HISTORIA DE LOS PAPAS DE ROMA: LA SIMIENTE DEL FALSO PROFETA (I)

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Curiosamente, la historia de los papas romanos jamás se ha impartido en las aulas escolares a lo largo de los siglos, ¿por qué? Lejos de eso, se ha ido ocultando a la vista de las gentes, hasta constituir un misterio, un misterio que es preciso investigar con empeño si es que se pretende realmente saber acerca de la vida de esos señores que han dicho y dicen de sí mismos ser los vicarios de Cristo en la tierra.

Por lo tanto, no nos conformaremos con dar una serie de datos anecdóticos sobre la cuestión. Viendo la gran importancia que debería tener para el fiel al culto de Roma, en cuanto a conocer en qué basa su esperanza, será menester conocer el fundamento de la misma analizando meticulosamente la actuación (o mejor llamarle a esto el fruto) de esos que también se llaman así mismos sucesores de Pedro.

A lo largo de toda esta larga exposición de varios capítulos, demostraremos la absoluta incongruencia de la atribuida infabilidad, y la llamada “sucesión apostólica” (que jamás se produjo).

Antecedentes: La Roma cristiana del primer siglo

La ciudad de Roma en la época apostólica era muy pequeña en relación con la gran urbe de hoy en día, quizás no estuviera poblada por más de 250.000 almas. Las ciudades del Imperio Romano eran muy pequeñas en comparación a las de ahora. En ese tiempo vivía mucha menos gente que hoy en día, como todo el mundo sabe. Esta es la razón por la cual, cuando en la época de los apóstoles, la gente se convertía a Cristo en una ciudad, el apóstol Pablo, o alguno de sus colaboradores, como por ejemplo Tito, ordenaba a un obispo, llamado también, presbítero (Ti. 1: 5).

Este obispo en realidad era un pastor o anciano, el cual se rodeaba de otros ancianos o presbíteros, nombrados también por el apóstol o sus ayudantes (Hchs. 14: 23; Tito 1: 5) y constituían el gobierno de esa iglesia local que se acababa de levantar en esa ciudad.

No obstante en cuanto a Roma, cuando Pablo escribe su Epístola a los Romanos, es decir, a los cristianos de la capital del Imperio, y eso fue hacia el año 55 d.C., no existía, en realidad en ese tiempo una iglesia constituida como tal, sino un grupito de creyentes que se reunían por las casas. En la misma epístola en cuestión, Pablo lo resalta cuando les envía su salutación. En ella, no se dirige a la iglesia de Roma, sino que se dirige  “a todos los que estáis en Roma...” (Romanos 1: 7).

Así que, hacia algo más de la mitad del primer siglo de nuestra era, ni siquiera había en Roma una iglesia organizada, sino grupitos de creyentes diseminados. Es difícil entonces imaginar la figura de un obispo en esas circunstancias. Precisamente, Pablo les escribe explicándoles la intención que tenía de ir a verlos para congregarlos y darles a conocer más sobre el Evangelio en el cual habían creído (ver Romanos 1: 9-13).

Tendrían que pasar algunos años hasta que se formara una iglesia como tal en Roma de todos esos grupos de creyentes dispersos. Cuando Pablo escribió su Segunda Epístola a Timoteo entre los años 65 al 68 d. C, leemos en 4: 21 de ciertos cristianos destacados de Roma: Eubulo, Pudente, Lino y Claudia. Evidentemente, en ese tiempo la iglesia cristiana en Roma estaba en marcha. Eusebio de Cesarea en su obra “Historia Eclesiástica”, nos dice que Lino fue el primer obispo de Roma. Entendiendo que eso fue así, esto no hace de Lino el segundo papa, así como Pedro tampoco fue el primero. Sencillamente Lino fue el primer anciano de la iglesia que se encontraba en la ciudad de Roma. Lino tenía tanta responsabilidad pastoral como cualquier otro pastor de cualquier iglesia cristiana evangélica actual que ande en el temor de Dios.

Pedro no fue obispo de Roma

No existe ningún documento contemporáneo a Pedro que diga que este fuera obispo de Roma, ni menos aún, papa, sencillamente, porque eso no ocurrió. Ireneo, obispo de Lyon (178-200), escribió hacia el año 180, una obra para refutar el gnosticismo. En ella incluyó la lista más antigua de los obispos romanos que se conserva. En total eran los doce primeros hasta su tiempo. El nombre de Pedro no aparece.

El primero de ellos es Lino, y lo califica de sucesor de los “apóstoles fundadores” en plural, y no existe ninguna mención del apóstol Pedro en particular al respecto. Lo que escribe Ireneo es lo siguiente:

“Los bienaventurados apóstoles fundadores, transmitieron a Lino el ministerio episcopal -sigue Ireneo- a ese Lino lo menciona Pablo en las cartas a Timoteo. Le siguió Anacleto. Y tras éste, en el puesto tercero después de los apóstoles, obtiene el ministerio episcopal Clemente, que también vio personalmente a los bienaventurados apóstoles, y frecuentó su trato. Como bajo él estallase una revuelta no pequeña entre los hermanos de Corinto, la iglesia envió un escrito a los corintios”.

