HISTORIA DE LOS PAPAS DE ROMA: LA SIMIENTE DEL FALSO PROFETA

 (XIV)

El Comunismo y la Primera Guerra Mundial / Los Tres Frentes Jesuitas

 

 Índice del Tema

“Las atrocidades no aparecen porque sí; alguien las planea, alguien las ejecuta” (anónimo)

Poco antes de morir el papa Pío X, estalló la Primera Guerra Mundial. Aunque de puertas para fuera, Pío X adoptara una posición neutral, la verdad es que no fue así, y lo que es más las altas instancias vaticanas fueron instigadoras de esa barbaridad.

Nos será necesario hacer un poco de historia. Empecemos pues.

Un atisbo al origen del Comunismo

Todo el mundo sabe que personajes como Marx y Engels fueron los promotores visibles del comunismo. Estos dos, que escribieron el Manifiesto Comunista en 1848, al igual que Lenin, que se llamaban a sí mismos ateos, fueron entrenados y dirigidos por sacerdotes jesuitas.

Este que vamos a relatar a continuación, es el testimonio de un jesuita de muy alto rango, el cardenal Bea, alemán, encargado del movimiento ecuménico de la institución católico romana, antiguo confesor del papa Pío XII, jesuita bajo juramento extremo de obediencia absoluta. Ver ese juramento aquí:
http://www.centrorey.org/nuevo%20site/temas26.html

 De 1921 a 1924, Bea fue el superior provincial de Alemania.

“El jesuita cardenal Agustín Bea” 

“El jesuita cardenal Agustín Bea” 

Este testimonio fue dado a conocer a través de un ex-jesuita de alto rango, el Dr. Alberto Rivera, posteriormente arrepentido, convertido a Cristo, y alejado de Roma que lo escuchó directamente de labios del citado cardenal, que daba clases a los jesuitas. Dicho testimonio está publicado a través de la editorial Chick Publications, Chino, California EE.UU 1987. Este testimonio está en gran parte respaldado por otras informaciones debidamente contrastadas y publicadas que mencionaremos. Prestemos atención a lo que aquí se va a decir, porque nos va a ser muy útil a la hora de comprender mejor la historia.

Según Alberto Rivera, el cardenal Bea dijo que el Partido Comunista fue creado por los jesuitas con un solo propósito: destruir al Zar de Rusia, el protector de la Iglesia Ortodoxa. Decía que el partido Comunista fue secretamente financiado por agentes de Roma (los Illuminati)  para crear otra potencia mundial leal al Vaticano.

Según su información, antes de la Primera Guerra Mundial, muchos judíos ricos maniobraban para recuperar el control de Jerusalén. El Vaticano estaba furioso porque el papado siempre ha querido llevar su sede de la ciudad de las siete colinas a Jerusalén. Una vez más los judíos se entrometían en los planes de Roma.

“El ex jesuita de alto rango y hermano en Cristo; Dr. Alberto Rivera”

“El ex jesuita de alto rango y hermano en Cristo; Dr. Alberto Rivera”

“El cardenal Bea S.J. (Sociedad Jesuita), siendo alabado por su labor ecuménica durante el Concilio Vaticano II”

“El cardenal Bea S.J. (Sociedad Jesuita), siendo alabado por su labor ecuménica durante el Concilio Vaticano II”

“Protocolos de Sión”

En vista de esto, los jesuitas elaboraron un plan secreto y maestro, que no sólo frenaría a los judíos europeos, sino que haría que todo el mundo se volviera contra ellos. Urdieron una infamia para poner en contra de los judíos a todo el mundo. Esto fue a raíz de un documento que unos judíos fieles al papa escribieron en el nombre de la comunidad judía llamado “Protocolos de Sión” (Behind the Dictators, L.H. Lehmann, pg. 10-15, Agora Publishing Company, N.Y. 1942).

A principios del siglo XX, Francia cayó en la mira del Vaticano, al pactar nada menos que con el Zar de Rusia. Al papa y a los jesuitas no les gustaba nada que Francia hubiera depuesto a su rey católico en su día, y llegara a ser una República, pero aquel pacto con el Zar de Rusia ya era demasiado.

