SOBRE LA CENA DEL SEÑOR

(Leer 1 Corintios 11: 23-34)

“Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan;  y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga. De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí.  Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo. Así que, hermanos míos, cuando os reunís a comer, esperaos unos a otros. Si alguno tuviere hambre, coma en su casa, para que no os reunáis para juicio”

SOBRE LA CENA DEL SEÑOR

El versículo 24, conforme a los manuscritos más fidedignos, dice así al pie de la letra: “Y después de dar gracias (esto es, de pronunciar la bendición acostumbrada), partió (el pan) y dijo: Esto es mi cuerpo el que (es ofrecido) por vosotros (gr. huper humón, a favor vuestro, esto es, por vuestra salvación) Continuad haciendo esto en memoria mía (gr. emén, que es más fuerte el sentido que “mou”, es decir, de mí.

En dichos manuscritos no aparece ni el “tomad y comed”, ni el “es partido”. Como se ve por el V.26, tanto el ofrecimiento de su cuerpo por nuestra salvación, como el derramamiento de su sangre (V.25) para sellar el nuevo pacto, tienen el sentido proléptico, hacia adelante, pues apuntan a la muerte en la cruz, la cual se llevó a cabo al día siguiente.

Eso es muy importante, así como el “haced” (no “ofreced”), pues muestra que la Cena del Señor no es un sacrificio, tal y como Roma manda creer a sus fieles.

El V.25 no ofrece ninguna discrepancia en los diversos manuscritos. Es de notar que no dice “Esta copa es mi sangre”, o “contiene mi sangre”, sino “es (representa) el nuevo pacto en mi sangre”, sellado con mi sangre; representa, digo, porque es obvio que la copa no era en sí el nuevo pacto, sino que EL NUEVO PACTO IBA A SER SELLADO MEDIANTE EL DERRAMAMIENTO DE LA SANGRE DE LA VÍCTIMA, lo que se iba a llevar a cabo al día siguiente.

Véase que en ningún lugar de toda esta porción se habla de comer el cuerpo o beber la sangre de Cristo, sino de comer el pan y beber la copa, lo que basta y sobra para refutar de plano el dogma falso católicorromano de la llamada “transubstanciación”.

ANAMNESIS

Un pequeño detalle, pero que reviste gran importancia, está en el vocablo “memoria”, es decir, recuerdo (gr. anamnesis), que no es el mismo de Hchs.10:4 (mnemósunon, “memorial”). El primero indica una función del sujeto, mientas que el segundo indica un objeto apto para recordar, es decir, un “recordatorio”.

En el momento en que se cambia el vocablo correcto “memoria” por el incorrecto “memorial”, haciendo así, del acto, un objeto, y de los elementos (el pan y el vino) cosas en sí, “sagradas”, se está en camino de admitir un aspecto sacrificial en la celebración de la Cena, lo cual es antibíblico (He.9:26)

El V.26, con palabras del propio Pablo, no del Señor, expone, concisa y claramente lo que hay realmente tras el simbolismo de la Cena del Señor: el aspecto principal es un anuncio solemne y continuo (gr. katanguéllete) de la muerte del Señor hasta que venga por segunda vez. Es como una predicación continua del hecho central del Evangelio, predicación que se prolonga en un continuo presente, desde un hecho pasado, consumado de una vez por todas, hasta un futuro seguro y siempre inminente.

Los símbolos del pan y del vino nos traen a la mente y al corazón el hecho asombroso, pero real, del insondable misterio del Dios infinito e infinitamente santo hacia las miserables criaturas pecadoras que somos todos los seres humanos.

La celebración de la Cena del Señor ha de estar animada por una inmensa gratitud y un amor sin medida a nuestro Dios y Salvador, así como a nuestros hermanos, copartícipes de las mismas bendiciones que nosotros.

EL PELIGRO DE CELEBRAR LA CENA DE MANERA INDIGNA

“De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí”. (Vv.27-29)

Cuidado de mal usar esa ordenanza para fines egoístas, como banquetear y dividir la iglesia, por ello Pablo expone la gravedad del pecado y la urgencia del remedio.