Nótese que en este párrafo de un hombre de fe del siglo III se dicen cosas interesantes: Primero, no fue un apóstol, llámesele Pedro quien transmite por sucesión el presbiterio a Lino, sino el conjunto de los “apóstoles fundadores”. Segundo, en cuanto a Lino, a Anacleto, e incluso a Clemente, todos ellos, tuvieron trato por igual con los “apóstoles bienaventurados”, es decir, no había mención alguna de alguien en especial exaltado. Tercero, cuando menciona la revuelta en Corinto, a los de Corinto no les llama fieles, sino hermanos, es decir, los pone a la misma altura que a Clemente y también a sí mismo. Cuarto, y no por ello menos importante, no dice que es Clemente como obispo de Roma que escribe a los hermanos  de Corinto, sino: “la iglesia envió un escrito a los corintios”, es decir, la iglesia que estaba en Roma, escribe a la iglesia que estaba en Corinto; es decir, un trato de igual a igual.

Volviendo a Pedro, Eusebio de Cesarea, el autor de la “Historia Eclesiástica”, nunca le menciona como obispo de Roma. No podía hacerlo, porque Pedro nunca lo fue. Como costumbre más o menos generalizada, antes del siglo V, a los obispos de todas las ciudades, queridos y apreciados por el pueblo cristiano, se les llamaba “papas”, como un apelativo cariñoso, no como un título jerárquico como se entiende hoy en día, y menos todavía como vicarios de Cristo. Esto último ni se les había pasado por la cabeza a aquellos hombres.

Habemus papam

No obstante, a partir del emperador Constantino (s. IV), la cosa se torció, y empezó a notarse cada vez más la diferencia entre dos clases sociales: El clero y el laicado. Ni una cosa ni otra enseñó el Señor Jesús, ni sus apóstoles (ver 1 Pedro 2: 4-10). Con el tiempo, el apelativo de “papa” se transformó en un título, y fue dado al que era políticamente el obispo más importante del Imperio, el obispo de la ciudad de Roma, a la sazón, Siricio, a finales del siglo IV. Esto sencillamente obedecía a que Roma era la capital del Imperio. Esa designación fue acordada en el Concilio de Toledo de ese año, aunque de momento no suponía una exclusividad, ésta llegó mucho más tarde, en el año 1073, por la imposición de Gregorio VII. No obstante, dicho papa, en ese año,  prohíbe por decreto que se llame “Papa” a otro que no sea a él mismo.

Así que encontramos que no es hasta la Edad Media cuando por fin se entiende por papa al papa de Roma de forma exclusiva, y por resuelta imposición de un mismo papa romano. Escribe Antón Casariego de forma muy acertada:

“En los tiempos del cristianismo se seguía el principio... heredado de la tradición hebrea apostólica. Luego... se abandonó este principio y comienza a instituirse la separación entre laicos y sacerdotes (teoría de la consagración). Este grupo se divide a su vez en categorías, y se va afianzando el poder de los obispos, que pasan a ser cabeza de una determinada comunidad o iglesia, como sucesores de los apóstoles, de modo que a aquella dirección... (anterior), le sucede un episcopado monárquico influido por el romanismo. La jerarquía se va convirtiendo en la depositaria de la doctrina de la salvación, y los creyentes ven reducido su papel al de fieles. Por otro lado, durante los tres primeros siglos, la Iglesia funcionaba como una federación de iglesias locales unidas por una fe común, pero libres y relativamente autónomas en su ámbito”.

Esto último, así fue, en efecto, hasta el tiempo del emperador Constantino.

El engaño constantiniano

Cuando Constantino el emperador romano, en el siglo IV se “convirtió” al cristianismo, decidió hacer de éste la religión oficial del Imperio. Antes de estas cosas, los cristianos vivían la mayor parte del tiempo bajo persecución, muchas veces atroz. Nerón, Calígula, Decio, Domiciano, sólo por nombrar algunos, fueron emperadores bajo cuyo mandato, los cristianos sufrieron persecuciones indecibles durante los tres primeros siglos.

Mientras tanto, la fe de aquellos hombres y mujeres, tan auténtica, se fortalecía cada día dadas las circunstancias tan extremadamente adversas. Desde que Constantino, no sólo da libertad de culto a los cristianos, sino que declara el culto cristiano como oficial, todo empezó a relajarse.

Al principio todos aquellos creyentes, del primero al último estaban pletóricos de gozo ¡no era para menos, el mismísimo emperador romano se convertía y reconocía públicamente su fe ante todo el Imperio! Los pastores que antes vivían perseguidos, ahora eran considerados héroes. Llenos de honores, lujo y, por qué no decirlo, de mundanalidad, fueron acomodándose y relajándose. La iglesia visible empezó a dejar de ser sal y luz.

Por otra parte, como el cristianismo era obligado, las gentes paganas debían hacer profesión de su nueva fe sin estar convertidas de veras. Unos años más tarde, la Iglesia visible ya no era cristiana en su mayoría, y poco a poco surgía la iglesia de Roma, ni tan siquiera caricatura de la Iglesia de Cristo.

Muchos de los líderes cristianos de la era de Constantino cometieron un muy grave error. Cayeron en la trampa de permitir  que el cristianismo viniera a ser una “religión”, y además, la oficial del Imperio, colaborando activamente con todo ello. En el momento en que algo es obligado, ya deja de ser genuino. Tiene que haber libertad de culto para que exista libertad de conciencia. Al acabar Constantino con la libertad de culto, acabó con la libertad de conciencia, y la iglesia visible se pervirtió. 