Mientras tanto, la influencia de la Iglesia Ortodoxa se había ido extendiendo a Bulgaria, Grecia, la parte europea de Turquía y la Yugoslavia Serbia. El Vaticano se había propuesto poner a Francia de rodillas y extirpar para siempre la competencia religiosa en los Balcanes.

La estrategia: empezar una guerra, la Primera Guerra Mundial. Allí estaban los jesuitas (Secret History of the Jesuits, Edmond Paris, p.8, 9, 116-124).

Alemania tuvo mucho que ver. “El monseñor Fruhwirth dijo en 1914: “Alemania es la base sobre la cual el santo padre puede y debe establecer grandes esperanzas” (cit. “La Historia Secreta de los Jesuitas; p.122)

El Kaiser era un buen católico-romano, y el papa le respaldaba. Este Kaiser Guillermo, consultó al Vaticano si podía expandir sus fronteras. El papa s. Pío X, a pesar de su pública declaración de neutralidad, hipócritamente, le dio la bendición. Justo después de que empezara la Guerra, el 20 de agosto de 1914, moría Pío X. La cuenta atrás hacia el exterminio de millones de almas había empezado. Una masacre sin precedentes se ponía en marcha. El diablo, a través del poder religionista iba a enviar a millones de almas al infierno. Esa fue la cruel realidad.

Siguió a Pío X:

BENEDICTO XV (1914-1922). De nombre común Giacomo della Chiesa, era hijo de los marqueses de Migliorati. Este Benedicto XV declaró “santa” a Juana de Arco, patrona de Francia, invalidando la declaración y condenación de su antecesor Eugenio IV el cual la mandara quemar viva por bruja. Este papa, llamado “el Papa de la guerra”, también era amigo de Alemania. En esa guerra inútilmente murieron católico-romanos de ambos bandos. Los alemanes lucharon contra Francia, Inglaterra y Rusia. Luego los Estados Unidos entraron en el conflicto. La devastación duró 4 años (1914-1918), y Europa quedó en ruinas. 

“A Juana de Arco, un papa la condena, otro papa la hace santa, y los dos usando de su infabilidad”

“A Juana de Arco, un papa la condena, otro papa la hace santa, y los dos usando de su infabilidad”

Rasputín

En Rusia, el zar Nicolás, protector de la Iglesia Ortodoxa Rusa, y su esposa, la emperatriz Alejandra, tuvieron un hijo llamado Alexis, heredero al trono. El niño sufría de hemofilia, su sangre no coagulaba cuando sufría alguna herida. Su vida estaba siempre en peligro.

Su madre estaba tremendamente afligida, y los médicos nada podían hacer. Un extraño y siniestro hombre llamado Rasputín, llamado el “monje loco”, tenía contacto y gran influencia sobre la zarina; decían que tenía poder para sanar, no obstante ese poder no le venía de Dios, ya que era un practicante de cultos satánicos; también tenía un gran poder sobre los demás, especialmente sobre Alejandra.

“Grigory Rasputin tenía una enorme influencia en la casa del Zar”

“Grigory Rasputin tenía una enorme influencia en la casa del Zar”

Según el jesuita cardenal Bea, la emperatriz Alejandra, en un momento de debilidad le reveló a Rasputín dónde estaba el oro de Rusia custodiado por el Zar. Inmediatamente, se pasó esta importante información al patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, justo antes de que el monje loco muriera asesinado por alguno de sus muchos enemigos, al cual no les fue fácil llegar a matar.

El Tren Sellado

Siguiendo con el interesante testimonio del cardenal Bea dada al grupo de estudiantes jesuitas, les hablaba del pasado, presente y las metas futuras en términos del “poder temporal” del Vaticano.

Decía que la Revolución Rusa fue preparada larga y cuidadosamente. Los jesuitas trabajaron estrechamente con Marx, Engels, Trostsky, Lenin y Stalin. Tanta era la confianza que tenían en ese proyecto, que hasta decidieron secretamente ir trasladando el oro del Vaticano a Rusia a través de Alemania (Alemania y la revolución en Rusia 1915-1918 de Von Bergen y Parvus; documentos del archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores alemán, editado por ZAB Zeman, publicado por London Oxford University Press, NY, Toronto 1958) ( The Sealed Train de Michael Pearson, publicado por G.P. Putnam´s Sons, NY, p. 63, 1975).