Primeramente, es preciso entender cuál era el asunto y problema que Pablo debe corregir en el contexto de los de Corinto. Ellos se juntaban como iglesia para hacer un ágape, una comida de amor y en ese contexto celebrar la Cena, pero ¿qué ocurría? Pues ocurría que comían y bebían hasta embriagarse, con lo que no estaban en condiciones de celebrar de manera digna la Cena del Señor: “no discernían el cuerpo” (V.29); no actuaban con, y, en fe, sino de manera vejatoria y carnal.

Eran dos los pecados cometidos:

  1. 1) No discernir el cuerpo del Señor.
  2. 2) No discernir el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

En cuanto al primer punto, Pablo les amonesta seriamente a que debían comprender que se reunían, no para tener una comida sin más, una cena ordinaria, sino que se juntaban para celebrar la Cena del Señor, a modo de aquella que celebraron Jesús y sus discípulos aquella última noche.

En cuanto al segundo punto, va en línea con lo que previamente les había dicho con represión clara:

“Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor. Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga. Pues qué, ¿no tenéis casas en que comáis y bebáis? ¿O menospreciáis la iglesia de Dios, y avergonzáis a los que no tienen nada? ¿Qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo” (Vv.20-22)

“Así que, hermanos míos, cuando os reunís a comer, esperaos unos a otros” (V.33)

Vemos que lejos de discernir el cuerpo de Cristo, la iglesia, los hermanos, se reunían para su propio placer, clasista y egoísta, sin tener en consideración a los demás, muchos de ellos esclavos que poco o nada podían aportar a la comida. De esa manera menospreciaban la iglesia de Dios.

No discernir, insistimos, significa no hacer diferencia entre una cena ordinaria y la Cena del Señor.

Pablo usa vocablos muy fuertes para dar idea de la gravedad de tales pecados, tanto en cuanto a la culpa, como en cuanto a la pena.

Dice: “De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor” (V.27)

No es el pan, y no es el vino, es lo que representan, y lo que representan, en el contexto santo de la Cena del Señor, es el sacrificio de Jesús.

Tan grande es la obra de Cristo en la cruz, tan grande la culpa por el menosprecio de esa obra. Por eso, el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí (V.29)

No se pretende que el celebrante sea digno, ya que nadie podría acercarse a la mesa del Señor, sino que lo haga dignamente.

(V.28) “Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa”:

Pablo exhorta a que cada uno se examine a sí mismo, es decir, debe escudriñar su propia conciencia para ver si está en condiciones de participar de la Cena del Señor.

Nótese que no dice que si al examinarse, la persona comprueba que no está en condiciones, se abstenga de tomar el pan y el vino, sino que, después de examinarse, entonces coma del pan y beba de la copa; esto supone que, si tras el examen de conciencia, halla que hay pecado en él , contra el Señor o contra el hermano, habrá de confesar con arrepentimiento su pecado al Señor (1 Juan1:9), y prometer en acción, resolver los asuntos.

Siendo de ese modo, podrá participar de la cena del Señor en ese momento, haciéndolo de manera digna.

“Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo. Así que, hermanos míos, cuando os reunís a comer, esperaos unos a otros. Si alguno tuviere hambre, coma en su casa, para que no os reunáis para juicio”:

A veces nos preguntamos, por qué los cristianos enferman e incluso mueren seguramente antes de tiempo. Pues aquí tenemos uno de los motivos.

El que come y bebe de manera indigna, tal y como hemos aprendido, come y bebe juicio de Dios contra él. Ese juicio (Krima en gr.) no lo es de condenación, pero sí puede llevar a un hijo de Dios a la muerte del cuerpo; lo que el apóstol Juan también enseñó (1 Juan 5: 16)

Por eso es fundamental que antes de tomar la cena del Señor, estemos seguros de que estamos bien ante el Señor, para no ser juzgados por Él. Porque siendo juzgados por el Señor, seremos castigados por Él, (el verbo es “paidenomeza” en gr. es decir, como el castigo que se le aplica a un niño), de modo que no corramos la suerte del mundo, el cual es condenado (“Katakrima” en gr. condenación)

Por ello, es menester reunirnos, no para juicio, sino para bendición.//

Miguel Rosell Carrillo
Basado en el comentario de Matthew Henry, por Francisco Lacueva.
www.centrorey.org

FIN