A partir de Constantino, el error entraba a bocajarro en la iglesia visible. El obispo de Roma era escogido por el Emperador a su antojo. Este obispo de Roma, aún en esa época, no era considerado el “papa” o “Sumo Pontífice”, esto vendría mucho después. Sin embargo, ya en el siglo III, CALIXTO I (217-222), obispo de Roma, es considerado el pensador de la idea del papado, pues es el primero en sostener la primacía del obispo romano, aunque no se le hizo mucho caso.

Ahora bien, este fue en un principio un caso aislado, y también es menester echar un vistazo a la vida de ese obispo: De vida agitada, defendía la tesis de que un obispo, aunque incurriera en pecado grave, no podía ser depuesto. No obstante s. Cipriano opinaba todo lo contrario, añadiendo el hecho de que creía en la igualdad jurídica de todos los obispos, fueran de donde fueran. Aquí podemos apreciar que los padres de la Iglesia (y no sólo s. Cipriano), consideraban que era imposible que un obispo de Roma, o de cualquier otro lugar pudiera desempeñar su cargo si su vida no era correcta delante de Dios, como es natural.

PONCIANO (230-235) y FABIANO o FABIÁN (236-250), los dos obispos de Roma, se consideraban simples presbíteros como cualquier otro de cualquier otro lugar, y nada más. Eso sí, en sus días sufrían el acoso de los emperadores romanos, Maximino Tracio y Decio, respectivamente. Aquellos eran hombres que no buscaban honores ni distinción alguna, sino que, como buenos pastores de la grey, servían de la mejor manera que sabían a los hermanos. No obstante, poco a poco, el ego empezó a florecer en los obispos de la capital del mundo. Pronto empezaron las peleas carnales, típicas de comportamientos carnales. El gran problema, entre otros, eran las actitudes autoritarias de unos y de otros, ausentes del pensamiento y voluntad del Maestro.

Después de Fabián, fue nombrado CORNELIO (251-253). Al mismo tiempo, se eligió a NOVACIANO, por una minoría. Este era un gran teólogo que se opuso a la praxis penitencial de Cornelio. Novaciano acusó a Cornelio de una serie de cosas. Le acusó de laxo, de mantener relaciones con obispos idólatras, de evitar la persecución (cosa que se veía muy grave en ese tiempo), etc. Cornelio rechazó las inculpaciones de Novaciano, y una vez afirmado en su cargo, le expulsó de la Iglesia. Con que ganó Cornelio sobre Novaciano, este último es considerado antipapa por Roma, siendo Cornelio, en realidad, no un “papa”, sino sólo un obispo de Roma de turbia reputación.

ESTEBAN I (254-257), tuvo una importante controversia con s. Cipriano, obispo de Cartago (África). A causa de la terrible persecución de aquellos días, muchos se volvían atrás, pero luego, volvían arrepentidos. La comunidad cartaginesa rebautizaba a aquellos que volvían así; no obstante, Esteban, no estaba de acuerdo con eso amparándose (y eso es importante) por primera vez en el que sería principio de actuación dogmática en Roma, de que “nada debe innovarse, que no haya sido transmitido por la tradición”. Este “principio” es el que los papas han ido declarando una y otra vez, aunque, como es sabido, para apoyarse siempre en su propia tradición a modo de la “pescadilla que se muerde la cola”, o, “que fue primero, el huevo o la gallina”. Pero, fijémonos en esto: s. Cipriano, obispo de Cartago no aceptaba órdenes de otro obispo, ni siquiera del de Roma, y hasta la muerte de Esteban, se mantuvo el cisma entre Roma y Cartago.

A la sazón, s. Agustín de Hipona estaba mediando en toda esta disputa entre las dos iglesias. Se le atribuye a éste la frase: “Roma ha hablado, la discusión ha concluido”, y con ella, Roma, siglos más tarde, pretendió defender la infabilidad papal y el dogma de que la salvación se obtiene sólo a través de ella,argumentando a su favor utilizando esa frase agustiniana como una espada.

Sin embargo, en el contexto donde está ubicada esa frase, Agustín quería decir algo muy diferente. Escribe Von Dollinger:

“A Agustín le parecía más que suficiente, y por tanto podía considerarse que el asunto tocaba a su fin. Un juicio romano en sí mismo no era concluyente...” (J.H. Ignaz von Dollinger, The Pope and the Council (Londres, 1869), p. 58).

En otras palabras, Agustín usó de esa frase de modo irónico viniendo a decir que ya estaba bien de tanto “tira y afloja” por parte del obispo romano. En ninguna otra parte de sus voluminosos escritos, s. Agustín  siquiera llegó a sugerir que el obispo de Roma tenía la palabra final sobre cuestiones de fe o moral. En realidad, Agustín daba la razón a la iglesia africana en cuanto a esa controversia bautismal.

“Ignaz Von Dollinger”

“Ignaz Von Dollinger”

Cuando la razón de ser del cristianismo, esto es, el amor, dejó de ser la amalgama que unía a la iglesia visible, esta empezó a caer en picado hacia la apostasía. El legalismo, la sinrazón y el autoritarismo surgieron como plaga que huye de la verdadera fe, que es genuina, y poco a poco el oscurantismo apareció en aquella falsa iglesia.   