El Vaticano - explicaba el cardenal Bea - estaba seguro de que pronto su enemigo, el Zar y la Iglesia Ortodoxa serían destruidos y el comunismo se levantaría como una nueva y poderosa hija del Vaticano.

Lenin se encontraba en Suiza cuando oyó las noticias relacionadas con la revolución que había estallado en Rusia. Para ayudar a la revolución, el alto mando alemán y otros prepararon secretamente un tren especial para transportar a Lenin y a sus revolucionarios a través de Alemania.

En abril de 1917, Lenin y algunos de sus hombres clave hicieron el viaje en el famoso “Tren sellado”(Black Night, White Snow, de Salisbury, publicado por Doubleday, 1977, Garden City, NY, pgs. 405-407). El hombre de más alta responsabilidad en la organización de este viaje fue Diego Bergen, un devoto católico alemán, entrenado en escuelas jesuitas (Life and Death of Lenin, de R. Payne, 1964, publicado por Simon y Schuster, NY, pgs. 285-300).

Más tarde, durante la República de Weimar, y el régimen de Hitler, llegó a ser embajador en el Vaticano (Alemania y la revolución en Rusia 1915-1918. Documentos del archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania, editado por Z.A. Zeman, publicado por London Oxford University Press, NY, Toronto 1958, pg. 9).

“Lenin y otros viajando en el llamado “tren sellado”

“Lenin y otros viajando en el llamado “tren sellado”

1. La revolución soviética

En abril de 1917, cuando Lenin llegó a Rusia, la revolución estaba controlada por los hombres de Lenin. El Zar había sido forzado a abdicar, y él y su familia fueron puestos bajo arresto domiciliario.

El 10 de marzo de 1918, Lenin se estableció en Moscú. En julio, por razones de seguridad, la familia real fue llevada a Yekaterinburgo, en los Urales. Podía haber una posibilidad de rescatarlos por parte del llamado ejército blanco, el ejército de los checos; no obstante, el 17 de julio 1918, se sentenció al Zar y a su familia a muerte. El Zar, protector de la Iglesia Ortodoxa, y a toda su familia, fueron cruelmente masacrados.

Tarde en la noche, los cuerpos fueron trasladados a un camión, llevados a una mina abandonada llamada los “cuatro hermanos”, donde fueron descuartizados, quemados, rociados con ácido y arrojados por un túnel abandonado de la mina (Black Night, White Snow, Doubleday & Co. 1978, pp. 593, 594).

Los autores del magnicidio, que según el cardenal Bea, eran en realidad jesuitas haciéndose pasar por comunistas. Se movieron con gran rapidez; el partido comunista central no se enteró del juicio y asesinato del Zar y su familia hasta después de estar consumado (Black Night, White Snow, Doubleday & Co., pp. 593, 594). Después empezó la cacería del clero ortodoxo con gran furor.

Según el cardenal Bea S.J., informando a sus correligionarios, el Vaticano esperaba ansiosamente las noticias referentes a la destrucción de sus competidores religiosos. Los soviéticos atacaron monasterios y conventos; el propósito de levantar el comunismo por parte del Vaticano se estaba cumpliendo. Las ejecuciones comenzaron.

Para el Vaticano, aquella era una prueba. Si la iglesia rusa era destruida, el siguiente objetivo sería la Iglesia de Inglaterra (“Los Padrinos”, Chick Publications p.14).

Ya desde el inicio de su existencia, la Roma religioso-política ha derramado y ha hecho derramar tanta sangre por prevalecer, que esto no nos tiene por qué asombrar de manera especial.

Sólo un imprevisto golpe de fortuna podría salvar a la iglesia rusa y a su patriarca; no obstante éste tenía un as en la manga. Cuando el ejército rojo llegó para matar al viejo patriarca, él los recibió con los brazos abiertos, y les dijo: “Camaradas, al fin han llegado, les hemos estado esperando, les tenemos el oro del Zar, mis queridos camaradas”.

Los comunistas quedaron aturdidos. Dejando a un lado las armas, aceptaron el oro y la amistad del patriarca, y ordenaron detener de inmediato las ejecuciones del clero ortodoxo.

