIA

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.

 

Fin