HISTORIA DE LOS PAPAS DE ROMA: LA SIMIENTE DEL FALSO PROFETA

 (IX)

Extraído del libro Luz o Tinieblas

Índice del Tema 

El Renacimiento / Los papas del tiempo de Martín Lutero

El papado se había impuesto sobre el conciliarismo, es decir, sobre el consejo de los cardenales, y esto se consolidaría del todo mucho más tarde, en el Concilio Vaticano I, en el año 1870.  Ahora los papas estaban muy pendientes de sus territorios y posesiones, en definitiva, de su patrimonio. El papa era un príncipe político y militar poderoso, por encima de los múltiples príncipes que reinaban en régimen feudal por toda Europa.

La oscura Edad Media se terminaba, y empezaba la llamada Edad Moderna, y con ella un nuevo movimiento, el Renacimiento. El gusto por la cultura clásica griega y romana surgía por doquier, y con éste, el estudio de los antiguos manuscritos. De ese trabajo erudito, salieron a la luz muchas realidades; entre ellas las que descubrió Valla.

Papas de Roma IX

 

1. Lorenzo Valla y las falsas “Donaciones del emperador Constantino”

El humanista italiano Lorenzo Valla (1407-1457), publicó hacia el año 1440 una investigación sobre la célebre “Donación de Constantino”, donde demostró su falsedad. Desgraciadamente, llegó demasiado tarde, ya que el propósito del antiguo ardid constantiniano hacía ya siglos que se había logrado; sin embargo, esto no gustó nada a los pontífices.

Respecto a este asunto, comenta la enciclopedia católica: “Lorenzo Valla...en su obra más famosa “De falso credita et ementita Constantini donatione declamatio” probó la falsedad de una supuesta “Donación de Constantino” por la cual se concediera dominio temporal al papado...”.

Curiosamente, la enciclopedia católica en cuestión, parece no estar muy segura de la propia existencia de la “Donación Constantiniana” diciendo que es supuesta. Intentar desacreditar la historia es mentir; es falsear para esconder realidades que no interesan que salgan a la luz. Tal y como las falsas “Donaciones de Constantino” son reales, también es real el uso que Roma ha hecho de las mismas para sus fines. De hecho, es por esas falsas decretales que el Vaticano es lo que es. Negar las mismas, es negar la razón de la existencia del mismo pontífice romano y de su “santa sede”.

"Lorenzo Valla"

“Lorenzo Valla”

2. Las familias patricias romanas y los papas

Las rivalidades entre las familias patricias romanas seguían sin cesar. Otra vez, los Colonna y los Orsini disputaban entre sí, todos ellos presentando sus cardenales. Por otro lado, curiosamente muchos de ellos eran sobrinos de otros papas anteriores, y demostraron ser personas sin escrúpulos, impías en la práctica. Muchos de esos “sobrinos” eran hijos ilegítimos.

Con que la pugna era tan igualada, ninguno de ellos salió propuesto, por ello, al final eligieron al primero de la triste saga de los Borgia: Alonso de Borgia, nacido en Játiva (España), que tomó el nombre de CALIXTO III (1455-1458).

Desde el principio de su reinado, el papa Calixto se enzarzó en la cruzada contra los turcos. Gabrielle da Verona, contemporáneo suyo, afirmó que “no piensa ni habla sino de la cruzada. Los demás asuntos los despacha con una palabra, pero los problemas de la guerra los trata y discute de continuo”.

No obstante, sí tuvo tiempo para descaradamente favorecer al máximo a sus sobrinos. A Pedro Luis le nombró señor de Civitavecchia, gobernador del Patrimonio de san Pedro, Generalísimo de la Santa Iglesia y Prefecto de Roma, y además le donó el ducado de Espoleto. A otros dos los hizo cardenales y les colmó de prebendas y beneficios; uno de ellos era el tristemente célebre Rodrigo de Borgia. Los romanos veían con rabia como los puestos vacantes en la curia los iban ocupando los “catalanes”, como así llamaban a todos aquellos familiares y amigos de familiares que llegaban a Roma desde la Península Ibérica. Nepotismo entre italianos aún, pero nepotismo entre extranjeros, ¡nunca! Octogenario que era, pronto dejó esta vida, y le sucedió Pío II.

Nepotismo, simonía, fornicación…

PÍO II (1458-1464). De familia italiana, su nepotismo molestó menos. Favoreció a su ciudad natal de Corsignano y dejó bien colocados a varios de sus sobrinos, uno de los cuales sería luego Pío III. En el año 1446 se hizo clérigo en Viena, y se declaró furibundo enemigo del papado. Siendo cardenal, vivía pecaminosamente, llegando a tener varios hijos ilegítimos, uno de los cuales, de madre inglesa, pretendió que le adoptara; tal solicitud la envió por carta, y ésta todavía se conserva. Dice Halley, “Hablaba en público sobre métodos que usaba para seducir a las mujeres, aconsejaba a los jóvenes y hasta ofrecía instruirlos en métodos de autoindulgencias” (Halley, p.779). Paradójicamente, el que aborrecía el papado, aceptó el solio pontificio cuando se le ofreció.

"Busto del neopotista y don juan Pío II"

“Busto del nepotista y don juan Pío II”

Le siguió PAULO II (1464-1471). Este papa mantenía una casa llena de concubinas. Fue también otro de esos cardenales-sobrinos. Su tío, el papa Eugenio IV, le hizo abrazar la carrera sacerdotal con el resultado previsto. Trató de ganarse al pueblo a base de regalos y de aumentar las fiestas de carnaval. De la época de Paulo II, data el resurgimiento del carnaval romano. Stefano Infesura, en su “Cartas”, escribió: “Dicho papa Paulo, al principio de su pontificado y deseoso de congraciarse con los romanos, amplió la fiesta del Carnaval e hizo que al lunes antes del Carnaval hubiera una carrera de muchachos y el martes otra de judíos, y el miércoles otra de viejos...en estas cosas él encontraba gusto y placer”. Con todo ello el papa pretendía, entre otras cosas, distraer al pueblo de las ideas renacentistas que empezaban a surgir. Ya se sabía entonces: “Pueblo que se divierte, no conspira”. Este papa réprobo aprobó el Rosario de la Virgen y el origen del término.

“Medalla del nepotista, fornicario y carnavalesco Paulo II”

“Medalla del nepotista, fornicario y carnavalesco Paulo II”

Vino después SIXTO IV (1471-1484). Había sido general de la orden franciscana pero cuando subió al solio papal se olvidó pronto de las enseñanzas de s. Francisco. Dice el comentarista católico Gelmi: “...sonó para sus numerosos parientes la hora de la prosperidad...”.