DIONISIO (259-268), se enfrentó a otro obispo, el de Alejandría, que se llamaba también Dionisio. La disputa era de tipo doctrinal. Lo interesante de ver aquí, era que la disputa era entre iguales. Esto queda claramente probado por el hecho de que a esa disputa se la llamó: “La controversia de los dos Dionisios”.

“Caracterización de Dionisio”

“Caracterización de Dionisio”

¿El obispo de Roma, un apóstata? Este, entre muchos otros, fue el caso de MARCELINO (296-304). En plena persecución de Diocleciano, según los donatistas, entregó los libros sagrados a los romanos, y ofreció incienso a los dioses. En el siglo VI, aparece esta información en el católico “Liber pontificalis” (Libro de los papas). En él se menciona que ese obispo romano ofreció sacrificios a los dioses. De esta manera, se libraría de la persecución.

Mathieu-Rosay, comentarista católico-romano, dice de él: “Es desconcertante que en el fragor de la persecución más cruel, el jefe de la Iglesia muriera tranquilamente en la cama”.

No obstante, Roma lo elevó a los altares con el nombre de San Marcelino.Dice de él el obispo católico-romano Strossmayer: “Marcelino, era un idólatra. Entró en el templo de Vesta, y ofreció incienso a la diosa”.

Durante el episcopado de MILCÍADES o MELQUIADES (311-314), en el año 313, el emperador romano Constantino, publicó el edicto de Milán, que estableció la libertad religiosa, tras conseguir el dominio de la parte occidental del imperio al vencer sobre el general Magencio. Esa libertad religiosa no hizo sino empeorar las cosas desde la perspectiva espiritual, ya que catapultó la apostasía.

Le sucedió a Milcíades, SILVESTRE I (314-335). En su tiempo tuvo lugar el Concilio de Nicea (325), que declaró algo que siempre ha estado en la Palabra de Dios, la verdad de la Deidad de Cristo y la Trinidad, en contra del arrianismo. Sin embargo, a partir de ese momento, el emperador romano, lejos de perseguir a la Iglesia, ahora se implicaba en los asuntos de la misma. Fue Constantino quien como emperador convocó dicho concilio, no fue el obispo de Roma. A partir de ese momento, el emperador convocaría los concilios y no se elegiría un papa sin su autorización y previo pago monetario, a modo de impuesto. Su actuación tuvo éxito, dado que ya existía desde tiempos de Nerón una iglesia pseudo cristiana, llena de espíritu y ritos babilónicos, que tomó paulatinamente la preponderancia y visibilidad que luego mostró la falsa iglesia de Roma, por todos sabido.

En aquel tiempo, la iglesia visible permitió que eso fuera así, y las consecuencias fueron desastrosas.

“Caracterización de Silvestre”

“Caracterización de Silvestre”

El Concilio de Nicea

Del Concilio de Nicea (325), surgió mucho bien.  Se definió un principio, que en los años por venir se abandonaría absolutamente, y lo cual debería dar de pensar a más de un acérrimo católico-romano, convencido de la verdad e infabilidad de la iglesia de Roma. Este principio o dogma niceno, es el siguiente: La declaración de igualdad de los cuatro patriarcados; a saber: Jerusalén, Antioquía, Alejandría, y Roma. Estamos hablando del primer Concilio ecuménico de Nicea, donde se estableció el “Credo Nicético”.

De la misma manera que se mantuvo a lo largo de la historia de la iglesia visible este principio de fe, ¿no debería haberse mantenido el principio, también de fe, de la igualdad de la Iglesia Universal? ¿No volvió a definir el Concilio de Constantinopla (381) el principio de igualdad de la Iglesia de Jesucristo, diciendo que la misma es: Una, Santa, Católica (universal) y Apostólica?, entonces, con el tiempo, ¿Cómo es que el obispo de Roma, viéndose suficientemente fuerte, se atribuyó, no sólo el título de “Obispo de obispos” y “Sumo Pontífice”, sino que encima declarara que la Iglesia de Roma (es decir, la Occidental), es la única y verdadera Iglesia de Jesucristo, contradiciendo abiertamente el dogma de Nicea del 325 y el de Constantinopla del 381, sin hablar del espíritu y la letra del Nuevo Testamento, echándolo todo por tierra? ¿Por qué Roma pretende legitimarse en los dogmas que se han establecido, sólo cuando le conviene?

Después de los apóstoles, y bastante antes de Constantino, el obispo de Roma (o pastor de la iglesia que estaba en la ciudad de Roma), al igual que cualquier otro obispo de cualquier otra ciudad, era elegido por ser reconocido, según el testimonio del Espíritu Santo, por los de su alrededor, otros ancianos, diáconos, etc. de la ciudad. En el caso del obispo de Roma, seguidamente después de su elección, era ordenado por imposición de manos del presbiterio y del obispo de Ostia. Después de Constantino, cuando el cristianismo se hizo “religión oficial”, con todo lo que ello implicó, el obispo de Roma era elegido por el emperador con el concurso de las familias patricias e influyentes de Roma. De ese tiempo salió elegido JULIO I (337-352). Este Julio, apoyó a Atanasio (293-373), donde este último defendió la ortodoxia de la fe en el Concilio de Nicea. Aquí vemos que no fue el obispo de Roma el que convocó el concilio en cuestión como la jerarquía romana por venir lo hubiera deseado, sino otra persona, además de otros, como veremos.