Los comunistas, no sólo se quedaron con el oro del Zar, ¡sino también con el oro del Vaticano!, ese oro del papa que llegó a Rusia a través de Alemania. Se dice que equivalía 666 millones de dólares (León Totsky, por Joel Carmichael, p. 171; The Sealed Train, Michael Pearson, 1975 por G.P Putna’ms sons, NY. P. 290).

Cuando el papa se percató de ello, casi sufre un ataque al corazón, ¡había sido traicionado por sus propios comunistas! El Vaticano se enfureció, habían sido traicionados y los comunistas habrían de pagar por su traición; este sería el germen de la Segunda Guerra Mundial.

El Vaticano siempre ha creído que con su fortuna tan tremenda puede llegar a dominar el mundo y su economía; cree que puede poner a las naciones ante sus pies mediante depresiones planeadas. Según el cardenal Bea, los Illuminati, el Opus Dei (Los Angeles Times, oct. 7; 1968) y la Masonería son el brazo armado del Vaticano. Obviamente, los Jesuitas rigen a todas esas organizaciones. A través de esas organizaciones y muchas más, el Vaticano puede controlar la riqueza del mundo.

El Tratado de Versalles

La realidad es que tanto la América protestante como Inglaterra, derrotaron al instigador de la Gran Guerra. No obstante, como dijo una vez el presidente Abraham Lincoln: “Los jesuitas jamás olvidan ni abandonan”.

Inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, Alemania se encontraba en una terrible depresión económica. Ciertos judíos pro católicos recibieron del Vaticano la orden de comprar las tierras de los alemanes que se encontraban en quiebra y hambrientos. El dinero fue suplido por el Vaticano, y esos falsos judíos compraron esos bienes de forma abusiva, a muy bajo precio, aprovechándose de la necesidad de los forzados vendedores. Los alemanes estaban desesperados.

En el momento oportuno los jesuitas usarían ese incidente para incitar el odio contra los verdaderos judíos. La acusación sería que los judíos sin piedad habían arrebatado la tierra a los alemanes durante la depresión (Los Padrinos; Chick P. p. 16).

Al término de la Primera Guerra Mundial, cuando los aliados firmaron el Tratado de Versalles en julio de 1919, estaban tan enojados con el Vaticano por provocar la guerra, que no quisieron reconocerlo como nación, y le impidieron sentarse en la mesa de conferencias.

“Esta medida fue sabia, pero insuficiente. En vez de aplicar las sanciones contra la santa sede, que ésta merecía por haber provocado la Primera Guerra Mundial, los vencedores no hicieron nada para prevenir las futuras intrigas de los jesuitas y del Vaticano. Veinte años después, tales intrigas condujeron a una catástrofe aún peor…” (La II Guerra Mundial) (Historia secreta de los Jesuitas, p. 130)

El 22 de enero de 1922, el papa Benedicto XV murió de una terrible neumonía tras una leve indisposición cuatro días antes. Según el Dr Rivera, murió envenenado.

“Benedicto XV”

“Benedicto XV”

En ese mismo tiempo, Mussolini organizó la “Marcha sobre Roma”, y el papa PÍO XI (1922-1939), tomó su lugar. De nombre común Ambrosio Damiano Achille Ratti, fue elegido papa tras sólo tres días de cónclave. En el 1929 se creó el Estado del Vaticano. El Estado italiano reconocía la soberanía del papa en la ciudad del Vaticano, que abarca cuarenta y cuatro hectáreas.

Benito Mussolini; el primer frente Jesuita

Volviendo un poco atrás, al finalizar la contienda mundial, Europa estaba en ruinas, pero ni Francia ni la Iglesia Ortodoxa Serbia estaban destruidas. La juventud alemana e italiana no sabía que dirección tomar. La rebeldía era una forma de vida; y la inflación arruinaba sus naciones.

Mientras tanto los comunistas empezaron a organizar grupos revolucionarios. Los jesuitas se movían en tres frentes. El primer frente fue Italia. Por aquel tiempo un desconocido que proclamaba por todas partes que era el nuevo César destinado a reconstruir el Imperio Romano se levantó. Su nombre, Benito Mussolini. Era un cruel arrogante personaje, y su pequeño ejército de camisas negras no era más que una banda de bribones violentos.