Tuvo dos hijos ilegítimos de su manceba Teresa a los cuales hizo cardenales (Anual histórico de la Iglesia universal, Vol. 2, p. 905). Hizo cardenales a ocho de sus sobrinos, aunque algunos de ellos eran todavía niños. Dacio comenta: “La Iglesia (de Roma) había llegado al fondo de la humillación. Nunca el nepotismo, la simonía y la pequeña política materialista e ineficaz habían dominado el Vaticano como durante el pontificado de Sixto IV”.

Agrippa, contemporáneo suyo, entre otros, acusaban a ese papa de regentar un verdadero burdel en la corte papal y de proteger la homosexualidad. Dice la enciclopedia católica: “Practicó el nepotismo. Fue acusado de connivencia en el asesinato de uno de los jefes de la familia Médici”, por esa acusación declaró la guerra contra Florencia, la cual duró dos años, ¡bonita manera de poner la otra mejilla! Este hombre corrupto es el artífice del nombramiento del tristemente célebre cardenal Torquemada como inquisidor general de España.

Este papa réprobo declaró en el 1476 la fiesta de la Concepción de María y un año más tarde, declaró las indulgencias por las almas del purgatorio. Este fue otro de esos, e innumerables, papas infalibles.

El inquisidor Inocencio VIII

El papa INOCENCIO VIII (1484-1492) le siguió en el solio. El comentarista de nombre Pastor, recibiendo de primera mano la información de Giovanni Bucardo, cardenal-maestro de ceremonias que asistió al cónclave que eligió al nuevo papa, escribió en su “Historia del Papado” vol. III, nota 4: “ya no hay casi ni sombra de duda de que Inocencio VIII vino a ser papa por simonía”; en otras palabras, comprando el cargo. Está demostrado que la noche anterior a la elección, el futuro papa firmó muchas prerrogativas y dádivas que debía hacer efectivas una vez designado (¿sucesión apostólica?). El cardenal Giuliano della Rovere fue el artífice principal de su ascenso al papado, quedando Inocencio al servicio de él.

“Cardenal Giuliano della Rovere"

“Cardenal Giuliano della Rovere, que fuera más tarde papa, coronado con su mismo nombre: JULIO II (1503-1513), llamado “El general Juliano el Terrible”.

Este papa, Inocencio, tuvo dieciséis hijos de varias mujeres. ¡No negó que fueran sus hijos engendrados en el mismo Vaticano! (Historia de la Reforma, p. 11).

Como muchos otros papas, multiplicó los oficios clericales y los vendió por vastas sumas de dinero (simonía). Este papa disoluto, en su bula de 1484 “Summis desiderantes affectibus”, declaró dogmáticamente las siguientes aberraciones, fruto de una mente sucia y retorcida: “Los hombres y las mujeres que se descarrían de la fe católica y romana, se han abandonado a sí mismos a los demonios, íncubos y súbcubos (demonios sexuales, macho y hembra), y por encantamientos, conjuros, y hechicería...han matado niños, incluso en el vientre de sus madres, así como la multiplicación de sus rebaños, han destruido el producto de la tierra...” (de Rosa, op.cit.,pp.182-183).

Todos estos comentarios estaban contenidos en su bula “Summis desiderantis” con la cual otorgaba amplios poderes a quienes persiguieran a las brujas. Por ello, en 1489 dos dominicos publican basándose en esa bula papal el llamado “Malleus Maleficorum” (Martillo de brujas). Ese libro se convirtió en el manual que llevó a la muerte a un millón de mujeres, brujas o no, hasta el siglo XVIII. Los inquisidores bajo el papa, habían determinado que era mejor que cien personas inocentes murieran que un solo hereje quedara en libertad. Esta horrenda doctrina se mantuvo en vigor durante los reinados de todos los papas de los tres siglos siguientes.

Hablando sobre indulgencias, Inocencio VIII, otorgó una de veinte años llamada “Butterbriefe”. Consistía en lo siguiente, por cierta suma de dinero, uno podía comprar el privilegio de comer sus platos favoritos durante cuaresma y otros días de ayuno. Como dice Hunt: “Era una forma de acreditarse el ayuno mientras se daba rienda suelta a los deseos de comer los alimentos más exquisitos”.

Este papa réprobo, atacó con ira asesina a los Valdenses franceses “por atreverse a mantener su propia religión en preferencia a la de Roma”, dijo (Muston, History of the Waldenses, tomo I, p. 31). En el año 1487, Inocencio, emulando a su antecesor Inocencio III, organizó una cruzada contra ellos en la que prometió “la remisión de todos los pecados para todos los que mataran a un hereje” (Ibid). Ordenó, a su vez, la expulsión de cualquier obispo que descuidara purgar su diócesis de herejes.

Muy confundido estaba este papa matando a herejes que en realidad eran verdaderos cristianos. En este punto se cumplió lo que vio con antelación el apóstol Juan: “Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús; y cuando la vi, quedé asombrado con gran asombro” (Apocalipsis 17: 6). ¡El papa en el nombre de Cristo matando cristianos!, por eso se asombraba el apóstol Juan. Esa mujer no es sino la Roma eclesial; la gran ramera.

En Roma, tanto el papa como sus cardenales, entre ellos, Rodrigo Borgia, el futuro papa Alejandro IV, rivalizaban todos en fastuosidades, celebraciones y boatos injustificados. El mismo papa junto con Borgia eran los principales inductores de esa época de relajamiento. Inocencio VIII, no tuvo ningún reparo en arreglar y acudir en persona a la boda de uno de sus hijos naturales que había reconocido, Franceschetto, que se casó con Maddalena hija de Lorenzo de Médicis. Este Franceschetto, hijo del papa, se hizo rico con la venta de cargos y perdones, en colaboración con el que sería siguiente papa, Rodrigo de Borgia.

La ceremonia se celebró el 13 de noviembre de 1487, y el papa regaló a los contrayentes joyas por valor de diez mil ducados. En todo este ambiente de corruptela e inmoralidad estaban prácticamente todos los cardenales de la época; todos tenían su propia corte, su propio palacio, sus propias fiestas. Cuando llegó la noticia de la toma de Granada el 2 de enero de 1492, esto sirvió de excusa para celebrar fiestas sin fin.

Entre otros muchos actos, Inocencio VIII, nombró cardenal a un hijo de Lorenzo de Médecis, Giovanni, cuando sólo tenía trece años, así quería compensar el ultraje al casarse Franceschetto con la hija de aquél. Este Giovanni, acabó siendo papa.

El 25 de julio de 1492, después de la resaca de las fiestas sin fin conmemorando la toma de Granada, moría Inocencio VIII, dejando tras de sí una estela de corrupción en la corte papal.