Hacia el año 343, se produjo el primer cisma entre Oriente y Occidente. Vergonzosamente, los obispos de uno y otro bando se excomulgaron mutuamente, eso fue en el sínodo de Sárdica (Sofía). Este sínodo había sido convocado por sus respectivos emperadores, para intentar que el obispo de Occidente y los de Oriente llegaran a un acuerdo; acuerdo que nunca llegó. A partir de ese tiempo, dado que los obispos orientales no reconocían la autoridad del obispo de Roma, y ni siquiera mostraban el más mínimo interés por la cuestión, el romano, poco a poco, empezó a desarrollar abruptamente actitudes autoritarias y megalómanas que caracterizaron en el devenir de los siglos su papel despótico, por todos conocido.

El espíritu legalista y de fe ciega entró con fuerza en Roma y  se quedó hasta la fecha, aunque hoy en día se intente camuflar con un falso ecumenismo, propósito del Concilio Vaticano II. Esta negación de la fe y culto a la sinrazón fue sin duda manifestado siglos más tarde por un buen hijo de Roma, Ignacio de Loyola, que lo expresó tan claramente en sus “Ejercicios Espirituales” cuando dijo:

“Si deseamos proceder de forma segura en todas las cosas, debemos agarrarnos con fuerza al siguiente principio: Lo que me parece blanco, lo creeré negro si la Iglesia jerárquica así lo determina”.

Esta declaración demencial de fe ciega y sin base, ya no bíblica, sino de simple sentido común, sigue rigiendo. Nada ha cambiado. Este espíritu de sinrazón y de entrega de la voluntad a cambio de nada, es resultado de la herencia de aquellos días de principios apostáticos, fruto del orgullo espiritual sin precedentes de unos hombres que se nombraron a sí mismos “Cristo en la tierra”.

Sobre la tiara y la mitra

Hagamos un pequeño inciso en nuestro relato histórico. Ya a partir de entonces, (s. IV), el obispo de Roma se tocaba con la tiara. La tiara era un tocado de distinción que usaban los sacerdotes paganos persas y también los emperadores orientales. Escribe Ralph Woodrow: “La tiara que usan los papas, aunque decorada en formas diferentes y de diferentes edades, es idéntica en su forma a la usada por los “dioses” que se muestran en las viejas tablas paganas de Asiria”. Usando de ese tocado, el obispo de Roma, ridículamente, pretendía distinguirse del resto de los mortales, especialmente, del resto de sus colegas allí donde estuvieran por la faz de la tierra. En el momento de su introducción, la tiara del romano no tenía ninguna corona, así como eran las tiaras de los sacerdotes persas; pero las cosas, a través de los años fueron acelerándose.

La tiara pontificia actual tiene tres coronas. Esta es la definición que da la enciclopedia católica al respecto:

“Tocado alto, usado por el Papa con tres coronas que simbolizan su triple autoridad: Soberanía espiritual sobre las almas, temporal sobre los Estados Pontificios, y mixta de ambas categorías, sobre todos los demás reyes y poderosos de la tierra”.

Las prendas religiosas, como las tiaras, las mitras, o el resto de vestimentas que estamos acostumbrados a ver, delatan la intencionalidad del que las lleva. Esta pompa sólo se empezó a usar para impresionar a los fieles. Nunca Cristo ni sus apóstoles requirieron llevar esas indumentarias, ni las llevaron, porque como dice Pedro, el que dicen fue su primer papa: “Vuestro atavío no sea el externo...de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de gran estima delante de Dios” (1 Pedro 3: 3, 4).

Respecto a la mitra, usada por los papas, cardenales y obispos, esta es una prenda de cabeza alargada que tiene forma de boca de pez mirando hacia arriba, ¡curiosa forma!; ¿por qué tan singular diseño? Ciertamente, esta es una prenda que jamás usó ni el Señor ni ninguno de sus discípulos.

La mitra usada por Aarón y los sumos sacerdotes judíos, era completamente diferente, puesto que ellos usaban turbante. Por lo tanto, la mitra romana no es conocida en las Escrituras; así pues, ¿de dónde proviene este tipo de mitra? Aunque le parezca extraño (y debiera asombrarse), el diseño de la mitra católico romana es exactamente idéntico al usado en la antigua religión babilónica. Representaba a Dagón, el “dios-pez”(“Dag” significa pez).

dios pez dios pez

Este era un culto pagano que el verdadero Dios del universo aborrece. Este culto a Dagón se hizo especialmente popular entre los idólatras filisteos, (ver Jueces 16: 21-30; 1 Samuel 5: 5, 6). Vemos en esta ilustración como era pintado Dagón en esculturas de Mesopotamia (Babilonia).

La cabeza del pez formaba una mitra sobre la cabeza del hombre, el resto del pez caía sobre el cuerpo del sacerdote pagano que a la sazón representaba a su dios. Más tarde, la figura del cuerpo del pez fue quitada, y sólo se usó la mitra en forma de cabeza de pez para adornar la cabeza del gran dios mediador. Esa mitra antigua y pagana es exactamente la misma que usa el papa y su jerarquía.

Seguimos...