El General Superior de los Jesuitas, al cual se le conoce como papa negro, y que a la sazón era Halke Von Ledochowski, asignó a un jesuita del más alto nivel para que trabajara con Mussolini. El confesor de Mussolini era el jesuita llamado Venturi. El voto católico, dirigido por el Vaticano, puso a Mussolini en el poder.

“Halke Von Ledochowski, el general superior jesuita de aquel tiempo”

“Halke Von Ledochowski, el general superior jesuita de aquel tiempo”

Pío XI llamó a Mussolini: “El hombre a quien la providencia nos ha permitido conocer” (La Historia Secreta de los Jesuitas, Edmond Paris, p.134). Mussolini, como pago, firmó un concordato (*) en el año 1929 en Letrán, haciendo del catolicismo romano la única religión permitida en Italia y sus territorios.

Imagínese usted a cualquiera de los apóstoles celebrando semejante acuerdo con una dictadura fascista…Claro, esto no puede imaginárselo; ¡esto es inimaginable! Conque muchos de los católicos italianos eran políticamente socialistas y, por lo tanto, opuestos al régimen fascista de Mussolini,  el papa prohibió a sus fieles participar en la política; no tendrían más alternativa que apoyar al dictador.

El Duce estaba agradecido, por contrapartida reestableció el poder temporal del papa, y dio a la clerecía total poder sobre la vida de la nación. Por haber confiscado en 1870 los territorios papales, Italia, por mano de Mussolini pagó al Vaticano 750 millones de liras al contado, y 1000 millones en bonos del estado. Con parte de ese botín se levantó el famoso Banco Vaticano.

(*) Concordato: Pacto entre un gobierno nacional y un grupo religioso que fija los términos de acuerdo relacionados con materias de mutuo interés.

Al final, a los católicos se les prohibió oponerse a Mussolini y se les instó a apoyarlo. Dice Dave Hunt, historiador y apologista:

“La Iglesia (de Roma) virtualmente puso al dictador fascista en el gobierno (como lo haría con Hitler pocos años más tarde). A cambio de esto, Mussolini (en el Concordato de 1929 con el Vaticano), hizo que el catolicismo romano fuese otra vez la religión oficial del estado, y se hizo que cualquier crítica hacia la misma fuese una pena capital. A la Iglesia se le otorgaron otros favores, incluyendo una vasta suma de dinero al contado y en bonos” (“Una Mujer cabalga la Bestia”, pag. 59).

Italia, bajo Mussolini, el dictador fascista y católico-romano, llegó a ser momentáneamente poderosa. Armó el dictador un ejército y lo puso en acción atacando Etiopía. Los italianos, con sus aviones, ametralladoras, bombas y gas venenoso, destrozaron a los pobres indígenas etíopes que se defendían con lanzas y escudos. Previamente, el papa Pío XI, había bendecido las tropas asesinas de Mussolini. El cardenal arzobispo de Milán, Alfredo Ildefonso Schuster (jesuita), llamó a esa masacre de negros en Etiopía: “Una cruzada católica”.

Escribe Edmond Paris: “Mientras…la esvástica cooperaban en Alemania, Benito Mussolini emprendió la fácil conquista de Etiopía con la bendición del santo padre” (Historia Secreta de los Jesuitas, p. 139)

“El jesuita Alfredo Ildefonso Schuster”

“El jesuita Alfredo Ildefonso Schuster”

Mussolini entendía perfectamente lo que significaba el papado; llegó a decir claramente:

“Es increíble que los gobiernos liberales no hayan comprendido que la universidad del papa, heredera de la universidad del Imperio Romano, representa la gloria más grande de la historia y de las tradiciones italianas”. Dijo además: “Reconocemos el lugar preeminente que la iglesia católica ocupa en la vida religiosa del pueblo italiano algo que es perfectamente natural en un país católico como el nuestro, y bajo un régimen como el fascista”.

Así que, para Mussolini, fascismo y catolicismo romano se dan de la mano; combinan bien. Este discurso del Duce fue alabado por todos los cardenales de Roma, diciendo en un escrito dirigido al papa: “…este eminente estadista que gobierna Italia por decreto de la Divina Providencia”.