3. Rodrigo Borgia: Alejandro VI

Capítulo aparte merece Alejandro VI, no por bueno, sino por todo lo contrario. Rodrigo Borgia, español de Játiva (Valencia), ascendió al solio romano con el nombre de ALEJANDRO VI (1492-1503). Dice la enciclopedia católica, que fue nombrado “cardenal a los veinticinco años de edad por su tío Calixto III, ocupó los obispados de Valencia (1458), Oporto y Cartagena. Tuvo cuatro hijos y una hija, Lucrecia. Entre los primeros se distinguió César, a quien adjudicó la Romagna con el título de Duque. Elegido papa en 1492. Condenó a Savoranola a ser quemado vivo por hereje...”.

Con el paso del tiempo, muchos doctores  de la iglesia de Roma han estado al lado de Savoranola: desde Felipe Neri hasta Catalina de Rici, desde los papas Paulo III a Clemente VIII. Este hombre, Alejandro VI, que se atrevió a condenar a la hoguera a alguien como Savoranola, no era más que un pagano y un pervertido: Dice Godefroi Kurth en su obra “L’Eglise”: “El papa Alejandro VI es la encarnación más siniestra del paganismo bajo la tiara; sereno y sonriente en medio del fango de los vicios, exhibe con pasmosa inconsciencia el espectáculo de sus torpezas y hasta en los hielos de su vejez prolonga, a los ojos del universo estupefacto, el carnaval de una existencia falta en absoluto de sentido moral”.

Rodrigo Borgia, alias Alejandro VI, ganó su elección al papado por medio de chantajes con los cardenales, obsequios, beneficios etc., práctica común en aquellos días (¿sucesión apostólica?). Gelmi, historiador católico romano dice:

“Aunque ya desde antiguo era costumbre hacer regalos importantes a los electores después de realizada la elección papal, parece que en la segunda mitad del siglo XV fue también habitual antes de la elección hacer parecidos obsequios en dinero, prebendas y beneficios para ganarse los votos. En el caso de Alejandro VI, está fuera de duda que alcanzó la tiara mediante intrigas y manejos infames”(¿Sucesión apostólica?).

Hecho cardenal por su tío el papa Calixto III, aprovechando su cargo de vicecanciller acumuló tantas riquezas, que sólo el cardenal francés d’Estouteville, atesoraba una fortuna mayor que la suya. Hombre de vida escandalosa, Pío II le llamó la atención porque daba demasiado que hablar con sus orgías. Que se sepa por lo menos tenía ya tres hijos: Pedro, Jerónima e Isabella con mujeres cuyos nombres desconocemos antes de iniciar su relación con Vanozza del Catanei, una mujer casada, todo eso siendo cardenal y arzobispo. De esa relación adúltera y fornicaria le nacieron hijos, de los cuales reconoció a: Juan, César, Lucrecia y Joffré. A César Borgia le iniciaron en la carrera religiosa muy temprano, a la edad de cuatro años. El entonces papa Sixto IV, corruptamente le dispensó del impedimento canónico que tenía por haber nacido de un cardenal (Rodrigo) y de una mujer casada (Vanozza).

Durante los veinte años que duró su relación sexual con la señora Vanozza, el papa, le proporcionó dos maridos de tapadera, y un tercer marido cuando rompió con ella. De esa relación adúltera y fornicaria e infame nacieron varios hijos.

Después con la hija de Vanozza, Rosa, tuvo cinco hijos. Vivió en incesto público con sus dos hermanas y con su propia hija, y era el padre y amante de su hija Lucrecia, de quien parece ser tuvo un hijo.

“Papa Alejandro VI, su hija Lucrecia, y su hijo César”

“Papa Alejandro VI, su hija Lucrecia, y su hijo César”

Fue hecho papa mientras tenía otra amante, Julia de Farnesio, a la cual le proporcionó un marido-tapadera. Los romanos la llamaban con el blasfemo nombre de la “novia de cristo”, y en los documentos oficiales, aparecía como “la concubina del papa”.

Cuando Rodrigo ascendió al trono pontificio, nombró al hermano de Julia, Alejandro Farnesio, cardenal; se le conoció como el “Cardenal Faldero”, con el tiempo llegaría a ser papa. También en el día de su coronación nombró a su hijo César, de hábitos viles, que contaba diecisiete años de edad, cardenal y arzobispo de Valencia. La coronación del papa fue fastuosa, pero pronto Alejandro VI, se ganó la antipatía y el aborrecimiento de sus contemporáneos que observaron en él, maldad y corrupción.

El veneno la “cantarella”, y la partición del mundo

Al papa, y a todo su clan, los Borgia, les enfurecía que les trataran de arrebatar títulos, tierras y poder; por ello no dudaban en matar, abierta o secretamente, para ello utilizaban un tipo de veneno, llamado la “cantarella”, mezcla de orines y arsénico. Pero esto del envenenamiento no era exclusivo de los Borgia, también era practicado por el resto de los príncipes italianos de su tiempo. Los envenenadores más famosos que existieron se hallan entre los papas.

El año 1493 Alejandro VI, al año de su pontificado dividió el Nuevo Mundo en dos partes, una española y otra portuguesa, todo ello en virtud de la falsa “Donación Constantiniana”. A cambio, ambas coronas se comprometieron a convertir al catolicismo romano a todos los pueblos “descubiertos”.

Como resultado de la conquista quedó muy robustecido el papado en cuanto a riquezas y poder, fruto del robo y expolio de los conquistadores. Como el romano pontífice es el dueño de todo lo creado por ser el vicario de Cristo, por todo ello, el papa Alejandro VI (1492-1503), reclamó que todas las tierras por descubrir pertenecían a él, para que él dispusiera de ellas a su placer y antojo, en el “nombre de Cristo”, como vicario suyo.

Cuando España y Portugal se esforzaron en el descubrimiento de las nuevas tierras en el Nuevo Mundo, tanto el rey Juan II de Portugal, como sus homólogos españoles, Fernando e Isabel, creyeron que de parte del papa en cuestión les correspondían esas tierras. Se creó la disputa, y el papa Alejandro, declarando que el mundo le pertenecía,  hizo lo siguiente. Trazó una línea de norte a sur a lo largo del Mapa Mundi de aquellos días, dando todo lo del este a Portugal, y lo del oeste a España. Así pues, el papa decretó que África sería de Portugal y las Américas de España. Sólo había una condición, que todos los indígenas de esas tierras, tanto de un lado como del otro fueran convertidas al catolicismo romano.

Como “Dios en la Tierra”, a Alejandro VI no le importaba pactar con quien fuera; para defenderse de sus enemigos “cristianos”, entre ellos Carlos VIII; no dudó para ello en pedir ayuda al turco, enemigo de la “cristiandad”; para ello negoció con el sultán Bajacet II.