Cuando el tiempo del obispo romano LIBERIO o LIBORIO (352-366), el emperador Constancio, buscando lo que creía ser suyo de derecho, es decir, el dominio sobre la iglesia visible, por no ver mucha diferencia entre ésta y cualquier otro poder político y religioso, intervino haciendo condenar a Atanasio, San Atanasio, según el santoral católico-romano. Con ello, también pretendía imponer la doctrina herética de Arrio, la cual niega la Deidad de Cristo. Puesto que Liberio se le opuso, le mandó desterrar a Berea (Tracia) en el 335.

Viéndose Liberio en tan mala situación, traicionó a Atanasio, obispo de Alejandría, y fiel a su persona. Escribió cartas en las que excomulgaba a Atanasio, implorando al emperador que le permitiera regresar a Roma. Para congraciarse con Constancio, públicamente apoyó las doctrinas arrianas, contrarias a lo establecido en Nicea, y en la Biblia. En otras palabras, apostató. Contento el emperador, le dio permiso de volver a Roma, donde fue recibido con grandes honores en el año 358.  He aquí un infalible obispo de Roma. ¡Un papa arriano! No vayamos a pensar que ese “papa” hereje fue excomulgado, como lo hubiera sido cualquier fiel católico acusado del mismo delito, no, sino que lejos de esto, consta en el “Liber Pontificalis” como un papa de la lista oficial. Está enterrado en las grutas vaticanas.

DÁMASO I (366-384). Este obispo de Roma, que consta como papa en el Libro Oficial, fue elegido simultáneamente al tiempo que otro papa, a su vez elegido por su facción rival, el diácono Ursino. La lucha fue armada y violenta, y el primero logró derrotar al segundo. Más tarde, después de una sangrienta batalla que duró tres días, Dámaso, con el respaldo del emperador, salió victorioso. ¡Extraña manera de ser elegido vicario  de Cristo!

Este obispo fue acusado de cometer grandes faltas, y para tapar lo feo del asunto, el emperador le declaró inocente en un tribunal imperial especialmente levantado para la sazón. La iglesia visible ya era un poder político-religioso de enorme influencia en las almas de miles de ciudadanos del Imperio Romano. Los emperadores se empezaban a dar cuenta de ese hecho y buscaban la manera de aprovecharse de ello. Por todo ello, Dámaso reclamó la colaboración del Estado para imponer decisiones eclesiásticas. Eso le encantó al emperador Teodosio. En el año 380 selló la alianza con un decreto que exigía a todos los súbditos del imperio que aceptaran (no el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo), sino “La religión de Pedro”, de la cual, decía, eran depositarios el obispo romano Dámaso de Roma y Pedro de Alejandría, obispo de aquella ciudad. Este decreto, y atención a esto, ha sido calificado como “la Escritura Notarial Clásica de la Iglesia Estatal Católica”. Con ello, Dámaso, crea el concepto de “Sede Apostólica” o “Santa Sede”, y en esa línea ya se va perfilando la afirmación de la identidad del papa con Pedro.

Escribe Dave Hunt: “Dámaso...fue el primero quien, en el 382, usó la frase “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, para reclamar la autoridad espiritual suprema. Este papa sanguinario, adinerado, poderoso y extremadamente corrupto, se rodeó de lujos que habrían hecho sonrojar a un emperador. No hay forma alguna de poder justificar cualquier conexión entre él y Cristo. Sin embargo, sigue siendo un eslabón en esa cadena de alegada sucesión ininterrumpida hasta Pedro” (“A Woman Rides the Beast”, p. 108).

Dámaso, exigía la continencia a los clérigos casados, por ver el sexo como algo pecaminoso. Además, a partir del año 373 permite algo que nunca había antes ocurrido en las congregaciones, el uso del incienso, costumbre traída del paganismo. Los primeros cristianos y teólogos Tertuliano y Lactancio, sencillamente habían dicho en su día: “Los cristianos no queman incienso como los paganos”; no obstante, el papa Dámaso como buen pagano, hizo lo propio. El uso indiscriminado del incienso se hizo oficial más adelante. Es interesante la aportación que hace al respecto Sten Nilsson, profesor de la escuela bíblica “Livets Ord”, de Suecia:

El papa Dámaso había sido obispo durante 12 años después de haber sido elegido con una influencia importante de los monjes de “Monte Carmelo”, que era una institución que pertenecía a la religión babilónica, que originalmente había sido fundada por los sacerdotes de la reina Jezabel, la controladora esposa del perverso rey Acab de Israel (1 Reyes 16: 31).  De esta manera en el año 378 el sistema religioso babilónico llegó a ser una parte de la Iglesia de Roma, porque el obispo de Roma, que más tarde llegó a ser la cabeza de la iglesia organizada, ya era el sumo sacerdote de la Orden Babilónica. Toda enseñanza pagana de Babilonia y Roma, fue introducida paulatinamente en la Organización Religiosa Romana.  Poco después de que Dámaso llegara a ser Papa, los ritos babilónicos fueron promovidos. El culto de la Iglesia Romana llegó a ser babilónico. Y durante su tiempo los templos paganos fueron embellecidos y sus ritos establecidos”. (Sten Nilsson, Guds sjufaldiga förbund, Livets Ords bibelcenter, Uppsala 1993).

Así pues, el papa Dámaso era en realidad un luciferino declarado. Veremos a lo largo de este libro que el culto babilónico y el romano han ido de la mano durante demasiados siglos, llegando a ser una misma cosa.