Ahora fijémonos detenidamente en las palabras de Mussolini cuando dice que “universidad del papa” es heredera de la “universidad del Imperio Romano”. Esa es una rotunda verdad. Véase más de ello en las últimas páginas de:
http://www.centrorey.org/nuevo%20site/temas39.html

A ambas partes, Vaticano y Mussolini, les interesaba estar juntos. El dictador necesitaba la iglesia de Roma para establecer su control en el país a causa de la mayoría católica, y por su parte, la iglesia en cuestión deseaba apoyarlo a cambio de la restauración de su poder temporal, o al menos, parte de él.

De todos modos, ese es el modo como Roma había sido Roma siempre, espiritualmente fornicado con los reyes y emperadores (Ap. 17: 2).

Con la firma del Tratado de Letrán, el pontífice romano volvió a estar de nuevo donde solía estar: “coronando” al emperador, y a la sombra protectora de éste.

El investigador Avro Manhatan, en su libro “The Vatican and World Politics” expresa esto con claridad diáfana: “La Iglesia (de Roma) por lo tanto se volvió el arma religiosa del estado fascista, mientras que el estado fascista se volvió el arma secular de la Iglesia”.

La Biblia llama a este manejo “fornicación espiritual”. Una de las figuras importantes en negociar el Concordato en cuestión fue el procurador Francesco Pacelli, hermano del cardenal Eugenio Pacelli, futuro papa. De lo aprendido acerca de ese concordato, cuatro años más tarde, el Vaticano firmaría otro semejante con la Alemania nazi.

Moriría Pío XI justo antes de que la Segunda Guerra diera comienzo, así como moría Pío X antes de la Primera… ¿casualidad? Ciertamente la fecha fue el 10 de febrero de 1939, y también su muerte, un misterio.

“Pío XI”

“Pío XI”

“Benito Mussolini, el dictador italiano”

“Benito Mussolini, el dictador italiano”

El preludio a la Segunda Guerra Mundial; Hitler, el segundo frente Jesuita

A mediados de los años veinte, Alemania era un caos. La inflación estaba por las nubes, y el dinero no valía nada. Destronaron al Kaiser, culpándole de todos los males. Mientras tanto, los comunistas pugnaban por el poder.

El nuevo gobierno que surgió era débil, y algunos querían que el pueblo alemán escogiera su propio gobierno como en Francia. Querían que Alemania fuera una república, por ello el papa estaba enfurecido.

Hay dos cosas que el Vaticano siempre despreció: el protestantismo y la democracia.

Los Jesuitas se movieron rápidamente para detener la nueva república de Weimar. Dos hombres fueron levantados para frenar la república: Franz Von Papen (católico romano), y el otro, Eugenio Pacelli, quien llegaría ser el papa Pío XII. El escenario fue montado por el aspirante a Anticristo, también católico romano e inmerso en el ocultismo, Adolf Hitler.

Mein Kampf, (Mi Lucha); escrito por un padre jesuita

El famoso libro, “Mein Kampf”, fue escrito por el padre jesuita Staempfle, y sólo firmado por Hitler (La Historia Secreta de los Jesuitas, Edmond Paris, p. 148). Aquel libro fue el plan jesuita para la toma de Alemania a través de Hitler. De todos los libros que el Vaticano prohibiera con severidad, entre ellos nunca estuvo “Mein Kampf”, ni otras obras antisemitas (Lewy, op. Cit. P. 152).

Otra inquisición estaba a punto de comenzar; en lugar de usar hábitos dominicos, se usarían uniformes nazis. Los nazis, respaldados por el Vaticano, usaban la misma táctica que Mussolini. Alemania se convirtió en el segundo frente jesuita. El símbolo de esta nueva inquisición era la esvástica, un antiguo símbolo ocultista. El Vaticano eligió a Hitler para sus propósitos de triunfo. Él y todos sus asociados tenían al menos una cosa en común: eran católico romanos.

Pío XI respaldando a Hitler

Cuando se supo que Pío XI daba su respaldo a Hitler, el voto católico romano puso a éste en el poder. Era el año 1933. Este mismo año, contempló la firma del Concordato entre Alemania y el Vaticano.

Dicho acuerdo lo firmó el cardenal Pacelli, quien más tarde llegó a ser el Papa Pío XII (1939-1958). En ese mismo año, Pacelli era el Secretario de Estado del Vaticano. La otra parte, la alemana, era representada por Franz Von Papen, siniestro nazi y devoto católico romano, diplomático de Hitler. Éste, no tuvo ningún inconveniente en declarar: “El Tercer Reich es el primer poder que no sólo reconoce, sino que pone en práctica los altos principios del Papado” (Der Voelkischer Beobachter, 14 de enero de 1934).