Matrimonios de conveniencia con los hijos del papa

El papa Alejandro utilizó los diferentes matrimonios de su hija Lucrecia para sus fines particulares; usó también a su hijo César para su política; ésta era: Hacerse con las riendas del poder, convirtiendo el papado en un principado para los Borgia y acabar de este modo dominando toda Italia.

Casó el papa a su hija Lucrecia en primeras nupcias en el Vaticano con Giovanni Sforza, señor de Pésaro. El Papa, y papá de Lucrecia, declaró al poco nulo ese matrimonio, y Sforza, despechado, acusó al papa Alejandro de querer apartarle a su hija porque la quería para él. Sforza acabó asesinado por orden de Alejandro VI.

En el 1498, el papa casó a su hija Lucrecia con el duque Alfonso de Bisceglie, sobrino del rey de Nápoles, el cual moriría a manos de César Borgia en el 1500 una vez su familia fuera expulsada del trono napolitano. Después la casó con el duque Alfonso de Este, señor de Ferrara. Todos estos eran matrimonios muy bien pensados para ganar poder para los Borgia. Además, Lucrecia tuvo su lugar en la corte del papa, su padre. Esto era algo inverosímil en otros tiempos, aun más, ¡cuando la propia Lucrecia representara al papa durante su ausencia!

Ese año 1500 fue declarado año de jubileo en Roma. Y con la complacencia de su padre, el papa, César Borgia lo aprovechó para recaudar dinero. Como no resultó suficiente, llevó a cabo una descarada venta de capelos cardenalicios.

El florentino Guicciardini, hombre moderado, vio en el papa Alejandro VI “un hombre de vida disoluta, falta de vergüenza, insinceridad, desconocimiento de la fe y la religión, codicia, ambición y nepotismo sin escrúpulos”.

El propio Maquiavelo, el autor de “El Príncipe”, y de la tristemente famosa sentencia: “El fin justifica los medios”, decía: “Los italianos somos profundamente irreligiosos y depravados; somos irreligiosos porque la Iglesia (de Roma) da el ejemplo más funesto en la persona de sus ministros”.  Para muestra un botón: El 31 de octubre de 1501 el papa realizó una orgía sexual en el Vaticano que no ha tenido igual alguno en los anales históricos de la humanidad (Diarium, Vol. 3, p. 167).John Burchard, maestro de ceremonias, relata acerca de la orgía, que en ella participó toda la familia papal, con el papel destacado de Lucrecia, cincuenta prostitutas bailando desnudas y premios y apuestas a la virilidad de los altos dignatarios asistentes.

Este “vicario” de Cristo, murió en el caluroso verano del año 1503. Parece ser que murió abatido por su propio veneno por culpa de una desafortunada confusión de copas. Su cadáver se hinchó grotescamente, y ni siquiera había allí un sacerdote que lo velara.

Sobre su muerte, escribió Guicciardini: “Así murió el papa Alejandro VI, en la cumbre de la gloria y prosperidad...Así como, en realidad, su acceso al papado fue indigno y vergonzoso - pues compró con oro tal cargo -, igualmente su gobierno estuvo de acuerdo con tal vil fundación. En él se dieron, y en gran medida, todos los vicios de la carne y el espíritu. No hubo en él religión ni honor a la palabra dada. Lo prometía todo liberalmente, pero no se sentía obligado a nada que no fuese útil para sí mismo. No le preocupaba la justicia, puesto que en sus días Roma fue un antro de ladrones y asesinos. Su ambición no tenía límites y crecía en la misma medida que crecían sus Estados. A pesar de eso, sus pecados no encontraron castigo en este mundo, y gozó de mucha prosperidad hasta el fin de sus días”... Este, querido lector, fue otro de esos papas infalibles, elegidos mediante “sucesión apostólica”.

Le siguió en el solio, PÍO III (1503), que murió al mes de ser elegido. Con todo ello, los cardenales estaban contentos, ya que se sabe que fue una elección que esperaban fuera provisional dado el desacuerdo del cónclave formado por cardenales franceses, italianos y españoles, otra vez, “¿sucesión apostólica?”.

4. El papa Julio II, el general Juliano el Terrible

Sólo ese corto tiempo bastó para que el italiano Giuliano della Rovere, el cardenal que había tenido en aquel Inocencio VIII una especie de hombre de paja y que había sido sobrino de otro papa, Sixto IV, reuniera en el Vaticano el 20 de octubre de 1503 a todos los cardenales españoles y a César Borgia.

Este Giuliano, viendo que todos los cardenales españoles estaban bajo César, hijo del papa Borgia, le ofreció el puesto de general de los ejércitos de la Iglesia si salía elegido papa “¿sucesión apostólica?”. Este accedió.

La inmensa mayoría del resto de los cardenales del cónclave también decidieron elegirle tras recibir del ya prácticamente papa las consabidas prebendas, dineros y beneficios. Por todo ello, puede afirmarse que Giuliano della Rovere entró en el cónclave siendo ya papa “¿sucesión apostólica?”.

Fue coronado al día siguiente con su mismo nombre: JULIO II (1503-1513), llamado “El general Juliano el Terrible”. El nombre de Julio lo preservó como émulo de Julio César.  Dave Hunt le describe así: “El papa Julio II era un sifilítico, mujeriego infame, padre de una cantidad de bastardos. Llegó al papado mediante soborno: Durante los días de cuaresma, cuando los buenos católicos estaban en una dieta estricta, se hartaba con las comidas más deliciosas” (A Woman Rides the Beast, p. 162).

Se constituyó enemigo de los que él llamaba “bárbaros”, refiriéndose a todos aquellos españoles o “catalanes” que llegaron a Italia con aquel Alonso de Borgia, que llegara a ser el papa Calixto III. En otras palabras, quería deshacerse, cegado por un espíritu nacionalista enfermizo, de toda la casa de los Borgia.

Su amor por la guerra fue de tal magnitud, que sus contemporáneos afirmaban que había arrojado al Tíber las llaves de san Pedro, para poder empuñar mejor la espada. Así que todo su “pontificado” se lo pasó guerreando a diestra y a siniestra, ocupado totalmente en el “poder temporal”.  A menudo este papa, iba vestido con su armadura, guiando a su propio ejército con el fin de conquistar ciudades y territorios buscando con ello la expansión de los estados papales. Añade Hunt al respecto: “¿Cómo es posible que fuese el “vicario” de Cristo que dijo que Su reino no era de este mundo y que, por tanto, sus siervos no tenían que pelear? Decir que lo era sería burlarse de Cristo y de Sus enseñanzas” (Ibid). Efectivamente, todo eso era, más que una burla, una cruel blasfemia.