El sucesor de Dámaso fue SIRICIO (384-399). S. Jerónimo, uno de los padres de la Iglesia, el que tradujo al latín la Biblia y se la conoce como la Vulgata, no veía en Siricio a un hombre de Dios ni mucho menos; decía de él que era necio; sin embargo, Roma le hizo santo, ¿por qué? Siricio, creó escuela; desde luego, escuela papista. Él es el que diseñó la “decretal”, modelo de carta que desde entonces usarán los obispos de Roma, en las cuales, dejando de lado todo tono fraternal, adoptarán un estilo oficial y autoritario como el de los escritos imperiales. De hecho, Siricio fue el primer obispo de Roma en recibir el título de papa; así le denominan en un escrito que el sínodo de Milán le dirige en el año 390. Ya vimos de la actitud prepotente que tuvo ese obispo de Roma hacia la iglesia española, en concreto la que se reunía en Tarragona.

INOCENCIO I (401-417), según san Jerónimo, fue hijo de san Atanasio, obispo de Alejandría. Supo hacer un aprovechado uso de las decretales para extender el poder del papado. Fue un gran jurista, sin embargo no tuvo ningún pudor en faltar a la verdad histórica con tal de conseguir sus metas. Siguiendo descaradamente con la tesis de la primacía de Pedro que favorecía a sus ambiciones, dijo: “Es un hecho patente que en toda Italia, en Galia, España, Africa y las islas intermedias, nadie ha erigido iglesias sino aquellos a quienes el venerable apóstol Pedro o sus sucesores instituyeron como obispos”. De este modo, debido al casi nulo acceso al conocimiento que hubo por siglos, debido al temor religioso y supersticioso en cuanto a contradecir las disposiciones de Roma, debido al temor a los castigos divinos y humanos, los juristas romanos se aprovecharon para imponer sus falsedades y manipulaciones al resto de los fieles. Y como no, ese obispo de Roma fue canonizado.

Roma iba imponiéndose al resto del mundo. Tal y como en otro tiempo lo hizo con la fuerza de la espada, ahora lo hacía con la fuerza del incipiente papado. El mismo espíritu despótico que estaba en la Roma imperial, se fue metiendo, para quedarse, en la Roma religiosa. Inocencio estableció que todos los “casos graves” debían ser juzgados en Roma, y como no definió lo que era grave, se reservó de hecho el criterio de inmiscuirse en cualquier asunto que le pudiera interesar, para demostrar que él tenía el poder sobre la cristiandad. Agustín de Hipona, al conocer el resultado de la excomulgación de Pelagio, monje asceta inglés, por parte de Inocencio, dijo irónicamente: “Como Roma  ha hablado, la causa ha concluido”. Ha de quedar claro que esta frase fue dicha por Agustín con total ironía, no podía ser de otro modo. 

A Inocencio I le siguió ZÓSIMO - san Zósimo- (417-418), que sólo duró un año e hizo algo contrario a lo que se esperaría en cuanto a la infabilidad, ya que después de nombrar al obispo de Arlés como primado de Francia, su sucesor BONIFACIO I - san Bonifacio- (418-422), revocó ese nombramiento. Este Bonifacio, decretó que las mujeres, aun las religiosas, no podían tocar los ornamentos sagrados y subir al altar.  Fue el emperador Honorio el que, después de desestimar a Eulalio, favorito de Zósimo, eligió a Bonifacio, (¿sucesión apostólica?). Verdaderamente aquello fue: ¡Dad al César lo que es del César!, evidentemente el papado es cosa del César, más que de Dios.

Bajo este obispo romano traído del paganismo, entran los cirios pascuales en los templos. Dijo el apologista cristiano del s. IV, Lactancio refiriéndose a los paganos: “Ellos encienden velas a Dios, como si Él viviera en las tinieblas; ¿y no merecen los tales ser calificados de locos los que ofrecen luces al Autor y dispensador de la Luz?”. Años más tarde surgieron otros “locos” de entre las filas supuestamente cristianas.

CELESTINO I - san Celestino- (422-432). Aunque al obispo de Roma se le llamaba papa, no llegó a ser papa tal y como lo entendemos hoy inmediatamente. Todavía la iglesia de África tenía mucho poder e influencia. Celestino quiso imponerse ante una cuestión africana, pero el sínodo de Cartago del año 426 prohibió cualquier intervención de Roma en los asuntos africanos. Aun en el año 431, a causa del Concilio de Efeso, el legado pontificio (romano), declaraba: “Pedro, cabeza de los apóstoles, columna de la fe y piedra fundamental de la Iglesia, vive y juzga hasta el día de hoy y para siempre en sus sucesores”. El Concilio ecuménico de Efeso, con todo lo herético que llegó a  ser, ni siquiera se pronunció ante tan altaneras palabras; sin embargo, poco a poco, esa falsedad fue calando. Obviamente, por todo el esfuerzo que hizo este papa para levantar el papado, Roma lo levantó a él como santo. Lo mismo ocurrió con el siguiente papa que veremos.