En esa misma reunión estuvo también el entonces poco conocido prelado del Vaticano, Montini, que llegaría a ser el papa Pablo VI.

“Foto de la firma del Concordato entre el Vaticano y la Alemania nazi”

“Foto de la firma del Concordato entre el Vaticano y la Alemania nazi”

El Vaticano sabía acerca de la intención de Hitler de exterminar a los judíos antes de firmar ese Concordato. Esto es así, porque por otras muchas razones, Hitler el uno de abril de 1933, unos cuatro meses antes de la firma del tratado en cuestión, comenzó su programa sistemático con un boicot contra los judíos, justificándolo con estas siguientes palabras:

“Creo que hoy estoy actuando al unísono con la intención del Creador Todopoderoso. Al pelear contra los judíos, hago batalla por el Señor”.

Ese pensamiento diabólico era bien conocido por el Vaticano, y nunca lo desaprobó. Todas las ideas de Hitler fueron expuestas en su libro, recordemos, escrito por un jesuita, “Mein Kampf”.

Muchos de los 30 millones de católico romanos alemanes lo habían leído, así como la jerarquía romana; ¿alguien se opuso? Nadie. Más aún, conociendo de antemano las ideas racistas, antisemitas y destructivas de Hitler, expresadas con nitidez en su libro “Mein Kampf”, el Papa Pío XI, dirigiéndose al Vicecanciller Fritz Von Papen, le expresó cuán contento estaba de que el gobierno alemán tuviera como líder a un hombre como ése, refiriéndose a Hitler (Franz Von Papen, Memoirs, pág. 279, Londres, 1952).

El obispo Berning publicó un libro recalcando el vínculo entre el catolicismo romano y el patriotismo, y le envió una copia a Hitler “como muestra de mi devoción” - escribió. Diversas personalidades de la jerarquía romana alabaron a Hitler y sus doctrinas.

Monseñor Hartz dijo de él que había salvado Alemania de la ponzoña del liberalismo y del comunismo. Taeschner, publicista católico romano, dijo de él que había sido enviado por la Providencia a fin de lograr la realización de las ideas social católicas (Guenter Lewy, The Catholic Church and Nazi Germany – McGraw-Hill, 1964, pág. 160, 161).

El obispo Vogt de Aachen prometió a Hitler que “la diócesis y el obispado participarían encantados en la construcción del nuevo Reich (reino)”.

El cardenal Faulhaber, en una nota manuscrita a Hitler, expresó el deseo “que viene del fondo de nuestro corazón: que Dios guarde al canciller del Reich para nuestro pueblo”.

Una foto apareció en un diario mostrando al vicario general Steinmann a la cabeza de organizaciones de la juventud católica en un desfile que pasaba frente a Hitler y contestando al saludo del Fuehrer con el brazo levantado. Steinmann declaró que “los católicos alemanes por cierto consideraban al gobierno de Adolfo Hitler como la autoridad dada por Dios, y que algún día el mundo reconocería con gratitud que Alemania erigió un baluarte contra el bolchevismo”.

La mayoría de los católicos de Alemania estaban eufóricos después de que se firmara el Concordato de 1933 entre Hitler y el Vaticano. A los jóvenes católicos se les instó a que levantaran el brazo derecho en un saludo, y que desplegaran la bandera con la ocultista svástica.

El entonces joven Ratzinger, actual papa romano, fue uno de ellos. Las organizaciones de la juventud católica, exigían la estrecha y total colaboración entre el estado totalitario y la iglesia totalitaria. Todos los obispos alemanes juntos prometieron su fidelidad al nacional-catolicismo de Hitler.

El obispo Bornewasser, en una reunión de la Juventud Católica en Tréveris, declaró: “Con cabeza levantada y paso firme hemos entrado al nuevo Reich y estamos dispuestos a servirle con todo el poder de nuestro cuerpo y alma” (Guenter Lewy, The Catholic Church and Nazi Germany – McGraw-Hill, 1964, págs. 100, 106).