De todas sus “hazañas” guerreras que realizó no nos vamos a ocupar aquí, para eso están los libros de historia secular, baste sólo añadir el mordaz, pero curioso comentario que el autor teatral Jean Lemaire le dedicó y que circuló por toda Francia, a sabiendas del rey de ese país, enemigo suyo: “...del presente papa que, con aire marcial y tieso en su coraza, no quiere dejar de guerrear, por más que ello le cuadra tanto como el baile a un fraile calzado. A pesar de todo, no engendrará el aborto de un nuevo mundo, como él se imagina, porque los puercos se cebarán siempre con bellotas, las encinas dejarán caer a su tiempo las hojas y la leña servirá para el menester a que está destinada”.

5. La Capilla Sixtina y la Basílica de San Pedro

En el año 1506, se colocó la primera piedra de la Basílica de s. Pedro. Antes, la magnífica Capilla Sixtina se edificó y tomó su nombre en memoria y homenaje al papa Sixto IV (1471-1484). Así como la Basílica de san Pedro del Vaticano fue comisionada por Julio II con el dinero que papas como Sixto habían levantado con las indulgencias y él mismo con el botín de sus guerras, la Capilla Sixtina se levantó, además de con el dinero de las indulgencias y tantas otras triquiñuelas blasfemas, con los impuestos que el papa Sixto cobraba al concubinato de su clero: “(Sixto IV) acumuló más riquezas cobrando un impuesto a las concubinas mantenidas por los sacerdotes” (Hunt, A Woman Rides the Beast, p. 174), aunque él nunca pagara ni un solo impuesto por sus concubinas personales.

Pero no solamente cobraba a las prostitutas de sus sacerdotes y cardenales, también cobró impuestos anuales por cada prostíbulo de Roma. ¿Podrá Dios bendecir esos edificios profanos y corruptos? Poco sabe el público en general, y menos aún el católico romano de a pie de estas cosas.

"Basílica de San Pedro" "Capilla Sixtina"

“Tanto la Basílica de s. Pedro del Vaticano como la Capilla Sixtina, fueron levantadas con el dinero de las indulgencias, botín de guerras, impuestos por el concubinato del clero, impuestos por cada prostíbulo de Roma…poco saben muchos católicos de todo esto”

El papa guerrero Julio II artífice primero del levantamiento de la Basílica vaticana compró por una fortuna su solio, y ni siquiera pretendió ser religioso, y mucho menos cristiano. Engendró una cantidad de hijos bastardos de sus relaciones fornicarias, con las cuales contrajo la sífilis, hasta tal punto, que hubo un momento en su triste vida que se halló tan carcomido por esa enfermedad venérea que no podía exponer su pie para que lo besaran.

Quien mal anda, mal acaba.

Los papas del tiempo de Martín Lutero

El primero de esos tres papas fue LEÓN X (1513-1521). Fue hijo de Lorenzo de Médicis, el poderoso de aquel tiempo. Fíjese que carrera llevaba: Fue tonsurado (*) a los siete años, nombrado abad a los ocho y cardenal a los trece. De hecho, fue elegido para ¡veintisiete cargos clericales antes de tener trece años!

(*) La tonsura es la calva que se les aplica a los clérigos romanos, arriba y atrás en la cabeza. Costumbre esta completamente pagana.

Cuando cumplió los treinta y siete años fue hecho papa, y con todo lo que ya sabía del asunto eclesiástico pudo decir satisfecho: “Disfrutemos del papado, pues Dios nos lo ha dado”. ¡Y lo hizo!, aunque Dios nada tuvo que ver con eso. La procesión del Vaticano al palacio Laterano tras su coronación como papa, superó incluso los fastos de la de su antecesor Alejandro VI, el Borgia. Hombre extremadamente avaro, al tiempo que rendía culto al dinero, lo gastaba exorbitantemente. En el día de su toma de posesión, se gastó en ella la cantidad que correspondía a la séptima parte de lo que su antecesor Julio II amasó durante diez años. Era un papa que gastaba el dinero, derrochándolo. Tanto es así que dejó al estado pontificio casi en bancarrota.

Tampoco se quedaba corto en su culto al hedonismo, culto al placer sensual. Sus objetivos fueron mantener al Estado de la Iglesia romana alejados de las guerras (contrariamente a su antecesor inmediato), engrandecer a su familia y divertirse todo lo posible: “Disfrutemos del papado...”.

Escribió  Ferdinand Gregorovius: "En la época de León X, el paganismo parecía haberse despojado por entero de aquel ropaje cristiano bajo el cual había seguido viviendo siempre entre los latinos en el mundo de la fantasía, del sentimiento de las formas y del politeísmo. Un romano del tiempo de Cicerón no se habría sentido completamente extraño en la fiesta de cualquiera de aquellos santos de la iglesia del siglo XVI… los aires que soplaban en el Vaticano abonan la veracidad de estas y otras parecidas ironías sobre la "lucrativa fábula del cristianismo" puestas en boca de aquel papa y de sus amigos. "”

Por lo que venía siendo habitual, una cosa parecía ser común entre los papas de aquella época: la despreocupación de los asuntos religiosos en sí. Además de la simonía, el nepotismo a extremos insospechados fue la norma en su pontificado: Elevó al cardenalato a su primo Julio, hijo ilegítimo de su tío Juliano. Para nombrarlo cardenal se cometió el perjurio de declarar que sus padres estaban casados al concebirle.

Este laxo León X declaró que el quemar herejes era un mandato divino. Esta declaración dogmática era parte de su ministerio de infabilidad, por supuesto. La caza, los banquetes y todo lo que podía proporcionarle placer era su modus vivendi. En su corte habían más de setecientas personas. Esos ricos palacios y sus cortesanos vestidos de seda y oro, hacían recordar las palabras del propio Jesús de Nazaret: “He aquí, los que tienen vestidura preciosa y viven en deleites, en los palacios de los reyes están” (Lucas 7: 25). Aunque así se llamaban a sí mismos, siervos de Dios, esos cardenales, incluido su papa, no lo eran; sólo lo pretendían, engañando a un pueblo inculto y en gran parte supersticioso.

Nada les importaba a esos falsos seguidores de Cristo como estuvieran las gentes que constituían el pueblo llano. Se celebraban banquetes de un esplendor oriental; con manjares tan exóticos como platos de lenguas de loro traídos del África; peces vivos de Bizancio. Luego, las cortesanas alegraban la noche a los clérigos. Ese papa demostró verbalmente su ateísmo práctico diciendo en muchas de las múltiples orgías: “¡Qué provechosa nos ha sido esa fábula de Cristo a lo largo de los siglos!”. Ese, es uno de los papas infalibles que han sido declarados por Roma, Vicarios  de Cristo. Es decir, un Vicario de Cristo que dice que Cristo es una fábula; por lo tanto, con más razón, es una fábula también su Vicariato.