En el año 450, LEÓN I -san- (440-461),  obispo de Roma, asume para sí la supremacía en Occidente, por ello se le denominó “Magno”, como si se tratara de un emperador cualquiera. Este fue el primer papa que exigió la “plenitudo potestatis”, es decir, la totalidad del poder. Después de él, a todos los obispos de Roma se les denomina herederos de San Pedro. No obstante, estas sólo fueron sus intenciones. León I le envió a Flaviano en el año 449 una carta conteniendo su tratado sobre el asunto, sin embargo, no fue acepta la cuestión hasta que recibió la aprobación del concilio de Calcedonia; dicho tratado no podía convertirse en una regla de fe hasta que estuviese confirmado por los obispos (Dollinger, op. Cit. P. 59). Según la formulación de León I, en teoría, el papa ya estaba por encima de todo y de todos. No obstante, pasarían siglos antes que el obispo de Roma procurara dominar el resto de la Iglesia visible, y aún más tiempo antes de que se aceptara su primacía.

No importaría como fueran en lo personal, si dignos o indignos, morales o inmorales, porque el mismo título y condición del papa era garante del amparo y reconocimiento de la divinidad misma. En otras palabras, el papa estaba por encima de todos los hombres, y como Dios en la tierra, podía “atar y desatar” según su voluntad; porque su voluntad era la voluntad de Dios. Esta idea blasfema fue desarrollándose a lo largo de la existencia de la Roma religiosa hasta llegar a su culminación en el Concilio Vaticano I.

El mismo León I,  hablando del papado como institución originaria en Pedro, dice: “Aquel que reúne en sí para siempre la solicitud de todos los pastores con el cuidado de las ovejas que le han sido confiadas y que incluso en un sucesor indigno nada pierde de su dignidad”. El ministerio pontificio, como herencia de San Pedro, está por encima de la propia persona que lo ejerce, y eso, en la práctica, da licencia para hacer y deshacer al antojo del pontífice. En otras palabras: “La institución pontificia justifica al pontífice”. ¡Pues ni una cosa ni otra! Ni de Pedro viene el pontificado, porque tal cosa no existe ante Dios, ni el pontificado inexistente ante los ojos de Dios da licencia al pontífice, que no lo es, a hacer lo que le parezca...Sin embargo, la trampa ya estaba urdida, y el mundo la fue creyendo con el paso del tiempo.

Aunque en toda Italia fue aceptada la primacía de León I, en el resto de Occidente, alguna voz se levantó en contra, recordemos que la iglesia africana, antes que el Islam llegara allí, muchos años más tarde, era políticamente fuerte. No obstante, el emperador Valentiniano II, percatado del poder político de la iglesia visible, y viéndose beneficiario de ese poder aglutinador de las masas, dio todo su apoyo y fuerza para acallar toda voz contraria a la de León. Por lo tanto, decretó que los derechos primordiales del papa debían ser reconocidos sin limitación alguna en el Imperio Romano de Occidente, y no sólo por todos los obispos, sino incluso por parte del propio Estado. Ahí tenemos la malévola mezcolanza de la iglesia con el estado. Este último ayudando a una falsa iglesia a sostenerse por el interés de tener a toda la población del Imperio sujeta al poder civil a través del poder religioso (ver Ap. 17: 1, 2). Un poder sirviendo al otro para sus propios fines; y así ha sido siempre...

Occidente estaba ganado. Oriente era otra cosa. León I, haciendo honor a su nombre, impuso su autoridad todo lo que pudo, pretendiendo mostrar su superioridad ante el patriarca bizantino. Todo ello resultó en la preparación del que llegaría a ser el Cisma del año 1054. La cuestión era clara. Había dos ciudades imperiales, la vieja Roma, y la nueva Constantinopla, la antigua Bizancio (Constantino el Grande fue allí para reforzar su imperio en el Oriente). Las dos ciudades pugnarían muy carnalmente por el control de la cristiandad visible. No obstante, esto benefició sobremanera a la Roma  religiosa con su obispo al frente. Estando el emperador en Constantinopla, el papa romano desarrolló en adelante un poder casi absoluto. En cuanto a lo religioso, la estrategia fue increíble. La “Virgen” y los “Santos” reemplazaron a los dioses paganos (sólo de nombre) como patrones de las ciudades. Este papa León I, hacía alarde de que Pedro y Pablo habían reemplazado a Rómulo y Remo como patrones protectores de Roma. Esto no es más que paganismo camuflado de cristianismo, porque, como vimos anteriormente, no existen “patronos ni patronas” protectores de parte de Dios.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, ante un milagro que Dios hizo a través de Pablo, los lugareños diciendo: “Dioses bajo semejanza de hombres han descendido a nosotros” (Hechos 14: 11), querían exaltarle y adorarle, llamándole Mercurio. No obstante, la respuesta del apóstol fue tajante: Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo...” (14: 15). Del mismo modo, esos papas paganos debieran haberse arrepentido y exaltar al único que merece tener, y tiene todo el Señorío en cielos y tierra, Jesucristo nuestro Señor. Esos “patronos”, sea que lleven nombres paganos o nombres de cristianos son en realidad entidades demoníacas contra las cuales la Iglesia de Jesucristo tiene lucha (ver Efesios 6: 12). Estas huestes de maldad son las que oprimen a las gentes, y tanto los paganos como los católico-paganos, creen que son entidades protectoras, y les llaman “patronos o patronas”. Lo único que hizo la falsa iglesia del siglo V en adelante, fue cambiar el nombre de los dioses paganos por nombres cristianos, tal como hizo León I. Lo que produjo esta estratagema fue confundir y engañar a muchos millones de católicos de todos los tiempos.

(Continuará)

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España. 2009/2013
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