Se celebraban múltiples misas para bendecir al partido nazi y a su Führer. Hay fotos que atestiguan este hecho, como la celebrada en Munich en 1937.

“El joven Ratzinger, actual papa romano, perteneciente a las juventudes hitlerianas”

“El joven Ratzinger, actual papa romano, perteneciente a las juventudes hitlerianas”

“Concubinato entre lo nazi y lo católico romano”

Concubinato entre lo nazi y lo católico romano”

“Concubinato entre lo nazi y lo católico romano”

Entre otros, el vicario general Steinmann junto a dirigentes nazis levantando el brazo en alto”

“Más prelados católico romanos saludando a lo nazi”

“Más prelados católico romanos saludando a lo nazi”

Siempre la institución católico romana, como mujer ramera que es, ha anhelado estar al cubierto del poder civil y militar para realmente ser ella misma y sentirse “realizada”. Hitler fue su paladín, su héroe por poco tiempo. Estoy especialmente persuadido de que Hitler es un tipo clarísimo de la Bestia Anticristo (Ap. 13) que está por levantarse en el mundo como “rey del mundo”, y que en ese momento cuando vaya a levantarse, la mayoría de las gentes de ese tiempo que viene verán en él lo que los alemanes católicos vieron en Hitler en un principio.

España (Franco), el tercer frente Jesuita

Como hemos venido diciendo, los Jesuitas iban perfilando una estrategia político-militar encabezada por tres frentes. Vimos el primer frente, el italiano con Benito Mussolini; el segundo el alemán, con Adolf Hitler, y ahora veremos el tercero de ellos. España, con Francisco Franco al frente, se convirtió en el tercer frente de los Jesuitas.

Previamente, cuando el tiempo de la república, tres presidentes, a saber, Niceto Alcalá Zamora. Manuel Azaña, y Juan Negrín, educados en instituciones de los Jesuitas, conociendo su talante, habían pedido que fueran aprobadas cinco leyes con el fin de impedir la ingerencia del Vaticano en la República Española.

En esos días, se descubrieron restos de cuerpos de bebés en los sótanos y pasadizos subterráneos de ciertos conventos; unos para curas y otros para monjas que se enlazaban bajo tierra a través de diferentes pasillos. Esos bebés fueron el fruto de ocultas relaciones sexuales entre el clero conventual, y para que no trascendiera el asunto a la opinión pública y caer así en desmerecimiento y descrédito, cruelmente los mataron y los depositaron allí. Eran decenas los que se encontraron.

Eso produjo un enorme sentido de indignación, que catapultó la implementación de esas leyes comentadas. El asunto trataría de lo siguiente: 1. Todas las iglesias católico romanas debían ser nacionalizadas; 2. Todas deberían pagar impuestos; 3. No más escuelas en manos de sacerdotes católicos; 3. Todas las escuelas, conventos y monasterios habrían de estar bajo el control del gobierno español; 5. Reconocimiento de la religión protestante. Evidentemente todo esto encendió la ira de la Sociedad Jesuita.

La Guerra Civil Española, breve atisbo

La Guerra Civil Española fue provocada por el levantamiento de Franco y sus generales, auspiciados por el Vaticano. Debido a que un puñado de comunistas respaldaban la República, le hicieron creer al mundo que era una revolución anticomunista.

Gracias al control de la prensa por parte del Vaticano, la verdad fue encubierta. El papa contrató a varias divisiones de mercenarios musulmanes para pelear bajo el general Francisco Franco. El papa excomulgó a los cabecillas de la República y declaró la “guerra santa” entre la Santa Sede y Madrid. Este general, que se hacía llamar el Generalísimo y andaba “bajo palio” como si fuera un cardenal, se convirtió durante cuarenta años en un dictador católico-romano que ayudó a implantar el llamado nacional-catolicismo en España. El 3 de agosto de 1937, el Vaticano reconoció al gobierno de Franco, ¡veinte meses antes de que la guerra civil terminara!

Aparentemente los jesuitas tuvieron éxito en los tres frentes. Los dictadores Hitler, Mussolini y Franco fueron llamados “defensores de la fe”. Pronto volvería a correr la sangre en una nueva guerra mundial. En todo ese proceso, el papa de turno sería consciente de su papel, aún negándolo a la vista de todos.

(Continuará)

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España. 2009

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