"El nefando papa León X"

“El nefando papa León X”

Martín Lutero

Mientras tanto, poco tiempo atrás, a un joven monje agustino alemán, le cayó en sus manos providencialmente una Biblia. Leyéndola con avidez se dio cuenta para su asombro y espanto de que poco tenía que ver la religión oficial con las palabras del Maestro de Nazaret. Diose cuenta, entre otras cosas, que la salvación es un don de Dios para aquél que está dispuesto a recibirlo por la fe, porque Cristo, ese Cristo despreciado por el mismo papa a quien decía representar en la Tierra, dio su vida en una Cruz llevando en ella todos los pecados de la humanidad, incluidos los suyos propios.

En 1517, el odiado por Roma, Martín Lutero, clavaba en la catedral de Wittenberg sus famosas 95 tesis, mayormente contra las indulgencias. Justamente era a causa del dinero que se quería pedir para la construcción de la nueva Basílica de San Pedro en Roma, que ya iniciara Julio II. El impío papa León X, a cambio de dinero para la basílica, “convencería” al Dios de los Cielos para que perdonara días en el “purgatorio” a los donantes. Se dispuso de un detallado libro de tarifas.

"Martín Lutero"

“El anatemizado por el romanismo, Martín Lutero. Gracias a Dios por él”

Taxa Camerae...

He aquí el detalle sobre ese libro: Se llamaba “Taxa Camerae seu Cancelleriae Apostolicae”. Entre los precios que el papa cobraba para dar cualquier clase de perdón están: Delito de impureza, 27 liras; adulterio, 87 liras; homicidio de un sacerdote, 27 con penitencia pública o 67 con penitencia privada; por matar un obispo, 131; por concubinato de un sacerdote, 21 liras (sólo); por una mujer que beba un brebaje para provocar un aborto, un ducado y seis carlines; por un matrimonio en primer grado de parentesco, 100 liras, o 300 si la penitencia es privada; por un soldado de la causa católica que no matara un hereje, 36 liras (*). Es curioso observar que, según estas valoraciones,  proporcionalmente, es más liviano matar a una persona, que cometer “un delito de impureza”.  

(*) Obsérvese que es pecado no matar a un hereje, por ejemplo, a un protestante o evangélico.

¿Pasaportes al paraíso?: Johannes Tetzel

En el territorio alemán de Branderburgo, comisionado por León X se encargó del cobro de las indulgencias el dominico Johannes Tetzel. El clérigo en cuestión, como un vendedor ambulante, de ciudad en ciudad, iba ofreciendo lo que él mismo llamaba “pasaportes para llevar el alma al Paraíso”, todo ello precedido de la correspondiente bula papal. El tráfico inmoral que se producía era enorme: Dinero contante y sonante por indulgencias escritas y detalladas. Lutero en sus célebres 95 tesis, sencillamente se hacía eco de muchas de las preguntas que se hacían los hombres honestos ¿Por qué el papa que nada en su propio dinero, no construye su propia basílica en vez de engañar con falsas promesas a sus fieles?

Gracias a Dios, Lutero contó con una fiel y naciente aliada: La imprenta de Gütenberg. Ese regalo de Dios le dio oportunidad de publicar cientos de miles de ejemplares de sus escritos. Al principio, el papa, envuelto en su propio mundo, ni se inmutaba por ese monje agustino ni por sus escritos.

León X tenía otros asuntos más importantes que abordar, por ejemplo el de su sobrino Lorenzo de Médicis, a quien quería darle el ducado de Urbino para que fuera el fundador de la casa ducal de la familia. Para ello, se lo arrebató a Franchesco María della Rovere, sobrino de Julio II, al que por supuesto, y cumpliendo con su obligación de papa, excomulgó, metiéndose en una guerra costosísima que minó las finanzas del Vaticano así como su prestigio. Añadido al asunto, cabe narrar la tortura que el papa prodigó al embajador Della Rovere, sin respetar su salvoconducto. Por todo ello, un grupo de cardenales planearon asesinar al papa, pero el complot fue descubierto a tiempo.

El cabecilla fue arrestado, y violando de nuevo su salvoconducto, fue torturado y ejecutado. El papa, pretendiendo justificarse, dijo: “No es necesario mantener la palabra dada a un envenenador”.  Los demás inculpados fueron despojados de sus cargos eclesiásticos y de sus fortunas; entre ellos estaba uno de los cardenales más poderosos del sacro colegio. Alguno se libró al pagar una alta suma, lo cual fue motivo de escándalo añadido.

Después de cobrarles sumas elevadísimas, León X nombró a una treintena de nuevos cardenales fieles a él. Mientras tanto León seguía derrochando intentando aplacar su insaciable hedonismo. Sin entender los motivos espirituales, como hombre extremadamente carnal que era, en 1520 emitió la bula con la que amenazaba con la excomunión a Lutero, calificando todo aquello de “riña monjil”. Lutero la quemó públicamente diciendo: “una vez que el obispo de Roma dejó de ser obispo para tornarse en tirano, me he hecho invulnerable a todos sus decretos”. Avisado de esto, y sin darle mayor importancia, León X le excomulgó al año siguiente.

León X, sencillamente no comprendía la importancia de los principios expuestos por Lutero, en gran parte, los mismos que expuso cien años atrás Huss, o en su día Wycleff, o por qué no decirlo, los mismos apóstoles de Cristo en sus epístolas. Todo eso era ajeno a su vida depravada y alejada de toda verdad divina. Poco después moría el papa León X, cuando Lutero, aún fugitivo, seguía esforzándose en defender según su luz de aquel momento, lo que comprendía de las enseñanzas de la Palabra de Dios, tan ajenas a la vida y costumbres de aquellos cardenales y obispos, lobos rapaces, y de aquel papa que dejó de serlo, para siempre...

6. La Roma de la Reforma

ADRIANO VI (1522-1523). Como rara excepción, este papa era natural de Utrech, Holanda. La ciudad de Roma sabedora de que era un extranjero y de familia pobre, recibió su elección con disturbios y saqueos. Tan sucia estaba, no tan sólo la Roma secular, sino la Roma eclesiástica, y sobre todo esta última, que un obispo le dijo al papa Adriano: “Limpia a Roma y el mundo estará limpio”.

La iglesia romana perdía terreno en Alemania, y por ello, al ver por momentos menguarse su poder, el papa declaró reconociendo: “Nos, confesamos abiertamente que Dios ha permitido esta persecución de su Iglesia por los pecados de los hombres, especialmente de los sacerdotes y prelados. Todos nosotros, prelados y clérigos, nos hemos apartado del camino de la justicia, y hace mucho tiempo no hay nadie que obre el bien”.

El ingenuo “bárbaro” (así le llamaban los romanos por ser extranjero), horrorizado cuando llegó a Roma y vio todo lo que vio, no se daba perfecta cuenta que el sistema romano estaba corrompido ya desde su mismo principio. El pobre hombre recibió por esas palabras toda serie de burlas e insultos por parte de las familias patricias, y su ingenua piedad se convirtió en el blanco de sus sarcasmos. Baste decir que, cuando murió, los romanos comentaron que había que “levantar una estatua a su médico, que no logró sanarle”. No hicieron eso, pero sí colocaron en la puerta de ese médico el siguiente cartel: “Al libertador de la patria, el Senado y el Pueblo romano”. Ese papa malquerido no duró ni dos años ¿por qué sería? Cuando murió, nadie le lloró. Los cardenales, hartos de no poder desarrollar su vida anterior, preñada de fiestas y desmanes varios, celebraron con júbilo su fallecimiento.

Tuvieron que pasar 400 años hasta que se eligiera a otro extranjero como papa. De hecho, durante prácticamente toda la historia papal, y exceptuando el tiempo de Aviñón, el pontífice ha sido siempre italiano, y mayormente romano. De hecho el papado se lo han disputado siempre las mismas familias patricias romanas, tales como los Colonna, Orsini, Caetani, Medici, etc. Eso no sólo fue exclusivo del papa, sino también de los cardenales. Todo quedaba en casa, pero eso sí, su afán de dominio fue y es universal (de ahí que la Iglesia de Roma se llame “católica”), y la recaudación de tributos no conoció fronteras.

Una vez muerto el infeliz holandés, le sucede en el solio un Médicis; Julio de Médicis, con el nombre de CLEMENTE VII (1523-1534). Este era primo de León X, e hijo ilegítimo. Fue legitimado por el mismo León X. He aquí uno de tantos ejemplos que muestran como los papas, pretendiendo ser “Dios en la Tierra”, hacían y deshacían a su antojo. Las mismas leyes y restricciones que ellos establecían para los demás, ellos se las saltaban a la torera.

"Retrato del papa Clemente VII, el "quiero y no puedo"

“Retrato del papa Clemente VII, el “quiero y no puedo”

Los venecianos apodaron a ese papa sarcásticamente: “El quiero y no quiero”. Más que por su inmoralidad, por su absoluta incapacidad para tomar decisiones, ¿infabilidad papal?). Hombre inseguro y vacilante, no se decantaba por nada. Aun reconociendo la necesidad de cambios en la sede vaticana, no se atrevía a entrar de lleno.

En el año 1530, un legado veneciano le definía así: “Muestra, sí, el deseo de ver eliminados los abusos en la Santa Iglesia, pero no lleva a la práctica ninguna idea al respecto, ni toma ninguna medida”. Ni siquiera era bien visto por sus más allegados. Guicciardini, su hombre de confianza, le describía así: “Era bastante bronco y desagradable, tenía reputación de avaricioso, y ni por sombra era digno de confianza ni naturalmente inclinado a la bondad”.

En lo político militar, y sin entrar demasiado en ello, estuvo preocupado en limitar el poder de Carlos V de Alemania; pero el emperador logró una decisiva victoria en Pavía en el 1525, entonces el papa tuvo que cambiar sus alianzas.

A escondidas intervino en un complot que pretendía echar a los españoles de Nápoles. Poco después hizo alianzas con el rey francés. Al final, el emperador alemán viendo el doble juego que estaba haciendo el papa al utilizar su persona contra la de Francisco I de Francia y viceversa, provocó el asalto y devastación de Roma por parte de sus mercenarios, los lansquenetes alemanes y otros. El papa logró huir y refugiarse en el castillo de Sant’Angelo.

El embajador veneciano, para consolarle, diole unos argumentos que ahora leeremos, y que los papas habían rechazado siempre hasta entonces y que siguen rechazando: “Su santidad no debe pensar que el bienestar de la Iglesia de Cristo descansa en este pequeño Estado de la Iglesia: por el contrario, la Iglesia existía antes de poseer el Estado, y era mejor para ella. La Iglesia es la comunidad de todos los cristianos; el Estado temporal es como cualquier otra provincia de Italia y, por tanto, Su Santidad debe procurar ante todo promover el bienestar de la auténtica Iglesia, que consiste en la paz de la cristiandad”.

Al punto, Clemente VII, asintiendo con el rostro, le respondió: “en este mundo el ideal no corresponde a la realidad, y el que actúa por motivos idealistas no es más que un loco”. Aquí podemos ver el sentido de fe y justicia que tenían los papas. Por otro lado, si realmente el papa es “Dios en la Tierra” como pretende ser, ¿por qué no puede hacer que los ideales suyos se cumplan?Este Clemente VII, dadas las circunstancias adversas, se dignó a responder al embajador en cuestión de forma tranquila y dando a conocer sinceramente su forma de pensamiento, otros papas, en otras circunstancias, habrían condenado a la persona que dijera algo así directamente a la hoguera, por hereje. Durante su pontificado, Enrique VIII de Inglaterra rompió definitivamente con el papado.

Paulo III

Le siguió a Clemente VII en el solio romano, PABLO III (1534-1549). Paulo III con sus cuatro hijos, el día de su coronación, abiertamente celebró el bautismo de sus dos biznietos.

Este Paulo era aquel Alejandro Farnesio, hermano de Julia, la querida del papa Alejandro VI, el cual le hizo cardenal cuando ascendió al trono pontificio. Su nepotismo no tuvo medida. Son cerca de treinta y cinco el número de familiares a los que, aprovechando la ventaja de ser papa, concediera sin límites prebendas y honores; incluso llegó a formar pequeños estados feudales que entregaba a sus parientes en régimen de vasallaje; como dice Beynon: “toda una contradicción en un papa que, efectivamente, inició la definitiva reforma de la Iglesia Católica”.

El hijo del papa, Pierluigi Farnesio recibió los ducados de Parma y Piacenza. Este Pierluigi, homosexual, violó al obispo de Frano. Los nietos del papa fueron también muy favorecidos. Alejandro recibió obispados, abadías y prioratos, y el cargo de vicecanciller. Octavio el ducado de Camerino. Nombró cardenales a sus sobrinos Alessandro Farnesio y Guido Ascanio Sforza.

Surgen los jesuitas entonces

Es en su tiempo cuando se forma la Compañía de Jesús de Ignacio de Loyola, que como veremos, con su General Superior o “Papa Negro” al frente, se pone a disposición completa del papa. Esta orden militar y religiosa (por ese orden), será la que se ocupará de enfrentarse a todos los niveles y con todos los medios, bajo el lema maquiavélico de que “el fin justifica los medios” a la Reforma, y a los Protestantes.

Su fin es el de poner el mundo entero bajo los pies del papa. Bajo Paulo III, se convoca el célebre y definitivo Concilio de Trento, como respuesta a la Reforma, en el año1545, interrumpido éste poco antes de la muerte del papa en cuestión. Los jesuitas tuvieron mucho que ver en él. Los jesuitas, junto con la Inquisición, y el esplendor de las liturgias que inventaron, fueron las armas principales del contraataque católico romano a la Reforma. Acerca de la Inquisición, la cual había florecido durante los siglos del Medievo, alcanzó a través de  Paulo III en el año de 1542 la categoría primera de las “Congregaciones Sagradas de Roma”, llamándosela con el blasfemo nombre de: “Santa, Católica y Apostólica Inquisición”. Más adelante se la llamaría el “Santo Oficio”.  

“El nuevo papa negro, el general superior de los jesuitas, el español Adolfo Nicolás”

“El nuevo papa negro, el general superior de los jesuitas, el español Adolfo Nicolás”

Los dos frentes de Paulo III

Inesperadamente, el protestantismo, como así lo llamaron los papistas, estaba prosperando y avanzando por todas partes. Paulo III veía peligrar su posición e influencia sobre reyes y príncipes, por lo que decidió actuar. Este despótico papa que como dice Will Durant: “había otorgado el sombrero rojo a sus sobrinos de catorce y dieciséis años, y los había promovido a pesar de la notoria inmoralidad de ellos” (The Story of Civilization) Tomo, VI, p. 920), decidió actuar en dos frentes.

El primero es el que ya conocemos, es decir, la proclamación del Concilio de Trento, en el norte de Italia, para condenar teológicamente la Reforma; y el segundo frente, la organización de una guerra santa para destruir la Reforma y sus hijos definitivamente por el uso de la fuerza, y en el nombre de Cristo. El emperador, Carlos I de España y V de Alemania, persiguió duramente a los luteranos por la fuerza de las armas.

Paulo III, tras levantar el Concilio Tridentino donde se lograron levantar más de cien anatemas contra los herejes protestantes, no satisfecho con esto, quiso destruir físicamente a esos “herejes” por la fuerza de las armas; para ello, ofreció a Carlos V de Alemania 1.100.000 ducados, 12.000 soldados de infantería y 500 caballos. Todo ello resultó en una guerra que duró casi diez años en Europa. Mientras tanto, aquel Paulo III promulgaba una bula excomulgando a todos los que resistieran a Carlos V, y ofreciendo indulgencias liberales a todos los que le ayudaran.

El arte es el espejo de la realidad

La promiscuidad sexual era algo común entre los papas, como estamos viendo. En el caso de Paulo III,  tampoco fue diferente el asunto, y hasta en su sepultura le siguieron la representación de sus pecados. Dentro de la Basílica de San Pedro, el monumento de la tumba de este papa está adornado con figuras femeninas reclinadas. Una de esas representaciones femeninas, la que representa la justicia, estuvo desnuda durante trescientos años, hasta que Pío IX hizo que le pintaran vestidos encima. El modelo que se usó para la talla de la estatua fue Giulia, la hermana del papa Pablo III, una de las concubinas de Alejandro VI (Hunt, p. 176). Baste añadir que Paulo III buscó ayuda en los astrólogos, cosa prohibida por la Biblia (Deuteronomio 18) y por el canon romano (Revista LIFE, 5 Julio 1963).

Nuevos aires de reforma

Una vez puesta a la luz la falsedad del  poder temporal del papado por Lorenzo Valla en el año1440 al mostrar al mundo la mentira de las “Donaciones Constantinianas”, por un lado, y de que Lutero demostrara Biblia en mano que la salvación no depende de un papa sino de Cristo que la logró para nosotros, y que la recibimos por la fe, el mundo pareció sacudirse y bostezar, despertando, levantándose de un largo sueño de pesadilla medieval. Cundió el buen ejemplo.

Otros Reformadores fueron surgiendo a su vez: Melanchton, Calvino, Zwinglio. Con la Biblia abierta, un nuevo despertar del Evangelio se manifestaba por toda Europa del norte especialmente. En España muchos misioneros protestantes entraron, pero el poder papista auspiciado por su “brazo secular” se encargó de eliminarlos a todos.  

Martín Lutero redescubrióla Biblia, y en ella no vio ni atisbo del papado. Por lo tanto del papa y de sus correligionarios pudo libremente expresar: “No pueden probar su sentencia ni reprobar la contraria con otro argumento que el recurso a “esto es wyclefita, husita, herético”. Poca fuerza tiene esa falacia. Y si les urges pruebas escriturísticas, no te sabrán decir más que “nosotros estamos convencidos de ello, y la Iglesia, (es decir, nosotros mismos) así lo ha decidido”. He aquí cómo hombres réprobos e increíbles se atreven a proponernos sus fantasmagorías como artículos de fe sin más fuerza que la autoridad de la Iglesia”, que como bien apuntaba el ex monje agustino, eran ellos mismos. Otra vez debemos insistir aquí que, si hay cristianismo es porque Dios nos ha legado Su Palabra, la Biblia; por lo tanto ella y sólo ella debe ser nuestra regla de fe a seguir.

Después de la Reforma, cuando los protestantes, llamados de este modo por los católico-romanos, se daban cuenta de la calamidad global de Roma, hicieron conocer al mundo la verdad de las Escrituras denunciando de esta manera la tremenda corrupción romana, el Vaticano tomó nota prestamente.

Roma no cambió ni un ápice en enmendar doctrina, principios y metas. Todo lo contrario, endureció y reafirmó sus posiciones dogmáticas antibíblicas a través del Concilio de Trento y, posteriormente, con el Concilio Vaticano I, principalmente. Lo único que Roma hizo, fue dar una imagen más cuidada frente al mundo, a partir del Concilio Vaticano II, y así hasta hoy en día, no dejando de ser este último, quizás, el definitivo concilio de la Contrarreforma. Todos aquellos desmanes de desenfreno de todo tipo, orgías borgianas, crueldad, nepotismo, simonía, etc. de los papas y cardenales, fueron poco a poco, al menos de cara al exterior evitándose algunos de ellos, y ocultándose otros. No obstante su hambre de apoderarse de las almas de los hombres y de sus pertenencias nunca ha disminuido, y será así hasta su segura destrucción (Ap. 17: 16-18)

(Continuará)

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España. 2009
www.centrorey.org